Modelos antropológicos históricos ya conocidos de gestión supra-homeostática (primera parte)

Comentarios sobre algunos versos del Levítico (Reina Juan Valera, 1960) tamizados parcialmente por el enforque de Mary Douglas en Pureza y peligro. Un análisis de los conceptos de contaminación y tabú (1966)

18:04 Mis ordenanzas pondréis por obra, y mis estatutos guardaréis, andando en ellos.

Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis ordenanzas, los cuales haciendo el hombre, vivirá en ellos. Yo Jehová.

Describe un marco que, en el realizarlo el hombre, se constituye éste de hecho; presupone, de alguna manera que el realizarlo incluye el esforzarse por y el afanarse en; y también da a entender que habrá resultados no siempre óptimos o en primeras instancias no del todo logrados. O sea, se trata de un marco fisioantropológico “de manual”, en tanto que una estructura sociorracional (intersubjetiva) explícita sirve de referencia frente a la que el individuo queda libre para medirse en el brete coaccionado en el que vivimos todos como sujetos homeostáticos y respecto a nuestras propias pulsiones límbico-emotivas.

Porque, de hecho, no es seguro que podamos obedecer en todo momento a los mandatos trazados, pero a ello al menos hemos de disponernos como postura vital ante la vida; de hecho, esta disposición sería con toda probabilidad el sentido mismo de nuestro yo y la forma más decisiva de cómo nos entendemos a nosotros mismos.

Sentido que es una disposición vital como piedra angular finalmente de la personalidad propia; y solo después se despuntaría toda autocomprensión conceptual o razonada.

Apunte aparte: eso del “Yo Jehová” con el que firma el gestor: este modo individual agentivo que tiene la figura divina de relacionarse por medio de una agencia absoluta (que, como el poder absoluto, solo la ejercen las figuras regias, es decir, las regidoras: las divinas y su versión terrenal que son los monarcas) acaba siendo un modelo ineluctable de individualidad psíquica para todos nosotros en la soberanía límbico-cortical de nuestra propia corporeidad, pues como a disposición nuestra queda dicho modelo de agencia para finalmente autoadscribir nuestro propio sentido vital (es decir, comparable pero a nivel inferior, claro).

18:22 No te echarás con varón como con mujer; es abominación

Tiene un primer sentido a partir de la óptica de Mary Douglas: algo que es una anomalía según la norma sociorracional normativa (a partir de una intersubjetividad culturalmente determinada) causa gran turbación homeostático-cognitiva en el individuo perteneciente. Pero como se trata, sin embargo, de una pulsión inherente y puntualmente familiar para todas las personas, tiene aún más importancia como fuente de transgresión que, siendo de alguna manera inherente al sujeto homeostático y respecto a su naturaleza límbica y emotiva, se convierte en una suerte de fuelle de reforzamiento respecto al orden fisiológico-epistémico como marco, antes que nada, metabólico.

Un marco que depende tanto de su carácter racional (estipulada e intersubjetiva) como de la idiosincrasia límbico-emotiva de cada cual para alimentarse en el tiempo; esta forma de anomia individual que se convierte en el recurso central del tiempo sedentario y que constituye “lo sacro” entendido a partir de una complejidad multipersonal que, no obstante, permanece más allá de nuestra contemplación analítica (no por divino sino por complejo).

Porque del choque interior entre nuestro plano homeostático-límbico y el yo cortical ascendido, surgen asimismo conflictos interpersonales constantes de carácter ante todo a nivel electro y neuroquímico en el individuo y solo secundariamente en forma de encono físico intercoporal.

Contextos de autoincoacción norbertoelisiana. Lo que sería decir que los individuos están ya aislados de alguna manera en el solipsismo de su propia lucha neuro-homeostática frente a imágenes culturalmente normativas (el pasado mítico-colectivo y respecto a su propia memorística singular; relaciones filo-afectivas y otras formas de tópicos plásticos -en tanto que imágenes- más y menos normativos y con las nuestra psique está trenzada).

Pero es en conjunción con las imágenes culturalmente disponibles (y por ello normativas hasta cierto punto) y el ímpetu homeostático vital íntimo del sujeto cómo se va ejercitando digamos el tiempo humano en su vertiente colectiva—es decir, por medio de la psique individual a partir de su mecánica límbico-cortical y socio-homeostática.

Importancia de las imágenes: son ellas mismas el acorazamiento de los espacios correlativos; espacios que son por cuanto son imágenes con las que relacionarnos y frente a las que nos definimos de una u otra manera, mientras que el plano complejo prosigue una cierta traza causal que nosotros los humanos homeostáticos solo podemos entender como cósmica, de orden divino o bien de carácter cuántico, etc., según el sentido de uno u otro tipo de postulación mayor culturalmente específica (aunque evidentemente abstracta)

Imágenes a las que después se les puede atribuir cualquier sentido cultural-personal determinado parar formar, elaborar y reforzar en el tiempo una intersubjetividad tácita de la que depende el sujeto socializado (que en cuanto a la pulsión de nuestra propia pertenencia como amparo corporal en los nuestros, es algo así como el porqué de nuestro yo psíquico individual).

¿Cómo se diferenciaría de esto una óptica suprahomeostática? Una comprensión sería suprahomeostática por cuanto se alejase del hecho corporal humano, no tanto respecto al cuerpo propio sino respecto a un locus socio-homeostático cuya valencia moral ya no sería relevante (por las causas en principio que fueran: porque teniendo un estatus social y económico superior, se eleva uno sobre la condición de los otros; o porque debido también a un mayor enriquecimiento intelectual-cultural, uno deja de dar la misma importancia a lo culturalmente consabido.

O asimismo porque disponiendo de una tecnología que hiciera transparente la vida psíquica íntima de los demás, uno -o una- ya no se relacionaría físicamente de la misma manera con los otros aunque permaneciera viviendo aún entre ellos; lo que sería también entender que ya se hubiera autodefenestrado de entre ellos respecto al menos toda realidad moral humana.

Pero, sin embargo, con la capacidad (cromática) de incidir activamente en la homeostasis ajena, dicha óptica se constituiría en una forma de yo causal supremo (o “absoluto”) que tendría por objeto de su propia gestión un nuevo plano límbico-emotivo agregado (o esa sería una analogía descriptiva acertada); respecto un plano estructuralmente sometido pero cuyos integrantes humanos entenderían -de forma errónea desde dicha óptica estructural regidora- su propia vivencia fisiológica-vital como una para ellos esencial causalidad a partir del convencimiento de su propia agencia física, después moral.

De hecho, esta visceral “ilusión” como realidad metabólico-corporal individual se convertiría en el eje sobre el que los gestores suprahmoestáticos mediatizarían el marco tempo-estructural antropológico, en tanto que constituye el mismo espacio correlativo en el que discurre nuestra vivencia consciente. Porque abarca por entero el recurrido límbico-cortical de nuestra cognición; implica una necesaria seguridad epistémica impuesta como la definición misma de lo real que limita al mismo tiempo que esboza un más allá a la que aspirar y con el que encandilarnos.

Porque lo causal de esta manera se convierte un marco referencial que, en realidad, protege el ámbito correlativo de nuestra propia sociohomeostasis cultural.

Y, finalmente, porque se presta a una regulación energética general y sistémica que a partir de ahí irá ajustándose en el tiempo y frente las contingencias así misma estructurales pero solo relevantes desde una óptica supra-homeostática y para de dicha entidad gestora.

Si bien cualquier eventualidad que atañe a este plano supra-homoestático «complejo» que pudiera tener consecuencias respecto del espacio correlativo antropológico, tendrá que racionalizarse de cualquier manera y lógica estimadas pertinentes por dicha autoridad gestora, pues toda viabilidad sedentaria depende a fin de cuentas de algún tipo de firmeza intersubjetiva (sentido) de la que, en tanto usuarios antropológicos, podamos todos servirnos un día sí y otro también.

Eso que permite precisamente que existan al menos como posibilidad las transgresiones, el alimento como contemplación en realidad más «sagrado», pues el espectáculo del sino vital (físico y moral) ajeno, en nuestra visceral vivencia sensoriometabólica del mismo, nos aboca nuevamente como sujetos pertenecientes a reconstituirnos en el yo moral y socializado que nos conocemos cada uno como tal: una subrepticia violencia límbica que nos retorna nuevamente el amparo que son los nuestros; es decir y desde una comprensión evolutiva, un regreso a la vida misma por medio de nuevo reajuste socio-homeostático en el que nuestros cuerpos vuelven a valerse del sentido cultural colectivo (mientras que, hasta cierto punto, somos y como durante unos instantes, meros testigos de estos corrimientos de tierra neuroquímica y psíquica).

18:30 Guardad, pues, mi ordenanza, no haciendo las costumbres abominables que practicaron antes de vosotros, y no os contaminéis en ellas. Yo Jehová vuestro Dios.

Interesante la presión añadida sobre el individuo de un pasado frente a la que medirse u orientarse de alguna manera. Pero el motor real es el sentimiento de asco ante la contaminación y que puede extenderse a la presencia de, simplemente, lo anómalo (que es la tesis, de hecho, de Mary Douglas).

Y la anomalía tiene tanta fuerza en nosotros, cuando la detectamos, porque nuestra propia autoimagen frente a los nuestros resulta amenazada por ella. Pues el encontrarnos ante lo anómalo e irregular (pero no tanto respecto lo desconocido) supone, en primer lugar, el terror de encontrarnos subrepticiamente fuera del marco epistémico de los nuestros, y como defenestrado del confort de su lógica y su comprensión del mundo.

Y algo que rompe la lógica de mi propio contexto socio-homeostático (donde habita realmente mi cuerpo) y que contradice la misma lógica cultural de los míos con la que mi propia pisque se vale –se ha valido siempre– para ponerme a buen recado en el mayor confort existencial que conozco (es decir, del cobijo de la pertenencia cultural), me aboca a un auténtico ataque de pánico ante el desamparo que, mucho antes de que lo entienda yo de forma racional, mi entidad límbica y precortical ya ha vislumbrado y respecto del cual ya se ha puesto en guardia.

Y fíjese en el hecho de que, tratándose de contextos materiales más precarios, primitivos o pretecnológicos, es fácilmente previsible que los seres humanos fuéramos aún más sensibles a esta forma de vulnerabilidad existencial que supone toda infracción lógica, pues nuestro desamparo físico solo se alivia en los nuestros como el mayor poder del que disponemos (y a falta de otros formas de imposición personal y lo que ampliaría después, precisamente, el desarrollo histórico argourbano).

Y si fuera usted, por ejemplo, en su misma presencia física culturalmente ajena; en su para mi extraña fisonomía de usted más recortada o bien más alargada; con sus facciones faciales también desconocidas además de su complexión cutánea inaudita (que yo no hubiera visto en todo mi niñez, vamos…); y si, además, se comportase y hablara de una manera que yo no pudiera apenas entender, entonces encarnaría usted en su persona esa misma amenaza detectada límbicamente en mí como de muerte (pues que toda amenaza, en tanto imagen mental al albur de las contingencias percibidas, tiene inicialmente en nosotros una impronta letal)

Y yo, lógicamente, no tendría más respuesta posible en mi propia persona -inicialmente- que enfrentarme a la fuente de contaminación que es usted mismo en su persona física, eso, además, que según el repaso más somero de la historia cultural humana le puede confirmar una y otra vez.

Aunque de prolongarse y regularizarse el contacto antropológico entre usted y yo, ya se iría reconfigurando de alguna manera nuestra imbricación socio-homeostática real y pese, a veces, a la misma lógica cultural imperante, tanto respecto de la mía como de la de usted–aunque esto no ocurre así siempre, he de añadir lamentablemente.

19:10 Y no rebuscarás tu viña, ni recogerás el fruto caído de tu viña; para el pobre y para el extranjero lo dejarás. Yo Jehová vuestro Dios.

Tipos de “personajes” periféricos en el teatro social y desde la óptica de la psique individual: tanto los pobres como los extranjeros son figuras defenestradas y, por ello, “contaminantes” en tanto que anómalas respecto a la norma epistémico-fisiológica consabida.

La figura plástica del pobre, en particular, parecería denotar una suerte de fáctica negación de la proposición rectora divina, pues las ordenanzas estipuladas jehovianas son para el sostenimiento del orden sedentario por medio de la integración física de cada uno en el tiempo cíclico agrario, pero también profesional-monetario (y, por extensión administrativo-recaudatorio, después burgués y corazón, más tarde de las antropologías agrourbanas).

El pobre, sin embargo y por las causas que sean, queda fuera de este marco estructural para integrarse de otra manera y como, en realidad, objeto de la caridad ejercitada de parte de los otros: o bien en calidad de espantajo humano de efecto reforzante -revulsivamente- del orden establecido.

El valor pues del pobre -y también del extranjero (y del punto anterior, el «sodomita»)- radica, en este sentido antro-estructural, en la fuerza límbica en cada uno de nosotros que se relaciona con el asco como emoción que luego se prestaría a actuar como guardián de las categorías ontológicas de nuestras propias culturas, lo que sentimos como poderosas anomalías “contagiosas” que nos infunden el miedo probablemente más profundo e inconsciente de nuestra defenestración anticipada originalmente física -es decir, corporal- respecto nuestros propios copertencientes culturales e identitarios (tesis base pero aquí reformulada de Mary Douglas).

19:26 No comeréis cosa alguna con sangre. No seréis agoreros, ni adivinos.

31 No os volváis a los encantadores ni a los adivinos; no los consultéis, contaminándoos con ellos. Yo Jehová vuestro Dios.

Vínculo claro entre al asco visceral “intestinal” del individuo y un plano epistémico potencialmente intersubjetivo (los agoreros y adivinos). El horror moral multiplano que, sin embargo, arranca de las pulsiones límbicas pre o menos conscientes, de carácter plástico en tanto, sobre todo, imagen mental.

Y parecería que es el marco epistémico cultural particular que se encarga de amalgamar o yuxtaponer las pulsiones límbicas respecto a los enunciados semióticos (sin que sea primordial –evidentemente- la naturaleza empírica real de dichos asertos).

De forma clara se ve, además, que es la vivencia fisiológica de la sangre como imagen plástica el basamento arquitectónico del sentido posterior, esa fuerza que da vigor y encarna (en el sujeto perceptor) la facticidad del ser perteneciente e identitario que es.

Aquí, pues, se trataría de una clara imposición sobre un plano epistémico —un verdadero dispositivo de seguridad en este sentido— que yuxtapone la vivencia visceral del asco, espoleada siempre por el terror límbico a nuestra defenestración social anticipada, y el conocimiento cultural racional y consabido.

Pero sin ninguna duda, la estabilidad cultural, máxima la sedentaria, depende de que se pueda ir un poco más allá de los limites al menos en pensamiento y en nuestros pulsiones más singulares y creativas, mas esto, paradójicamente, solo es posible a partir de unos limites ya plenamente trazados, y siendo su vigencia normativa la clave parar que la posibilidad misma de la tensión de la transgresión a temer y como idea se convierta en el fundamento de la libertad individual (quien ha de aplicarse, precisamente, en domeñar, como si dijéramos, su propia montura límbica a lo largo de toda vida socializada).

En otras palabras: los entornos sedentarios necesariamente han de definir los marcos intersubjetivos (todo eso que una cultura en concreta tiene por lo real) por los réditos metabólicos que esta definición proporciona a los sujetos fisiológicos y socio-homeostáticos; en esto radica la importancia tempo-estructural de lo sagrado como ese fundamento lógico para al que es necesario ser un individuo para poder acercarse o relacionarse.

Los ejercicios ritualistas, que son formas de conocimiento correlativos (pues no se razonan de ninguna manera reflexiva), ayudan a mantener dichos marcos colectivos en tanto vivencia nuevamente habilitante del sentido identitario colectivo.

Y esto le atañe a la misma ciencia contemporánea que funciona, en primer lugar, como una pragmática antropológica que, en tanto corpus de conocimiento, sirve ante todo para enmarcar la cognición límbico-cortical agregada de la misma manera que cualesquiera otras postulaciones divinas o estructurales que se hubieran hechos normativos respecto de cualquier otro tiempo cultural anterior (el que fuera).

Inexorablemente, pues, ha de existir un ente regidor en este sentido (como guardián en ultima instancia del sentido mismo que supone, a su vez, proteger en realidad la posibilidad fisiológica colectiva en un tiempo ordenado), sea como postulación divina o bien una mecánica cósmica-política (como una constitución, por ejemplo) igualmente postulada; o, en su caso, en tanto un ente o institución real que se hubiera erguido históricamente como tal.

Y el que sea usted consciente o no de la existencia de susodicha institución en principio no cambiaría nada en términos de la viabilidad sedentaria sostenida, pues de algún tipo de creencia (religiosos y/o secular) tendría de todas maneras que valerse usted y por mor del tiempo colectivo sedentario y para su propia pertenencia psíquica-identitaria.

19:33 Cuando el extranjero morare con vosotros en vuestra tierra, no le oprimiréis. 34 Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto. Yo Jehová vuestro Dios.

Verso que refleja la complejidad de, en realidad, la cognición humana, pues la violencia intragrupal, sobre el locus socio-homeostático de la pertenencia cultural propia, aboca a un dolor y aflicción inasumibles para el grupo en su conjunto (de hecho, la violencia, por cuanto crea dolor, es motor en sí misma de nuevos sentidos colectivos potenciales y por eso exige siempre un control cultural estricto).

Interesante asimismo el hecho de que, como por debajo de la línea de flotación cultural lógica y consabida, los cuerpos co-pertenecientes respecto de un mismo locus socio-homeostático ya se las arreglan entre sí para atenuar en algún grado la violencia física cruenta y desabrida, pues con la interacción a diaria entre personas, si se repite con regularidad, puede llegar a socavar toda lógica cultural normativa (esas que definen a los otros en cualquier sentido negativo y como enemigos a temer).

Es decir, la compenetración presencial real, con cierta intensidad un día sí y otro también, puede crear su propia lógica (en base simplemente a nuestra visceral intolerancia respecto de la violencia y el dolor dentro de nuestro propio espacio vital cotidiano).

Luego pudiera darse el caso de la necesidad a posteriori de la creación de alguna normativa oficializante que explicase esta nueva realidad, como bien puede pensarse como posible función real si bien indirecta del verso aquí en cuestión: en tiempos estables y de orden, podemos rentabilizar la presencia extranjera entre nosotros desde una posición de nuestra fáctica supremacía institucional y numérica, mientras que en tiempos inciertos se convierten, por lo que se ve, en una suerte de utilería humana para nuestro impúdico desquite fisiológico y agresivo.

19:35 No hagáis injusticia en juicio, en medida de tierra, en peso ni en otra medida. 36 Balanzas justas, pesas justas y medidas justas tendréis. Yo Jehová vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto.

Sobre los espacios sedentarios de un locus socio-homeostático culturalmente particular, clave es la tesitura psíquico-moral en el que se instala necesariamente todo individuo socializado (frente a sus propia idiosincrasia límbica, emotiva y memorística); pues es este espacio como horizonte ético interno sobre el que avanzamos por la vida como individuos que acaba auxiliando el tiempo colectivo sedentario frente a los nuevos límites físicos que impone el tiempo agrario y el del engorde animal.

Pero como no puede haber individuos psíquicos sino invocados por la intersubjetividad ya existente de su propia cultura, el regente supra-homeostático aquí en cuestión y como voz divina del Levítico, es también guardián no solo de las categorías ontológicas en general sino también del marco podíamos decir de reja cuadriculada en la que físicamente nos insertamos como compradores y vendedores, un día sí y otro también. Pues todo regente supra-homeostático es el guardián fáctico del tiempo colectivo y, respecto de los entornos sedentarios dependientes de la agricultura, eso atañe sobre todo a aquello que hacemos cada uno con el cuerpo (ese marco un tanto enajenado del pensamiento racional que en buena medida se va organizando por sí solo sobre un plano, en realidad, colectivo y socio-homeostático).

Pero la coordinación después formal de este cauce humano temporal y colectivo, se hace apelando a la racionalidad de cada cual a través de las reglas que rigen para todos–salvo cuando las infringimos. Y es que la posibilidad de transgresión es consustancial, primero a nuestra vivencia de la libertad humana, pero también respecto de viabilidad sedentaria en el tiempo colectivo de una a otra generación, pues las infracciones y los conflictos y problemas que crean acaban alimentando la mecánica en realidad cognitiva de la que dependen las antropologías sedentarias, pues el sino moral ajeno es también siempre potencialmente el nuestro; y ver las desgracias morales (o las de todo tipo en general) de los demás suele reconfortarnos en nuestra propia limitación vital haciendo que nos sea soportable dicha limitación a través de esta suerte de profundidad existencial que de repente atisbamos en lo ajeno (y de lo que parecería que nos alegramos de que no nos haya tocado a nosotros, o algo así).

Pero las lógicas culturales funcionan de esta manera no porque sean necesariamente ciertas sino porque, siendo de obligada referencia para los sujetos pertenecientes, pueden obedecerse o no: eso lo decides, que es el punto estratégico digamos óptimo que todo gestor supra-homeostático busca garantizar para los sujetos-usuarios (porque a ello obliga, en realidad, la fisiología socio-homeostática humana frente al problema técnico en que ha consistido desde siempre la antropología sedentaria).

Vemos aquí, por último, que la benevolización histórica de los seres humanos a través de la vivencia empática y misericordiosa de las aflicciones de los nuestros (altura ética indudable máxime cuando se institucionaliza de alguna manera a través de la religión o el concepto de los derechos humanos) depende, paradójicamente, de una continuidad presencia del conflicto moral y el sufrimiento en general humano.

Pero esto se hace muy difícil de que lo entendamos como sociedades. Sin embargo y desde una óptica suprahomoestática, no se trata de ninguna paradoja sino de fenómeno «complejo» que desborda, justamente, el espacio homeostático colectivo simple de solo de la pertenencia cultural e identitaria (una pertenencia y una cognición humana que se basan en ella, que no pueden salirse funcionalmente -es decir antropológicamente- de una dinámica correlativa frente al plano causal regidor).

20:03 Y yo pondré mi rostro contra el tal varón, y lo cortaré de entre su pueblo, por cuanto dio de sus hijos a Moloc, contaminando mi santuario y profanando mi santo nombre.

entonces yo pondré mi rostro contra aquel varón y contra su familia, y le cortaré de entre su pueblo, con todos los que fornicaron en pos de él prostituyéndose con Moloc.

Tal y como se entiende hoy en día la cognición humana, el gestor suprahomeostático está obligado a valerse de la parte límbica de los sujetos homoestáticos (es decir por la vía podíamos decir estética de los sentidos) para así primar una determinada respuesta o consolidación sociorracional y respecto de la conducta personal posterior. Es decir, en términos de gestión de contextos antropológicos, no es lo más importante poder leer los pensamientos a los individuos (aunque ciertamente parecería requisito básico de lo suprahomeostático como gestión, lo que, de hecho, se atribuye a la voz/figura divina del Levítico), sino el manejo de la mente consciente a la que se accede, precisamente, por vía límbica.

Pero esto, naturalmente, es posible porque los individuos no tienen manera de siquiera concebir que su propia homeostasis pudiera estar bajo el dominio de otro; luego su sentido del yo y su propia integridad psíquica y moral no llegan a violarse en ningún momento (y están pues obligados a justificar internamente unas respuestas y conductas posteriores que puede no ser del todo suyas, si bien deslindar la diferencia entre lo ajeno y lo propio es casi imposible y mucho menos si no conciben siquiera que sea posible una forma de control homeostático -después mental- de este tipo).

Los versos aquí en cuestión ilustran un uso de lo más contundente de una fuerza estética que remite a la fisonomía facial y a la que somos todos agudamente sensibilizados, de forma incluso probablemente pre-consciente (o en todo caso decir que las imágenes nos entran al organismo de forma mucho más rauda que cualquier idea intelectualmente aprehendida).

Así es cómo funciona, por cierto, lo límbico.

Y la prohibición queda pues sellada en el individuo por un mecanismo que en mucho se parece a un modelo panóptico, pues se sobreentiende que las malas decisiones y desmanes personales serán conocidas por el gestor precisamente como tales, lo que obliga al individuo a su propia e inexorable responsabilidad moral (pese a todo).

Porque la tesitura del yo psíquico y moral, como ya argumentamos, es la clave, en realidad estructural, del tiempo sedentario, y parecería los contextos históricos monoteístas siempre se han erigido sobre una fundamental ambigüedad en este sentido, respecto un gestor supra-homeostático divino que lo ve y lo sabe todo, y un usuario psíquico al que, sin embargo, se le obliga en todo momento a su propia autonomía moral.

En todo caso, la cuestión de fondo parecía ser la acomodación de una sociofisiología humana originalmente nómada a un nuevo contexto sedentario.

Un elenco de personajes a partir del cual construir el secreto drama límbico del tiempo sedentario: Pobres, extranjeros, sodomitas, adivinos, los maltratadores de niños son algunas de las figuras que, curiosamente, siguen habitando hasta el día de hoy nuestra fondo límbico, pues por constituir formas casi universales de anomalía respecto de orden socio-biológico posiblemente evolutivo (pero que como tal puede malearse también según uno u otro contexto surgido, ojo) se yerguen en formidables espectros fantasmales de gran potencia electro y neuroquímica; en tanto una permanente fuente de titilación sensoriometabólica que existe, en realidad, de forma inherente a la condición misma de sujeto homeostático socializado.

Son, en cierto sentido por tanto, una amenaza desde el interior de nosotros mismos y de la que no tenemos más remedio que ponernos digamos en guardia. Parecería pues que esta (¿falsa?) tensión moral en nosotros se convierte en una necesidad estructural sobre todo respecto la antropología sedentaria–como hemos argumentado ya en otros espacios.

Es decir, te la pueden jugar tanto ahora como siempre respecto de tu propia entidad límbica que no eres en realidad completamente tú (esto es así; así a veces lo percibimos como ajeno de alguna manera a nuestro propio cuerpo, una disociación que de hecho pide la cultura).

Pero ¿cambiaría en algo saber ahora que no se trataría quizá ni de dios o ni del demonio, sino que también deberías considerar el hecho de que otros seres humanos –es decir, un ente humano suprahomoestático— también puede estar tocándote las teclas digamos límbicas?

¿Sigue siendo ahora el mismo juego de siempre desde la óptica nuestra de usuarios antropológicos homeostáticos, ahora que lo sabemos?

En todo caso ya no podréis soslayar esta cuestión al menos en tanto que concepción posible.

Cabe, naturalmente, ignorarlo todo, pero esto ya sería una decisión intencional como opción por parte de un sujeto agente cognitivo que vivencia su propia vitalidad empoderado de esta manera visceral y ante la necesidad de escoger…

O sea, gana de nuevo el gestor en términos de los efectos buscados como objeto de su misma gestión agregada de esta forma de sostenibilidad antropológica a través, en realidad, de la psique límbico-cortical humana.

(¡Y disculpen las molestias!)

_____________________________________