Ejercicios teóricos ibéricos [no habilitados] 1

Un primer comentario para Almudena Hernando Gonzalo en referencia a su libro La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno (2012)1.

Antropológicamente, el poder de la naturaleza sobre los grupos humanos aboca a la sacralización de dichas fuerzas, pues es ella que vemos que da la vida (la lluvia, el pasto, las cosechas, etc.) como también la que la quita a través de las sequías, las tormentas, las inundaciones y demás azotes colectivos históricos harto frecuentes.2

Aunque posiblemente no sea el poder per se el punto sacro más profundo sino la geometría que se establece entre el fenómeno como fuerza y el grupo. Pues tal puede ser la magnitud de dichas fuerzas que no tenemos más recurso que buscar ponernos a salvo al socaire de los nuestros; esto originalmente en un espacio físico, pero por extensión también sobre un plano cognitivo en el que entender qué es lo que nos somete o de otra manera nos deja momentáneamente perplejos, nos ampara en el conocimiento mismo que la intersubjetividad cultural nos brinda y de la que dependemos como individuos psíquicos.

Una intersubjetividad con la que nos maridamos neuro y memorísticamente desde niños-aspirantes a la pertenencia a través de nuestra adquisición tanto del idioma como de la lógica no verbal de nuestra propia cultura. Por tanto, una subjetividad que las mismas contingencias de la vida ponen nuevamente a nuestra disposición en realidad física, como cuerpos nuevamente necesitados de ambos tipos de cobijo.

Lo sagrado tiene dotes no solo de geometría sino de gramática, pues una fuerza ajena nos conduce –de forma brutal—a los nuestros y, en última instancia, a nuestra propia individualidad psíquica como sujetos homeostáticos culturalmente pertenecientes, es decir, racionales, pero por medio de un universal constructo cultural históricamente particular (en tanto el sentido último de todo, en el fondo, es siempre el grupo en el tiempo siempre generacional).

Y así, un objeto corporal humano singular se transforma en un sujeto-agente sociorracional –respecto de una ontología cultural determinada—porque así llegaron los grupos humanos evolutivos a poner al centro de su propio drama existencial colectivo el ímpetu vital por perseverar inherente a todo cuerpo singular (una violencia vital que, efectivamente, solo puede conocer la singularidad viviente-homeostática).

Sacralizar por maniobra defensiva que permite la aglutinación psíquica de los individuos y a partir de la cual emerge la personalidad cortical perteneciente (es decir moral y razonadora) de cada uno de nosotros.

Lo sacro no por la vulnerabilidad que produce esta u otra violencia natural sino por el poder que nos transfiere a nosotros como grupo y por el hecho de que nos permita alzarnos –paradójicamente– en el ser antropológico y cognitivamente individual (frente solo a un estar corporal «animal» más inconsciente).

Sagrado asimismo como paradoja que habilita, por una parte, el ser ontológico cultural como la posibilidad misma epistémica humana según una u otra variante antropológica histórica (la que sea), al mismo tiempo que se trata de algo apenas racionalmente asible por nosotros, pues ¿cómo entender que soy vosotros primero y sobre un plano límbico siempre antes que pueda ser este otro yo cartesiano y ascendido que me reconozco como tal?

He aquí que el humus mismo de donde brota la cultura humana sería la violencia en este sentido neuro y socio-homeostático que vivenciamos como los objetos sensoriometabólicos que no dejamos nunca de ser.

Después, somos también agentes de nuestra propia imposición vital como individuos equipados corticalmente con una conciencia correctora que, cuando sea necesario, se contrapone a nuestros pulsos límbicos más envolventes, pues hubo, parece claro, momentos evolutivos en que la tendencia en nosotros gregaria resultase excesiva siendo necesario un mecanismo correctivo (eso precisamente que sería una de las funciones de la consciencia cortica plenamente ascendida, la de corregir el plano límbico y gregario).

Y aunque tratándose de una falsa coherencia lógica (pues la lógica real y compleja fue y sigue siendo siempre la colectiva), se tuvo históricamente que mantener una formalidad conceptual-existencial a través de la postulación de un sentido causal rector y viga efectivamente maestra de toda episteme cultural particular—en principio no por prioridad empírica sino a favor, en realidad, de una superior urgencia que sería la de la viabilidad (continuidad) en el tiempo del grupo.

Eso que solemos llamar los dioses -o dios– o bien el orden, por ejemplo, newtoniano de la física; y también eso que con frecuencia no tenemos más posibilidad que entender como “nuestra espiritualidad”.

Es decir, la ambigüedad semántica del término “sujeto social” estriba en el hecho de que la agencia psicológica de parte de todo yo socializado solo es posible en tanto que objeto primero de una pertenencia socio-homeostática cultural determinada. Nuestra condición base de objeto límbico-homeostático es la esencia (bastante para nosotros opaca) de nuestra propia subjetividad psíquica y agencia después psicológico-social.

Un fondo límbico en realidad colectivo histórico y generacionalmente determinado del que emergemos hacia nuestro propia voz racional como experiencia desde luego ilusoria de este «yo» que todo mi vida me he reconocido como tal

Punto interesante para explicar la vieja confusión entre sujeto y objeto respecto de las personas, pues todo sujeto social no lo es ni lo ha sido nunca sin ser primero objeto de su propia pertenencia cultural; el someterse como objeto de nuestro propio experiencia antropológico-cultural es eso precisamente que nos hablita como sujetos sociales.

Y ahora podríamos entender más concretamente la condición nuestra de objeto socio-homeostático como paso necesario para constituirse en sujeto social (en un sentido sociológico tradicional), aunque ahora entendemos que esto es, en realidad, en un sentido más profundo a nivel de psique en tanto que la consciencia humana se asienta sobre una constante estimulación y alimento límbicos, pues es en este ámbito críptico y preconsciente donde realmente se articulan los grupos antropológicos y culturales en el que verdaderamente se sustentan los contextos antropológicos sedentarios en el tiempo.

Y así podríamos entender la racionalidad como un plano sitial en tanto que, sea cual sea su configuración cultural histórica, su función técnica como constructo es facilitar la articulación límbico-cortical al centro de toda experiencia antropológica colectiva, finalmente, demográfica.

Una vía de incorporación, por otra parte, de la imposición vital -de la violencia- individual e idiosincrática al seno del orden endogrupal y sin que este se deshaga sino alimentándolo (reforzando, de hecho, la validez operante de lo culturalmente racional)

Una zona de interés donde todos los individuos perseveran (sea lo que quiera decir eso para cada un de nosotros, según nuestra propia identidad cultural, más una idiosincrasia individual y memorística exclusiva particular e íntima en cada caso).

O esto sería la analogía a considerar desde una óptica gestora: una gran zona de interés planetario, pero necesariamente delimitado por subdivisiones culturales y políticas que se subdividen a su vez en regiones locales de diferentes escalas finalmente económicas, pues la fisiología humana terráquea es, ha sido siempre, el insumo real de los sistemas socio-económicos mundiales.

Ahora bien, el sentido con el que se ha de equipar la perseverancia individual, por tanto, lo es todo; es decir, un sentido generalmente mucho más visceral que intelectualmente planteado del que, sin embargo, dependemos para poder proyectar y decantarnos en el tiempo, en una u otra dirección más o menos intencionada.

Un sentido parcialmente atomizado (porque se lo lleva a cuestas cada una de las miles de millones de partes homeostáticas particulares) que, vista en su realidad compleja resulta más bien una exigencia estructural respecto la viabilidad en el tiempo colectivo y sedentario.

Un punto como digo sitial que puede rellenarse según unas y otras contingencias, culturales, generacionales e individualmente idiosincráticas.

Un rellano, entonces, para un espacio vital básicamente de tipo correlativo (y solipsista) desde el punto de vista fisiológica nuestra, que, en su vertiente sistémica, solo echa mano de la causalidad, en realidad, para seguir articulándose antropológicamente en su propia y continuada agitación correlativa agregada (finalmente de generación en generación).

Aunque desde una óptica gestora, claro está, la cosa cambia, en tanto que el solipsismo individual se abre a una contemplación de la realidad extramuros de la misma cognición antropológica solo homeostática.

Ya que solo desde un punto supra-homeostático (y por tanto “supra-moral” a la manera cromática que yo defiendo) cabe una aproximación verdaderamente agentiva respecto a nuestros congéneres como objetos humanos.

¿Cuál sería, finalmente, el sentido de la vida respecto de dicho plano más técnico habilitado en exclusivo –y sin que lo sea nadie más– para la contemplación de este objeto que somos todos a nivel planetario ya -por primera vez- como especie?

Es decir ¿cuál el interés en el que se afanarían por perseverar los mismos gestores antropológicos frente al plano de los usurarios y el tiempo en sí humano?

(Salpimienta y apartar)

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1 Edición de 2018 de Traficantes de Sueños, Madrid (licencia Creative commons)

2 Resumen parafraseado de una tesis de la autora y a partir del siguiente párrafo de la obra citada: “Pero cuando algún suceso inesperado o irregular ocurre y se preguntan por la razón, lo asocian siempre con relaciones y agencias de tipo humano (Campbell, 1989: 76): un trueno puede explicarse porque dos animales se han enfadado, o están copulando, o porque una persona ha cometido algún tipo de infracción con respecto a las normas del grupo. Ahora bien, dado que la naturaleza no humana tiene mucho más poder que el grupo —ya que puede darles alimento o quitárselo, concederles la vida o la muerte—, la sacralizan.” (pág.76)