Ante la dimensión suprahomeostática de lo humano (.pdf)

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Índice

1.Condición metabólica de dependencia en los estímulos (moral-corporalmente relevantes) que determina el tiempo sedentario (bipartición cognitiva);

2.Importancia del vínculo de la cognición humana con la violencia; desarrollo de espacios miméticos para acomodar la fisiología cognitiva humana a lo sedentario («Instituciones miméticas»)

3.El vínculo entre la sociedad humana y la violencia:

4.Problema de entender nuestra dependencia en la violencia:

5.La infernal ratio y el cristianismo

6. ¿Dispositivo de gestión de la complejidad que supone nuestra cognición bipartida?

7.El cristianismo transforma la muerte y el sufrimiento en significado

8.Vacuidad neurológica esencial para este tipo de transformación

9.Alteridad y el llegar a los otros como hecho biológico-cultural más importante (debido a la vacuidad)

10.La vacuidad neurológica y la comunión católica como conversión del sujeto agente en objeto “alimentario” para los demás.

11.Condena a relacionarnos mitológicamente con la complejidad

12.Potencial peligro

13.¿Existiría a modo de ejercicio teórico un argumento a favor de una gestión supra-homeostática de la especie?

14.Viable solo si fáctica pero no negociada, acordada ni delegada…

15. La «seguridad correlativa» supone una «seguridad epistémica» (¿lo que establece nuevamente la levedad antropológica?)

16.Un no-lugar en su conjunto desde una óptica suprahomeostática (que, sin embargo, dejaría parcialmente de serlo al comprender esto mismo)

17.Es decir, el espacio correlativo no tiene por qué ser un no-lugar (aunque lo es visto desde la complejidad causal), sino entender su “profundidad” estructural supone aprehender, por fin, su definitiva levedad (muy a modo de cómo todos los dispositivos antropológicos espirituales históricos ponen a disposición de los sujetos homeostáticos.)

18. Repaso a la relación correlativo-causal que mantiene la cognición humana con el contexto antropológico.

19.Correlativo, causal e intersubjetivo: lo intersubjetivo depende de un cierto grado de causalidad (es decir, lo correlativo supone un grado menor de causalidad, pero no la ausencia ella; luego lo correlativo también puede entenderse como no necesariamente opuesto a lo intersubjetivo).

20. Adicionalmente, de los tres términos el menos homeostático es la causalidad «fuerte»

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Conviene recordar que la consciencia tiene como propósito evolutivo «deshomeostatizar» -transitoriamente- al sujeto respecto su propia esencia gregaria, y aunque vuelve a «homeostatizarse» sobre un cauce socio-homeostático más abstracto por cuanto imagen mental y como primeros peldaños de la “ética”, pues solo al ser pertenece la ética como reflexión, mientras que el estar se funda sobre una mecanismo límbico-homeostático de miedo, vergüenza, asco, dolor y necesidad de amparo corporal.

O, en otras palabras, la consciencia cortical y focalizada es en sí misma una superación del plano socio-homeostático (eso que muy bien puede ser el sentido funcional de la consciencia, esto de ir más allá de nuestra condición límbico-gregaria) que supondría una formar de reequilibrar aumentando –de forma asombrosa– las posibilidades de supervivencia de, en realidad, el colectivo socio-homeostático y cultural.

La consciencia sin dejar de ser un estado solipsista nos arroja, sin embargo, al mundo real desde el punto de vista de nuestros cuerpos frente al entorno. Emerge, por tanto, una urgencia individual que sobrepasa, repentinamente, su propia naturaleza gregaria y ante la prioridad del organismo propio. Es decir, deja atrás, transitoriamente, toda otra pulsión «compleja» de tipo visceral en función en realidad colectiva, para determinar cuál sea el próximo paso más acertado a dar (o ante circunstancias extremas el menos negativo) para con su propia integridad física. He aquí, pues, el punto suprahomoestático humano esencial que se encuentra -fugazmente- por encima de nuestro propio ímpetu límbico y pendiente, también de forma pasajera, de alguna decisión, determinación o movimiento contingente por nuestra parte.

Y, sin embargo, quedamos atados en corto por una cierta supervisión límbica y preconsciente que siempre nos retorna, siempre nos centra de nuevo, a grandes rasgos, en el marco de la cultura en el que se hubiera desarrollado nuestra memorística neuroquímica más íntima y de origen materno. Pues el mismo sentido psíquico de usted no deja en ningún momento de ser una función evolutiva a favor, en realidad, de la continuidad en el tiempo de su propio grupo humano (función de la que parecería que su constitución neurológica individual de usted lleva una huella poco menos que indeleble).

Cual jinete que lograra por fin embridar a su potro-yegua, nuestra vivencia del yo dirige pasajeramente a ambos; mas es el caballo (el cuerpo humano) el que vuelve a regir por razones de eficiencia energética y hasta nuevas contingencias que hicieran necesaria la vuelta activa del jinete (el yo consciente).

Es decir, su yo psíquico supone la interiorización de la cultura particular con la que está imbricada su propia neurología de usted; y aunque nos desagrada sopesar el grado de dependencia real que esta idea parece insinuar, es también cierto que nos habita a todos nostros la sospecha o visceral intuición como conocimiento no racionalmente explícita de que esto sea efectivamente cierto en alguna medida.

Quiero decir que puede que usted no haya llegado a considerar la faceta suprahomeostática de su propia vivencia del yo y el sentido como función evolutiva que sirve para blindar el cuerpo singular, por una parte, pero embozándolo, en realidad, en un traje metabólico, podíamos decir, que se imbrica (a través de la cognición límbico-cortical de usted) con un grupo humano histórico y cultural.

Su yo sería, por tanto, un modo suprahomeostático de pertenencia antropológica (eso que llamamos la consciencia) de carácter, en realidad, accesorio frente a lo que se puede describir hoy en día como el cerebro automático, esta forma por defecto de operatividad cognitiva de menor gastó energético y que cede protagonismo a nuestro yo consciente solo (en principio) ante las contingencias y en el momento en que nuestra atención al mundo fáctico y espacial se convierte, de repente, en una necesidad urgente de discernir mejor la situación y actuar, finalmente, con alguna urgencia en uno u otro sentido.

En tanto que función antropológica y evolutiva, ¿quién podría rechazar el sentido suprahomoestático de la consciencia humana así someramente esbozado?

¡Y no se olvide usted -o inténtalo al menos- que su “caballo” es en realidad y aunque no lo parezca, miembro de una manada fantasmal (por no estar siempre físicamente presente) pero fuertemente unida y límbicamente entrelazado entre sí– ¡a través de la neuroquímica más íntima de usted mismo!

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Ahora bien ¿es la infernal ratio fenómeno propio de lo suprahomeostático? ¿Sería el sufrimiento ajeno entendible como otra dimensión humana más que parecería apuntar a una noción “suprahomeostática” en tanto involucra la experiencia sensoriometabólica de muchas personas?

El encontrarnos inexorablemente vinculado de forma límbica -es decir, a través de los sentidos, sobre todo el visual- con el espectáculo de la zozobra y padecimientos ajenos, constituye una forma de sentido estructural que no es, en principio, ni ritual no mucho menos racionalmente explícito. Pero dicho «espectáculo» constituiría a nivel preconsciente y respecto a nuestros congéneres, una forma de coparticipación metabólica para todo sujeto homeostáticamente presente y como habitante de un mismo locus de pertenencia antropológica; sería algo así como el constantemente renovado porqué de nuestro propio yo socializado (y cuyo sentido último concreto depende, en todo caso, de la cultura histórica concreta; de las contingencias inmediatas respecto de dicha cultura; y también -crucialmente- de la memorística individual -e intransferible- de todo individuo físicamente singular en su propia idiosincrasia como trayectoria vital exclusivamente particular).

La infernal ratio es, pues, un espacio correlativo por cuanto homeostático que nos entra por los poros del cuerpo (sobre todo, como digo, por los ojos) que, sin embargo, crea un entramado suprahomoestático que efectivamente involucra múltiples cuerpos perceptores (“personas”) cuyo número real puede, al albur histórico de las tecnologías de la comunicación (pero incluyendo originalmente la palabra simplemente escrita) miles si no millones de seres humanos cuyos espacios metabolico-mentales respectivos se han vuelto a homeostatizar de forma ahora incruenta -para ellos como observadores quiero decir-, mientras se mantiene una misma o parecida relevancia moral respecto a la experiencia física directa que ahora, en alguna medida, se supera.

Y decimos concretamente infernal porque es una ratio que se asienta sobre un elemento sacrificial en tanto que todo espectáculo moral por  corporalmente relevante del que la antropología sedentaria universal se hace dependiente para alimentar su misma inmovilidad en el tiempo, tiene que originarse -evidentemente- a partir del drama del cuerpo humano afligido y enzarzado, frecuentemente, en cualquier tipo de lucha o pugna con otros cuerpos.

Es decir infernal porque desde la ética humana a que históricamente nos debemos aún, se trata de una auténtica mierda para con el prójimo (lo que, por otra parte, el cristianismo como dispositivo antropológico ha sabido sobrellevar magistralmente, mas no cabe resolución definitiva en cualquier caso).

En otras palabras, las “sociedad del espectáculo” pero ahora entendida de este manera alimentaria y respecto de una estabilidad subliminal que se nos administra de forma límbica, constituye un problema moral precisamente porque es una realidad técnica a tener en cuenta, y no (o no solo) un tema literario-moral ni político que se pudiera denunciar como tal.

Si bien cabe no verlo ni pensar en ello; es decir ignorar cualquier cuestión ética rechazando la reflexión más causal y «compleja». Y a decir verdad, no queda para nosotros los usuarios antropológicos más opción que relegar todo el tema al desván de todo lo no correlativamente util porque, en efecto, es cosa sin duda suprahomoestática (si bien, siguiendo las advertencias en balde de un Heidegger, por ejemplo, nunca debimos de dejar de tenerlo en cuenta).

Porque ciertamente, parecería que solo de forma filosófica podemos aproximarnos a estos temas “complejos”, y eso durante solo un rato, pues su peso causal y el esfuerzo cognitivo que nos exige, hacen que nos cansemos enseguida…

Otro ejemplo a traer a colación: ¿Habría que también decir homeostática para definir nuestra relación con los actores y actrices mundialmente famosos, en tanto que nos vinculamos emotivamente con una figura humana y su fisonomía (de forma simular a cómo nos relacionamos con las mascotas, sobre todo los perros), dentro de una relación, eso sí, unidireccional y de carácter puramente electro y neuroquímico?

Pues sí: homeostática y también de carácter correlativa pues tanto con la imágenes de los famosos como con las mascotas, nuestra relación metabólica no implica una focalización cognitiva ardua ni intensa (más allá de cualquier lógica mínima utilitaria e intersubjetiva). Mientras que el pensar sobre ello y entender que somos capaces de concebir la posibilidad estructural de que miles –millones- de personas igual que nosotros se aferran a las mismas imágenes de las mismas figuras humanas actores (o respecto a su propios perros y otros mascotas parecido a los nuestros y cómo nosotros lo hacemos) sería uno de esos peldaños primarios de lo suprahomeostático a los que nosotros también podemos acceder de forma consciente.

Pues lo suprahomoestático siempre debe entenderse como consciente y como una forma de agencia individual; e incluso que la conciencia es la forma primaria por excelencia de algo que comparte parcialmente un carácter exo-homosestático, es decir, más allá de las pulsiones emotivas y preconscientes que nos mueven por la vida. Pero, si bien nuestra primera atadura con los famosos es sin duda fenómeno homeostático, se vuelve suprahomoestático como contemplación de su funcionalidad semiótica.

Asimismo el interactuar usted con su propia mascota, como se trata de un espacio correlativo que les vincula a ambos de forma sobre todo límbica, debe entenderse igualmente como homeostático que solo se convertiría en suprahomeostático caso de reflexionar usted mucho más causalmente sobre su propia conducta (es decir, de forma que se podría decir mucho más cortical que límbico).

Y sobre todo, suprahomeostático se refiere a cualquier contexto cognitivo necesariamente cortical en el que el sujeto psíquico se encuentra distanciado de su propia autoimagen social al razonar sobre una u otra cosa de manera que se diría reflexiva, pues no le va en ello, inicialmente, ninguna consecuencia para su propia persona física ni tampoco en cuanto a cómo le juzgarían los demás, no siendo eso relevante en primera instancia.

Cabe pues entenderse como un razonamiento amoral por cuanto libre, circunstancialmente, de toda atadura límbica sobre las que se erige la parte gregaria de nuestra cognición; un modo de cognición que puede decirse asimismo empírico que se extirpa, pasajeramente, de su relación antropóloga con sus propios congéneres. Es decir, ver y pensar de forma suprahomoestática, adopta la pauta de un modo mucho más técnico de contemplación.

La causalidad es suprahomoestática por cuanto deja atrás la relevancia corporal propia de quien reflexiona; mientras que el marco fisiológico que nos es más autóctono -el de las correlaciones- es un punto menos fuertemente causal y sirve precisamente por ello a la mecánica socio-homeostática de los grupos antropológicos. Es decir, vivimos y nos relacionamos realmente de correlación en correlación, y solo revertimos a una focalización cognitiva más causal por necesidad urgente frente a problemas a resolver, en tanto que proyecciones más calculadas por nuestra parto, o como método empírico.

La curiosidad también sería de esta manera suprahomoestática -en tanto que no reparamos, al fragor del momento, en absoluto en nuestra propia seguridad más inmediata– y quizás por eso se haya advertido universalmente -seguramente en todas la tradiciones culturales- contra sus peligros para, en ultima instancias, el grupo propio en su conjunto y no solo como desastre potencial únicamente personal

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Podíamos ahora preguntarnos por la relación que establece la antropología entre lo correlativo y lo causal, y en términos de cuál sea más o menos predominante–es decir a modo de ejercicio intelectual. Como ya mencionamos, lo gregario, al albur de nuevas circunstancias y en el caso de especie humana, las crecientes cotas de violencia intergrupal, se requirió de una lógica incipiente para, precisamente, seguir articulando el grupo; es decir un espacio fisiológico colectivo se dotó de un armazón lógico-causal mínimo para, en principio, simplemente reforzar el espacio socio-homeostático correlativo del que depende el grupo propio. Y aunque esto no fuera la causa original de la consciencia humana, se entiende que sí que la consciencia sería un requisito estructural para ir incrementando la complejidad de los grupos humanos y respecto a su relación antropóloga entre sí.

Sin embargo, ese despunte hacia la causalidad que es originario de los grupos humanos nómadas, se convertiría en un punto negro para la experiencia sedentaria. O así es la tesis fundamental de las páginas de este blog, en tanto que una fisiología socio-homeostática original se tendría que acomodar al marco más inmóvil de la antropología sedentaria por medio de la creación no solo de espacios más metabólicos que directamente físicas (¿qué es la cultura sino el desarrollo de espacios metabólicos paralelos de alguna manera el plano corporal en sí?), sino respecto una nueva relación con la violencia física y, concretamente, con la violencia bélica e intergrupal, pues en la pugna violenta exo-grupal, frente a los cuerpos culturalmente ajenos, los grupos sedentarios refuerzan ejercitando su propia cohesión interna, y de manera que el drama de la violencia física -sobremanera potente como vivencia/espectáculo para todo sujeto homeostático perteneciente- puede ahora articularse en entornos menos moralmente relevantes (es decir, a través de cuerpos ajenos por cuanto no pertenecientes a la misma experiencia cultural y sujetos, por tanto, por un armazón límbico y socio-homeostático diferente al nuestro y a cuyo poder de rección psíquica somos, inicialmente, más insensibles).

En el fondo, se establece una relación utilitaria inmisericorde e interesada entre los nuestros y las experiencias culturales ajenas; relación de un sufrimiento potencial humano de gran calado y solo se ha podido digamos embridar de alguna manera a través de, en primer lugar, convertir las antropologías sedentarias en dispositivos de base titilante. Es decir, por medio de establecer una relación en alguna medida fantasmal con la guerra y que garantiza una tensión de la que dependen los marcos antropológicos culturales que solo puntualmente y de forma limitada -de manera homeopática, dicen algunos- vivencian la guerra abierta y siempre por breves episodios que alimentan un nuevo tiempo posterior de miedo y tensión ante un futuro regreso de la violencia (mientras se va creando o renovando estructuras financieras nuevamente fortalecidas respecto de la venta de armas y, crucialmente, la investigación científico-tecnológico para nuevos armamentos y dentro un nuevo periodo de paz más o menos colectiva pero que necesariamente tensada..)

Pero la segunda cuestión es, en realidad, más interesante desde un punto de vista la lógica, pues esta manera de relacionarse entre grupos culturales distintos para crear marcos de estabilidad antropológica sirviéndose precisamente de la violencia exo-grupal, dependió en su origen de un nivel técnico solo incipiente y que, para prolongarse en el tiempo universal de las futuras generaciones (respecto del grupal cultural que fuera) no debió nunca sobrepasar un nivel de sofisticación técnica que pusiera en peligro este mecanismo que rentabiliza la violencia colectiva de esta manera, pues al desbordar los límites de nuestra propia estabilidad tempo-estructural, se está incurriendo en la paradoja misma de destruir los marcos correlativos de la fisiología humana y cuyo sostenimiento era, en realidad, el fin técnico de este dispositivo antropológico histórico original.

O sea, la forma quizás suprema de estupidez humana, ¿sí o no?

Es decir, estamos ante un ejemplo de cómo el plano simplemente homeostático, en su mismo ímpetu vital y ciego, acaba comiéndose el plano suprahomeostático mayor y «complejo» del que dependemos, en realidad, todas las culturas humanas históricas.

Porque, ahora esto se debe ver con claridad, la imposición técnica-intelectual es una forma de violenta imposición humana, sin duda, de la que se aferraran una y otra vez en la historia las civilizaciones agrarias (siempre, una y otra vez y en todas partes). Pues se trata de un muy necesario espacio más metabólico que directamente corporal del que se hace dependiente la experiencia sedentaria y siguiendo la tendencia virtualizante que es inherente a su propia mecánica desde siempre.

¡Siempre que no nos pasemos!

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Queda, finalmente, la forma más extrema de relación suprahomeostática que convierte (que convertiría) el sujeto psíquico y socio- homeostático en objeto. Pero cualquiera que se hubiera hecho rector suprahomeostático respecto a todos nosotros, lo hubiera sido porque hubiera podido fácticamente asumir tal función, sin que se le hubiera nombrado ni autorizado ni delegado de ninguna manera en él. Sin embargo, el aspecto concretamente técnico no me interesa tanto como su contemplación intelectual-moral; y particularmente el hecho de que no sería tanto el poder de controlar la homeostasis ajena (a través precisamente por un control probablemente cercano a absoluto respecto del plano límbico de la condición humana), sino la situación creada a partir del empleo de dicho poder (o mejor decir “tecnología”, puesto que estaríamos hablando de una entidad humana y no de ninguna metafísica).

Porque de relacionarse unos seres humanos de esta manera con los demás, se saldrían de toda relevancia moral para con sus propios cuerpos, al menos respecto de contexto inmediato y todo asunto que no fuera una cuestión de largo plazo de carácter planetario; que ahí sí que se encontrarían limitados al destino de la especie en su conjunto, pues puede que llegues dominar la cultura, e incluso algunos lleguen, de hecho, a dirigirla a partir de su propia base límbica universal-el caso justo que aquí comentamos-, pero jamás podrás rebasar totalmente a tu propia condición antropológica como cuerpo perteneciente, ¡y aunque estuvieras en el mismísimo Marte con el gil aquel!

Pero con esto ya lo vamos a dejar por presentado el tema, pues ya sabéis el porqué histórico de implementar algo así, el porqué sería de obligación moral y técnico proceder con ello a partir de la SGM, estableciéndose como regidor antropológico pleno (terráqueo) a partir probablemente del año 1960.

Y cabría suponer que no tendrían rival alguno, pues controlarían los paradigmas epistémicos de la humanidad y el tiempo mismo, por tanto, del desarrollo tecnológico-financerio, según criterios reales completamente ajenos al plano solo homeostático; criterios y que tendrían que ver, en realidad, con el sostenimiento colectivo planetario a muchas décadas vistas y respecto de la planificación generacional y demográfica futura–como proyección del sostén temporal humano real de dicho periodo.

Pero, por otra parte, no podríamos descartar un factor para nosotros desconocido -porque no revelado- que supusiera un peligro o factor condicionante que sí que estaría obligado a tener en cuenta el ente rector supra-homeostática.

Y sin duda cabe asimismo la posibilidad de considerar dicha implementación un desarrollo, en realidad, positivo debido a este aspecto un tanto defectivo que presenta la cognición socio-homeostática humana y frente a los límites de la antropología sedentaria y que aquí hemos comentado.

Ahora toca creéroslo o no.

O quizá ni eso.

En cualquier caso, si queréis saber más hay que convertirse en formidable lector, a cambio de hacerte con esta proposición como prebenda que es (sería) un sentido mayor respecto al mundo contemporáneo.

Pero no es que lo recomiende con excesivo entusiasmo, la verdad…

(Tú mismo/a)

Texto completo al que corresponde este introducción en formato .pdf (Dropbox)

Nuevos entornos sociohomeostáticos para nueva hornada de cuerpos pertenecientes

Portada del single “1979” de los Smashing Pumpkins del año 1996

Jason Hickel en su libro «Menos es más» (Capitán Swing). Los datos sobre el cambio climático contienen, según este autor, un doble mensaje: una llamada de atención que insta a despertar de inmediato, y al tiempo dan a entender que el trauma todavía no ha llegado del todo, que aún hay tiempo para evitar la catástrofe. Y esto es lo que los hace tan seductores, tan tranquilizadores, y el motivo por el que una mayoría permanece estática ante la hecatombe y por el que ansía, paralizada, que sigan llegando más y más cifras. El peligro es justo ese: que, para actuar, se espera a que los datos se vuelvan más concluyentes, más extremos. Cuando aterrice ese momento, las instituciones multilaterales, los gobiernos y los ciudadanos se pondrán a tomar medidas. Pero el dato definitivo nunca va a ser lo bastante convincente.

Joaquín Estefanía, 13may2023 (El País)

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Porque lo que cuenta para toda generación viva es el presente y cuya mecánica de sostenimiento sedentario subordina tanto el pasado como el futuro (y esto crípticamente bajo lógicas finalmente espurias que tienen el efecto último de ocultar el hecho mismo de que no hay nada más que el presente).

Y eso quiere decir que predominará sobre él siempre el vigor físico de lo bisoño; esa que es la única vertiente de todo esto a la que puede asignarse un valor estructural sólido. Pues ahí en una fisiología de lo espurio (porque como oportunidad en realidad metabólica, tiene que articularse como corpus semiótico, que no tiene, sin embargo, otra función real que sujetar la vivencia fisológico-metabólica) se va consumando lo verdaderamente humano como oportunidad pasajera a la vida misma: una oportunidad en su máxima expresión de valor como la posibilidad de autodefinición moral y gran periplo que acarrea el sujeto homeostático perteneciente.

-el sostenimiento sedentario supone la integración fisioantropológica del sujeto homeostático perteneciente.

-la integración fisioantropológica del individuo perteneciente tiene lugar a través de la misma cognición sociorracional individual.

-La emergencia de la conciencia humana supone también la consolidación del yo sociorracional, siendo ambos el producto de los procesos homeostáticos que unen sensorio y emotivamente al individuo con su entorno inmediato, tanto físico-espacial como sobre todo interpersonal.

-el “sentido de las cosas” que es posible a partir de una semiótica cultural particular que actúa como un embudo por el que se vierte el ímpetu homeostático individual e idiosincrático para reconstituirse como una cognición socializada: la necesidad de discernir -y hasta imponer- un sentido a lo que percibimos deviene en la fuerza vital probablemente más poderosa que hay en nosotros pues supone la vuelta al amparo corporal-existencial que solo nos proporciona el grupo.

-La violencia por perseverar como individuo, por tanto, incluye la imposición de sentido, puesto que “sobrevivir” en su sentido metabólico más profundo implica la integración del individuo al grupo antropológico.

Pero, conforme con una coherencia lógica clara, llegamos a la necesidad de concebir una trina equivalencia entre sobrevivir, violencia, y sentido como una misma imposición vital del individuo perteneciente sobre su entorno (es decir, la del grupo antropológico en última instancia y visto desde una óptica estructural en el tiempo).

La violencia es pues el dispositivo de sentido más primario que está a nuestra disposición en tanto su comprensión es directa e inequívoca para todos. Y la escenificación de la destrucción de otros seres humanos -como attrezzo antropomorfo- ha sido una constante histórica como medio la consecución de sentido y verdadera afirmación político-existencial a partir de grupos humanos en su evolución cultural1.

Pero al mismo tiempo que la violencia es vida, por decirlo de alguna manera, también es veneno para con el grupo, pues siempre conlleva dolor y padecimientos humanos a los que -también siempre- son susceptibles los individuos pertenecientes, y eso por muy culturalmente ajenos que hubieran sido las víctimas (pues justo en esta ambivalencia reside parte del poder de atracción y el uso socio-existencial de la violencia como espectáculo político, por una parte, y también el carácter permentamente sincrético de evolución cultural particular).

La autonomía sensoria frente a lo sociorracional:

Pues la evolución cultural se asienta sobre ella en tanto que la violencia entre seres humanos como contemplación no deja nunca de retener para nosotros una cierta ambivalencia, como una vivencia sensoriometabólica que nos fascina al mismo tiempo que nos asusta; pero esto es así como una constante en realidad estructural independiente de cualquier definición cultural particular y históricamente determinada, pues susceptible es siempre toda definición sociorracional de cualquier presente antropológico a la sensibilidad y perspectiva sociohomeostáticas de los sujetos pertenecientes.

Pero particularmente respecto a la transición de lo mitológico al razonamiento, el problema tiene que ver con la “unicidad colectiva” y cultural que componen los cuerpos pertenecientes, ya que  la unanimidad violenta es, en realidad, un vector de la continuidad del colectivo que sobre un plano tempoestructural es positivo en tanto dispositivo técnico evolutivo; si bien se puede entender que la violencia expiatoria nunca ha dejado tranquilo a nadie pues su impronta sensorio-emotivo en nosotros es necesariamente de lo más significativo: he aquí el escollo de lo sagrado pues se basa en una constitución de múltiples cuerpos desamparados que nuevamente comulgan en su propia unión a través de los cuerpos ajenos. Y la experiencia no pierde nunca -seguramente- sus tintes traumáticos, para los testigos e incluso para los mismos perseguidores.

Y por muy lejos que llegue un contexto antropológico determinado en su desprendimiento de lo mitológico (a través del encaramiento racional con las cosas y espoleado sin duda por el dolor), por razones neurobiológicas la antropología no puede, sin embargo, superar lo sagrado en este sentido técnico-estructural. Es decir, se puede ir más allá del mito en tanto podemos desmenuzar y entender racionalmente los mitos -o narrativas de cualquier tipo, finalmente-; pero eso no quiere decir que nos volvamos inmunes a lo mítico-sagrado, pues el pensamiento racional -como imposición humana- es secundario a la constitución socio-homeostática del individuo socializado; porque la racionalidad, en tanto instrumento estructural de integración fisioantropológica del individuo al grupo, aparece solo posteriormente a los procesos sensorio y socio-homeostáticos anteriores, esos procesos preconscientes en los que, efectivamente, emerge la sociorracionalidad consciente.

Es decir, las funciones cognitivas superiores de raciocinio analítico no son funciones primarias respecto de los grupos humanos, sino que aparecerían solo a partir de las primeras, cuando lo grueso de la formación identitaria y sociogrupal ya esta reconstituida; que es también decir que la existencia de los grupos humanos se articula en torno a una doxa que solo posteriormente precisaría de un desarrollo cultural epistémico. Pero los grupos ya existen antes de lo epistémico.

Porque la identidad sociorracional de los individuos se reconstituye homeostática y emotivamente; pero una vez reconstituida puede, en un mismo punto, empezar a volcarse en el raciocinio alejándose, de forma pasajera, de lo emocional (si bien más tarde harán falta nuevas zozobras senorio-emotivas y senorio-morales). Sin embargo, los contextos culturales harán cada vez más uso de lo epistémico debido sobre todo, probablemente, a las exigencias estructurales de lo sedentario, aunque esto no quiere decir que podamos desprender totalmente de la doxa sino que de manera permanente se ha de volver a ejercitarla -alimentarla- con nuevos estímulos para que los sociorracional (y la posibilidad misma de lo epistémico) pueda volver a reconstituirse.

Sea lo que signifique la experiencia sensoriometabólica, siempre será sensoriometabólica, es decir, impenetrable: que no hay forma de superar lo sagrado (esto del eje y unión entre individuo y el colectivo, y porque nuestra racionalidad emerge de ello); no se puede superar tampoco la vivificación sensoriometabólica, pues que siempre regresamos a ella como nuestro natural elemento primordial a partir del que emerge nuestro ser (porque lo anterior puede entenderse como un estar previo). Pero en este sentido, todo saber (y todo ser) es tentativo; es decir nada definitivamente es, sino que todo está sujeto al retorno de la vivificación sensoriometabólica.

Luego, en nuestra interpretación de las cosas podría ser de gran importancia entender que se nos está presentando cosas que no son de ninguna manera definitivas; que lo definitivo pertenece a otro plano aunque en el saber que hay otro plano procuraremos confort (pero acerca de qué es lo que contiene ese otro plano, no tiene tanta importancia puesto que obligados estamos a volver el estar sensoriometabolico anterior).

Lo real es, por tanto, nuestro cuerpo y nuestra constatación de que existe, efectivamente, ese otro plano; y el conocimiento de que dicha relación es objeto de otra agencia humana; que también existe -que ha de existir- una versión semiótica más o menos definida según lo que supone hubiera sido el devenir histórico contemporáneo (que sin esa “ficción” no podría entablarse la relación entre los distintos planos aquí comentada).

El tema heideggeriano del custodio del desvelamiento:

Lo que supone una instrumentalización antropológica de la verdad; que es decir también un concienzudo mantenimiento de lo ambiguo y lo incógnito; y que en el afán de sostener de esta manera el contexto sociocogitivo humano, según uno u otro criterio, supondría la creación, mantenimiento y refuerzo de contextos socio-conceptuales falsos (según la más absoluta exigencia empírica) por mor de la continuación de dispositivos socioeconómicos y financieros agregados a través del tiempo demográfico y consumidor.

Es decir, el criterio empírico “absoluto” no existe como tal sino que está sujeto a la consideraciones asimismo fisiomacros y desde la óptica de una rección antropológica -terráquea- del tiempo colectivo. O sea, el problema de Pandora o Prometeo sigue vigente en un sentido técnico a nivel de rección estructural suprahomeostática, como problema de la efectiva definición del quehacer humano (según unos y otros criterios técnicos respecto al sistema en su conjunto en el tiempo). Mientras que a nivel de usuario antropológico se nos ofrece la prebenda de afanarnos en nuestra propia corporeidad, para así buscar imponernos en nuestra personal e intransferible vitalidad al tiempo que, para que eso sea colectivamente posible, no sabemos (o no lo debemos creer de forma inapelable) realmente de qué va el mundo que habitamos. Porque, caso de dudar de su realidad tal y como uno ha creído que históricamente se ha desarrollado, se supone que nos encontraríamos incapacitados para valorar ya la vida y el tiempo que de esta forma “mentirosa” se nos está regalando. Y que también el nivel del resentimiento y amarga desolación…¿se harían insostenibles?

Pero una cosa ya está clara: el patrón orginal de este “custodio del desvelamiento” viene de los grupos humanos tal y como puede inferirse de los estudios etnográficos más conocidos, incluyendo el estudio de las mitologías clásicas. Y debido a esta escisión base que hay entre nuestro cuerpo singular y el amparo socio-moral y potencialmente epistémico del grupo, no quedaría más alternativo que una nueva escisión, respecto ahora un plano supra homeostático supervisor sobre el fluir tempoespacial colectivo, siempre esencialmente en ciernes, perpetuamente bisoño.

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1Tierra arrasada. Un viaje por la violencia del paleolítico al siglo XXI. Crítica. 2023