Algunas simbiosis* de entre las partes en el tiempo…

1.El individuo fisiocorpóreo FRENTE A el yo social

Con el tiempo el espacio sociorracional convierte la fisiocorporeidad (y su fondo opróbico) en una fuente de titilación -como ciertamente una forma de precariedad sensorial– que mantiene en una necesaria tensión la sociorracionalidad y siendo el medio principal de su reconstitución efectiva en el tiempo, y según la propia naturaleza incoactiva de la misma.

2. El yo fenoménico-opróbico (o sea, fisiocorpóreo) FRENTE A la agencia tempo-estructural y financiera

Para la agencia tempo-estructural y financiera, todo intercambio fisiológica y sensorialmente directo entre los seres humanos está completamente mediatizado por unas circunstancias y una estructura del todo ausentes; por eso, cuando uno se ve frente a otro ser delegado que representa la corporación o organización para la que de hecho trabaja y con la cual Ud tiene algún asunto que resolver, la sustancia fisiológicamente inmediata de la experiencia, digamos entrecorporal, suele servir, a grandes rasgos, para enmascarar los puntos más desagradables de dicha agencia tempo-estructural y financiera, pero particularmente respecto de un individuo (o sea, Ud.) quien en sí mismo, y por sí solo, no es nada; de hecho, probablemente sea este el aspecto más grotesco de todos, respecto de un pensamiento en realidad macro-estructural que por razones morales (muy serias, además) tiene que fingir en buena medida un interés real en la persona de Ud. Se hace preciso, por tanto, que cuando nos encontramos en una situación fisiosenorialmente inmediata, pero respecto de una persona delegada de parte de una corporación u organización mayor, el preguntarnos por las posibles razones estructurales mayores y agregados (estas que son en realidad, y si lo meditamos bien, las que más importancia tienen para ambas partes puesto que el verdadero poder parece cada vez más de parte de la corporación) que pueden estar dirigiendo desde atrás, por decirlo de alguna manera, la experiencia fisiológica-sensorial directa; porque Ud ha de saber que es su percepción y el fondo finalmente opróbico de la misma la que sirve básicamente de pantalla respecto de los intereses estructurales de la organización, puesto que de hecho solo su experiencia sensoria conoce Ud que resulta ser, en manos de otros, una forma de trampa que le impide ver el plano racional más abstracto y técnico; y trampa sobre todo porque la sensorialidad humana es en sí misma una forma de significado incipiente -puesto que echa sus raíces en el fondo mismo opróbico de Ud y su persona física- pero extirpado de una contextualización más amplia, que en rigor no tiene nada que ver Ud, sino normalmente con miles -o millones- de seres humanos como Ud en el decurso de un tiempo estrictamente financiero. Pero, en esencia, la técnica es similar exactamente a la del mago, salvo que el mago, como se acepta tácitamente que nos está presentado un artilugio de engaño, se exime de cualquier acusación de manipularnos opróbicamente: el ilusionista arrumba todo plano moral mediante un sentido artístico, casi deportivo que se arroga para sí. Lo mismo, empero, no se puede decir en ningún caso de la corporación, puesto que cuanto más urgente, real y «serio» le parece a Ud el asunto a tratar, más manipulable -maleable- resulta para la agencia temporal-financiera. Y es que en el paroxismo opróbico de la moralidad como mecanismo antropológico, los significados dejan de ser conceptuales y se descontextualizan de todo: pues en el estímulo solo opróbico Ud alcanza una suerte de efervescencia fisiológica que, no obstante, sigue cargado de un significado moral muy importante, pero que al mismo tiempo no deja de ser una experiencia onanista, dado su naturaleza exclusivamente sensorial y, por tanto, no trascendente respecto de otras personas inmediatamente físicas (eso que hace que dicha experiencia sea moralmente real, a la vez que de ninguna consecuencia real inmediata puesto que no tiene -inicialmente- un sentido que puede comunicarse fácilmente). De ahí aquí cualquier lógica que a Ud le pongan delante, fácilmente se la apropiará como suya, según sea la habilidad -en la urgencia opróbica, normalmente- con la que se la hayan endosado, o eso al menos inicialmente y como efecto impulso, puesto que es de suponer que después y con el tiempo de reflexión, Ud. se lo pensará mejor, sin duda.

Frecuentemente Ud observará también el hecho de que la persona con la que está hablando, mientras normalmente es de lo más amable y competente, no sabe, sin embargo el porqué mayor de las cosas que muy profesionalmente maneja a nivel de usuario. Su ignorancia, en este contexto y respecto el plano macro-estrctural, es esencial porque en la entereza moral del empleado (porque efectivamente, no sabe), es la corporación que se parapeta éticamente, puesto que a Ud nadie le ha mentido nunca. Y así se hace necesario postular que la estrategia rectora de la corporación consiste en operar en el plano técnico arrumbando, en la medida que esto sea posible, la moralidad colectiva; que es un afán que en el fondo aspira a alcanzar un nivel de dominio técnico más allá simplemente del bien y del mal, empero instrumentalizando lo que viene a constituir un nivel inferior objeto de su propio domino y agencia, esto es, el entorno fisiológico-opróbico en el que habitamos los cuerpos nuestros, él de Ud, el mío, y los de todos los demás.

3. Información natural FRENTE A la información cultural

En un sentido la información así calificada de «natural» actúa como un mecanismo de corrección de la otra parte cultural, puesto que el individuo percibe ante todo como socio individuo de un grupo históricamente particular desde su incorporación propia a un paradigma de socioindividualidad también particular que corresponde a una sociorracionalidad colectiva ya culturalmente establecida. Pero como la sociorracionalidad es en sí producto siempre de la fisiocorporeidad estimulada en un contexto históricamente específico, siempre queda pendiente de su propia constitución como socioindiviudo  efectivo -según los vaivenes de la energía y características vitales de la persona física, entre otros factores-; en caso del estímulo extremo, que en su desbordamiento se convierte para el sujeto sensorial en una forma de precariedad sensorial que vuelve a instaurar, de repente, la ambigüedad que nuevamente haya que descodificar, la constitución sociorracional supone el proceso mismo de convertir información natural de nuevo en información cultural. Y es que la información cultural es, según la definición de Borgman, información para manipular la realidad que es lo mismo que decir que es una información que supone un proceso de imposición, imposición que solo el grupo puede garantizar en la forma de una sociorracionalidad cuya función principal y de origen es la de permitir simplemente que el grupo se mantenga en el tiempo frente al espacio físico-material circundante.

La clave aquí es pues la sensorialidad humana, siendo todas estas dicotomías (información cultural-natural; la fisiocorporeidad-yo social) una apariencia superficial respecto de una realidad subyacente, que tiene que ver con la relación que hay entre lo sensorio y la racionalidad. El mecanismo antropológico de los grupos humanos se alimenta estructuralmente de la individualidad sensoria de los sujetos dependientes, siempre que permanezcan efectivamente independientes en su sensorialidad, que pudiera considerarse una función estructural correctora por parte de la libertad humana respecto lo sociorracional y consabido.

Parece asimismo cierto, entonces, que la relación real entre una y otra clase de información (según tal y como dicho autor las contrapone) es la de una expansión por parte de la cultura que, en su avance, va alimentándose, por así decirlo, de la información natural; por lo que se aprecia una dependencia de la información cultural en la precariedad sensorial que supone la contingencia real de la información natural, aun no asimilada. Y podemos aventurar la explicación de que la novedad que es la contingencia sensorial de lo no consabido, corresponde directamente a la posibilidad físico-sensoria del individuo singular, libre, de repente y en el momento mismo de la reconstitución sensorial, de toda atadura anterior. Pues el momento de la percepción que  efectivamente desborda de alguna manera lo consabido, supone la contingencia misma de la anomia fisiológica, que solo así en cuanto tal -esto es, como una forma de precariedad sensorial-, queda el individuo fisiocorpóreo encauzado de nuevo a su propia sociorracionalización.

Así puede postularse que la tonificación sensoria del sujeto fisiológico-cognitivo viene a suponer, en el decurso de la evolución sociobiológica nuestra, el punto estructural clave de los grupos humanos en el tiempo.

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Borgman, Holding on to Reality. The Nature of Information at the Turn of The Century (1999)

4. ¿Cómo se relaciona Adam Smith con la noción de adversarios fisiocorporales?

El concepto de la avaricia como bien común en el plano estructural (greed is good), se parece mucho a la idea de Konrad Lorenz, de significado a través de oposiciones fisiológicas entre seres diferentes en conflicto y respecto de un espacio físico compartido: todo afán de acumular ganancia económica supone un ímpetu fisiológico que, mediante el conflicto frente a otros, se encarga de regular el sistema, de forma muy parecido a como funciona la individualidad antropológica que crea y reafirma en el tiempo una sociorracionalidad funcional a partir de la furia estrictamente individual por vivir e imponerse sobre la realidad.

Es decir, que el significado del ímpetu vital individual solo aparece después en el contexto de un espacio compartido -verdaderamente disputado– entre los individuos que ocupan un mismo espacio físico; esto es, que solo la circunstancia colectiva (o al menos multiindividual) puede dar lugar a un significado de naturaleza sociorracional respecto la conducta individual: solo «significa» algo todo aquello que yo hago por cuanto sea percibido por, en cuanto sirva de estímulo sensorio para, otro ser humano. Y, naturalmente con el tiempo, todo lo que hago y respecto aquello que considero que soy yo, no tendré más remedio que entenderlo de forma extrínseca a mí propio ser estrictamente singular, y aunque esto pasa desapercibido en buena medida por mí, pues me entenderé racionalmente mediante el único instrumento que para ello tengo disponible, que es a través de la sociorracionalidad grupal (‘cultural’) de la que ya forma parte mi entidad fisiológico-corpórea sin que yo sea, en realidad, muy consciente de ello.

Y es que parecería que estamos condenados, entonces, a estar primero en nuestro ímpetu fisiológico-vital y corporal, para solo después y mediante una suerte de elipsis socioopróbica, llegar a ser en la enajenación técnica que es el yo social en sí. Con el tiempo, naturalmente, la parte enajenada, esto es, la fisiocorporeidad individual, acaba por erigirse en oposición -sobre todo en su parte estrictamente corporal, pero que en incluye, claro está, las emociones- como oposición críptica frente a la fuerza sociorracional y opróbica de toda cultura; una nueva oposición que, en realidad, siempre refleja la misma paradoja fundamental de la supervivencia humana, esto es, en grupos, y no la supervivencia en ningún caso de los individuos.

Y como fuerza y oposición mutuamente correctoras, entonces, se enconan las dos partes, mas solo la parte sociorracional tiene verdadera voz que se entiende como tal, pues a la experiencia estética (o lo que nosotros la llamamos, aunque no sea solo el arte) es la que se encarga (crípticamente, claro) de centrar una vez más toda posibilidad finalmente moral, en el cuerpo mismo y su total indefensión individual.

Y la avaricia (en sentido adamsmitiano) es buena precisamente porque, teniendo el dinero a nuestra disposición cultural como herramienta, nos empuja hacia la necesidad de que seamos racionales, puesto que sin esa urgencia no existiría el porqué mismo de la comprensión racional.

O como una caja de cartón dentro de otra -cada una más pequeña que la anterior y todas al final vacías- el orden establecido permite que la sustancia fisiosensoria, en buena medida etérea, inefable e incorpórea, nos dediquemos a consumirla en la oportunidad fisiológico-antropológica que supone la longevidad de cada uno, bajo siempre, eso sí, la mano invisible y críptica mucho más decisiva que supone la configuración preconsciente en realidad grupal y socioindividual de nuestro pisque evolutiva.

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Esa Paradoja fundamental e irresoluble: los individuos disputan entre sí el predominio de un espacio físico concreto y, sin embargo, están compelidos a mismo tiempo a no separarse los unos de los otros puesto que la supervivencia real se intuye (esto es, que lo sabe el cuerpo) que está en los otros, en la permanencia en el tiempo del grupo, frente a la realidad físico-natural y humano circundante. La individualidad pudiera entenderse a nivel estructural como un dispositivo que entronca la sensorialidad individual y opróbica con la reconstitución permanente del grupo. Y el grupo, por mor de esa misma permanencia en el tiempo, se convierte en el entorno de forja, por decirlo de alguna manera, de una sociorracionaldad producto en sí misma de la experiencia particular del grupo que no solo sujeta al individuo desde la óptica estructural, sino que reafirma necesariamente la misma singularidad individual reteniéndola en la opacidad críptica de la experiencia opróbico-fisiosensoria, anterior siempre a toda comprensión racional. Y en esto precisamente se puede concebir una noción cruel de dominio estructural por parte de un mecanismo que no puede librar en realidad a sus objetos humanos (¡que se creen ellos mismos sujetos!), sino que los tiene agarrados por su mismo tejido nervioso y vital.

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*Uso de la noción de una relación simbiótica entre dos fuerzas distintas, puede aquí no ser del todo exacto en un sentido biológico, puesto que la relación verdaderamente simbiótica tratándose de seres vivos requiere que ambas partes se beneficien (porque, de lo contrario se trataría una relación parasitaria). La acepción aquí se ha intentado manejar solo en cuanto al sostenimiento de una unicidad funcional en el tiempo, entre dos entes diferentes, que contribuyen a establecer una relación -o estado vivo- posterior, y como producto de la relación original.

Una alienación técnica de los grupos humanos

‘La cocina’

Aunque en lo sustancial, en lo que se refiere a las relaciones de unas personas con otras, a sus pasiones y sus sentimientos (de soledad, de amor, de alegría, de tristeza…), a sus sueños de felicidad, nada cambie realmente y todos sigan siendo los de siempre, esos hombres y mujeres alienados e invisibles que se levantan todos los días para trabajar a cambio de unos salarios que les permitan seguir viviendo mientras otros se enriquecen y disfrutan. O sea, usted y yo.

(Conclusión del artículo de Julio Llamazares, en El País, 25 de noviembre de 2016)

 

El concepto de alienación del que quizá por primera vez se oye hablar cuando le toca a uno familiarizarse con la historia contemporánea a partir de las influencia intelectual de Karl Marx (o eso al menos fue mi caso), puede también servir para aproximarnos a la individualidad antropológica, por cuanto todo yo social supone la necesaria alienación de la entidad fisiocopórea individual; con lo que alienación en este contexto quiere decir algo así como,

La definción opróbica de la individualidad fisiocorpórea particular según el hecho vital-histórico de un grupo humano específico ante el espacio físico-material.

Pues resulta lógico postular que, de no existir la posibilidad de una cierta alienación fisiológico-sensoria respecto del metabolismo individual, los grupos humanos no hubieran podido permanecer como tales, esto es íntegros, a través de la evolución biológica de la especie.

La alienación en este sentido más profundo y antropológico debe considerarse más bien como el sino técnico de toda fisiología individual que no tiene más remedio que definirse opróbicamente según la sociorracionalidad operante del grupo humano del que el individuo depende. Y es que la alienación en este sentido y contexto fisioantropológico, puede entenderse como el hecho en sí racional del grupo en cuestión y aquella definición de la sustancia fisiológico-sensorial que convierte toda metabolismo fisiosensorial físicamente singular en sujeto social, sujeto precisamente por el carácter extrínseco en los otros de lo que es, no obstante, la fisiología individual. Y como verdadero armazón racional-moral, deviene este proceso fisioopróbico en sostén y artífice real de lo que fuera alguna vez la integridad numérica del colectivo original, frente al mundo físico-espacial circundante.

El uso del concepto alienación en el texto arriba citado, inspirado por una visión progresista que nunca ha tendido inconveniente en contemplar el pensamiento de Marx en su vertiente más bien antropológica, abarca de forma no explícita este mismo sentido precisamente antropológico-estructural, si bien la necesidad (fisiológica) humana del hecho moral nos ciega un tanto e inicialmente respecto todo trasfondo técnico del contexto que habitamos y que nos sostiene. Pues la mayor vivificación que recibimos en nuestro ente fisiológico viene precisamente de nuestra contemplación visual del hecho moral, respecto de un plano social externo a nosotros que en realidad es, desde la óptica opróbica de nuestra corporalidad singular -respecto nuestra mismísima presencia continuada o no, en el mundo-, siempre un plano en cierto sentido socioafectivo. Y es solo a lo moral lo que damos verdadera importancia, digamos visceral y metabólica, a partir de la corporeidad de cada uno; los otros tipos de percepciones, aunque siguen siendo visceralmente experimentados, no llegan, sin embargo, nunca a al mismo grado de intensidad y arrobo metabólico.

Porque en la contemplación de lo moral se alimenta la individualidad antropológica mediante la experimentación de algo así como la integración total de ambos partes -la fisiocorpórea y el yo social- pues estamos especialmente sensibles como los sujetos sociales que somos a la existencia de todo aquello que rige, ordena, y orienta la vida del individuo perteneciente. Y entonces, toda injusticia y abuso de unos respecto a otros; toda desgracia que surte el efecto de que algunos ya no pueden contarse entre nosotros, tanto como víctimas que pueden ser a manos de otros, o bien como los malos desalmados que igualmente ya no puede considerarse de entre los nuestros; y, naturalmente, la muerte misma: ante nuestros ojos son todos, en su escenificación social -y también estética-, momentos de gran fuerza fisiosensoria y metabólica para nosotros, pues nuestro sino que está en el pertenecer, queda de repente en cuestión ante el horror de la evidente desintegración grupal que presenciamos en la perdida tanto física como moral de otro ser humano.

Y como efectivamente opera el autor en texto arriba citado, la sustancia sensoria de la percepción nuestra y su inexorable carga opróbica viene a suponer la verdadera argamasa de la construcción semiótica posterior (que no es en primera instancia simbólica), pues el basamento de todo significado cultural sucesivo es, originalmente, esta calidad moral inherente a nuestra presencia física y singular en el mundo que, no obstante, solo pervive -solo es– en cuanto integrante de un colectivo mayor. Y es en la elaboración posterior simbólica y cultural donde pudiéramos decir que recuperamos la libertad adánica original de imponernos nuevamente sobre el mundo -ahora de naturaleza totémica y cultural-, pero de forma siempre un tanto ciego, puesto que la creación de esa posibilidad fisiológica del ámbito ahora simbólico, se debe a nuestra subordinación fisioopróbica anterior de la que, naturalmente, somos apenas conscientes.

Y así, la tonificación moral sí que nos sostiene también ahora en el texto aquí citado, como un manjar que nos deleite en su golpe de efecto final que supone, no obstante, una experiencia sensorial a la vez que abarca un sentido conceptual. Y nos sostiene porque nos integra, efectivamente, respecto de ambas partes de nuestra individualidad bipartida, y más antropológica (por cuanto grupal) que como ente único y singular. Porque es una suerte de interpelación moral, como lo es en cierto sentido real pero subyacente, todo fenómeno visual humano.

Aunque también radica un problema en el sostener fisiológico-sensorio, que sostiene al tiempo que nos envuelve; o quizá mejor decir que el envolver es el sostener en esto de la experiencia fisiológico-sensoria humana. Con lo que resulta que el mundo social al que se refiere la cita sí que existe de forma independiente del solipsismo fisioantropológico de los grupos humanos; en cuanto a múltiples cuerpos humanos que, a grandes rasgos, comparten el mismo espacio físico-material, y que, si bien todo ello puede servir como estímulo con efectos cohesionadores a través de nuestros sentidos de percepción (en cuanto a toda imagen mental), existe más allá no obstante de nuestro delirio moral, como una diacronía sistémica de cuerpos singulares, de  generaciones múltiples y longevidades distintas, que nos remite otra vez a esta suerte de muro inexorable que es el hecho de que yo no soy tú; hecho que queda ocultado por el plano fisioantropologico ilusorio del artificie universal de la cultura, en tanto que pudiera considerarse, paradójicamente, una especie de fisiología compartida, pero respecto de cuerpos físicamente distintos e independientes.

La Cocina (El País)