Sociólogos y sociología (1970) de Carlos Moya Valgañón

Cáp. VI La Sociología crítica de C.W. Mills

 

Racionalidades de Mills en el ensayo de Moya (en dos partes)

1.

-Racionalidad individual  FRENTE A

Racionalización burocrática

 

-«racionalidad axiológica»  FRENTE A

 «racionalidad instrumental»

 

-una «racionalidad sustancial» individual  FRENTE A

la «racionalidad funcional» colectiva

 

-La objetiva racionalidad axiológica de la colectividad  FRENTE A 

el actor social que se reconcilia con el sistema desde la propia definición de su condición racional mediante reproducción internalizada de racionalidad axiológica colectiva…

 

-Condición racional del individuo  FRENTE A

la objetiva racionalidad axiológica de la colectividad

 

-La racionalidad sustantiva  FRENTE A

la racionalidad formal

 

-último reducto de la razón sustancial  FRENTE A

la burocrática racionalización colectiva

 

2.

-«organizaciones racionales»  FRENTE A

razón individual

 

-El hombre con racionalidad, pero sin razón

 

-Progresiva racionalización burocrática de la vida colectiva

 

-Al libre iniciativa del ciudadano racional sucede el conformismo «autorracionalizador» de Robot Alegre.

 

-la racionalidad social, tecnológica o burocrática no es meramente una gran recapitulación de la voluntad y el talento del individuo para razonar.

 

– «Los dispositivos sociales racionalmente organizados no son necesariamente medios de aumentar la libertad para el individuo o para la sociedad. De hecho, muchas veces son medios de tiranía y de manipulación, medios de expropiarle a la razón su oportunidad, la capacidad misma para obrar como hombre libre» (Mills, 1961, 181)

-La racionalidad democrática  FRENTE A 

la burocrática «racionalización» de las masas

                                                              La irresponsable inercia burocrática

                                                                       El fetichismo burocrático del empirismo abstracto

 

 

La sociorracionalidad FRENTE A la racionalidad instrumental

La diferencia radica en que en la primera impera una lógica de cobijo, en el fondo físico, para el individuo que se juega su pertenencia al grupo (frente a la expulsión que supondría sin duda su efectiva aniquilación sobre lo que fuera el plano de la evolución histórica humana); grupo al que el individuo está fisiosensorialmente unido formando en realidad una unicidad continua que solo la entidad física propia puede obstaculizar. En este sentido, la sociorracionalidad se basa en la fisiología individual hecha extrínseca mediante la fuerza opróbica individual en conjunción con el grupo; la enajenación individual de la que habla Mills, por lo tanto, es en realidad un requisito para la constitución de los grupos humanos ante la realidad espacial circundante, puesto que sí que tenemos cada uno de nosotros un cuerpo singular que como tal no puede pertenecer nunca físicamente (en un sentido anatómico) a ninguna otra configuración mayor. De ahí que se pueda postular que, en cuanto a la estabilidad antropológica de los grupos humanos en el tiempo, la entidad física singular tiene como papel precisamente la de obstaculizar la unión que por otra parte y en la experiencia fisioopróbica y sensorial se da y que es la fundación real de la supervivencia humana (por cuanto grupo y no respecto del individuo); esta función de obstaculizar pudiera concebirse también como papel corrector a la fuerza culturalmente central del grupo en el tiempo, pues cuando ésta se embarca por derroteros extremos, según la circunstancias siempre pasajeras del momento vivo del presente y sus necesidades, vaivenes, impulsos y caprichos, la sensorialidad humana (en su configuración ya de por sí moral) permanece constante respecto de una definición y unos límites que no pueden fácilmente excederse sin que crezca la frustración violentada del individuo sensorial y sintiente. El espectáculo de la violencia no justificada ejercida contra el débil, por ejemplo, es un universal de la percepción humana -entre otros- que universalmente provoca la alteración extrema -a menudo el malestar- fisiológicos en el espectador humano, de toda latitud geográfica, en todo tiempo histórico, necesariamente incluso antes de la aparición de la agricultura.

Con el tiempo y a través de esta suerte de simbiosis de carácter sustancialmente fisiológica, entre la rección sociorracional del grupo opróbicamente reforzado, frente a nuestro ente más corporal (incluyendo la sensorialidad, esto es la fisiocorporeidad), se va formando una dualidad de ámbitos sobre la que la vida sedentaria naturalmente incide hacia la tonificación vigorizada estructuralmente, desde un ámbito respecto al otro y viceversa, sucesivamente en el tiempo fisiológico humano de simplemente el estar sensorial nuestro.

La racionalidad instrumental se diferencia de la sociorracionalidad en que ya no impera la necesidad de resguardarse en el grupo y en la aceptación del individuo por parte de éstos; la racionalidad instrumental parte de un sujeto cognitivo que se extrae, de alguna medida, de la necesidad de afirmarse sociorracionalmente (respecto siempre del grupo), sino que se vuelca enteramente en el reto técnico del raciocinio que pudiéramos calificar de eferente (esto es, ‘hacia fuera’ y sin dejarse influir, momentáneamente, por su propia relación físico-moral con lo que observa). En este sentido, por tanto, se puede aseverar que lo que es el modo positivista de observación de la realidad, que igualmente supone el arrumbamiento de contexto opróbico individual y que se erigió en metodología formal allá por la segunda mitad del siglo 19 (a partir del desarrollo ilustrado anterior), en realidad ha formado parte desde siempre del modus operandi cognitivo nuestro aunque no se tenía constancia conceptual concreta del mismo, a la manera que hubiera dicho Galileo, por ejemplo, 300 años antes respecto de los griegos antiguos que seguramente estarían ellos mismos de acuerdo -y que habrían hecho también ellos- en cuanto a la necesidad puntual de apartar toda idea preconcebida, toda elaboración conceptual no aparente, y toda presión de carácter personal, para mirar directamente a la realidad en sí.1

Con lo que llegamos al punto de tratar el tema de los grupos nuevos y secundarios con los que el individuo se va uniendo, a lo largo de la vida y dentro de las sociedades complejas; estos grupos incluyen de forma perentoria los burocráticos-corporativos que coaccionan claramente al individuo en base sobre todo al miedo de quedar sin sustento vital, que es ya en sí misma una fuerza en cierto sentido opróbica, de la misma manera que el oprobio biológico es claramente un mecanismo de coacción, sin duda. Pero los seres humanos, a merced de su propia sensorialidad, rápidamente se integran a grupos nuevos puesto que la simple rutina de interactuar surte, con el tiempo, el efecto de obligar en alguna medida la identificación del sujeto con los otros, necesariamente, y más cuando aparece un factor de coacción (salarios, prestigio profesional).

 

De hecho, los procesos de racionalización burocrática era el tema central de Mills respecto de aquellos grupos que efectivamente tuvieron el poder de implementarlos (las grandes impresas, al final y cabo), pero en menoscabo, finalmente, de la personalidad individual. Y fue esta la noción político-moral de los tiempos después de la segunda guerra mundial que sirvió de fundamento entonces a una cierta elite intelectual de izquierdas (que en EEUU quiere decir de centro y normalmente «demócrata», aunque no exclusivamente) que viera como peligro mortal para la democracia – ¡y para la ciencia misma! – esta especie de disolución de la personalidad humana bajo la bota de una verdadera antropología empresarial. El senador Fullbright; y el senador y después vicepresidente Lydon B. Johnson; el economista John Kenneth Galbraith, JFK o el presidente republicano saliente Eisenhower (en 1961 en su discurso de despedida conocido como el discurso del complejo industrial-militar) son todos ellos individuos que advirtieron públicamente en algún momento de este peligro.

Y el peligro está precisamente en cierto encontronazo entre contextos antropológicos oprobicamente diferenciados, entre uno que es solo particular, respecto de una racionalidad sólo técnica (la del propietario de la empresa específica, por ejemplo), frente al contexto sociorracional más amplio de la cultura histórica. Y es entonces cuando se puede hablar de una sociorracionalidad que se confunde con una racionalidad instrumental, que es la de la organización burocrática -esto es, una racionalidad técnica que pertenece en realidad a solo la cúpula de la organización y sus propietarios⁄gestores- pero que, en los niveles inferiores, envuelve opróbicamente a los individuos dentro de una falsa antropología histórica que no cuenta, además, con ningún mecanismo posible de corrección desde el ámbito fisiológico-sensorial subyacente, y ante social; una racionalidad instrumental por parte de otros quienes no participan, sin embargo, en el mismo plano opróbico; una racionalidad que, respecto a uno mismo, le convierte finalmente en objeto de ese mismo plano racional superior.

Aunque decir aquí falsa antropología alude a la entonces lógica situación de que esa racionalidad instrumental, por mor simplemente de una mayor eficiencia técnica, se sirve del fundamento fisiocorpóreo de los individuos antropológicos como si en verdad la empresa constituyera una forma de antropología de los grupos humanos, esto puesto que una mayor eficiencia funcional está simplemente disponible en la configuración fisiocorpórea de los individuos antropológicos quienes, debido al natural solipsismo fisiológico en el que viven incluso su propia racionalidad humana y en su mismísima personalidad particular, no perciben casi en ningún momento que están siendo (en el plano al menos estructural) instrumentalizados (mas no siempre perjudicados, claro está); aunque “víctimas”, que duda cabe, somos todos -en nuestra entidad y longevidad simplemente físicas- de la existencia fisioantropológica en sí, pues en cuanto mortales, cualquier sistema (natural o uno impuesto por el hombre) tendrá finalmente que definirse según la transitoriedad ultima de la vida física nuestra, de tal forma que no habrá más remedio que acabar por enfocar la vida individual como una forma de recurso que necesariamente haya que consumir, en aras de, simplemente, la permanencia estructural en el tempo de la antropología humana.

¿Quién no es, en este sentido, víctima de la circunstancia de haber nacido, de la vida misma?

La gran hazaña racional, claro está, es precisamente poder a llegar una mayor racionalización de esta circunstancia real y multinivel de la antropología humana, que se sostiene en el tiempo usurpando estructuralmente la experiencia fisiológica de los individuos desde un plano superior, pero que, a partir del solipsismo fisiológico-sensorial en el que vivimos y del que verdaderamente nos sustentamos (¡qué remedio!), no vemos casi nunca claramente sino solo como una forma de espiritualidad o, en todo caso como algo “filosófico”, que se dice. De hecho, así puede resumirse el argumento de Mills quien, frente al proceso de “burocrática «racionalización»” advierte que la única posibilidad de preservar la ciencia misma es una racionalización democrática, de parte de un publico más ilustrado, que es también decir respecto de un sujeto cognitivo más elaborado e íntegro; y esto para Mills no era un asunto de carácter filosófico, sino de pragmatismo social y científico-intelectual.

Ahora podemos aventurarnos a extender el concepto de proceso de racionalización burocrática que observara Mills en los años 50 del siglo XX, a otros facetas más amplias de la vida colectiva -el temor mismo que expresó en su propia obra- incluyendo el desarrollo de las ciencias de business administration históricamente, pero sobre todo probablemente con especial intensidad a partir del año 1980 (y que luego se intensificaría de nuevo en a mediados de lo años 90 con la implantación social generalizado del ciberespacio; lo que se agudizaría otra vez en la primera década del XXI con las redes y las plataformas sociales, etc.)

Pues ¿qué es eso sino un proceso de «burocrática racionalización», pero ya de algo así como la vida misma, cada vez más envolvente?

También se puede enfocar esto como en realidad una falta de perspectiva y de autocontrol por parte del poder estructural y fáctico (o sea, en ultima instancia, el poder financiero); y así, de la misma manera que los grupos humanos, para permanecer efectivamente como grupos en el plano histórico de la evolución biosocial humano, acaban por estructurarse entorno a una fisiología individual hecha extrínseca por cuanto está sujeta por la fuerza del oprobio biológico, también otros grupos puntuales con los que el individuo entra en alguna clase de dependencia, pueden naturalmente servirse de los mismos recursos que suponen las fisiologías antropológicas nuestras. Tal concepto, en el plano real de la historia humana, solo puede merecer la admiración intelectual, pues de esta forma nuestra individualidad física viene a ocupar una posición de permanente -aunque críptica- oposición a la fuerza fisiológico-opróbica que sostiene el grupo, y como verdadero corrector de esa misma construcción grupal, sociorracional particular.

Pero claro, el que lo hagan exactamente esto las burocracias corporativas y financieras, de la misma forma críptica, a espaldas de la sociorracionalidad funcional de la que depende nuestra propia autocomprensión personal socializada, solo puede -una vez que lo descubramos en toda su contundencia fehacientemente confirmada, por fin- provocarnos las mayores e iracundas protestas, o eso al menos inicialmente, pues ¿con qué legitimidad moral ejercen esa clase de poder respecto de un mundo en el que la única racionalidad humana verdaderamente efectiva y técnica no existe en el plano social en sí, sino que actúa sobre lo social desde un plano aparte y efectivamente superior; y que, por lo tanto, constituye una racionalidad que convierte la sociedad en objeto finalmente de solo su propios fines técnicos -y básicamente solo financieros- en el tiempo?

Y lo peor probablemente sea el que no hayamos podido evitar la duda, cuando pensamos en esto, que ese estamento financiero político-militar y publicitario, aunque se beneficia hábilmente de una fisiología evolutiva agregada en un sentido estructural, no tiene en realidad una idea clara de lo que está haciendo, fuera de el objetivo que se supone más propio suyo que es el de incrementar la acumulación de capital, ni mucho menos respecto de una visión teórica-conceptual frente al tema más importante -y sin parangón, porque incluye de los demás aspectos- que sería algo así como la supervivencia humana y la estabilidad antropológico-terráquea en sí misma, pero seguramente en conjunción con el estado real y más elevado posible del sujeto cognitivo, aunque esto no siempre, en todo los casos, ni en todo los tiempos, claro…

En todo caso, y para complicar aun más las cosas desde el punto de visto de una posible descripción técnica cabal, es necesario también comprender que la «instrumentalización» de la experiencia fisiocorpórea de los individuos antropológicos, en vista de la necesidad del orden racional impuesto sobre las personas físicamente singulares ante las limitaciones -además- que presenta la vida sedentaria y agrícola, debe considerarse también siempre como una oportunidad efectivamente antropológica respecto la vida inicialmente solo física. Una vida, hay que decir, que solo de por sí y solo en sí misma como unicidad físicamente singular, no prosperó nunca en términos de la evolución humana real.

 

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1.Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo, de Galileo.

Una secuencia…

1.La fisiocorporeidad colectiva.

2.Necesidad de orden impuesto y opróbicamente reforzado: una racionalidad de carácter «sociorracional» inicial: rutinas, costumbres, jerarquía corporal; el recurso estructural de los adversarios fisicorpóreos en el espacio físico-material, junto con recurso a, dependencia en, los atrezzo fisiológicos que supone puntos de apoyo estructural por cuanto pueden establecerse relaciones de carácter totémico para los seres humanos y entre sí, frente a la esencia inmóvil del objeto-tótem.

3.Necesidad posterior de una sensorialidad continuamente estimulada como principal mecanismo de reforzamiento de sociorracionaliad establecida, siendo por medio de su propio acontecer sensorial el cómo los grupos se fortifican.

4.Incipiente «descodificación» del yo según paradigma sociorracional establecida base.

5.Empleo de material silábico (que no tiene fundamento lógico alguno salvo la anatomía humana y el uso social) para establecer otro tipo de orden físico -por cuanto silábico- que es al mismo tiempo de naturaleza ya deíctico-simbólica, de la misma manera quizá que la rutina, costumbres y rituales son ya «sociorracionalmente» simbólicos.

6.Postulaciones ya conceptuales mediante el lenguaje: Descodificación “sociorracional” del yo también en evolución según grado (quizás) de vida simbólica…

7.Necesidad de espacios totémicos más amplios:

-Ausencia del recurso al desplazamiento físico debido a vida agrícola-sedentaria.

 -Aumento de agresión intragrupal debido a circunstancias inmóviles.

-Necesidad en realidad estructural de mayor trato moral y desarrollo de la         individualidad debido al dolor provocado por una violencia nuestra que ya no tiene    recurso al desplazamiento físico;

8.Postulación de dioses antropomorfos como modelos posibles de nuestro propio posibilidad y desarrollo moral-humano.

Mi capacidad para fisioconceptualmente imponerme sobre la realidad por cuanto no puedo comprobar (pero sobre todo no puedo -o no tengo por qué descartar- los asertos que hago) corresponde a la limitación física de mi propia condición carnal. La limitación físico-sensoria que me constituye es precisamente aquello que me permite postular sobre lo abstracto y todo lo que se ubicua más allá de la aprehensión directa. ¡Postular sobre lo no presente y más allá de la posibilidad de contradicción -lo que presta una solidez formal a todo aserto lógico sucesivo que haga- es el recurso rey que tiene a su disposición todo cuerpo físico-sensorio humano!

De tal manera que ya no es frente a enemigo o rival humano con el que me mido, sino ante un ser superior (postulado también a fin de cuentas por mí), cuya superioridad me beneficia por cuanto modelo de mi propia elevación moral-humana a favor, no cabe duda, del prójimo y de una manera u otra, bien en la forma de dioses páganos o bien alguna clase de ente singular y todopoderoso. Y parece bastante claro que sin esta tercera entidad postulada mayor y divina (pero también antropomórfica) entre el tú y el yo, los grupos sedentarios no hubieran podido jamás sobrevivir precisamente a la inmovilidad impuesta por la vida colectivo-humana de base agrícola.

Two Families of Objects (Umberto Eco, 1970)*

I

La experiencia fisiosensoria se va vigorizando en un tiempo que nos envuelve, sin que el individuo piense apenas nunca en una estructura circundante mayor, aquello que sensorialmente nos resiste y que decimos “lo real”, pero cuya calidad de incierto, no aparente y nunca del todo aprehendido, garantiza finalmente el propio estar fisiosensorial nuestro.

Aunque el estar corporal-fisiológico, única vía que tenemos de saber que el mundo es mundo (por cuanto somos efectivamente en la constancia de nuestro propio percibir) se sirve de la sola insinuación de un mas allá estructural para reforzar vigorizando su propia permanencia; a la manera, imagínese, de como percibiríamos desde la isla urbanísima de Manhattan, ciudad de Nueva York, la llegada (gradual pero inexorable) de una tormenta con vientos que, poco a poco y en paroxismos sucesivos,  se van convirtiendo en huracanados. De tal forma que la sustancia de titilación de nuestro experimentar de la anticipación, el miedo y la angustia, se constituye en una manera de avivar –y por tanto mantener en el tiempo haciendo que nos sea tolerable– la permanencia estable de nuestro estar simplemente sensorio y cotidiano, dentro de aquel espacio urbano, de orden normalmente acotado de líneas perpendiculares por excelencia que es, por ejemplo, la cuidad de Nueva York.1

Aunque solo cabe, por lo visto, el vigorizar mas nunca trascender realmente el propio estar sensorio, mientras solo transitoriamente quedamos retenidos (y por tanto solo pasajeramente definidos) por una semiótica cualquiera, tanto colectiva como la de la memoria personal, en base a racionalidades corporales que son después y al mismo tiempo, congruencias silábicas, que posteriormente son sociorracionalidades narrativas que deriven en lógicas conceptuales, que adoptan finalmente la forma de textos grabados⁄escritos.

Y he aquí que todo el edificio del ser humano cultural -de antropos– aquí esbozado, se remonta a nuestra propia sustancia fisiosenoria, esa efervescencia de los sentidos y emociones del cuerpo vivo ante el mundo material-espacial que al cuerpo rodea y del que depende, al tiempo que lo ha de combatir. Porque por debajo de toda lógica cultural posible, de toda sociorracionalidad de todo grupo (horda y banda) humano, tiene que permanecer en el tiempo y como constante -como verdadero armazón estructural- el ímpetu exclusivísimo y particular de cada cuerpo físico por medirse, de una manara u otra, con el grupo de pertenencia; un ímpetu que es de carácter bifronte y contradictorio, por cuanto define el cuerpo singularmente físico que, sin embargo, sobrevive solo en tanto miembro de un grupo y dentro del tormento individual que supone un estar fisiocorporal coaccionado a ser inexorablemente en el plano sociorracional y semiótico de los otros.

Y así es que solo podemos pertenecer en realidad en lo que supone la insurrección de nuestros propios sentidos: es exactamente eso que requieren los grupos humanos, eso sobre lo cual van construyendo -coaccionando, al final- sus propias congruencias colectivas y sociorracionalidades particulares, como ámbitos después semióticos que se posicionan frente a la anomia fisiológica de la sensorialidad de los individuos vivos, al mismo tiempo que la vida fisiológica-sensorial adquiere crípticamente una funcionalidad en adelante nuclear de todo lo que viene -de toda lo que pueda venir- después. Y así de nuestro furioso acontecer sensorial particular, es el grupo que se abastece en su vigor estructural y aglutinante.

Pero claro, el ímpetu individual por ser en los demás, que aquí se intenta identificar con el término oprobio biológico, ha de permanecer en el tiempo incluso dentro de la mayor complacencia estructural antropológica de que son capaces de producir, por ejemplo, las sociedades más desarrolladas contemporáneas (pero también lo mismo las civilizaciones históricas de más renombre a lo largo de los milenios; y en rigor, lo mismo se puede decir de simplemente de la antropología sedentaria frente a la nómada).

Pues la fisiología nuestra es el constante estructural de nuestra experiencia sobre la tierra -individual pero también colectiva y cultural- y que solo varía por cuanto una generación nueva suplanta la que había llegado anteriormente, pero sin que cambie ni evolucione (puesto que la vida agrícola acabó con casi todas las fuerzas posibles de selección natural, salvo probablemente las epidemiológicas).

Las sociedades más sedentarias, por tanto, tiene que gestionarse su propia precariedad sensoria frente a la complacencia antropológica en la que transcurre la existencia sedentaria: la esencia fisiológica nuestra necesita de las actividades fisioestéticas artísticas, las religiosas y las sustitutas de la violencia en la forma de deporte o la misma guerra como en realidad un culto; la vificación sensoria a través de las narrativas y también las imágenes, que pueden llegar a suponer estrategias hacia la necesidad nuevamente renovada de la sociorracionalidad efectiva y congruente, y todos ellos, si bien no necesariamente aparecidos a partir de la llegada de la vida agrícola, sí que se consolidaron sin duda solo en los contextos sedentarios. Y es que para que exista la identidad social, tiene que justificarse la sociorracionalidad particular del grupo, siendo la sociorracionald siempre en origen alguna forma de respuesta a la anomia fisiológica por parte de grupo particularísimo, en el tiempo y en un lugar originalmente concretos; pero también de ahí se siga que si no existe la vida fisiológica intensa de parte de multitud de individuos colectivamente reunidos, no está necesariamente determinada que se dé sociorracioalidad alguna, ni que los individuos hayan de desarrollar tampoco el yo social estructuralmente relevante, sino que se ralentiza la misma identidad sociocultural particular, lo que acarrea finalmente la disolución del grupo (o simplemente la ocupación del mismo por otras fuerzas vitales de imposición).

Y en la efervescencia de los sentidos de la sensorialidad individual, es en realidad el grupo que se vuelve a reconstituir como llave de la congruencia colectiva y ante la tarea original (la misma aun hoy, pero de forma críptica) de la supervivencia nuestra que es, sin embargo, respecto en realidad al grupo que nos hace sujetos, tanto estructurales como cognitivos en nuestra propia personalidad social; esto es, el grupo que sobrevive por medio de la experiencia fisiológica nuestra individual, mas una supervivencia en ningún caso in corpore.

Porque en la efervescencia de mis propios sentidos siempre enfrentados a la ambigüedad y la necesidad, por tanto permanente, de discernir de entre lo que a mi cuerpo rodea aquello que considero «real» e importante, o que simplemente que reconozca e identifique; en ese esfuerzo por así imponerme a la realidad, he estado siempre convocado al plano social del ser grupal, respecto de todo medio humano que en mi vida me haya arropado, empezando seguramente respecto de mi propia unidad familiar original que me capacitó para seguir después relacionándome que otros grupos en momentos sucesivos del tiempo, y en distintos entornos socioculturales. Y es que en la sustancia de la experiencia sensoria busco mi propio ser social, pero siempre bajo el imperio opróbico de alguna unidad colectiva de los otros.

II

De ahí se siga también que somos hoy vulnerables primeramente y ante todo al aburrimiento, cuyo granítico peso solo la novedad fisiosenoria renovada puede hacer que se aligere. Y mas concretamente, somos cautivos de mecanismos sociogenéticos de la anterior evolución humana; una evolución que consiguió acorazar la existencia e integridad físicas de los grupos humanos, pero por medio de la fisiología sensorial de los individuos dependientes. De tal manera que el estímulo externo -es de suponer violento y avasallador en un mundo primitivo nómada- viene a constituir el fuelle original y aun permanente de la necesidad misma por parte del individuo opróbico de ampararse en el grupo físico, pero a causa del temor tanto físico como moral; porque tanto la muerte física del individuo como su repudio por sus propios compañeros de grupo, se temen en realidad ambos como una forma de la misma separación sin duda letal, del individuo respecto el grupo de pertenencia.

Como corolario de esta especie de ley fisioantropológica, la ausencia de estímulo (esto es, el aburrimiento) supone la relajación estructural del grupo, pero en la ralentización de la personalidad sociorracional particular, siempre y en alguna medida colectivamente determinada, lo que será sustituido, acto seguido e inexorablemente, por la anomia fisiológica. Y es que la racionalidad –mejor dicho, la sociorracionalidad– solo existe por necesidad: ante la falta de estímulo, no hay sustancia sensorial que descodificar, y no habiendo embate sensorio externo, no existe necesidad de homogenización opróbica alguna respecto del grupo; pero también supone en cierto sentido una forma de inaccesibilidad a la parte sociorracional de la identidad personal (que solo el grupo puede fundamentar) y que se basa, como aquí ponemos de relieve, igualmente en el estimulo sensorio.

Y lo que, en la evolución humana histórica y pre agrícola suponía un logro en el plano estructural de los grupos humanos ante el espacio físico-material, para el individuo de hoy constituye la fuerza quizá central de su modo vital y la problemática también central en la que ha de vivir, si bien inadvertida, que es la de compensar en el plano fisiológico-sensorial la limitación física en la que vive y que ya no puede remediar con el desplazamiento físico en sí, como sí hubiera podido hacer en una fase anterior, como nómada cuandoaún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre…”2

Y, sin embargo, mutilado también queda el proceso natural de nuestra individualidad antropológica cuando del punto fisiocorpóreo inicial no exista entorno social al que incorporarse después, y en ausencia, por tanto, de una individualidad social de la que valerse. Pues el tratamiento en esencia conductista de las fuerzas fácticas de la sociedad de consumo tardío respecto de la sensorialidad del individuo y mediante una estrategia publicitaria permanentemente basada en el intento de sometimiento opróbico de la auto imagen del sujeto fisiológico-cognitivo, tiene como fin técnico aquellos objetivos pertenecientes a una racionalidad en cierto sentido ajena a nuestra propia sustancia antropológica, respecto unas metas de un plano superior de gestión en el tiempo de naturaleza finalmente financiara, nada más.

Y es que ante tal contexto no es estructuralmente necesario que vivamos de forma socialmente integrada, con tal de que queden nuestra sensorialidad y nuestra proyección fisiosemiótica a disposición de una racionalidad exclusivamente empresarial, más allá y en buena medida ajena a las circunstancias socio-fisiológicas más intrínsecas de los grupos humanos reales.

Pero, sin embargo, nuestra individualidad social, en el tejido mismo de nuestros cuerpos, sí que está estructuralmente determinada, como cauce y fin sociorracional respecto de una fisiocorporeidad individual por fin arropada, por fin cobijada en el amparo viviente de los otros. Si bien también es cierto que cualquier esfuerzo político-intelectual por racionalizar de alguna manera las circunstancias reales de nuestra experiencia en verdad socioindividual (pero que se nos aparece a los sentidos solo en su contingencia inmediata y sensoria), tendría que partir de la conceptualización de la vida humana individual como un recurso fisiológico-sensorial a consumir según su patrón biológico natural, pero a favor, en realiad, del plano estructural de la supervivencia real la antropologóa universal de los grupos humanos en tanto diacronía.

En este sentido, de querer aspirar la humanidad a regir su propia sino colectivo, no cabe otra alternativa que la bien desagradable visión de una suerte de obsolescencia generalizada respecto de un entorno fisioantropológico inmediato cuya sola función real-diacrónica es la de alguna clase de preparación y sedimento para el contexto humano futuro que está por llegar. Porque, claro, al factor invariable aquí y siempre es simplemente la ya definida naturaleza fisiológica nuestra, y no otra cosa en realidad:

Una obsolescencia pues inexorablemente programada,sería la posición sencillamente lógica, de la misma manera que la obsolescencia programada de la producción capitalista supone una paradójica protección, en realidad, de los contextos fisioantropológicos humanos, respecto de una fisiología futura que, condenada como está a la vida sedentaria, tendrá también que vivir para el hacer, lo que sería imposible si todas las bombillas de la luz, por citar solo un ejemplo, fueran como aquella que dicen que hay en alguna estación de bomberos de algún lugar de California, una bombilla que se fabricó por lo visto en 1901 y que sigue funcionando hasta hoy, esto antes claro está, de que se reunieran los fabricantes mundiales de bombillas en 1925, para ponerse lógicamente de acuerdo respecto de la longevidad técnica-real del producto en cuestión.4

¡Porque si no, ya me dirán qué es lo que haríamos con el tiempo y sustancia vital nuestros!

III

Y las dos familias diferentes de objetos que identificara Umberto Eco en aquella feria industrial de Milán a la que asistiera allá por el año 1970, respecto de unos productos de consumo que el consumidor bien podía concebir (y por tanto desear) para su uso personal -a partir de la simple vida corporal (sillones de salón, lámparas, chorizos, licores, barcazas de recreo, piscinas…)- frente a otra serie de objetos de carácter inhóspito, hechos precisamente en serie y con el fin de su acumulo industrial y que, en realidad, no tenían nada que ver con la vida física y singular del individuo sintiente (grúas, hormigoneras, maquinas torno, excavadoras, y prensas hidráulicas), que nos parecen del todo inaccesibles, o eso al menos desde nuestro punto de vista como los individuos que somos en cuanto los cuerpos que tenemos y nos constituyen; estas dos familias de objetos diferentes forman en realidad dos planos fisiológicos posibles que sin embargo, corresponden a dos ámbitos racionales distintos, también bien diferenciados entre sí. Y esto porque la relación de uno respecto del otro no es en absoluto de mutua independencia puesto que en términos antropológicos, esto es, en cuanto a la estabilidad estructural en el tiempo colectivo, el uno no puede sino estar subordinado al otro: pues el verdadero fin estructural de toda racionalidad, por debajo de su forma para nosotros sensorialmente aparente, es simplemente la consecución y mantenimiento en el tiempo de la posibilidad fisiológica-sensorial humana, frente a las limitaciones del espacio físico.

Es pues de esta manera que el plano sensorio nuestro como verdadero solipsismo fisiológico que supone -en los miedos, las esperanzas y deseos que nos habitan y que no conoce nadie más que nosotros de forma directa- queda subordinado como tal a otro plano temporal (en verdad diacrónico) y de carácter estructural por cuanto armazón que abarca la vida física de muchas más (si no, toda las demás) personas, y al cual no podemos aproximarnos salvo de forma intelectual y abstracta (en verdad de manera muchas veces solo estadísticao incluso solo mediante algoritmos) pero en ningún caso en cuerpo presente, pues supone la total anulación de la vida física singular en el tiempo: pero, sin embargo, nuestros cuerpos pueden efectivamente consumir su propia longevidad en el tiempo ordenado de la vida agrícola gracias precisamente a la sociorracionalidad que nos define y que se resume en una estructura de carácter semiótica (pero no solo la conceptual) de imposición sobre la entidad fisiológica-sensoria de cada uno de nosotros; en su homogeneización, hasta cierto punto, que es su misma definición, por medio de la obligación opróbica, mas nunca anulando por completo la individualidad fisiológica-corporal (cosa, por otra parte imposible), pues mientras sigamos cada uno siendo lo que somos en nuestra singularidad física propia e individual, el grupo humano podrá seguir articulándose en torno a la urgencia real de lo sociorracional. Esto es, se trata de una urgencia de la racionalidad estructural precisamente a causa de el hecho inexorable de la singularidad físico-sensoria de cada uno de nosotros.

Pero lamentablemente (esa es la palabra, no otra) nuestra yo social (por cuanto racional en este sentido homogenizado y estructural) también tendrá que permanecer en cierto sentido más allá de nosotros mismos, pues pertenece en rigor al grupo (porque es una forma de homogenización que resulta extrínseca al individuo corporal en sí). Y de la misma manera que es necesario que el grupo no anule del todo -por mor de su propia integridad sociorracional y estructural justificada- el espacio de la anomia fisiológica particular, es igualmente preciso que yo como ser físico no sea nunca por completo sola aquella idea opróbicamente reforzada que de mi mismo llevo concebido, que en realidad resulta que está sobre mí impuesta y de manera extrínseca por el grupo.

He aquí que Due familigie di oggetti es también la configuración con la que hemos de concebir la racionalidad humana en sí, puesto que su ente fisiológico-sensorio contribuye a crear otro plano separado que es la estructuralmente racional, y cuyo función real no es otra sino la de salvaguardar en el tiempo la otra parte solo fisiosensoria, nada más; pero que estos dos planos por siempre han de permanecer desunidos pues su verdadera dependencia e integración está precisamente en su separación:

Así es como el ímpetu fisiológico nuestro queda definido por las circunstancias espacio-genéticas universales del oprobio biológico, adoptando la forma de una sociorracionalidad histórica particular que se encarga de garantizar la integridad como permanencia del grupo también particular; esto, empero, sin que la fuerza sociorracionalizante desborde ni avasalle nunca del todo la anomia fisiológica-sensorial que supone sencillamente el corazón críptico, más profundo de cada uno de nosotros. Pues precisamente en la autonomía estructural de nuestra sensorialidad (que es en sí misma socio-afectiva y, un un sentido profundo y pre-conceptual, moral) la sociorracionaliad queda limitada y crípticamente sojuzgada, no por el individuo, sino por la individualidad sensorial y fisiocorpórea, para que así los desvaríos colectivos e histéricos no nos lleven por el precipicio de la aniquilación colectiva, o al menos que mucho menos frecuencia y probabilidad.

Pero claro, esto, desde la óptica de la racionalidad empírica nuestra y contemporánea (a partir también de la bien primitiva concepción que aun tenemos de nuestra propia vida fisiológica-cognitiva) solo se puede calificar efectivamente de lamentable en tanto que nos desborda el pensamiento mismo.

Y sin embargo, respecto del plano moral las cosas son algo más claras, en cuanto a estos dos ámbitos que han de permanecer separados, pero siendo verdad que solo uno de ellos tiene voz real (la sociorracional y semiótica). Aunque sobre lo que no se puede hablar, sí se puede en cambio seguir ganando mucho dinero, en el tiempo y al discurrir fisiosensorial de toda generación humana y su tiempo histórico.

Las empresas tecnológicas actuales consituyen un ejemplo también actualizado de este problema que es la tentación técnica -desde la óptica solo posible por encima de agregados demográficos conusmidores- de proceder con total impunidad en volandas de una nueva tecnología, a beneficiarse de una situación en que la vida fisiológica humana en sí deviene en un objeto técnico de unos cuantos, solos como están en un conocimiento efectivamente privilegiado que desborda la existencia común que todas conocíamos a partir de solo un cuerpo.

Si bien, no es la primera vez que esto ocurre, pues los bancos (o las primeras sociedades aseguradoras) probablemente son las primeras instituciones humanas que se encontraron en posiciones parecidas respecto de una visión impuesta y obligada sobre grandes grupos humanos en el tiempo, y sobre lo que no se puede en rigor hablar de forma publica, en principio porque es simplemente ajeno a nuestro modo físico-sensorio de ser y estar, no por otra cosa.

Pero claro, la imposibilidad de conceptualizar algo, cuando esta circunstancia antropológica efectivamente natural por cuanto podemos hablar, en cierto sentido, solo después de la experiencia fisiosensoria, otros la emplean frente a y sobre el prójimo, hacia fines que al menos estructuralmente puedan resultar espurios, deviene en un mecanismo de engaño, simplemente.

No hay otra palabra sino esa (si es que surge el caso de que se pueda encontrar, claro está.)

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*Título de un texto de Umberto Eco incluido originalmente (en italiano) en su libro Il costume di casa (1973)

1Albert Borgman, Holding on to reality: the nature of information at the turn of the millennium. University of Chicago Press,1999.Pág.57 Hago uso bastante literal y directo del mismo caso hipotético que propone dicho autor respecto de nuestra percepción que, en función del orden real de lo inmediato sensorial, depende sin embargo de un más allá mucho más amplio e incierto, y como en realidad y a la larga éste viene a suponer la condición necesaria y determinante de aquél.

“Dichosa edad, dichosos siglos…” Discurso de edad de oro de D. Quijote

Obsolescencia programada no solo protege de esta forma los contextos fisioantropológicos, sino la posibilidad del confort material humano (que no es exactamente solo de naturaleza material, desde luego). Porque, si se tratara solo de garantizar los contextos vitales humanos en los que la gente puede ser haciendo y también ser en la proyección fisiosemiótica de sí misma, cualquier retroceso sísifonianoserviría como modelo de la permanente reconstrucción fisioantropológica a la que está, en cierto sentido, condenada cada generación nueva y sucesiva. Pero, eso sí, la fisiología de la nueva generación tiene que acomodarse a nivel existente ya consolidado de la técnica, y si no existe la posibilidad controlada de regresión antropológica (cosa que debemos naturalmente que evitar) estamos sencillamente abocados a «innovar» (un innovar que es ciertamente y al mismo tiempo la acomodación estructuralmente funcional de las nuevas generaciones fisioantropológicas).

 

4

https://en.wikipedia.org/wiki/Centennial_Light

https://en.wikipedia.org/wiki/Phoebus_cartel

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