El problema de Hitler había sido el de Mussolini (el mismo que el de los generales argentinos de los años 80) que es ahora el de Putin:

“Era una de esas gorras muy adornadas, en la que se encuentran elementos de la gorra del granadero, del sombrero redondo, de la gorra de nutria y del gorro de dormir; en fin, una de esas pobres cosas cuya muda fealdad tiene profundidades de expresión como el rostro de un imbécil.”

Flaubert, Madam Bovary

Y la cuestión inicial respecto a la posibilidad antropológica agraria es el de qué hacer con el tiempo sedentario, pues por razones de carácter socio-fisiológico inherentes al proceso homeostático nuestro, el contexto sedentario dependiente de la agricultura ha de acomodar una fisiología humana anterior evolucionada a partir de circunstancias socio-fisiológicas nómadas, condición nuestra que aún hoy permanece de manera subyacente respecto la funcionalidad sedentaria y por debajo, podríamos decir, de la línea de flotación de lo inmediatamente evidente.

La respuesta a esta cuestión está desde siempre en el trabajo (desde el mismísimo libro de Génesis, por ejemplo) y en el ganarse la vida, que puede también adoptar la forma no solo de la esclavitud, sino también otras formas de diferenciación social respecto a distintas funciones productivas o, finalmente, gremios profesionales, del comercio o administrativos. Además del lenguaje escrito y el dinero, parecería que los modos formales de culto religioso o de alguna manera espiritual deben considerarse asimismo quehaceres antropológicos de carácter obligatorio para colectivos sedentarios, puesto que tanto el lenguaje escrito, y el dinero como los sistemas morales sujetos sin embargo por postulaciones no susceptibles a la contradicción, permiten que el individuo se proyecte metabólicamente en sus anhelos más íntimos según una semiótica compartida, pero que, al menos inicialmente, elude por completo el plano físico (y por tanto político-moral) de los cuerpos singulares. Pues es, por medio de esta suerte de proyección individual de carácter más fisiológico que inmediatamente corporal que se ha logrado sostenerse en el tiempo la civilización agraria (en realidad, no hay otro tipo de civilización) tal y como la conocemos nosotros.

Pero además de esta forma de proyección podríamos decir fisiosemiótica que los contextos sedentarios han de habilitar sine qua non, para el sujeto socio-homeostático y perteneciente, es necesario ante todo que vivamos percibiendo, puesto que desde siempre la homeostasis humana (o la que podemos considerar la antesala de la misma) se logra a través de la bipartición cuerpo/sistema nervioso en el individuo. Pero es por medio de lo metabólico (o sea, el ámbito nervioso) que los seres vivos sintientes articulan lo que constituye el artificio principal de la evolución de las especies: los grupos.

En este sentido, por tanto, es el percibir en sí mismo lo que desencadena el proceso homeostático más importante respecto no solo al individuo, sino la vida misma puesto que al tratarse de esto de la supervivencia sobre un plano evolucionario, solo cabe hablar en realidad de grupos en extensión temporal.

De tal forma que puede considerarse nuestra naturaleza hedonista como fuelle de lo social en sí, puesto que la vivificación sensorio-metabólica individual deviene en motor del orden colectivo, constantemente renovado en su misma razón de ser ante la anomia que somos cada uno en la zozobra más íntima de nuestra emotividad sensoria particular. Pero la condición original dónde se consolidó este dispositivo, o sea, la nómada, incluía cierta continuidad o armonía entre el cuerpo y el ámbito estrictamente metabólico del sistema nervioso. Con lo que cabe postular una relación más directa e inmediata entre ambos y de carácter más proxémico, sin menoscabo de la existencia de una individualidad íntima de cada uno (que por otra parte debe considerarse el acicate efectivo de que exista lo socio-racional en sí), tal y como seguimos siendo hoy.

Pero el cómo vivimos hoy en día es lo que ha cambiado en tanto que la relación bipartida cuerpo/sistema nervioso se ha visto obstaculizada, pues para los sujetos sedentarios que somos la interacción social ya no dispone del desplazamiento físico más o menos colectivo, más o menos constante del que sí depende la experiencia antropológica más móvil. De hecho y en el decurso del tiempo humano desde el neolítico, el viejo logro de la sociorracionalidad grupal (la de establecerse una verdadera matriz metabólica en la que proteger y dar cobijo al cuerpo humano frente al mundo circundante) ahora ha de recrearse de forma cada vez más virtual que por la vía proxémica, si bien nuestra condena, podríamos decir, no es específicamente la obligación de buscar el fruto de nuestro labor (y por el sudor además de nuestra frente), sino el problema de un dispositivo socio-homeostático ajeno en cierto sentido a la experiencia antropológica sedentaria.

Evidentemente, un régimen físico impuesto sobre la experiencia corporal (como podía ser el trabajo u otra disciplina educativa o militar) sería, simplemente, otra manera de hacer frente a la misma cuestión, pues la respuesta a la misma atañe a múltiples individuos que o bien se someten al orden vigente (respecto precisamente aquello que hacemos con el cuerpo de forma consabida), o bien se especializan en quehaceres de naturaleza semiótica (o sea, abstractos, no físicos pero igualmente reales en tanto consabidos), siendo en realidad una combinación de ambos lo que probablemente preste más estabilidad a la vida dependente de la agricultura.

Cabe asimismo negarse respecto a lo consabido, en tanto individuo o bien en pequeños grupos díscolos, en distintos grados de intensidad e insistencia, si bien esto no debe considerarse sino una ventaja – ¡y algo a buscar aprovecharse siempre que se dé! – respecto a la viabilidad sedentaria y en pos de una necesaria tensión que supone, en efecto, un nuevo reclamo del orden socio-racional ya vigente. Es decir, en la tensión en tanto vivificación sensoriometabólica del sujeto homeostático, la viabilidad sedentaria consigue asentarse, dando lugar en el acto al origen de lo que nosotros generalmente consideramos la cultura a secas, esto es, la que surge a partir de la vida asentada, básicamente urbana.

Afirmamos, por tanto, que toda legitimidad política (en tanto viabilidad estructural frente al tiempo sedentario) lo es debido precisamente a su capacidad de acomodo en este sentido metabólico; esto es, todo orden efectivo lo es porque proporciona o garantiza al sujeto homeostático un espacio de su propia vivificación sensorio-metabólica, constituyendo lo que es asimismo la fáctica incorporación antropológica del individuo.

Pero para eso hay que proporcionar espacios precisamente abstractos de alguna consabida seriedad y dentro de los que el sujeto homeostático pueda, efectivamente, querer llegar a ser respecto aquello que fácticamente se le propone como opciones y metas vitales, pues parece que cierta ilusión intrínseca a lo sedentario consistiría justamente en esta proyección personal que hace la veces del otrora anatómico  camino o viaje literal y que hoy, para nosotros, no es más que un metáfora, básicamente, o marco retórico. Y, en la voluntad de ser ante cualquier semiótica cultural particular (espoleado el individuo, como argumentamos, en la pulsión homeostática de su propia pertenencia respecto al grupo) disponemos de la libertad en tanto vivencia vital y metabólica de, simplemente, una volición en aparencia de lo más personal, íntima e intransferible.

De manera que siempre que encontremos que nuestra realidad nos esta alimentando sensorio y conceptualmente (por medio, entre otras cosas, de tensos juegos de miedo frente a terrores anticipados pero que solo infrecuentemente se encaran en acontecimientos reales-si acaso nunca para la gran mayoría agregada de individuos que solo se informan de manera indirecta-; o a través de incesantes relatos tanto visuales, pero crucialmente, en forma tambien de lenguaje humano; y que mientras existan espacios no absolutos sino solo esbozados que nos sigan interpelando intelectual y éticamente como nuestros verdaderos horizontes vitales (que, en efecto, nos empujan a realizarnos en cuanto todo tipo de aspiración culturalmente disponible); esto es, mientras esto sea así, irá bien la viabilidad sedentaria que, precisamente por ello, podrá prescindir de la potencia fisiológica que para nosotros siempre supone la figura humana como imagen y que, al cercenar, recortar y destruir (por las causas que sean) la bóveda semiótica de representación culturalmente posible, vuelve a recobrar su dominio sobre el dispositivo socio-homeostático humano.

Pues precisamente eso tiene de malo la regresión cultural hacia la simplificación: que como prescinde de la complejidad, vuelve a surgir la imagen, digamos desabrida, y en posición rectora real al fondo de cualquier ímpetu político de tipo populista (o, como variante evidente de este, el fascismo histórico). Pero, claro, tiene un peligro manifiesta el sustituir la razón y la ideación conceptual por logros políticos que no pueden considerarse sino de carácter sobre todo icónico, de una coreografía de la imposición de, normalmente, un grupo cultural sobre otro.

Aunque cuidado: al tratarse de un entorno realmente “epistémico” pero hecho en base a imágenes, no existe sin embargo más sintaxis que la yuxtaposición, lo que supone la efectiva extinción del razonamiento; y en su lugar, solo caben posiciones espaciales de dominio y de postración.

Nada más.

Y asi de roma se vuelve, de repente, la realidad.

Y, lo que es peor, necesito para mi vitalísima imposición en este sentido politico-icónico, cuerpos ajenos, pues no cabe más sentido (habiendo desfenestrado como lo he hecho otros planos racionales) que el sentido antropomorfa del ojo humano, este plano socio-fisiologico de rúbrica en verdad zoológica y el que, con seguridad, compartimos con los mamíferos.

Pues, cómo entender todos los episodios históricos que menciono en el titulo de este texto sino de regresión en el sentido zoomorfa aquí esbozado. Sin embargo, en todos estos ejemplos apuesto a que había otro problema en realidad más profundo, la cuestión de qué hacer con el tiempo sedentario. Y es que apunta en todos los casos a que una consolidación política inicialmente viable (en tanto estabilidad económicamente funcional y que solo recurre mínimamente a la violencia o más bien sobre todo la promesa y una parafernalia de la misma), parecería que, ante la inacción complacida, prolongada en el tiempo sedentario en sí, acaba optando por la única salida que la renuncia a la razón admite, la de la vivificación in extremis que nos une con la violencia en tanto plano metabólico que, como diríamos, ya contiene en sí su propio y completo sentido, sin que sea necesario añadir ni matizar en ningún caso nada.

Pues de forma evidente históricamente, el comercio y, finalmente, las sociedades de consumo nuestros, no han bastado jamás por sí mismos para anclar y sostener las antropologías pos-neoliticas sin relacionarse con la violencia, sobre todo en forma de imaginería. Porque al parecer (pero de forma también clara), nos lo pide el cuerpo, como alimento finalmente moral, pues como argumentamos, en la zozobra vivificadora de la violencia presenciada, aparece un nuevo reclamo de orden racional (algo asi como un perenne striptease inherente a nostros, pero sobre el que se basa, en realidad, la posibilidad moral nuestra.)

Pero son aquellos agresores históricos quienes, no sabiendo ya qué hacer realmente con el tiempo sedentario colectivo (es de suponer sin que ellos tengan que renunciar al poder del que ya disponen), se acaban por instalar perdidamente en las imágenes épicas de su propia triunfo -renunciando de paso a toda episteme razonada-. Y es entonces cuando cobran valor de nuevo los cuerpos humanos ajenos: a partir de ese momento solo los cuerpos humanos objetos y culturalmente ajenos sirven para encarnar lo que es un vacío propio, respecto una entidad incorpórea embarcada en un delirio metabólico como travesía existencial real (pero una especie de antropología sedentaria falseada al fin).

Pues peligroso es eso de quedarse sin propuestas de sostenimiento sedentario colectivo, porque toda ausencia de propuestas no violentas de consumación ordenada de tiempo sedentario, da lugar a una forma simplificada del dispostivo socio-homeostático originalmente nómada que, precisamente por ello, se repliega respecto a planos más epistémicos, descargando lo grueso de su operatividad estructural en el ámbito estricticamente corporal y proxémico. Pero que la pugna y nuestra naturaleza digamos pendenciera hayan servido como instrumento de orden sobre los espacios físicos (y quiza el original y más importante) tampoco parece una idea descabellada. Pues sobre ella puede establecerse cierto orden, de carácter a veces feroz, cruel y con frecuencia efímero, porque la renuncia de parte del imbécil totalitario de turno de toda episteme más allá de la directamente agonal, suele conllevar asimismo la incapacidad efectiva de toda posibilidad de gestión real del tiempo sedentario (máxime tratándose de antropologías que se asientan sobre el avance tecnológico y la cada vez más amplio manejo técnico de distintas de formas de imposición violenta).

Pero ya nos podemos ir felicitando, aunque sea solo en este punto, de que nuestro tiempo histórico actual sí que se articula, en realidad, sobre una gestión técnica muy clara, pese a las apariencias (seguro, además, que esto último ya lo sospechaba usted en más de una ocasión).

(Allora andate avanti!)

La violencia se hace funcional sobre un plano semiótico

La violencia se hace funcional sobre un plano semiótico…

Lo que supone a su vez la “incorporación” colectiva del grupo cultural.

Cartel publicitario en Madrid, abril 2022

El tema de la relación ambivalente que tiene el ser humano con la violencia y respecto a la que ni los perros ni los gatos nada pueden opinar. Los toros, sin embargo, suponen, al menos en su origen, un asunto complejo en tanto que constituyen un espacio precisamente en el que nos relacionamos con la violencia ejercitándola en beneficio, en realidad, del colectivo antropológico sedentario: pues la violencia ha de seguir en el seno social por razones socio-fisiológicas (esto inexorablemente), de manera que si es en forma sobre todo de espectáculo (y de carácter por tanto vicario, más metabólico que corporal) mejor. Pero claro, “alguien” tiene que pagar el pa(c)to en tanto que, a ojos nuestros, no hay nada tan serio como la imagen que compone todo cuerpo vivo que denodadamente se esfuerza por imponerse: así que doblemente mejor si ese “alguien” no tiene subjetividad humana plena (sino probablemente solo la que implica un sistema nervioso básico del que depende la homeostasis neurológica solo animal y la que solo parcialmente es la nuestra). Por otra parte, ¿qué sería Jesus Cristo sino un dispositivo que busca resolución respecto precisamente esta paradoja irresoluble? En efecto, nuestra “salvación” moral y ética está en alguna forma de reconocimiento de los que sostienen el grupo en el tiempo de su propio decurso vital y agregado (o sea, en su momento y a su tiempo, cada uno de nosotros): así de serio es esto del “hambre del hombre” en su vertiente colectivo, finalmente antropológico. De eso va -de eso ha ido desde siempre- la caridad cristiana, particularmente la católica. Que también los gustos y preferencias podían haber cambiado pero el dispositivo sigue siendo el mismo frente al problema que supone en realidad la fisiología humana (su carácter “socio-homeostático”), frente a la experiencia sedentaria.

Comentario originalmente sobre el artículo en El País, Ante el dolor de los animales del 14 de abril