Principios basales de lo sedentario

-La conciencia humana supone un proceso de reconstitución somatosensoria que depende, por ello, del estímulo sensorial y sus efectos en nosotros homeostático-emotivos.

-los grupos humanos ponen universalmente al centro de la mecánica de su propia permanencia en el tiempo dicho proceso de reconstitución neurológico-cognitiva individual.

-El desamparo fisiológico-corporal de cada uno de nosotros y nuestra pulsión por tanto vital de pertenencia respecto al colectivo, deviene en viga maestra de articulación los grupos antropológicos.

-La integración del individuo al grupo es, por tanto, de naturaleza sensoriometabólica como parte del proceso homeostático-cognitivo humano, lo que aboca a la concepción de la personalidad sociorracional como artificie real de la permanencia en realidad colectivo-cultural.

-Se ha de concebir, por tanto, una suerte de oposición fundacional entre la anomia individual (en tanto intimidad sensorio-homeostática y metabólica de cada uno) y la homogeneización sociorracional que impone el grupo a través de una dinámica en esencia coercitiva, asimismo íntima, de la pertenencia o no del individuo.

-En base a esta calidad opróbica  interna al individuo, respecto su pertenencia al grupo (pero frente al problema de su propia corporeidad como trampa), se forja toda moralidad-racionalidad colectiva, finalmente cultural.

-La permanencia cultural del grupo antropológico deviene, por tanto, también en un proceso permanente de reconstitución (en paralelo con la realidad neurológico-cognitiva individual) que igualmente depende de estímulo sensoriometabólico recurrente.

-El modus vivendi del ser humano en tanto anthropos es un vivir percibiendo, debido al carácter emergente de, en primer lugar, nuestra cognición, pero también respecto a la realidad evolutiva más importante que son los grupos.

-Debido a ello resulta necesario entender el bucle que universalmente se establece entre los grupos humanos antropológicos y su propia experiencia sensorial, como evidente estrategia estructural en aras de salvaguardar su propia viabilidad en el tiempo colectivo-cultural.

-Pero decir emergente es también tener que concebir la continua integración de todo sujeto homeostático perteneciente como el quehacer real de la experiencia antropológica, en paralelo con el proceso de consumación vital generalizado de los seres vivos: el carácter críptico de esta circunstancia supone el sostén real -pero oculto- del sentido humano y su imposición moral como pragmática.

-Porque el sentido moral debe también comprenderse como en sí mismo una imposición estructural universal de parte de los grupos humanos, frente al problema técnico de su propia permanencia colectiva.

-Es en este sentido, y siguiendo esta línea de inferencias, que puede decirse que la sociobiología humana es para esto en tanto recurso que tuvieran los grupos humanos a su otrora evolutiva disposición, respecto lo que integra algo así como la gran fontanería de la experiencia humana sobre el planeta.

-Sin emabrgo, la evolución en referencia a los grupos humanos se debe entender como ralentizada en grado sumo a partir de la experiencia agrícola (advenimiento que se ubica en el periodo neolíotico), y dado que los efectos reales de la mayoría de las fuerzas de selección natural han quedado igualmente minimizados.

-Y, pese a las apariencias sedentarias, permanece operativa la sociofisiología humana original que “procesa” -podíamos decir- al sujeto homeostático al abur de las contingencias sensorias acaecidas: dicho dispositivo revulsivo que, a través del invididuo, permite en efecto la consolidación colectiva, frente a las amenezas soberanas (que lo son debido al efecto estructural que llega verdaderamente a regir al grupo sometido), deviene en el dilema técnico más importante que está en el seno oculto de la viabilidad sedentaria.

-La antropología sedentaria se ha visto obligada a servirse de experiencia sensoriometabólica para obviar -y así librarse de- los límites sobre el desplazamiento físico que impone la vida agraria: los espacios miméticos ofrecen el medio más importante de acomodación de una fisiología humana definida, en realidad, a partir de una evolución filogéntica anterior nómada.

-A este fin, la experiencia sedentaria (o la cultural a secas y tal y como la conocemos nostros) ha tendido hacia un cada vez más complejo dearrollo semiótico: se puede hablar, en efecto, de un verdadero despegue semiótico a partir, universalmente, de la experiencia agraria en tanto que la complejidad ritual, la religión formal, el lenguaje escrito, los espectáculos públicos y el arte, etc., pueden considerarse todos ellos ámbitos totémicos que permiten una mayor posibilidad de vivificación de carácter más fisiológico-metabólico que en realidad corporal.

-Porque, en efecto, la viabilidad real del tiempo humano sedentario se asienta sobre la vivificación sensoriometabólica que relega, en cierto sentido, lo corporeo en sí, si bien la seriedad en última instancia moral vuelve de nuevo, inexorablemente, a partir de lo corporal.

-Por todo ello argumentamos que la episteme misma deviene en recurso a disposción de los contextos sedentarios en tanto extensión incorpórea de la doxa orginal. Y parecería lógico entender que, si se vuelve perenetorio un mayor desarrollo semiótico (para poder así ampliar espacios fisiometabólicos para los sujetos homeostáticos y pertenecientes, frente a los límites de lo sedentario), la otrora técnica función de la sociorracionalidad (en tanto estrategia original de permanencia simplemente grupal) obliga a un proceso de sofisticación técnico-intelectual, y hasta científica, que calificaríamos, quizás, de ineludible.

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