
Se ha postulado dios, claro está, sobre el mundo que está más allá de nuestro poder de manipulación o si quiera de la comprobación. Y tal como nosotros nos relacionamos con la realidad –es decir como grupos culturales antes que como individuos–, este hecho nos debe servir de señal de alarma: pues como la función de nuestra cognición cortical parecería la de poder compatibilizar el arrojo vital de todo cuerpo singular, por una parte, con una concreción psíquica culturalmente definida (eso que supone poner al centro cultural homogeneizado la idiosincrasia feroz de los cuerpos singulares), el entramado intersubjetivo de toda racionalidad cultural tiene que digamos coronarse con una figura de máxima causalidad como la fuerza rectora de todo y bajo cuyo umbral de sentido se cobija nuestra posibilidad misma de concebir no solo al mundo sino a nosotros mismos.
Es decir, el dios todo poderoso –o el sistema también causal que apoya como mecánica postulada de sentido existencial- es, en realidad, un agente epistémico que las antropologías agrourbanas siempre han brindado a sus propios sujetos homeostáticos; una episteme que resulta necesaria desde, en realidad, un óptica estructural, pues el otrora ininterrumpido horizonte de expansión nómada se ha de sustituir en la antropología sedentaria no solo por el individuo moral culposo (que toma ahora mayor protagonismo frente el avergonzado), sino que es necesario participar de un sentido que nosotros mismos también podemos ir imponiendo sobre un plano ritual, metafórico y también representativo (a través del lenguaje y otros medios estéticos).
Pues solo así se nos está equipando con la posibilidad mimética de ejercer nuestra propia violencia como imposición, pero sobre planos ahora incruentos, mientras que la violencia física se regimienta de forma cada vez más precisa y ordenada (si bien no desaparece nunca del todo en la forma de guerra, pero también como una violencia esencialmente periférica respecto de la normalidad sedentaria en la forma de forajidos que existen necesariamente allende al orden social grupal–e incluso más como idea, a veces, que presencia real).
Sin embargo, la ciencia de hoy entiende que la causalidad real del universo va mucho más allá de solo el sentido humano de sus grupos y cómo se afanaron evolutivamente por sostenerse frente al problema «sociofiisiológica» y homeostática que supone la antropología sedentaria. Pues sí que hay un mundo real complejo más allá de nuestras posibilidades de siquiera observación (ni mucho menos de comprensión).
¿Supone, por tanto, la visión existencial positivista (es decir empírica que solo permite entender las cosas a partir de una comprobación real) una alternativa antropológica al uso estructural tradicional de lo divino? La ciencia en su pragmática tempo-estructural crea efectivamente un marco epistémico estable que define los límites de la verdad en su vertiente técnica; limites que suponen simultáneamente una base a partir de la que seguir avanzando en la forma de especulación creativa, lo que deviene en soporte necesario sine qua non respecto del tiempo sedentario.
Y, sin embargo, no está claro (y esta es tesis base que fundamenta los textos de este blog) que la psique humana pueda finalmente desprenderse de esta especie de receptor matriz al que solemos retornar en nuestra desescalada cognitiva, de lo cortical a lo límbico, que es en sí misma vertiente natural de nuestra cognición (cuando caemos en el sueño, cuando perdemos/recuperamos la consciencia a partir una lesión, infortunio, o enfermedad; o cuando nos aíslan, típicamente en un regimen carcelario, de todo tipo de contacto humano durante periodos extendidos de tiempo, entre otras muchas circunstancias).
Porque supone un regresar al origen de nuestra propio personaje psíquico, a partir originalmente de una memorística nacida exclusivamente de un cuerpo humano singular e intransferible; memorística que se fue construyendo de forma idiosincrática a lo largo de los años para crear finalmente un perspectivismo personal único que, puesto en contexto con el grupo al que inexorablemente ha de ingresar el individuo socializado, se convierte en auténtica pepita de oro a partir de la que es posible toda homogeneización cultural y identitaria (que se alimenta precisamente de la anomia individual, cuanto más extensa y cuanto más idiosincrática, mejor en ultima instancia para el grupo evolutivo y de cara al tiempo colectivo generacional futuro).
Pero el caso es que en este retorno que es el origen está la base causal que fundamenta la mente infantil, en tanto que la percepción del tamaño indica dominio; un discernimiento moral temprano frente al mundo y en las motivaciones de los demás, etc.1 Y la causalidad, pues, es el umbral real de la intersubjetividad; es decir, eso que es el porqué mismo de que tengamos una personalidad socializada.
Una casualidad que parecería prestarse a la antropomorfización -también en edad infantil- y a la que parece aferrarse la psique humana como constante límbica, esa que es la llave que abre la posibilidad del amparo corporal que son los otros culturales y cuya arquitectura existencial depende, justamente, de una intersubjetividad lógica base.
El porqué es usted el personaje psíquico socialmente comprensible que se reconoce así mismo-misma como tal.
La ciencia, en cambio, no puede retroceder tanto hacia el origen socio-biológico de la individualidad humana porque su arranque formal es necesariamente cortical, es decir, respecto de una casualidad dura que ha de renunciar a la simple correlación (un modo en realidad homeostático de causalidad del que se valen los cuerpos pertenecientes respecto de cualquier locus de pertenencia cultural, y al que se enfrenta formalmente la ciencia pero del que en realidad no se libra nunca plenamente).
Pues la práctica de la ciencia, si bien se dota un método suprahomoestático, solo lo es de forma evidentemente ilusoria.
(Pero con todo, no pasa nada. ¡Bueno estaría ponernos a estas alturas a rajar de la ciencia y los evidentes beneficios tecnológicos que ha traído!)
El tema es que hay un terreno en el que no puede entrar la ciencia como tal pero a donde sí que llegan las postulaciones divinos–es decir, causales de carácter correlativo–; un terreno, sin embargo, donde también se afinca una parte de nuestra propia cognición que no se ofrece fácilmente a nuestra propia entendimiento racional.
Intuyo, pues, que mejor sería para todos nosotros que algunos de ustedes fueran entendiendo esto un poquito mejor.
(¡Vote a favor de la gestión antropológica suprahomeostática en cuanto tenga usted la oportunidad!)
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1 En Mariano Sigman, La vida secreta de la mente. Nuestro cerebro cuando decidimos, sentimos y pensamos (2024)