Un modelo antropológico «alimentario» único:

Algunas observaciones sobre la función sacrificial en la cultura

Referencia a una canción del año 1992

El sacrificio lo vamos a entender como una forma de rentabilizar la inevitable muerte natural de todo, una vez que se es consciente uno o una de la finitud propia; pero esto especialmente respecto los contextos sedentarios, pues supone al mismo tiempo la creación de un espacio mimético para la imposición humana (es decir, el ejercicio de la violencia vital) que permite mantener el cuerpo humano singular e idiosincrático en el centro real de la mecánica de los grupos humanos.

Pero en esta necesaria acomodación que se origina, primero, en lo ritualización para después expandirse hacia planos mitológicos no corporales, debe entenderse como proceso que, por razones estructurales, exige la antropología sedentaria, si bien se fundamenta sin duda en un estadio anterior.

Es decir, puede entenderse como una manera de vincularse con la muerte a través de una agencia humana sobre la misma—en el ejercerla sobre otros y en el repartirla, mas con la necesidad de crear un sostén racional para su control endogrupal, y puesto que el dolor y una continuada exposición a la violencia devienen en formas de alimentar y mantener el andamio racional-mitológico cultural (del que, de hecho, dependen los cuerpos pertenecientes, especialmente los sedentarios).

Es decir, detrás del andamio racional cultural está, en primer lugar, la violencia en sí misma como imposición humana, esta fuerza que supone la base de todo organismo vivo que ha de imponerse sobre su entorno (no queda otra).

He aquí el motor real de la cultura –como necesidad estructural especialmente para las antropologías sedentarias—y que en su furia por sobreponerse a las cosas se apropia de esta manera de la muerte misma a través de la violencia sobre todo exogrupal.

Los socios estructurales de lo sedentario entendemos que son, no solo la violencia, sino también la muerte misma. Y el caso es que ni siquiera las civilizaciones avanzadas han podido cambiar esto, sino solo han logrado atenuarla cuando la mecánica sigue siendo la misma surgido, probablemente, del neolítico y las primeras etapas de la antropología agraria incipiente.

Evidentemente, los espacios endogrupales han de extirpar en buena medida la violencia física de su propio seno (debido al poder disruptivo de la violencia, el dolor que causa y especialmente por su fecundidad parar abrir nuevas lógicas culturales). Sin embargo, a mano quedan después los grupos ajenos para esta forma utilitaria de autosuficiencia metabólica extrínseca a través de los cuerpos culturalmente extraños.

El espectáculo del sacrificio humano en la cultura mexica anterior a la llegada de los españoles se ha descrito como el motor, en realidad, de una trama mítica, respecto de un cosmos divino con el que había que relacionarse a través de la recreación cíclica de la destrucción de las mismas figuras divinas según las leyendas originales pero por medio de su sustitución vicaria en la persona de guerreros enemigos (no pertenecientes), además de niños designados específicamente para esa función1.

Nosotros entendemos ahora que se trata del motor de la mecánica en realidad sedentaria al incorporar la violencia humana al seno del grupo propio—como rito/mitología; y pudiera ser que, más adelante en el desarrollo sedentario-urbano fuera precisamente esto que sustituyera la guerra formal, pues se estaría vaciando en cierta manera de sustancia ontológica la estabilidad sedentaria—como un sostenimiento corporal en la violencia exogrupal que solo después se tendría que racionalizar/espiritualizar puertas adentro y respecto el grupo propio.

Se trataría, por tanto, de un contexto de gran peligro pues se estaría sometiendo la cognición humana a un contexto antropológico que se acaba sosteniendo en la guerra misma.

Es decir, lo que parecería dar vida al grupo es la violencia misma que necesariamente—por su potencia destructiva y siempre potencialmente dolorosa—ha de racionalizarse sometiéndola a alguna forma de sentido. De tal manera que se va creando -también peligrosamente- una dependencia entre la violencia (vinculando necesariamente a los cuerpos culturalmente ajenos) y el sentido cultural mismo.

Es decir, la naturaleza de este vinculo es en sí misma un problema desde la óptica de la gestion antropológica.

Y lo más probable: no se ha reconocido nunca la importancia antropológica de la violencia para con nuestra cognición, pues los grupos humanos como unidades sociobiológicas de imposición dependen de la incorporación electro y neuroquímica de la singularidad física de cada cual siendo la psique individual el medio por el que esto se logra.

Sin embargo, la violencia obliga doblemente y en dos direcciones opuestas: a la creación y mantenimiento de lógicas culturales de la que podemos valernos como individuos, al mismo tiempo que nos reafirma de alguna manera en nuestra propia y singular vulnerabilidad física como cuerpos desamparados (desamparo que es también el perpetuo reclamo de que existan la comunidad propia y el otro).

El desamparo que es nuestra singularidad física nos aboca a una violencia vital y homeostática de base que, sin embargo, ha de valerse del sentido cultural de los nuestros para que continuemos todos como grupo; pero el amparo que son los nuestros parecería que también necesitara alimentarse a través de la vivencia de la unica violencia que es licita vivir, es decir, la exogrupal.

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Vemos nosotros, en el fondo, un gusto por una imaginería de poder, dominio y sometimiento como estrato más primario que se riega a través del espectáculo vicario de la destrucción de otros cuerpos humanos, para luego sociorracionalizarlo todo a través de una semiótica culturalmente particular.

Un modelo alimentario que de nuevo se cohesiona a través de una lógica narrativa consabida posterior mientras que su realidad profunda es la vivificación metabólica -su visceralidad límbica y electro-neuroquímica- en sí misma.

Porque el espectáculo del poder como dominio reconforta al cuerpo en tanto que prepara una nueva estabilidad a partir del orden que se impone.

Y esto lo debemos de entender visceralmente a través de la vivencia del espectáculo de la violencia y hasta el día de hoy, pues constituye algo así como el corazón secreto de lo sedentario y desde su comprensión límbica frente a lo cortical.

Pero ¿se trata realmente de antropologías sedentarias, o son más bien falsamente inmóviles, pues se edifican en realidad sobre una especie de expansión permanente a modo de Hitler y los nazis, pero en términos, primero, de un incesante consumo de estímulos –cuando no de una expansión imperial/colonial directamente geográfica?

Es decir, la antropología sedentaria como «civilización» y respecto de espacios urbanos empiezan al menos cuando un grupo muy grande de personas tiene que relacionarse de forma no violenta—esa sería la clave, un contexto de obligada comunicación social que excluye casi por completo la violencia desabrida.

En cambio se llama sociedad esclavista aquella experiencia histórica colectiva sedentaria que subordine una parte de sus propios miembros a condiciones infracomunicativas; que son sociedades igualmente ahuecadas en tanto que suelen buscar su propio sentido existencial de forma extrínseca, originalmente en la conquista de territorios y gentes ajenos.

Pues ciertamente la violencia en sí misma es una forma de sentido estructural (de ahí su extremo peligro) que, caso de no existir la posibilidad de comunicación humana más digna entre personas, puede bastar como una forma desafortunada de sostenimiento del tiempo colectivo –por medio precisamente de la conversión de las personas en objetos humanos.

Aunque otra manera de entender lo sedentario es como una forma de expansión suspendida en la que el plano directamente corporal se supera a través de una expansión electrometabólica y epistémica: a través del estimulo incesante junto con la creación y ampliación del espacio semióticos (el lenguaje escrito y númerico, formas de representación estética, medios más avanzados de comunicación, etc.).

De manera que el sacrificio entendido a partir de una lógica alimentaria respecto de un plano divino (la mecánica sacrificial mexica), pero también en su forma subliminada cristiana (que depende de un elemento estético y de representación explícitos) constituyen artimañas culturalmente evolucionadas para dar sentido a la muerte misma, al mismo tiempo que centraran nuevamente la violencia en el punto eje real de la cultura, y puesto que la cognición humana, como argumentamos, depende de esta continuada relación con la violencia como imposición vital.

Bajo un enfoque cristiano particiularmente católico, por ejemplo, vivificarnos con una imaginaría violenta de la Gólgota supone la ofrenda real que se nos está brindando a nuestra parte límbica y visceral siempre que logre en nosotros el buscado efecto empático y misericordioso. Es decir, si entendemos la cognición emergente como un bucle entre ambas partes (la límbica y la cortical), no tenemos más remedio que aceptar que existe un vínculo real entre la violencia y nuestra continuada capacidad de vivenciar la empatía para con los demás.

Y así, el cristianismo –especialmente católico– actúa como dispositivo guardián en este sentido al obligar a los creyentes –pero también respecto de todo sujeto social presente sobre un mismo locus de pertenencia homeostática– a no sustraerse de esta experiencia límbica que es el estímulo sensorio corporalmente relevante en sí mismo (pues cualquiera que vive en una antropología “católica” acaba por asumir esta forma de vivencia obligada de la empatía respecto al prójimo, si bien otra cosa siempre es cómo nos comportamos como seres humanos con personalidad después propia y exclusivamente singular).

Es decir, las antropologías católicas virtualizan mucho más allá de la mitología este experiencia límbica, pues nos vamos adiestrando de la mano de la cultura misma nuestra capacidad de convertir y como por catarsis, la zozobra y aflicción ajenas en una lógica de comunidad explícitamente consciente de su condición colectiva, pero no inicialmente como dogma (que eso también) sino primando límbicamente a todo sujeto social para vivir por sí mismo el «espectáculo» de los padecimientos humanos ajenos; esto de manera que, con solo constituirse en dispositivo esencialmente límbico, en rigor no es estrictamente necesario mantener ninguna creencia metafísica divina concreta ni personal pues ya impera una lógica «antropológica» empática y de una clara obligación moral, sin bien no se hace explicita en tanto que la dogma cristiana no tiene por qué asumirse necesariamente.

No es pues absurdo que un ateo expresase gratitud en este sentido a la iglesia católica española (o mejor decir probablemente que la sintiera sin llegar a expresarla de forma pública como manda, por otra parte, dicha cultura en su aversión a cualquier tipo de elogio como fuente de sospecha).

Sin embargo, persiste el mismo peligro de crear un vínculo «interesado» entre la violencia y los padecimientos ajenos con la lógica sociorracional de una experiencia cultural en particular. Si bien, en este caso como se trata de formas de explotación de la violencia más metabólicas que directamente corporales –por medio del espectáculo en sí, además de formas varias de representación plásticas y audiovisuales– no hay más remedio que considerarlo una mejora, en algún grado, respecto de estadios culturales anteriores.

O sea, a grandes rasgos diríamos que la intensísima vinculación en nuestra cognición con las imágenes y su plasticidad de efecto homeostáticos en nosotros (es decir, de fuerte impronta metabólica y moral), le ha ido pero que muy bien a la antropología sedentaria para mantener una cierta relación elíptica (de una centralización periférica) con la violencia.

Por otra parte, no parece que haya más opción que entender que el judeocristianismo con influjo de la cultura musulmana, ha constituido la base histórico de eso que llamamos la civilización contemporánea que, aun respecto a otro marcos religios-antropológicos diferentes, constituye el p modelo único de sostenimiento antropológico en base al consumo (sea usted, hindú, budista, sintoísta, etc.) Y eso no porque se siga ninguna dogma cristiana sino porque las antropologías cristianas en verdad desde su origen, constituyen sociedades del espectáculo en el sentido aquí esbozado y respecto a los beneficios límbicos que suministran sus propios sujetos socio-homeostáticos.

Así podría hipotetizarse que fue precisamente aquello que se hubiera exportado por el mundo al final del siglo XVIII y durante el XIX, además del industrialismo y el consumismo; hasta podríamos entender que tocaría reexaminar el concepto sociedad del espectáculo (o sociedad de la imagen) no como denuncia moral, sino en realidad desde una óptica más bien técnica.

La experiencia propiamente moderna sería, pues, una ampliación de ese mismo patrón base ya implementado por la antropología cristiana, pero a través una ampliación de los medios técnicos de comunicación y audiovisuales, para hacer circular con mayor abundancia la vivencia metabólica, es decir, límbica y de carácter estético, en sí misma.

Y muy posiblemente un proceso histórico de secularización se refiere, en realidad, al hecho de librar de forma mucha más decisiva y tajante la vivificación sensorio-límbica frente a cualquier dogma religiosa. Eso que sería abrir y aflojar un poco la otrora estrechez estructural entre ambos, pues el sentido de la violencia es, en el fondo y sin duda, universal –algo que lee por sí mismo nuestro propio cuerpo socio-homeostático–, pero que ante el aumento paulatino del bienestar material general, parece que se hubo vuelto cada vez menos urgente promesa ultramundana alguna para posiblemente una mayoría de personas.

Cabría, finalmente, entender el cristianismo como una consolidación históricamente determinada de lo que sería, en realidad, un patrón universal antropológico en tanto que todo grupo humano antropológico lo es porque obliga de forma límbica a todo sujeto homeostático perteneciente hacia la asunción de una composición psíquico-cortical culturalmente determinada; porque contrapone de esta manera la singularidad memorística individual a nuestra propia vacuidad neurológica, lo que permite que la muerte tenga, por fin, un sentido, esto es, el de nuestra propia desaparición ferozmente única e irreparable para los nuestros.

El cristianismo no es, por tanto, la experiencia antropológica pionera en rentabilizar las imágenes de la manara aquí esbozada, sino simplemente una variante histórica muy sofisticada (muy apta, precisamente, para los espacios urbanos) que centraliza de esta manera periférica la violencia humana; eso que, si lo vamos mirando con detenimiento y desde una óptica neurocognitiva, hacen todas las experiencias antropológicas históricas (o al menos en principio para los suyos, quiero decir).

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Nuevos entornos sociohomeostáticos para nueva hornada de cuerpos pertenecientes

Portada del single “1979” de los Smashing Pumpkins del año 1996

Jason Hickel en su libro «Menos es más» (Capitán Swing). Los datos sobre el cambio climático contienen, según este autor, un doble mensaje: una llamada de atención que insta a despertar de inmediato, y al tiempo dan a entender que el trauma todavía no ha llegado del todo, que aún hay tiempo para evitar la catástrofe. Y esto es lo que los hace tan seductores, tan tranquilizadores, y el motivo por el que una mayoría permanece estática ante la hecatombe y por el que ansía, paralizada, que sigan llegando más y más cifras. El peligro es justo ese: que, para actuar, se espera a que los datos se vuelvan más concluyentes, más extremos. Cuando aterrice ese momento, las instituciones multilaterales, los gobiernos y los ciudadanos se pondrán a tomar medidas. Pero el dato definitivo nunca va a ser lo bastante convincente.

Joaquín Estefanía, 13may2023 (El País)

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Porque lo que cuenta para toda generación viva es el presente y cuya mecánica de sostenimiento sedentario subordina tanto el pasado como el futuro (y esto crípticamente bajo lógicas finalmente espurias que tienen el efecto último de ocultar el hecho mismo de que no hay nada más que el presente).

Y eso quiere decir que predominará sobre él siempre el vigor físico de lo bisoño; esa que es la única vertiente de todo esto a la que puede asignarse un valor estructural sólido. Pues ahí en una fisiología de lo espurio (porque como oportunidad en realidad metabólica, tiene que articularse como corpus semiótico, que no tiene, sin embargo, otra función real que sujetar la vivencia fisológico-metabólica) se va consumando lo verdaderamente humano como oportunidad pasajera a la vida misma: una oportunidad en su máxima expresión de valor como la posibilidad de autodefinición moral y gran periplo que acarrea el sujeto homeostático perteneciente.

-el sostenimiento sedentario supone la integración fisioantropológica del sujeto homeostático perteneciente.

-la integración fisioantropológica del individuo perteneciente tiene lugar a través de la misma cognición sociorracional individual.

-La emergencia de la conciencia humana supone también la consolidación del yo sociorracional, siendo ambos el producto de los procesos homeostáticos que unen sensorio y emotivamente al individuo con su entorno inmediato, tanto físico-espacial como sobre todo interpersonal.

-el “sentido de las cosas” que es posible a partir de una semiótica cultural particular que actúa como un embudo por el que se vierte el ímpetu homeostático individual e idiosincrático para reconstituirse como una cognición socializada: la necesidad de discernir -y hasta imponer- un sentido a lo que percibimos deviene en la fuerza vital probablemente más poderosa que hay en nosotros pues supone la vuelta al amparo corporal-existencial que solo nos proporciona el grupo.

-La violencia por perseverar como individuo, por tanto, incluye la imposición de sentido, puesto que “sobrevivir” en su sentido metabólico más profundo implica la integración del individuo al grupo antropológico.

Pero, conforme con una coherencia lógica clara, llegamos a la necesidad de concebir una trina equivalencia entre sobrevivir, violencia, y sentido como una misma imposición vital del individuo perteneciente sobre su entorno (es decir, la del grupo antropológico en última instancia y visto desde una óptica estructural en el tiempo).

La violencia es pues el dispositivo de sentido más primario que está a nuestra disposición en tanto su comprensión es directa e inequívoca para todos. Y la escenificación de la destrucción de otros seres humanos -como attrezzo antropomorfo- ha sido una constante histórica como medio la consecución de sentido y verdadera afirmación político-existencial a partir de grupos humanos en su evolución cultural1.

Pero al mismo tiempo que la violencia es vida, por decirlo de alguna manera, también es veneno para con el grupo, pues siempre conlleva dolor y padecimientos humanos a los que -también siempre- son susceptibles los individuos pertenecientes, y eso por muy culturalmente ajenos que hubieran sido las víctimas (pues justo en esta ambivalencia reside parte del poder de atracción y el uso socio-existencial de la violencia como espectáculo político, por una parte, y también el carácter permentamente sincrético de evolución cultural particular).

La autonomía sensoria frente a lo sociorracional:

Pues la evolución cultural se asienta sobre ella en tanto que la violencia entre seres humanos como contemplación no deja nunca de retener para nosotros una cierta ambivalencia, como una vivencia sensoriometabólica que nos fascina al mismo tiempo que nos asusta; pero esto es así como una constante en realidad estructural independiente de cualquier definición cultural particular y históricamente determinada, pues susceptible es siempre toda definición sociorracional de cualquier presente antropológico a la sensibilidad y perspectiva sociohomeostáticas de los sujetos pertenecientes.

Pero particularmente respecto a la transición de lo mitológico al razonamiento, el problema tiene que ver con la “unicidad colectiva” y cultural que componen los cuerpos pertenecientes, ya que  la unanimidad violenta es, en realidad, un vector de la continuidad del colectivo que sobre un plano tempoestructural es positivo en tanto dispositivo técnico evolutivo; si bien se puede entender que la violencia expiatoria nunca ha dejado tranquilo a nadie pues su impronta sensorio-emotivo en nosotros es necesariamente de lo más significativo: he aquí el escollo de lo sagrado pues se basa en una constitución de múltiples cuerpos desamparados que nuevamente comulgan en su propia unión a través de los cuerpos ajenos. Y la experiencia no pierde nunca -seguramente- sus tintes traumáticos, para los testigos e incluso para los mismos perseguidores.

Y por muy lejos que llegue un contexto antropológico determinado en su desprendimiento de lo mitológico (a través del encaramiento racional con las cosas y espoleado sin duda por el dolor), por razones neurobiológicas la antropología no puede, sin embargo, superar lo sagrado en este sentido técnico-estructural. Es decir, se puede ir más allá del mito en tanto podemos desmenuzar y entender racionalmente los mitos -o narrativas de cualquier tipo, finalmente-; pero eso no quiere decir que nos volvamos inmunes a lo mítico-sagrado, pues el pensamiento racional -como imposición humana- es secundario a la constitución socio-homeostática del individuo socializado; porque la racionalidad, en tanto instrumento estructural de integración fisioantropológica del individuo al grupo, aparece solo posteriormente a los procesos sensorio y socio-homeostáticos anteriores, esos procesos preconscientes en los que, efectivamente, emerge la sociorracionalidad consciente.

Es decir, las funciones cognitivas superiores de raciocinio analítico no son funciones primarias respecto de los grupos humanos, sino que aparecerían solo a partir de las primeras, cuando lo grueso de la formación identitaria y sociogrupal ya esta reconstituida; que es también decir que la existencia de los grupos humanos se articula en torno a una doxa que solo posteriormente precisaría de un desarrollo cultural epistémico. Pero los grupos ya existen antes de lo epistémico.

Porque la identidad sociorracional de los individuos se reconstituye homeostática y emotivamente; pero una vez reconstituida puede, en un mismo punto, empezar a volcarse en el raciocinio alejándose, de forma pasajera, de lo emocional (si bien más tarde harán falta nuevas zozobras senorio-emotivas y senorio-morales). Sin embargo, los contextos culturales harán cada vez más uso de lo epistémico debido sobre todo, probablemente, a las exigencias estructurales de lo sedentario, aunque esto no quiere decir que podamos desprender totalmente de la doxa sino que de manera permanente se ha de volver a ejercitarla -alimentarla- con nuevos estímulos para que los sociorracional (y la posibilidad misma de lo epistémico) pueda volver a reconstituirse.

Sea lo que signifique la experiencia sensoriometabólica, siempre será sensoriometabólica, es decir, impenetrable: que no hay forma de superar lo sagrado (esto del eje y unión entre individuo y el colectivo, y porque nuestra racionalidad emerge de ello); no se puede superar tampoco la vivificación sensoriometabólica, pues que siempre regresamos a ella como nuestro natural elemento primordial a partir del que emerge nuestro ser (porque lo anterior puede entenderse como un estar previo). Pero en este sentido, todo saber (y todo ser) es tentativo; es decir nada definitivamente es, sino que todo está sujeto al retorno de la vivificación sensoriometabólica.

Luego, en nuestra interpretación de las cosas podría ser de gran importancia entender que se nos está presentando cosas que no son de ninguna manera definitivas; que lo definitivo pertenece a otro plano aunque en el saber que hay otro plano procuraremos confort (pero acerca de qué es lo que contiene ese otro plano, no tiene tanta importancia puesto que obligados estamos a volver el estar sensoriometabolico anterior).

Lo real es, por tanto, nuestro cuerpo y nuestra constatación de que existe, efectivamente, ese otro plano; y el conocimiento de que dicha relación es objeto de otra agencia humana; que también existe -que ha de existir- una versión semiótica más o menos definida según lo que supone hubiera sido el devenir histórico contemporáneo (que sin esa “ficción” no podría entablarse la relación entre los distintos planos aquí comentada).

El tema heideggeriano del custodio del desvelamiento:

Lo que supone una instrumentalización antropológica de la verdad; que es decir también un concienzudo mantenimiento de lo ambiguo y lo incógnito; y que en el afán de sostener de esta manera el contexto sociocogitivo humano, según uno u otro criterio, supondría la creación, mantenimiento y refuerzo de contextos socio-conceptuales falsos (según la más absoluta exigencia empírica) por mor de la continuación de dispositivos socioeconómicos y financieros agregados a través del tiempo demográfico y consumidor.

Es decir, el criterio empírico “absoluto” no existe como tal sino que está sujeto a la consideraciones asimismo fisiomacros y desde la óptica de una rección antropológica -terráquea- del tiempo colectivo. O sea, el problema de Pandora o Prometeo sigue vigente en un sentido técnico a nivel de rección estructural suprahomeostática, como problema de la efectiva definición del quehacer humano (según unos y otros criterios técnicos respecto al sistema en su conjunto en el tiempo). Mientras que a nivel de usuario antropológico se nos ofrece la prebenda de afanarnos en nuestra propia corporeidad, para así buscar imponernos en nuestra personal e intransferible vitalidad al tiempo que, para que eso sea colectivamente posible, no sabemos (o no lo debemos creer de forma inapelable) realmente de qué va el mundo que habitamos. Porque, caso de dudar de su realidad tal y como uno ha creído que históricamente se ha desarrollado, se supone que nos encontraríamos incapacitados para valorar ya la vida y el tiempo que de esta forma “mentirosa” se nos está regalando. Y que también el nivel del resentimiento y amarga desolación…¿se harían insostenibles?

Pero una cosa ya está clara: el patrón orginal de este “custodio del desvelamiento” viene de los grupos humanos tal y como puede inferirse de los estudios etnográficos más conocidos, incluyendo el estudio de las mitologías clásicas. Y debido a esta escisión base que hay entre nuestro cuerpo singular y el amparo socio-moral y potencialmente epistémico del grupo, no quedaría más alternativo que una nueva escisión, respecto ahora un plano supra homeostático supervisor sobre el fluir tempoespacial colectivo, siempre esencialmente en ciernes, perpetuamente bisoño.

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1Tierra arrasada. Un viaje por la violencia del paleolítico al siglo XXI. Crítica. 2023