La figura histórica de Jesús frente a Cristo

Cristo crucifiado de Velázquez

Tema de la denigración de la cultura judía de la época (la helénica) para resaltar y purificar la imagen de Cristo que ha conducido a grandes daños históricos posteriores: tesis que sostiene Fernando Bermejo Rubio en La invención de Jesús de Nazaret: Historia, ficción y historiografía (2018).

Pero el cristianismo en tanto sus preceptos lógicos se basa también en la denigración de nuestra entidad corporal sensorio-emotiva: es justamente de esta condición «inmunda» y mortal (la del pecado) que nos salva Cristo. La paradoja que está en el seno del cristianismo radica en la compensación icónica y sensorio-visceral a través de la obligatoria -además de permanente- contemplación de la aflicción del cuerpo humano crucificado. Con lo que la causalidad lógica cristiana queda crípticamente negada por nuestra vivencia vicaria de la agonía del cuerpo humano crucificado; contemplación de la que como cristianos jamás nos libramos pues es la clave para el efecto en última instancia empático que está en la base del cristianismo y como una críptica -o sea, no explicita ni lógicamente considerada- aceptación tolerante respecto nuestra corporeidad y, por extensión, la de los demás (con todas las salvedades históricas que se quiera respecto los cuerpos culturalmente ajenos de otros grupos y poblaciones coloniales o pertenecientes a otros credos).

La figura de Jesús surge originalmente de un contexto de periferia cultural, frente a las ciudades de la Judea ocupada por el Imperio romano. El «estilo de vida mesiánico-guerrero»1 es algo que acaba cumpliendo cierta funciona alimentaria respecto las ciudades, pues dicho contexto histórico dio lugar a zonas rurales desérticas donde pudieron sostenerse estos mesías-guerreros al estilo del rey David para así crear una tensión político-militar sin duda de lo más electrizante para, en última instancia, la vida en la ciudad que, a través de rumores e informes, se enteraría del caos «terrorista» más allá de sus murallas; pero para cuyas habitantes, sin embargo y sabiendo que ocurría de forma muy lejana, acabaría surtiendo un efecto en realidad reconfortante, muy parecido fisiológicamente al efecto relajante para el cuerpo que produce el sonido de la lluvia sobre el tejado bajo el que uno habita2 .

Pero claro, el argumento de Bermejo Rubio (y otros como Marvin Harris) es que una figura de Jesús más guerrero mesiánico que príncipe de la paz, no servía finalmente a los habitantes de las ciudades romanas. De ahí que se produzca por medio de las cartas de Pablo de Tarso y en los mismos Evangelios una cierta transformación deificadora posterior que, crucialmente, se arroga para sí la supremacía universal de la víctima de la violencia, convirtiéndose en un poderío de violencia moral, ese que le asiste siempre a toda víctima. Y esta imaginería mesiánica sí que funciona muy bien dentro de contextos urbanos que fisiológica y metabólicamente se vivifican en la contemplación de la violencia desde, sobre todo, una perspectiva mortificadora de la víctima.

Es decir, que lo que faculta el cristianismo es poder relacionarnos con la violencia y beneficiarnos de una permanente mortificación respecto de ella. De esto precisamente proviene la gran potencial compasiva que tiene el cristianismo para con el sufrimiento humano, y en particular en su variante católica que es la que más se adhiere a una vivencia sensoriometablólica de la agonía de Cristo a través de la experiencia estética; una experiencia que la variante protestante apenas admite, aunque sí como imaginería “intelectual” pero no en su forma visualmente gráfica.

Pero que sea una incongruencia desde un punto de vista lógica no debe oscurecer el problema real que subyace aquí: que nos hemos de abrazar a nuestra propia violencia, puesto que da vida como imposición humana, pero excluirla de nuestro trato con los demás, y dado el gran poder que tiene de causar destrucción, dolor y afligimiento; que el poder acercarnos a ella pero sin destruir ni afligir a los otros, redunda en una mayor tolerancia hacia los demás lo que, finalmente y de forma especular, eleva la categoría moral y humano de, simplemente, el yo psíquico. Pues parece insoslayable relacionar el hecho de que es el cristianismo de occidente lo que daría alas a la aparición histórica del individualidad contemporánea, cuyo origen se remontaría a finales de la edad media europea y lo que se considera, a partir del Renacimiento-Ilustración, producto asimismo occidental, inicialmente.

De manera que no parece retener tanta relevancia el hecho de Cristo, en comparación con el más histórico Jesús, sea una patraña tal y como lo explica con gran contundencia intelectual Fernando Bermejo Rubio. Porque una constante que sí que une la figura más históricamente plausible de Jesús (mesiánico guerrero, antirromano y apocalíptico) con Cristo en tanto cósmico y adulterado «príncipe de la paz», sería esta relación permanente con la violencia: en un caso de tipo corporal sobre un plano físico-político compuesto de espacios rurales desérticos articulados por centros urbanos de poder político-militar y financiero (ocupados, además, por el Imperio romano); y un segundo históricamente posterior mucho más urbano y bajo un monopolio explícito y tajante de la violencia solo de parte exclusiva del estado romano. Pero subsiste la violencia como dosificación homeopática, en este segundo contexto, de la única forma posible, esto es, por medio de cierta violencia “moral” y en la vivificación estética.

Se trata de una forma práctica de «llevarnos con nosotros» la violencia en forma de imágenes, pero sin que sea estructuralmente necesaria -o que lo sea menos con menos frecuencia- la violencia real, pues ya está operando culturalmente como un acervo de imágenes catárticas que nos obligan de forma constante a «encararnos» con la violencia en forma de sufrimiento humano: he aquí la gran «jugada» del cristianismo pues se vale de una fisiología de las imágenes (mentales sobre todo, pero también de carácter plástico) para alimentar vivificando la permanente reconstitución de lo sociorracional.

Aunque, claro está, respecto del problema del sostenimiento sedentario, nunca ha sido suficiente pero sí muy importante para la elevación psíquico-ética de los seres humanos. De hecho, ha sido siempre necesario abrir, de nuevo y constantemente (como atestigua la historia contemporánea), espacios periféricos de violencia más recrudecida -las perenne experiencias coloniales que, bien mirado, enhebran la historia universal humana-; si bien, con la llegada de la imprenta, los grabados, la imagen fotográfica y el fotoperiodismo, se ha podido rentabilizar de forma mucho más eficiente, desde una óptica sistémica, la violencia homeopática para que sensoriometabolicamente surta su efecto nuevamente vivificador.

Y sobre esta base de mortificación sensoria, y en conjunción con el aserto dogmático cristiano de nuestra «contaminación» inherente por el pecado y la mortalidad en sí (justo aquello de lo que nos salva la muerte de Cristo, según la lógica cristiana ), se establece una posición epistémica impermeable a la refutación lógica pero que, con con el tiempo, ha permitido el desarrollo cultural-intelectual particularmente occidental, ese que, en ultima instancia, hubiera de desembocar allá por los primeros años del siglo XVI en los orígenes de la ciencia contemporánea. Pero que dicha evolución cultural-humana se basara en unos preceptos no sujetos a refutación no quita ni realidad ni valor a ese mismo desarrollo cultural. Y, además y como argumentamos, la fuerza más potente del cristianismo es la relación visceral y plástica que establece con la aflicción humana a través de la vivencia sensoriometabólica de su contemplación: esta vivificación metabólica es para el sujeto homeostático perteneciente un verdadero alimento moral que nos obliga a humanizarnos de nuevo y una y otra vez, pues tal es el efecto que tiene sobre nosotros presenciar el sufrimiento y aflicción de nuestros congéneres.

Pero, respecto de la cuestión de en qué medida se debe la elevación ética occidental, pese a todo, al cristianismo, no cabe sino entender que ha sido en mucho, y cuya aclaración racional nos pesa en tanto obligación intelectual. Pues siempre ha estado presente el cristianismo sobre el plano histórico-político contemporáneo como al menos un disponible ideal no violento al que aspirar; también parecería difícil concebir la aparición histórica de algo así como los derechos humanos sin haber pasado primero por las antropologías cristianas.

Y, sin embargo, nunca ha sido suficiente lo que obliga a escrudiñar otros fenómenos compañeros de lo sedentario (como la ocupación colonial, el terrorismo, la guerra misma o cierta sublimación estética de la violencia) de una manera similar, esto es, como fuerzas de, en realidad, reconstitución sociorracional a través, revulsivamente, de la zozobra metabólica de la violencia y padecimientos humanos contemplados. Y, parece asimismo lógico y previsible que la religión en general (y con su innegable importancia epistémica) fuera con el tiempo reduciéndose como fuerza cultural, puesto que con el desarrollo tecnólogo de comunicación ya no resulta necesario enhebrar dogmas conceptuales de credo con oportunidades ritualistas de vivificación sensoriometabólica de función mortificadora, pues los cauces de “información” ya nos hacen entrega de este tipo de zozobra como, en realidad, un estructuralmente necesario alimento sensoriometabólico:

Soweto, Sudáfrica el16 de junio de 1976. Imagen mundialmente famosa en su día captada por Sam Nizma.

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1Término que utiliza Marvin Harris en los capítulos titulados “Mesías” y “El secreto del Príncipe de la paz” en su libro Vacas, cerdos, guerras y brujas. Los enigmas de la cultura (1975). Pues a falta de otras formas institucionales de vivificación metabólica al servicio del sostenimiento sedentario, el contexto histórico de la Judea ocupada por los romanos acabaría dependiendo -o de esta manera al menos podría entenderse- de la intermitente (pero asimismo constante) aparición de guerrilleros mesiánicos davídicos que, parapetándose en las zonas rurales, desérticas y menos densamente pobladas, llevaban a cabo compañas de liberación regiomesiánica contra la ocupación romana. Pero desde la óptica del poder romano y sus aliados de la élite judía urbana, dichos rebeldes solo podían calificarse de «subversivos» a los que había que crucificar de la forma más públicamente ostensible posible (eso que constituye el hipotetizado origen histórico más plausible de Jesús el hombre). Pero un «estilo de vida» así, viviendo en los márgenes del orden romano y constituyendo sin duda al mismo tiempo una presencia política de gran atracción para la población civil judía en general, acabaría acarreando sobre sí buena parte del peso del orden antropológico, a lomos de esta fuente intermitente -pero también constante- de fecunda zozobra política (que a la población judía seguramente atemorizaba al mismo tiempo que les electrizaba, frente como siempre a una cotidianidad agraria, básicamente monótona, esencialmente inmóvil).

2Del inglés the rain-on-your-roof effect, proverbialmente entendido como la gran facilidad que tienen las personas para conciliar el sueño cuando está lloviendo. Y esto por el hecho de que nuestras percepción sensoria (o sea, el cuerpo) está como entregada al recordatorio permanente de su propio amparo; una realidad percibida que no puede sino reconfortarnos, si bien no se trata de ninguna idea, noción o concepto sino acaso una «vivencia cognitiva» que no llega a formularse intelectualmente.

La dependencia sedentaria en el experimentar homeopático de la violencia (1)

Yacimiento romano de Segóbriga (Cuenca, España) que muestra el valor evidente conferido por los romanos a la experiencia sensoriometabólica, lo que se constata en la presencia colindante de un anfitearto además de un coliseo.

Pero el sentido de la violencia aunque la violencia física real se suprime o se limita y se transubstancia en experiencia más metabólica que corporal -como es tendencia sin duda obligatoria respecto los contextos sedentarios-, no se desvance por completo en ningun caso, pues la llevamos en el cuerpo como quien dice, en tanto parecería que no hay nada más serio -esto es, más relevante y significativo- para el sujeto homeóstico que la violencia, sobre todo cuando irrumpe dentro del mismo grupo de pertenencia, y puesto que la continuidad del tiempo colectivo depende, precisamente, de cómo nos relacionamos como grupo o sociedad con ella. Y dado que, además, como todo yo socializado es para incorporarse al colectivo, mi propia desaparición como individuo -o bien, el sobrevivir yo y que desaparecen todos los demás-, son dos vertientes, en realidad, de una misma aniquilación 1.

Por esta razón las antropologías sedentarias -universalmente- parecen incorporar auténticas instituciones miméticas (entendidas a lo Norberto Elias), siendo la más importante las religiones formales (que a grandes rasgos combinan la vivificación metabólica y fisiológico-estética con horizontes conceptuales verdaderamente epistémicos). Pero, además, resulta históricamente necesario habilitar espacios de una violencia controlada que ritualizan o convierten en juego no físicamente cruento, la imposición humana de unos frente a -y sobre- otros: evidentmente, la relación entre rituales religiosos y espectáculos artísticos o deportivos es fácil establecer, siempre que se tenga en cuenta la ya argumentada importancia histórica de las religiones (en tanto habilitación de espacios epistémicos, cosa de la que carece lo deportivo). Es asimismo evidente que la experiencia simplemente estética -en cuanto instituciones artísticas consabidas- recrea una misma experiencia metabólica que, como la vida misma, invita al espectador-lector a definirse nuevamente como sujeto homeostático socializado–y esto como recreación o simulacro casi indéntico a la interactuación real humana.

Esta forma de desdoblamiento de la vivencia moral humana, respecto inicialmente un plano corporal real que atañe a multilples personas in corpore, frente a unas vivencias que, en tanto programadas culturalmente de alguna manera, acentúan la vivencia metabólica al mismo tiempo que reducen las consecuencias corporales, ocupa algo así como la centralidad de la experiencia sedentaria. De tal forma que la imposicón humana que espolean simplmente los procesos homeostáticos que nos rigen individualmente -aún bajo el necesario dominio de un orden político-sedentario impuesto que se alza en adelante como única violencia légitima-, la podemos seguir gozando en todo nuestro ímpetu hedonista y vital, pero ahora atados al cordel secreto que nos ciñe por dentro y que es el yo moral sujeto, sociohomeostáticamente, por los otros.

Y por tanto no solo es útil en este sentido la transgresión en mayor y menor medida de lo consabido (porque el desafiarlo es habilitarlo para que nuevamente se imponga y se refuerce), sino que toda transgresión observada como espectáculo es asimimso metabólicamente útil en tanto sustancia nutritiva -en ese sentido esctructural- que, fugazmente, pone en entredicho el orden racional-cultural, lo que supone asimismo una oportundidad de un nuevo fortalecimiento. Pues solo así por medio de esta función dionisíaca de nuestra exposición a la vivificación metabólica, una y otra vez, puede requerirse e incoativamente sustanciarse, nuevamente, la razón humana en su vertiente cultural.

En este sentido todo infortunio personal acecido; todo catastrofe natural, y todo acto violento que se comete; todo padecimiento, pérdida, enfermedad o zozobra; o bien a veces tambien todo acto generoso, heróico y de compasión para con los otros, en tanto circuntancias que muestran la figura humana que se esfuerza por perseverar en uno u otro sentido y contexto, y de las que se llega a tener constancia pública, se convierten tambien en espectáculos exempla a cuyo vicario efecto no dejamos nunca de ser suceptibles: pues nuestra condición de sujetos homeostáticos respecto a los otros nos obliga a la contemplación de todo sino vital y social ajeno como, en realidad, algo potencialmente nuestro también.

Evidentemente, estamos hablando de una función que tienen los medios de comuncación a partir de comienzos del siglo XIX, si no antes. De tal forma que si no hay -por lo general- sacrificios humanos como espectáculo público dentro de la experiencia sedentaria propiamente civilizada y contemporánea, una de las razones (pero no la más importante) es que los medios de comunicación realizan esa misma función: la de acercarnos homeostáticamente a la violencia; es decir, a través de la vivencia metabólica y vicaria mas no de una manera directamente física; o eso al menos respecto el gran numero de seres humanos que componen, por ejemplo, las audiencias televisivas y periodísticas en general–aunque, inexorablemente, alguien tiene que padecerla propiamente in corpore, para que así cobre valor -es decir, sentido– sensoriometabólico para los demás (pues así de susceptibles somos moralmente respecto a, simplemente, la figura humana y sus aflicciones)–. Sin embargo, la comparación numérica entre, digamos, los participantes corporales directos y los milliones de espectadores sensoriometabólicos repartidos potencialmente por todo el planeta que gozan de esta seriedad moral coreografiada ante nosotros, no admite duda respecto a la importancia estructural-antropológica que está en juego.

La otra razón por la que no sigue habiendo sacrificios humanos es el hecho de que la viabiliad estructural de lo sedentario, que se basa en una obligada y aumentada interactuación humana, acaba profundizando la psique en su vertiente cultural como parte de un proceso de verdadera elevación espiritual-ética que parece ser heredad exclusiva de los procesos civilizatorios y la urbanización asimismo implícta en ellos. Es decir, la violencia cruenta respecto entornos sociales inmediatos se hace cada vez menos tolerable por cuanto la impronta dolorosa que conlleva su contemplación en extremo sobrepasa el limíte de la viabilidad urbana y su dependencia estrctural en la comunicación entre personas. Por otra parte, los contextos sedentarios son deudores de la monopolización de la violencia por parte de un única fuente de legitimidad política (o bien, una limitada rivalidad respecto la misma), lo que obliga cada vez más a un control -y hasta una adminstración– respecto otros fenómenos violentos no autorizados o de alguna manera no provistas.

El dolor que nos puede provocar la contemplación del sufrimiento y aflicciones humanos es ambivalente, siendo a un mismo tiempo una forma de alimento sensoriometabólico reforzante de lo racional en sí, a la vez que supone un pontencial fuerza de anomia en su forma más extremada. Así, es el dolor que alimenta la razón recobrada que busca, por tanto, reconstituirse preferiblmente sobre sostenes semióticos cada vez más desarrollados para, así, soslayar los confrontanción directa entre los cuerpos: así se podría entender una mecánica fisioantropológica de lo sedentario que, como constante, se ha mantenido a lo largo de los milenios -y a través de algunas regresiones pasajeras- hasta el día de hoy, y pese a los cambios tecnológicos (o, en realidad, sirviéndose de ellos).

Como si de dos turbinas gigantes se tratara, en la imagen que encabeza este texto parecería que todas las hoy imaginarias hileras de edificios que en su día hubieran llegado hasta la cima de la colina al fondo de la imagen, como conjunto arquitectónico-humano, dependiera para avanzar en su propio tiempo colectivo de la propulsión mimética del anfiteatro-coliseo (respecto eso dos “tubos de escape” del primer plano de la imagen) donde se representaba y se recreaba, en algún que otro grado de intensidad, una violencia, tanto moral-artísitca como también respecto un manierista imposición de la figura humana sobre otra (o frente a algun toro u otro bestia). Todo esto, además, añadido a la presencia de esa otra institución mimética sedentaria por excelencia que apenas se atisba en esta imagen, que son los credos divinos formales y antropomorfos.

Es decir, el motor del tiempo sedentario que es la vivencia metabólica (dependiente a su vez de un desarrollo semiótico cada vez más elabroado) para que, digamos, todo siga girando sobre sí, de manera estancionaria al mismo tiempo que en permanente avance en este sentido virtual que no corporal. Que de tener esta imagen una explicación fisioarquitectónica y estructural-antropológica, pienso que sería ésta, y teniendo en cuenta que fuera y más allá de su encuadre, siempre están -como en contraposición- los campos a sembrar, recolectar o roturar en cuya quietud vegital se sigue sujetando, en realidad, todo el tinglado:

Imagen en torno al año 1970

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1Salvo con la distinción objetiva númerica entre las dos partes de la comparación, pues aunqe nos cuesta aceptarlo visceralmente y desde nuestra óptica existencial corporal, la importancia ética última la tiene el grupo y su permanencia en el tiempo, que no nosotros como individuos. Que se es individuo socializado para interactuar en el grupo, lo que convierte la indiviudalidad, sobre un plano evolutivo, en accesorio y complemento instrumental del colectivo: conviene, pienso, tener esto muy claro, si bien la posibilidad moral la fundamenta, en realidad, la singularidad corporal y sensorio-emotiva ; pero esta es contradicción solo aparente en tanto que desde una óptica estructural y «macroantropológica» debe entenderse la homeostasis sensorio-metabólica del individuo como punto real de la articulación colectiva y cultural de los grupos antropológicos.

La identidad moral como instrumento de desdoblamiento virtual

Mujeres urbanas aristocráticas en la ciudad azteca recreada en la película Apocalypto (2006)

Las diferencias jerárquicas dentro de los grupos, tanto antropológicos como los que constituyen muchos mamíferos (quizás respecto a algunas otras especies) son, aparte de su característica omnipresente en todo estudio del comportamiento de los seres vivos sociales, cruciales para la creación de la materia homeostática en el individuo que, a nivel sociofisiológico del conjunto, deviene en la articulación fáctica colectiva frente al entorno natural y exogrupal. Pero, particularmente para nosotros las diferencias sociales tienen el efecto de reconducir la violencia de nuestra misma imposición vital por perseverar en tanto cuerpos singulares, a un plano moral, más metabólico que físico que existe ante todo en nuestra propia intimidad psíquica y, generalmente, previa a cualquier acto individual que pudiera entenderse como colectivamente -o sea, moralmente– relevante para los demás.

Ese entorno erigido sobre la experiencia más sensoriometabólica y homeostática que física, que Norberto Elias entendía como espacio mimético1, solo toma forma a raíz de la autocoacción psíquica a la que se ve forzado el sujeto socializado por la configuración de su propio grupo de pertenencia: pues solo en tanto nosotros (y hasta cierto grado también los primates) tengamos que inhibirnos respecto nuestros propios impulsos vitales y ante las consecuencias que ya por experiencia social previa sabemos que nos esperan si nos excedemos en uno u otro sentido frente a lo consabido; solo cuando nos anticipa inequívoca la incompatibilidad de nuestras pulsiones singulares y la posibilidad de continuar amparados por el entorno humano próximo del que dependemos, entonces es cuando nosotros tomamos plena conciencia de nuestro yo moral que, en su concepción más funcional, solo se habilita en realidad a partir de los demás, pues son el verdadero porqué de mi propia (socio)racionalidad que, en ausencia de ellos, pierde su razón de ser.

A grandes rasgos, por lo tanto, puede considerarse la materia metabólica (es decir, la vivencia senorial, homeostática además de neuroquímica) con la que brega el individuo social en su afán jamás colmado de la pertenencia, como el dispostivo que, más que suprimir la violencia vital de los individuos por perseverar, la transforma y la traslada a un plano en esencia viritual, postergando al menos transitoriamente la violencia física cruenta; no otra, aseveramos, sería la mecánica original y aun subyacente la la moralidad humana que pone al centro de la realidad social la misma homeostasis individual.

Es decir, solo soy un individuo consciente en tanto dependa de un colectivo al que me someto a cambio del amparo existencial que ofrecen ante la indefensión de mi propia singularidad corporal; que es mi cuerpo que se vale de los procesos homeostáticos que en él rigen para habilitarme metabólicamente como parte de la unicidad singular de los nuestros, de la que, no obstante, pende evolutivamente mi propia continuidad vital in corpore y pese a su (no tan) evidente calidad de constructo socio-metabólico colectivo.

Pero que el sentido de la coacción originalmente física respecto, por ejemplo, las hembras alfa a las que los demás primates pertenecientes no se pueden acercar so pena de la respuesta ultra agresiva del número uno macho, no debe engañarnos respecto al fondo del asunto: que la coacción como violencia en general (tanto en el mundo animal como en el humano) tiene un sentido propio de lumínica claridad para todos, puesto que en el asunto nos jugamos, sencillamente, la integridad física de cada uno. Precisamente porque esto es así, no desaparece nunca del orden antropológico la posibilidad de revertir, una vez más, a la instrumentalización de la violencia en forma de pendencias, pugnas y, en última instancia, la guerra, como formato o configuración low cost de la viabilidad sedentaria.

Es decir, lo que lleva implícito la violencia es la posibilidad de ese punto cero inamovible (porque en el consumarse no existe ya rival alguno) sobre el que puede, por fin, empezar a erigirse, en el caso nuestro, la cultura: porque la pertenencia, y por ende la continuidad del grupo en sí, se refuerza a partir de espacios metabólicos no físicamente cruentos en los que sí tiene cabida la emotividad biológico-homeostática de los individuos sin que se resquebraje el conjunto, y canalizando al mismo tiempo la mayor capacidad de agresión en el individuo, en general, hacia el plano exogrupal.

La misma sociobiología de los mamíferos en general, incluyendo a los seres humanos, lleva ya incorporado una mecánica de este tipo, salvo con la puntualización que en nuestro caso ha conducido a la aparición de la conciencia (sea lo que al final ha de ser eso que está, por lo visto, pendiente todavía de una mayor aclaración). Pues una forma de concebir lo sedentario frente a la historia humana todavía no dependiente de la agricultura es la de una ampliación mayor de esta original pauta de derivar lo físicamente cruento hacia vivencias más metabólicas que está ya en la fisiología animal no humana (temas de Konrad Lorenz²). Es en este sentido que las diferencias jerarquícas dentro de un mismo grupo -o sociedad-(que es sin duda otro universal cultural humano) pueden concebirse positivamente como un punto cero inamovible y frente al cual todo individuo no tiene más opción que acatar o, puntalmente, soslayar o hasta directamente transgredir en uno u otro grado (pues incluso en el mundo animal el organismo homeostático no está condicionado de ninguna manera a reaccionar siempre de la misma idéntica forma pudiendo incidir múltiples factores); pero, en cualquier caso, las temidas consecuencias y la anticipación psíquica respecto a ellas ante las diferentes posibilidades de conducta personal, devienen en ni más ni menos que el fundamento de nuestro yo moral.

Lo que sería algo así como el crítpico motor virtual o secreta bomba de calor del tiempo sedentario en sí, y que estaría al centro de la viviencia metabólica y nueroquímica de cada uno de nosotros. Percáctese, por otra parte, de la cuestión del gasto energético metabólico que suybace -bajo una aparienca más fija y como estancionaria- a la posibilidad sedentaria y que se infiere de lo hasta aquí argumentado.

(Salpimientar y guardar para más tarde)

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1El proceso de la civilización (1939)

2 Sobre la agresión, el pretendido mal (1963)

Patrias metabólicas (4): la recurrente necesidad histórica del feminismo (apuntes)

(La mística de la feminidad, 1963, Betty Friedan)

Si este tema parece volver a aparecer, como argumenta la autora, podría tratarse de una circunstancia biológica (o socio-biológica) que continuamente ha de «corregirse» culturalmente. Pero esto lo convierte en el largo plazo como utilidad a diposición de los contextos sedentarios que pueden sujetarse, de vez en cuando y generacionalmente, por un mismo «quehacer» estructural puesto que, precisamente, no puede definitivamente «corregirse» nunca. De manera que para desarrollar esta idea hay que empezar por el principio que sería la elaboración teórica de las dinámicas sociorracionales de los grupos humanos (primero nómadas, después sedentarios); dinámicas de las que depende después la individualidad socializada para que los individuos puedan interactuar dentro del colectivo incorporando su propia vivencia emotiva y homeostática, pero sin incurrir en ninguna consecuencia físicamente cruenta (aunque sí amenazar con ello de forma constante dentro de dispositivos de carácter en última instancia mimético y simulado).

Apuntes rápidos

-la cultura realiza el acomodo sedentario de una socio-fisiología anterior a través del desarrollo semiótico (es decir, por medio de sistemas semántico-simbólicos como la religión, el dinero, el lenguaje escrito, etc.) que permite la creación, desarrollo y mantenimiento de espacios miméticos, más fisiológicos que corporales.

-la cultura brota de la biología, pero también la contrapone de muchas maneras: toda definición antropológica (cultural o psíquica y de personalidad) supone cierto esfuerzo en alguna medida y grado contra nuestra propia naturaleza biológica (de la misma manera que la definición de una especie es también resistir de alguna manera la misma evolución, hasta equilibrarse darwinísticamente como especie).

-Pero como la cultura sedentaria (¿o es que toda cultura en última instancia y en el sentido que utilizamos el término solo puede ser sedentaria?) tiene que sostenerse frente a la inmovilidad sedentaria, esta «actividad» estructural de ir en contra de la biología deviene en quehacer de sostenimiento estructural puesto que, como argumentamos explícitamente, el contexto sedentario ralentiza aun más la fuerza de la selección natural en comparación las antropologías nómadas anteriores.

-De esta manera puede ofrecerse una explicación del hecho de que el feminismo aparece de forma recurrente a través de la historia en tanto que es a través de la cultura que se dirime una configuración biológica dimorfa entre los sexos. Y siguiendo la idea de Marcel Muass y los espacios corporales que culturalmente requieren que el sujeto se esfuerce en contra de su propia naturaleza y pulsiones1, la pugna entre los sexos se convierte en algo útil respecto el problema sedentario de su propio sostenmiento más metabólico que físico y cruentemente corporal, y puesto que dicha pugna conduce a convenciones e instituciones culturales cada vez menos violentas y de gran capacidad vivificadora.

Requisitos argumentales:

Un repaso histórico de este tipo “recurrencias” resepcto de distintas sociedades históricas y respecto experiencias de civilización sedentaria más desarrolladas en las que, como de repente, la figura de la mujer adquiere mayor independencia, dignidad y autoridad: la poetisa griega clásica Safo; la cultural cortesana medieval (frente a la cultura anterior feudal)…etc.

Otras «recurrencias»

El terror político y el terrorismo2: también son unos acompañantes constantes de la historia sedentaria, puesto que, a diferencia de la guerra desatada, ambos buscan sostener sometiendo al rival; o obligándole a que acepte negociar, pero no su destrucción total. Pues por su caracter ante todo psicológico basado en sobre todo en la amenaza a través una violencia -limitada- y mortificadora publicamente contemplada, se presta facilmente, en realidad, al sostenimiento metabólico (como gran fuerza revulsiva y absorbente) de lo inmovil sedentario en sí.

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1Mauss, Marcel Sociología y antropología. Ed. Tecnos, Madrid 1979

2Gonzalez Calleja, Eduardo El laboratorio del miedo. Una historia general del terrorismo, de los sicarios a Al Qa´ida , 2013

Patrias metabólicas (3): la lógica estructural de la violencia

La razón del más fuerte es, en efecto, una forma de lógica de gran utilidad estructural; supone algo así como el sentido de la violencia misma que solo se matiza en contraposición a un rival o oponente. Pero el problema, claro está, es que este tipo de sentido es muy útil para ordenar los contextos sedentarios en el tiempo. Y, por tanto, entiéndase como un modo operativo siempre potencialmente presente respecto las socidedades agrarias y por muy paradójico que parezca.

Constituye la violencia una forma de tentación permanente precisamente por su simpleza y a causa de nuestro vínculo original con ella en tanto imposición viviente (o sea, la violencia en su concepción más vital). Pero los contextos sedentarios, si bien siguen susceptibles a la lógica de la violencia (porque es parte inherente de nuestra propia naturaleza socio-homeostática y en tanto grupos), entra en otra dinámica respecto al dolor, pues la calidad analgésica del desplazamiento nómada que se pierde para la antropología agraria se sustituye a través del movimiento o locomoción metabólico que postulamos como la clave de lo inmóvil antropológico; porque el dolor ante la aflicción humana presenciada colectivamente tiene papel estructural básico para la permanencia de los grupos socio-homeostáticos. Porque para todo sujeto perteneciente lo que tiene mayor valor, muchas veces sin que lo entendamos de forma explícita es, en realidad, el grupo mismo sin el cual no tendría sentido siquiera nuestra propia individualidad en tanto dispositivo socio-cognitivo (pues el yo socializado sirve, precisamente, para socializarse; ese es el sentido funcional del mismo). De tal manera que el morir yo o bien la desaparición de todos vosotros vienen a constituir dos caras de la misma moneda, y dos vertientes, desde una óptica funcional, de una misma aniquilación.

De ahí que sea el espectáculo del dolor y aflicción humanos un punto sensible para la viabilidad sedentaria y dada la carga de seriedad fisiológica que implica para la permanencia en el tiempo del grupo. Y la respuesta histórica ha sido el desarrollo y afianzamiento de espacios metabólicos de gran potencia vivificadora que proporcionan experiencias analgésicas en tanto salidas fisiológicas de descarga para los sujetos que, de alguna manera, impiden que el grupo se disgregue debido a la zozobra interna.

El desarrollo y afianzamiento del sujeto no solo perteneciente sino moral y capaz de sentir culpa, si bien debió de estar presente respecto estadios evolucionarios nómadas anteriores, se vuelve estructuralmente ineludible para los contextos sedentarios. Y parecería la experiencia religiosa universal, en tanto modo formalizado y antropomorfo de espiritualidad que se relaciona teóricamente solo con los asentamientos agrarios, apunta a esta misma noción, pues la carga moral con la que todo sujeto homeostático perteneciente ha de acarrear crea, en efecto, el contexto para sustituir la violencia en principio directamente corporal, por una violencia moral al centro mismo de la personalidad socializada de cada uno ante nuestra íntima y nunca culminada lucha por la pertenencia al grupo: no parecería haber otra forma de acoger, respecto un locus colectivo más o menos inmóvil, a todos los cuerpos presentes sino a través del aprovechamiento de este aspecto de nuestra naturaleza socio-dependiente más profunda.

De tal manera que se amplia y se refuerza dentro de la experiencia sedentaria cierto bucle entre el dolor y la angustia experimentados / presenciados, por una parte, y la comprensión moral-racional colectivamente consabida al que nos hemos de aferrar por mor de la permanencia en el tiempo del grupo. Es decir, no solo nos beneficiamos en un sentido humano de nuestros propios padecimientos colectivamente contemplados, sino que dependemos para el refuerzo de nuestra visión sociorracional-moral del mundo -y de nosotros mismos- de que no nos veamos privados nunca de futuros episodios de sufrimiento, zozobra y aturdimiento en algún grado y medida.

Naturalmente emerge una cierta elevación humana a través de la cultura que, aquí se ve, debe entenderse consustancial a la posibilidad antropológica de lo sedentario. Pues se va entrando en una situación en la que se vuelven estructuralmente imperiosos nuevos espacios no físicos (de carácter, por ejemplo, epistémico y ético) que no pueden darse dentro de las antropologías menos afincadas, simplemente porque, respecto a un mundo humano no arraigado en la agricultura, dichos espacios de locomoción más metabólica (y neuroquímica) que corporal, no son funcionalmente imperativos.

Sin embargo, el recurso de nuevo a la violencia -y por tanto a una verdadera regresión técnica- como sentido estructural, permanece al acecho. Y surge, con esto, la cuestión comparativa de niveles de gasto metabólico agregados respecto una antropología sedentaria estable, frente a otra que se abisma en el conflicto bélico directo y sostenido. Pero como parece claro que -y siguiendo cierta hipóteiss de «tejido caro» que es el cerebro humano evolutivo- debe considerarse la focalización de la conciencia humana (o sea, el racionio en su acepción más literal) como quizá el estado metabólico más «costoso» de la experiencia humana en sí, todo indicaría, paradójicamente, que serían los contextos sedentarios que se articulasen en torno a la violencia bélica las más «económicas» en términos de gasto metabólico agregado (si bien, puestas en relieve respecto las antropologías más dependientes de la cognición, pudieran parecer una auténtica pérdida de tiempo).

Depende, en última instancia, de las circunstancias y de lo que quiera y pueda hacerse ante las mismas.

Patrias metabólicas (2): el sujeto homeostático y la unicidad colectiva

…Existe una medida adecuada y óptima de nivel de autoestima para la salud mental de los seres humanos que sería deseable que todos alcanzásemos. La autoestima puede formar parte del empoderamiento, pero no definirlo por completo.

El empoderamiento no es tampoco un proceso individual. La mayoría de las veces que se alude a personas empoderadas se hace referencia a actitudes singulares. No obstante, el verdadero empoderamiento se refiere a procesos colectivos y no puede ser explicado por conductas exclusivamente personales.

Sarah Berbel Sánchez “Demasiado empoderadas” El País 8mar23

¿Y eso por qué será?

Pues porque la individualidad como patrón psíquico que vamos forjando-adquiriendo a lo largo de la vida, pero sobre todo como proceso de formación vital, es para formar parte funcional de un grupo: es decir, la personalidad nunca completamente culminada es siempre una solución individualísima al problema antropológico central, el de la unicidad colectiva frente al mundo exogrupal que evolucionariamente nos hubiera llevado en volandas a través de los milenios. Porque la pertenencia socio-racional (es decir el patrón mismo de nuestros propios procesos cognitivos) es la efectiva incorporación fisioantropológica de lo corporalmente singular, pues solo fisiológicamente -y acaso como fenómeno también neuroquímico- pueden constituirse los colectivos humanos socio-racionales e identitarios.

Porque el ímpetu individual dentro de contextos sedentarios solo puede ser en última instancia de naturaleza moral, mimética y no físicamente cruenta; así se ha hecho estable la antropología agraria al incorporar espacios de violencia y enjundia metabólicas que se sobreponen al plano socio-corporal. Pero para que eso pueda funcionar, tiene que estar a disposición de los sujetos homeostáticos un plano conceptual y epistémico por medio del cual podemos regir nuestra propia vivencia emotiva y socio-homeostática. Naturalmente, se trataría de un corpus consabido de nociones morales en alguna medida y grado conceptualizadas (que esto es esencial puesto que de dichas ideas puede participar todo cuerpo perteneciente) que solo un grupo más o menos antropológico puede proporcionar.

Porque solo sobre el relieve colectivo de relevancia socio-homeostática para el individuo, puede éste querer definirse en uno u otro sentido siempre en principio visceral para el individuo: es esta lucha por la definición moral individual frente a su propio grupo (y después en oposición a otros) lo que miméticamente canaliza la otrora violencia corporal cruenta; proceso mimético y de simulación consustancial a la posibilidad misma de la experiencia sedentaria porque, en esencia, nos permite relacionarnos de otra manera con la violencia, no extirpándola de entre nosotros, sino acotándola un ámbito mucho más metabólica que cruentamente corporal.

Patrias metabólicas (1): todo por el sostenimiento sedentario

No necesita, pues, la vida de ningún contenido determinado -ascetismo o cultura- para tener valor y sentido. No menos que la justicia, que la belleza o que la beatitud, la vida vale por sí misma…Esta suficiencia de lo vital en el orbe de las valoraciones la liberta del servilismo en que erróneamente se la mantenía, de suerte que sólo puesto al servicio de otra cosa parecía estimable el vivir.

Ortega y Gasset «El tema de nuestro tiempo» (1923)

Aunque sí que precisa de un sentido y un plano epistémico la antropología sedentaria:

  1. Porque la viabilidad de dicho contexto depende de que las personas puedan proyectarse en su propios deseos, anhelos y emotividad sin entrar necesariamente en conflicto corporalmente cruenta con sus congéneres socio-homeostáticos.
  2. Para poder crear dicho contexto de proyección funcional (que no deja de ser simplemente una forma de consumación metabólica de carácter más fisiológico que físico) es necesario crear entornos simbólico-semióticos en los que poder ejercitarse fisiológica y homeostáticamente, pero sin incurrir -inicialmente- en consecuencias corporales que afecten el orden y estabilidad sedentarias.
  3. La viabilidad sedentaria depende de que dispositivos de esta naturaleza estén disponibles sobre el horizonte sociocultural del sujeto homeostático: la religión, el dinero, el lenguaje escrito, formas estéticas varias y todo tipo de espectáculo «mimético»1 son ejemplos de dispositivos útiles en este sentido.
  4. Además, la forja en sí misma del sentido (que es desde siempre la piedra angular de los grupos humanos, puesto que existe primeramente un sentido proxémico de los cuerpos que solo posteriormente se sintetiza en forma conceptual) es algo que explotan los contextos sedentarios para crearse mundos y horizontes epistémicos independientes, de alguna manera, respecto al entorno físico-espacial.  
  5. En todos estos casos parece claro que se trata de una vivificación fisiológica (que también se podría entender como neuroquímica -respecto la dopamina, por ejemplo) que permite que la experiencia humana rebase en alguna medida el suporte físico-corporal, punto que se vuelve estructuralmente clave para el sostenimiento sedentario.
  6. Parece por tanto claro que el afán desesperado instintivo en nosotros por imponer un sentido a las cosas y los estímulos sensoriales con los que nos topamos, se debería a la importancia visceral y preconsciente que tiene la racionalidad para nuestro propio amparo corporal, pues el sentido que está a nuestra disposción cognitiva es la gran prebenda que nos ofrece, en realidad, el grupo a cambio de nuestra submisión homeostática como sujeto social perteneciente.
  7. Es decir, parecería que una vertiente evolutiva importante de la supervivencia humana -coincidente además con el modelo conceptual evolutivo del cerebro hambriento– es el sentido sociorracional en sí mismo en tanto vertebra el vínculo del individuo homeostático con el grupo a través, una ultima instancia, del entorno sensorial (tanto en cuanto a su calidad material percibida como en cuanto el mundo simbólico-semiótico).

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1 Se usa aquí el término «mimético» en el sentido que lo emplea Norberto Elias respecto de espacios de gran vivificación fisiológica que, sin embargo, no acarrean consecuencias sociomorales inmediates (la religión, el arte, los medios de comunicacion, los deportes, etc. serían ejemplos). Dicha acepción aparece, por ejemplo, en El proceso civilizatorio (1939) y en Deporte y ocio en el proceso civilizatorio (1986), ambos obras de Elias. Otro significado diferente es el que implica el uso que de este término hace René Girard en La violencia y lo sagrado (1972) y El chivo expiatorio (1982) (la idea de mímesis como imitación y su «contagio» por tanto entre muchas personas en el seno de un mismo colectivo antropológico); sentido que es esencial para entender la mecánica de los grupos humanos pero que aquí no viene al caso.

-Argumento general que implica una vulnerabilidad extrema del ser humano respecto a los estimulos sensoriales puesto que se activa un proceso evolutivo interno de violento ímpetu por recobrar el sentido de las cosas, y con ello el amparo corporal nuevamente consolidado que supone lo sociorracional (es decir, del grupo); proceso al que está sometido el individuo y con pocas opciones, en principio, de control. Por lo que se entiende claramente la utilidad, por otra parte, que se deriva (o puede derivarse) del aislamiento del individuo con fines de incidir de alguna manera en la personalidad socializada, además de otras técnicas de incidir en la personalidad racional a través de lo sensorial.

-Esto se tendría que explicar mejor: que la necesidad de quehaceres consustanciales a la vida agraria implica disgregar de alguna manera la experiencia más colectiva; porque en el tiempo de dedicación laboral no se está “de forma antropológica” sino que puede entenderse como un no-lugar que se extrapola de alguna manera del entorno socio-corporal y fisiológico. [Desarrollar idea de que es la antropología sedentaria que no solo depende de los no-lugares augeanos sino que obliga a su creación, con lo que tenenmos un punto de arranque teórico para el concepto de los contextos agrourbanos como salas de espera existenciales, es decir, respecto del decurso real de los cuepros socializados y como por debajo de la línea de flotación de lo sociorracional y la lógica de la que nos valemos parar regir nuestras vidas conscientes; propuesta que facilitaría -quizás- nuestra comprensión de la guerra y de cómo las sociedades sedentarias siempre se han sujeto por ella y su reaparición que ahora pudiera argumentarse necesaria ante la insipidez fisiológica de la vida agraria y sus tiempo vegital e intestinal (respecto de los animales de engorde)]

-Probablemente implica un gran gasto metabólico que está implícito, en realidad, en la noción misma del sostenimiento de lo sedentario; que lo sedentario habrá de considerarse en términos metabólicos como probablemnente más «caro» que las antopologías nomadas, máxime respecto la extensión demográfica potencial mayor de los contextos sedentarios, puesto que parecería que lo sedentario se sirve en mucho mayor medida de lo epistémico como espacios simbólicos-conceptuales (mientras que esto se reduce en las antroplogías de grupos menos afincados debido al mayor disponibilidad directa del plano socio-corporal y proxémico); es decir, puede entenderse que el gasto metabólico mayor probablemente sea la focalización cogntiva del razonamiento mismo como conciencia, de la que se hace estructuralmente dependente, parece, lo sedentario.

-Pero esto último hay que matizarlo: la activiad física consume más energía metabólica que cualquier otra actividad, estado o condición humanos. Aun así, la comparación entre la antropología nómada y la sedentaria como sistemas sociometabolicos diferentes en el tiempo, no puede limitarse unicamente a esta sola diferencia entre ambos. Pero por pura extensión cuantitativa y potencial, parecería inevitable concebir la antropología sedentaria como más sustencial en este sentido metabólico y puesto que la antropología nómada histórica no sobrepasa nunca un número muy limitado de personas (pues cualquier abundancia en este sentido abocaría a la separación y fundación de un grupo nuevo, siendo el límite de su extensión como marco antropológico, en realidad, la delimitación física y colectivamente proxémica de la inmediatez del grupo o tribu). Es decir, como sistemas humanos a sostenerse y visto hipotéticamente de desde una óptica de rección tempo-estructural, las diferencias respecto a ambos en agregado son claras: la complejidad cuantitativa de lo sedentario supone también una complejidad metabólica en agregado mucho mayor, pues precisamente la antropología no tiene como límite solo la proximidad física colectiva más inmediata. Y si bien la extensión del marco sedentario no tiene por qué ser físico (aunque también), se trata en todo caso de una extensión metabolica, electro y neuroquímica con un gasto genergético correspondiente.

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El movimiento y la antropología sedentaria desde una óptica metabólica

¿Por qué han acabado las mujeres tragadas por una imagen de dependencia pasiva que ellas mismas quieren que sean los hombres los que toman las decisiones, incluso en casa?

La frenética ilusión de la unidad puede impregnar de contenido espiritual el aburrimiento de la rutina doméstica, la necesidad de un movimiento religioso que compense la falta de identidad, revela lo mucho que han perdido las mujeres y lo vacía que está esta imagen.

De La mística de la femenidad, de Betty Friedan del año 1963

Siguiendo el argumento de carácter semiótico de Friedan en la obra citada -en tanto son las imágenes de las que nos valemos como seres anhelantes para así proyectarnos en nuestro propia autoimagen a realizar-, vemos una tácita pugna entre las limitaciones fisico-espaciales (la rutina del mantenimiento del hogar y el cuidado de los niños y marido que somete a las amas de casa en el planteamiento de Friedan) y un plano abstracto de imágenes que como recurso les asiste a los habitantes corpóreos auxilando de alguna manera la inmovilidad fáctica material (la denuncia misma que hace la autora en cuanto una mística de creación publicitaria, mediática y psiquiátrica para hacer efectivamente viable en el tiempo esta suerte de cautividad en la que vivía el ama de casa norteamericana de la década de 1950).

Pero, sin embargo, cabe escrutinar estucturalmente toda forma de religión respecto una posible función auxiliadora para con la mecánica sedentaria y su sostenimiento más metabólico que en realidad corporal, pues desde siempre, como argumentamos, ha sido el plano espiritual no material postulado por los mismos seres humanos lo que ha proporcionado un cauce metabólico alternativo al mundo material en sí. Se trataría de un cauce como espacio que permite finalmente dar orden firme e incialmente no violento a la cotidianeidad multicorporal de los contextos antropológicos dependientes de la agricultura.

De manera que entendemos la Religión por un entramado semiótico-conceptual y suporte estético que está a disposción de los sujetos homeostáticos pertenecientes, asistiéndoles en su propia ejercio de poder de autodefinición moral, pero ante todo como un plano metabólico íntimo que no tiene por qué trascender, en principio, respecto los actos pública y coporalmente constatados.

Pero en el decurso histórico y al emerger más ámbitos semióticos-estéticos se tiende más hacia lo secular; y lo epistémico, que se debe a la religión en origen, también empieza a separarse de lo religioso (Sócrates, por ejemplo, o Galileo): porque un mayor desarrollo de sentido a través del desarrollo semiótico supone un aumento de espacios metabólicos no físicamente cruentas (ni apenas físicos en un sentido corporal de movimiento). En esto consistiría el paso entre grupos nómadas y los sedentarios, estando estos últimos obligados a acentuar la importancia del sentido sociorracional humano para crear mayores espacios metabólicos que los grupos nómadas, los cuales al tener a su disposición el desplazamiento físico más colectivo, no se encuentran presionados en el mismo grado hacia el desarrollo semiótico.

«MOVIMIENTO» RELIGIOSO

Expresión que alude a la noción diferencial entre contextos sedentarios frente a los nómadas; que los primeros, a diferencia de los segundos, han de incorporar un «movimiento» metabólico para auxiliarse estructuralmente frente a lo inmóvil sedentario. Las religiones funcionan con conceptos y imágenes (aunque sean mentales y efecto de la producción linguística); la posibilidad de escribir estos relatos parecería particularmente importante para la viabilidad sedentaria, aunque el origen de esto es anterior.

Posteriormente, cuando empiezan a haber imaginarios culturales más amplios (sobre otros suportes técnicos como la pintura, los grabados, la fotografía y el cine -después, la radio y la televisión), parecería lógico que decayera la fuerza de la religión dado que su origen es, parcialmente, en la posibilidad de utilizar imaginarios colectivos como régimen metabólico o que lo faciliten: pues se tiene que sostener, sin remedio, lo sedentario.

LO SEDENTARIO

Un régimen metabólico que se articula sobre todo en base a imaginarios colectivos de relevancia moral (o «opróbica») para los sujetos homeostáticos pertenecientes; que asimismo recurre a un plano epistémico más desarrollado para abrir aun más territorios metabólicos sobre los que sostenerse, pero rebasando inicialmente la materialidad física.

Movimiento religioso

espiritual

artístico

académico

literario

político

popular

social, colectivo, sindical, populista, romántico etc.

Son sintagmas que parecen apuntar al problema del sostenimiento sedentario en tanto que aluden a una forma de agitación, en todos los casos, que no es físico en el sentido de desplazamiento; se trataría, por tanto, de construcciones un tanto oximorónicas dado que el movimiento en cuestión que nominalmente se denomina como tal, está delimitado precisamente por actividades que buscan la vigorosa proyección metabólica de los participantes como alternativa al desplazamiento literal (cosa que no tiene fácil encaje en la vida agraria y mucho menos respecto a la urbana).

O sea, si no puedes echarte al camino, al monte o al mar, tienes que buscar otra forma de travesía como consumación del tiempo humano, esto es, una travesía o viaje más metabólico (fisiológico-neuroquímico) que literal: he aquí el armazón subyacente a lo posibilidad sedentaria que traza a las claras la necesidad estructural que tiene lo sedentario respecto al desarrollo cultural; no que estas dos cosas sean coincidentes en el tiempo, sino que el desarrollo semiótico como ampliación de espacios metabólicos-morales está estructuralmente exigido por los contextos antropológicos dependientes de la agricultura.

Además, de poder desplazarse físicamente por el camino o el monte, se precisa menos de un sentido de las cosas puesto que, respecto sobre todo el desplazamiento de a pie, el cuerpo y por tanto el plano colectivo en sí (caso de estar acompañado) quedan absorbidos por una actividad psicomotora, lo que parecería restar importancia, al menos en el momento preciso de esfuerzo físico, de la comunicación lingüística, o de cualquier forma de interacción humana más allá de lo inmediamente proxémico. Pero en la abducción de la mente consciente a través del ritmo y repetición de la actividad física, caben sin duda todos los cuerpos pertenecientes.

Por el contrario, la antropología sedentaria tienen que procurarse espacios de “movimiento metabólico” que rebase lo espacialmente limitado instrumentalizando la creación y mantenimiento de sentido de una forma mucho más exigente: de necesidad estrctural debe entenderse, por tanto, la relación que tiene lo sedentario con el plano epistémico al contrastarlo con contextos antropológicos anteriores menos afincados. De manera que podría también decirse que si no puedes echarte al camino, al monte, a la caza o al mar -ni tampoco puedes emprender acciones bélicas hostiles ni defensivas así como así- tienes además que comunicarte con alguien en última instancia, puesto que el recurso metabólico a estucturas semióticos-conceptuales solo es posible en tanto entramado de interactuación comunicativa a partir de entornos colectivos más estables que caóticos, más pacíficos que violentos.

Pero, obviamente, surge algún paralelismo entre la dependencia nómada del desplazamiento y una dependencia similar que establecen los contextos sedentarios con el trabajo: en ambos casos se trata de una suerte de opacidad estructural que ocupa absorbiendo de alguna manera el cuerpo, además de la mente en su vertiene pre o no-consciente. De forma que, respecto ambos contextos, se produce una optimización energética en tanto que el cuerpo, como va por libre hasta cierto punto, reduce el gasto metabólico hasta que la mente no consciente se ponga nuevamente en alerta debido a algún estímulo sensorio-neurológico, provocando con ello que la mente racional vuelva a focalizarse como pensamiento consciente.

Es decir, el mayor gasto metabólico ha de suponerse debido a la necesidad de la conciencia misma frente a contigencias sensoriales que, cuando surgen, obligan al organimso a salirse de su modo «piloto automático» y a un gasto metabólico repentinamente significativo. Siguiendo la noción de «cerebro hambriento» de la antroplogía evolutiva, los contextos antropológicos como sistemas energéticos agregados también admitirían un enfoque de optimización y eficiencia técnicas respecto de la energía total disponible.

Y también cabe abordar la comprensión de que la anomia desatada, la inseguridad y los contextos colectivos violentos no permiten el óptimo desarrollo cultural porque la violencia misma se convierte en dispostivo rector de la viabilidad sedentaria, lo que limita, en consecuencia la necesidad de otras formas de optimización estuctural a través del desarrollo semiótico-cultural. Porque los espacios metabólicos de caracter semiótico-mimético más fisiológicos y neuroquímcos que corporales, funcionan auxiliando el plano socio-físico y proxémico de los cuerpos; la violencia, en cambio, tiene un sentido propio en sí misma que obvia cualquier otro, salvo, claro está, el sentido/violencia del rival y oponente.

La diferencia, por otra parte, entre un régimen metabólico que se apoya más en el desarrollo semiótico (la antropología agraria estable) y contextos antropológicos que se hayan abismado en la confrontación bélica abierta, sería un asunto a comprender en términos de desgaste energético agregado. Aunque bien mirado y en vista de nivel de padecimiento humano que implican, no parecería caber otra interpretación de los contextos bélicos sino como formas regresivas de lo sedentario; e incluso como antropologías en realidad nómadas enmascaradas, y dado su tendencia a desprenderse de los espacios metabólico-semióticos a favor de la violencia y destrucción cruentas.

Pero podría darse la situación que los contextos bélicos, como renuncian expresamente a la intercomunicación y todo lo que sobre ella pudiera erigirse culturalmente, fueran más «baratos» en términos matabólicos agregados (máxime cuando se cuenta potencialmente con un número previsiblemente más alto de bajas). E igualmente habría que proponerse la cuestión de un coste en general mayor respecto a la sedentario frente a contextos nómadas.

Y también que los contextos sedentarios tenderían a auxiliarse respecto al gasto total energético disponible (puesto que resulta por sí metabólicamente «carísimo») creando cuaces en este sentido de menor desgaste como una rutina cada ves más estándar (de cada vez mayor extensión demográfica) que solo puntualmente se vigoriozarían a partir de contigencias-espectáculos intensos, pero de carácter espóradico: algo así como la televisión y su extensión histórica en número de horas agregadas consumidas, nos iría de perlas en este sentido, por ejemplo.

Otras vertientes antropológicas

Sitio de Gravelinas (1652), de Peter Snayers

El valor antropológico de los «exempla» y el espectáculo moral de víctimas y victimarios históricos

Pues siempre son estos dilemas y estandartes morales producto a su vez de la hibris humana dado que lo sedentario solo logra hacerse viable acomodando, en realidad, la hibris y desmesura humanas al entrelazarlas con sus consecuencias potenciales, lo que acaba por crear una a veces para nosotros incomoda relación de dependencia entre lo moral-racional y la anomia. Porque incómodamente extraña es para nuestra comprensión analítica entender que es la anomia de lo que se alimenta la funcionalidad sedentaria (de tal manera que es necesario tanto el luchar contra la anomia como el defenderla en su vertiente estructural y diacrónica).

¿Cómo se defiende publica y políticamente eso?

De hecho, no se puede como parecería indicar la historia humana y su aspecto siempre recurrente; pero no porque se repita la historia, exactamente, sino porque la fisiología humana y su vertiente «socio-metabólica» es una constante que rige la antropología sedentaria desde la centralidad estructural de la misma: el sentido humano, y por ende la Historia, jamás pueden rebasarla completamente puesto que parten de la experiencia simplemente corporal y sobre la que se erige la cultura como universal antropológico.

Es decir, a partir de todo episodio de hibris generacional humana, puede esperarse una futura corrección moral como proceso catártico, pues se trata de un muy conveniente momento de transición generacional en tanto el tiempo anterior se convierte poco a poco en una suerte de atrezzo para el ejercicio metabólico de la siguiente. Porque comprobado está que los excesos en cualquier sentido o dirección, máxime respecto contextos sedentarios que dependen en mayor grado del sentido de las cosas, no pueden suportarse de forma prolongada en el tiempo. Y entonces he ahí que a la nueva quinta sociometabólica se le aparece una oportunidad respecto su propia y muy necesaria definición moral, y puesto que los contextos sedentarios constituyen, para ser viables y en sustitución del fragor directamente corporal, espacios de movimiento más metabólico (fisiológico y de carácter neuroquímico) antes que físicos:

Pues ante algo moralmente relevante nos hemos de mortificar si o si, y en tanto sujetos homeostáticos sedentarios. Ese es, desde una óptica estructural y de la antromecánica, el quehacer más importante que todos nosotros tenemos asignados, si bien muy rara vez nos sentimos inclinados a contemplarlo.1 Pero de tal manera esto es así que se puede prever todo enlace estructural para el fluir de las generaciones y respecto los grandes disturbios y tribulaciones morales. Puede asimismo concebirse el vínculo entre la elevación y mantenimiento ético-cognitivo y la aparición de nuevos excesos. Y puede, por último, reconciliarse con nuestra necesidad gestora de garantizar, de una manera u otra, futuros contextos de zozobra (así de paradójico y «complejo» está el asunto).

Y habrá que aceptar que, a partir de cada trauma moral que alcance plenamente el conocimiento público, contaremos con la posibilidad estética de catarsis durante cierto tiempo (incluso más de una sola generación, si nos lo proponemos a través de su repetido recordatorio semiótico). Aunque eso no exime de la necesidad de nuevos episodios de auténtica tribulación estético-moral ofrecidas a la contemplación general como si de una inmolación brindada a cualquier deidad se tratara.

No hay otra alternativa si nos interesa la continuidad del contexto sedentario en el tiempo, contexto del que, evidentemente, dependen las sociedades de consumo, sean estas democráticas o no, y como su mismo alimento esturctural.

Pero, ¿estamos preparados para acarrear con tamaña complejidad funcional? O quizá la cuestión más importante sea la de si estamos dispuestos a admitir que, por mor de la gestión real de la vida humana sobre la tierra

alguien tiene que encargarse.

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1 Parte de esta ingente tarea (es decir, prácticamente constante en la vida fisiológico-mental del individuo) es la recreación neurofisiológica de la memoria propia en función de los nuevos estímulos; que por lo vista la identidad se basa también este ejercicio memorística de querer ajustarnos en nuestra propia emotividad acutal a aquella autoimagen de nosotros que depende de la experiencia por nosotros ya vivida y tal y como la hemos asumido en nuestros recuerdos más íntimos; ejercicio que hemos de suponer de gran gasto energético respecto un plano demográfico agregado en el tiempo.

La permanencia semiótica y la viabilidad sedentaria

Imagen de El País 06/11/22.

El arte es lo único que nos salva del olvido. De nada sirven las medallas ni las criptas, menos todavía los algoritmos o las criptos. Si no fuera por un bardo ciego, Aquiles no estaría todavía con nosotros. Los príncipes pueden ocupar su lugar, subirse al trono, berrear en los parlamentos, pero de ellos no quedará ni el ruido de sus cascabeles ni el tintineo de sus panderetas, no habrán durado más que una mariposa en el jardín. Ya nadie recuerda quién batallaba en los tiempos de Manrique o de Garcilaso, ni quién reinaba en los de Vuillon o de Ronsard. Lorca se ha tragado de un bocado los apellidos de los que lo balearon. Y no importa que no demos con sus tumbas o que incluso dudemos que hayan existido: Homero, Cervantes, Shakespeare, siguen ahí, más vivos que nunca, en todos los colegios, en todos los escenarios.

Texto del artículo de Javier Santiso El esperpento en El País, 8 de marzo de 2023

Porque su condición socio-homeostática pervive en forma de representación estética. Es decir, se trata de la vertiente diacrónica del fenómeno de la acomodación de una socio-fisiología filogenéticamente evolucionada a partir de antropologías originalmente nómadas. Porque la experiencia sedentaria ha de sostenerse socio-homeostáticamente a partir de cierto alimento sensoriometabólico y moral sobre el que se erige el yo social; un yo social que lo sedentario, por razones de sostenimiento de su propia viabilidad estuctural, ha de empujar hacia una mayor densidad moral -necesariamente- a través de narrativas del bien y el mal y de la mayor carga de culpa asumida por cada uno de nostros: pues ante la inmovilidad de los ciclos agrarios y engorde animal, hemos de abrirnos horizontes al menos metabólicos sobre los que seguir caminando acorde con nuestra naturaleza y de forma si no física, sí al menos fisiológica y neuroquímica.

Podría entenderse como una especie de trampa a la que nos llevó nuestro desarrollo cerebral al decantarse evolutivamente por la mayor engergía metabólica de las proteínas de origen animal frente a lo vegital, con todo el condicionamiento endocrino que supuso. Pues una vez aparecida la domesticación animal y agraria, dicha energía hubo de seguir cauces nuevos, más fisiológicos y neuroquímicos que físicos, a través de dipostivos de incorporación fisioantropológica: dichos cuaces son la cultura misma que más asociamos con la experiencia agaria, como la religión formal con deidades antropomorfas que se basan en el texto escrito; sistemas monetarias que se basan en el valor simbólico de las monedas; dependencia colectiva y estructural respecto dispositivos miméticos de espectáculos tanto de combate, deportivos o teatrales; el afán de conceptualizar el orden político a través de las leyes escritas y el esfuerzo historiográfico, etc..

Porque, evidentmente, no se alteró la evolución socio-biológica humana original sino que los seres humanos cambiaron el entorno de su propia consumación socio-fisiológica: de manera que se explota la cultura como instrumento técnico de esta acomodación. Pero esto es decir también que las circunstancias reales de los cuerpos en el tiempo y espacios históricos quedan de alguna manera postergadas; cuerpos de carne y hueso generacionales ubicados más allá de las narrativas culturales más identitarias y como recluidos en la penumbra de su propia -en buena medida secreta- longevidad particular.  De ahí el juego que se va entablando entre dos ámbitos diferentes, entre una imaginería de realidad y relevancia homeostáticas (de caracter por ello tanto moral como racional) por una parte, frente a la vivencia ideosincrática y sensoriocorporal de cada uno cuya comprensión sintetizada completa se nos escapa; o mejor decir que se nos ha de escapar puesto que es fuente permanente de indefinición y ambigüedad de la que se irá alimentando y reforzándose, en realidad, el orden socio-racional sedentario.

Pero ¿existimos en la vivencia de las imágenes y el ímpetu metabólico de lo socio-racional y culturalmente consabido, o es que la vida real transcurre en los espacios mudos y poco iluminados que ocupan los cuerpos reales físicos? Aunque también puede concebirse lo sedentrio en realidad como una propuesta en última instancia lúdica que relaciona estos dos ámbitos diferentes de forma compleja (siendo que el uno, para sostenerse en el tiempo, se sujeta en el otro, y viceversa). Porque si bien el peso moral de la vida se ha de acarrear por razones estucturales y en aras de un necesario orden racional y sedentario (y a partir del cual quedamos provistos de una libertad asimisma estructural para nuestra propio ejercicio fisiosemiótico), es la insustancial levedad que subyace a todo lo que se erige, al fin, en nuestro mayor adversario-pareja de baile.

De manera que cuanto más podamos llegar a enfocar nuestro experiencia vital y socio-corporal como un juego, tanto mejor, y aunque nos cueste la vida (o precisamente porque, en efecto, tarde o temprano siempre nos cuesta la vida).