Una alienación técnica de los grupos humanos

‘La cocina’

Aunque en lo sustancial, en lo que se refiere a las relaciones de unas personas con otras, a sus pasiones y sus sentimientos (de soledad, de amor, de alegría, de tristeza…), a sus sueños de felicidad, nada cambie realmente y todos sigan siendo los de siempre, esos hombres y mujeres alienados e invisibles que se levantan todos los días para trabajar a cambio de unos salarios que les permitan seguir viviendo mientras otros se enriquecen y disfrutan. O sea, usted y yo.

(Conclusión del artículo de Julio Llamazares, en El País, 25 de noviembre de 2016)

 

El concepto de alienación del que quizá por primera vez se oye hablar cuando le toca a uno familiarizarse con la historia contemporánea a partir de las influencia intelectual de Karl Marx (o eso al menos fue mi caso), puede también servir para aproximarnos a la individualidad antropológica, por cuanto todo yo social supone la necesaria alienación de la entidad fisiocopórea individual; con lo que alienación en este contexto quiere decir algo así como,

La definción opróbica de la individualidad fisiocorpórea particular según el hecho vital-histórico de un grupo humano específico ante el espacio físico-material.

Pues resulta lógico postular que, de no existir la posibilidad de una cierta alienación fisiológico-sensoria respecto del metabolismo individual, los grupos humanos no hubieran podido permanecer como tales, esto es íntegros, a través de la evolución biológica de la especie.

La alienación en este sentido más profundo y antropológico debe considerarse más bien como el sino técnico de toda fisiología individual que no tiene más remedio que definirse opróbicamente según la sociorracionalidad operante del grupo humano del que el individuo depende. Y es que la alienación en este sentido y contexto fisioantropológico, puede entenderse como el hecho en sí racional del grupo en cuestión y aquella definición de la sustancia fisiológico-sensorial que convierte toda metabolismo fisiosensorial físicamente singular en sujeto social, sujeto precisamente por el carácter extrínseco en los otros de lo que es, no obstante, la fisiología individual. Y como verdadero armazón racional-moral, deviene este proceso fisioopróbico en sostén y artífice real de lo que fuera alguna vez la integridad numérica del colectivo original, frente al mundo físico-espacial circundante.

El uso del concepto alienación en el texto arriba citado, inspirado por una visión progresista que nunca ha tendido inconveniente en contemplar el pensamiento de Marx en su vertiente más bien antropológica, abarca de forma no explícita este mismo sentido precisamente antropológico-estructural, si bien la necesidad (fisiológica) humana del hecho moral nos ciega un tanto e inicialmente respecto todo trasfondo técnico del contexto que habitamos y que nos sostiene. Pues la mayor vivificación que recibimos en nuestro ente fisiológico viene precisamente de nuestra contemplación visual del hecho moral, respecto de un plano social externo a nosotros que en realidad es, desde la óptica opróbica de nuestra corporalidad singular -respecto nuestra mismísima presencia continuada o no, en el mundo-, siempre un plano en cierto sentido socioafectivo. Y es solo a lo moral lo que damos verdadera importancia, digamos visceral y metabólica, a partir de la corporeidad de cada uno; los otros tipos de percepciones, aunque siguen siendo visceralmente experimentados, no llegan, sin embargo, nunca a al mismo grado de intensidad y arrobo metabólico.

Porque en la contemplación de lo moral se alimenta la individualidad antropológica mediante la experimentación de algo así como la integración total de ambos partes -la fisiocorpórea y el yo social- pues estamos especialmente sensibles como los sujetos sociales que somos a la existencia de todo aquello que rige, ordena, y orienta la vida del individuo perteneciente. Y entonces, toda injusticia y abuso de unos respecto a otros; toda desgracia que surte el efecto de que algunos ya no pueden contarse entre nosotros, tanto como víctimas que pueden ser a manos de otros, o bien como los malos desalmados que igualmente ya no puede considerarse de entre los nuestros; y, naturalmente, la muerte misma: ante nuestros ojos son todos, en su escenificación social -y también estética-, momentos de gran fuerza fisiosensoria y metabólica para nosotros, pues nuestro sino que está en el pertenecer, queda de repente en cuestión ante el horror de la evidente desintegración grupal que presenciamos en la perdida tanto física como moral de otro ser humano.

Y como efectivamente opera el autor en texto arriba citado, la sustancia sensoria de la percepción nuestra y su inexorable carga opróbica viene a suponer la verdadera argamasa de la construcción semiótica posterior (que no es en primera instancia simbólica), pues el basamento de todo significado cultural sucesivo es, originalmente, esta calidad moral inherente a nuestra presencia física y singular en el mundo que, no obstante, solo pervive -solo es– en cuanto integrante de un colectivo mayor. Y es en la elaboración posterior simbólica y cultural donde pudiéramos decir que recuperamos la libertad adánica original de imponernos nuevamente sobre el mundo -ahora de naturaleza totémica y cultural-, pero de forma siempre un tanto ciego, puesto que la creación de esa posibilidad fisiológica del ámbito ahora simbólico, se debe a nuestra subordinación fisioopróbica anterior de la que, naturalmente, somos apenas conscientes.

Y así, la tonificación moral sí que nos sostiene también ahora en el texto aquí citado, como un manjar que nos deleite en su golpe de efecto final que supone, no obstante, una experiencia sensorial a la vez que abarca un sentido conceptual. Y nos sostiene porque nos integra, efectivamente, respecto de ambas partes de nuestra individualidad bipartida, y más antropológica (por cuanto grupal) que como ente único y singular. Porque es una suerte de interpelación moral, como lo es en cierto sentido real pero subyacente, todo fenómeno visual humano.

Aunque también radica un problema en el sostener fisiológico-sensorio, que sostiene al tiempo que nos envuelve; o quizá mejor decir que el envolver es el sostener en esto de la experiencia fisiológico-sensoria humana. Con lo que resulta que el mundo social al que se refiere la cita sí que existe de forma independiente del solipsismo fisioantropológico de los grupos humanos; en cuanto a múltiples cuerpos humanos que, a grandes rasgos, comparten el mismo espacio físico-material, y que, si bien todo ello puede servir como estímulo con efectos cohesionadores a través de nuestros sentidos de percepción (en cuanto a toda imagen mental), existe más allá no obstante de nuestro delirio moral, como una diacronía sistémica de cuerpos singulares, de  generaciones múltiples y longevidades distintas, que nos remite otra vez a esta suerte de muro inexorable que es el hecho de que yo no soy tú; hecho que queda ocultado por el plano fisioantropologico ilusorio del artificie universal de la cultura, en tanto que pudiera considerarse, paradójicamente, una especie de fisiología compartida, pero respecto de cuerpos físicamente distintos e independientes.

La Cocina (El País)

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