Juegos proxémicos extremos y la vacuidad neurológica humana (2)

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La antropología que se arma sobre la «suspensión»: el porqué de lo críptico en la cultura

Imagén de Apocolypto (2006), película que se recrea en la oposicón antropológica entre grupos humanos cazadores-recolectores y el «imperio agrario» maya.

Reiteramos un principio aquí ya propuesto: que la experiencia nómada no alcanza nunca el mismo nivel de acrobacia socio-neurológica, sociohomeostática de la que depende lo sedentario, debido a que sigue teniendo a su disposición estructural el desplazamiento físico en sí. Esto es, no precisa del juego de la vivificación sensoriomoral (o al menos no de la misma forma) porque alcanza el mismo estado técnico de “suspensión” del hecho de la diferencia anatómica individual sobre un plano directamente corporal-espacial del andar mismo.

La antropología sedentaria, en cambio, ha de expandir lo semiótico que se convierte asimismo en lo epsitemológico, haciendo emeger una vision moral-intelectual aumentada que lo sedentario no ha tenido más remedio que desarrollar hacia su propia sostenimiento en el tiempo (frente al problema como siempre de acomodar una fisiología filogénticamente forjada ogrinalmente a partir de grupos humanos nómadas).

De manera que postulamos la noción de suspensión como maniobra central de, quizás, la vida misma al desembocar en la configuración de grupos (empezando, por ejemplo, con las bacterias1); configuraciones colectivas que solo fisiológicamente pueden embridarse mas no de forma anatómica: es, por tanto, la vivificación metablólica que rebasa la facticidad corporal -dejándola en suspenso momentáneamente- lo que permite que la vida de la especie entera tome prioridad existencial por encima de los indiviudos, y frente el oponente mayor y absoluto que es, sencillamente, la extinción biológica en masa (es decir, total).

En este sentido, los grupos humanos originales y pre-agrarios dependen del dezplazamiento en grupo, pues en el andar más o menos colectivo, más o menos constante, la dinámica sociofisiológica del conjunto puede, según las contingencias reales, tomar más o menos protagonismo, desactivándose o intensificándose conforme oscile el grado de amenezas reales y percibidas. Pero en cuanto a los grupos después de la agricultura, como ya llevamos argumentado, dicha suspensión funcional de la singularidad corporal a favor de la respuesta sociofisiológica grupal en tanto característica filogenéticamente evolucionada -que por tanto sigue imponiéndose, pesando sobre todo presente sedentario- solo puede producirse por medio de la vivificación metabólica ahora menos física, puesto que no se cuenta ya con un plano corporal inmediato (o no siempre ni en el mismo nivel de disponibilidad), lo que obliga (ésta es nuestra tesis) a la imprescindible creación de contextos más metabólicos de representación (o sea, contextos simbólicos y estéticos, o lo que se puede entender en su conjunto como espacios semióticos ampliados para efectivamente absorber una expansión humana ahora más fisiológica que directamente material).

Sería pues en este sentido que puede hablarse de “la ilusión” que supone la antropología sedentaria que se ha parapatado siempre en esta suerte de traslado parcial del locus moral humano a partir del entorno corporal hacia lo fisiológico-semiótico: un intento fallido, o nunca completo, de parte de la cultura universal y agraria, puesto que la escencia moral-racional nuestra no deja nunca de depender del cuerpo. Pero todo funciona mejor si, aprovechándose de la escisión que ocupa el centro de nuestra cognición (entre el cuerpo y el sistema neurológico-nervioso), podamos rebasar parcial y pasajeramente el cuerpo de cada cual haciendo por tanto más llevadero, más funcional, el dolor que es, -no hace falta hacer especial hincapié en ello- patrimonio también exclusivo de solo la experiencia corporal.

Esta imagen de encabezamiento (de la pelicula Apocolypto del año 2006) la vamos manejar en tanto exageración en toda su crudeza de lo que es, simplemente, una circunstancia de la experiencia sedentaria: que instrumentalizamos en algún grado la vida, tanto física como tambén sonsoriometabólica, de los otros pertencientes, pues todo sino humano individual observado socialmente deviene en materia metabólica especular para el grupo en su conjunto, en tanto que la pertenecia de todos se juega inexorablemente sobre el tablero social de la interacción de los cuerpos entre sí.

Evidentemente, la cultura sedentaria no puede degenerarse hasta el punto que exista físicamente algo parecido a lo que presenta la imagen, pues el horror haría imposible la interactuación social salvo la que fuera a su vez igual de feroz y mortífera. Pero lo que sí hacemos como sociedades sedentarias es depender de espectáculo moral que supone el otro y su suerte social; es decir, atenuamos la violencia corporal al sustitutuirla por una forma de violencia moral que sirve igual en este mismo sentido antropológico-estructural.

Es decir, no hay nada más serio al ojo humano que la figura antropomorfa observada y su suerte socioexistencial frente a los otros pertenecientes, porque ante el espectáculo de los demás quedo yo súbitamente electrizado respecto a mí propio cuerpo y sus posibilidades vitales; y ante lo que sobre todo no quiero en nigún caso para mí (si bien yo también correré, de una manera u otra, una suerte parecida, porque al final y detras de todo, está siempre, podíamos decir, el finamiento, o sea la muerte).

Dicha imagen, por lo tanto, contiene esta misma idea pero en su forma más literal y corporalmente explícita. Naturalmente, si tuviéramos que vivir en el contexto literal de nuestra mortalidad propia y la de todo los demás en su dimensión más agregada en el tiempo; si tuvieramos que entender realmente la estabilidad sedentaria sobre el consumo de vidas humanas para satisfacer nuestra condición sociobiológica preexistente, no funcionaría desde luego ninguna antropología sedentaria, pués la suspensión de lo singular a través de la vivifciación sensoriometabólica, no podría darse, o no al menos de forma constructiva y dado que lo sedentario, especialmente, obliga al contacto social más inmovil y más prolongado: por eso no tenemos más remedio, en vista de los factores que están aquí en juego, que gravitar hacia el ambito de la representación, para recrearnos en dolor y el horror moral sin abrazar, por lo general, nuevamante la destucción físca de la figura humana, pues la ambivalencia en este sentido ha de equilibarse, mas no tolera los excesos dramáticos (es decir, que los desequilbrios extremos pone en crisis lo sedentario; y que nos alimentamos del dolor -la hibris- como el porqué en sí mismo de lo racional ma non-troppo…).

Es en este sentido que pudiera concebirse el desarrollo moral de toda sociedad como algo inevitable, pues en la reaparición del dolor padecido frente al afligimiento de nuestros allegados más inmediatos, surge asimismo un nuevo porqué del sentido moral-racional. En consecuencia, apremia nuevamente la ampliación cultural urgente de espacios metabólicos de representación.

Es decir, el contexto proxémico constituye al mismo tiempo un espacio escenográfico que, sensoriometabolicamente, permite la experimentación visceral (en tanto sensorial y presenciada) de fenonomenos morales. Porque es así la percepción-cognición humana, en tanto que nuestros procesos homeostáticos se basan en imágenes mentales que convierten todo acaecer social en un inevitable escenario observado cuyo trascendencia moral no deja de tener una impronta en nosotros.

Así, puede hablarse de toda noción de “ejemplaridad” (o su contrario oprobioso) como dipositivo en buena medida metabólica (en esencia, por tanto, visual en el sentido lato y también además del damasiano), o que en todo caso existe principalmente sobre un plano de representación escénica de carácter metabólico ubicado, además, en la intimidad homeostática de cada uno. Bifuncional por tanto es como parece que hemos de calificar lo proxémico de siempre, en tanto un estar sociofisiológico colectivo que, en su interacción temporal se hace el ser en aras, simplemente, su propia viablidad estructual; que esta bifuncionalidad en origen (en lo sensorio a partir de, y en opsoción a, lo coropral) es lo que la antropología agraria convirtirá en su sosten angular.

El caso es que dicha circunstancia no se resuelve sino que se sostiene, o se acarrea: naturalmente, la dirección base en que se mueve todo culturalmente es, siempre ha sido, hacia la representación, alejándose un tanto de la cruedeza corporal. Es de esta manera que la cultura tiene que asentarse sobre lo críptico, pues hay realidades que desbordan el funcionamiento sociofisiológico: cuando el dolor es demasiado abrupto y desmedido, sobrepasa el punto de utilidad para con lo racional.

Y, sin embargo, como es lógico, permaence lo corporal; que es decir que permanece consante, por debajo de la linea de flotación de lo sedentario, el constante biológico de nuestra original configuración sociohomeostática filogénticamente evolucionada a partir de grupos humanos nómadas. Y esto es decir asimismo que la expriencia sedentaria, en sentido pleno como tambien probalmente resepcto a estadíos iniciales e intermedios, ejerece el efecto de extrapolar la experiencia humana del entorno real de la selección natural, no complemente, pero sí los suficientemente como para que exista este problema de una fisiología humana anacrónica o de alguna manera no del todo apta resepcto el contexto antropológico sedentario, lo que explicaría, a su vez, el desarrollo semiótico históricamente universal a partir de la agricultura2.

No desaperece tampoco, por lo tanto, el riesgo de la regresión cultural, respecto de una antropología que se auxilia sensorialmente, pero que después recaiga otra vez en una operatividad más directamente corporal, que es algo así como nuestra verdadera cuna sociofisiológica original. Una recaída de este tipo en la que se renuncia asimismo a lo espitemológico que, en tanto salida metabólica no corporal dictada por la inmoivilidad agraria, ya no resulta necesario.

Y, de súbito, vueleve a tener valor estuctural el objeto humano no-pertenciente al que, de nuevo, se puede instrumentalizar hacia la autoimposición propia de todo colectivo pertenciente, recayendo nuevamente en esa primigenia ambiguedad que retiene siempre la forma humana (incluso la de los enemigos designados): y en volandas digamos de un estallido de un nuevo ciclo de imbecilidad, nos alivamos en la renuncia, precisamente, de toda atadura ética más allá de lo dóxico y culturalmente particular (porque, no se olviden, al prescindir de lo espistemológico, se reduce también la ética a los confines igualmente recortados y crueles de solo la doxa, que es, por otra parte el problema que tiene lo dóxico, claro está3).

Pero una vertiente importante de lo moral, vista desde la óptica de una funcionalidad estructural en el tiempo, es su capacidad de vivificación sensorio-metabólica, pues la experiencia sedentaria no puede renunciar este ámbito neurológico y todavía no complemente corporeizado, puesto que hablamos de la experiencia sensorio-homeostática indiviudal que sirve para fundar -para resconsituir nuevamente- la conciencia racional, pero que es en sí mismo de caracter prerreflexivo. De manera que lo corporal, desde la óptica sedentaria es a un tiempo un simple sostén de lo estructuralmente prioritario (o sea, la vivficación sensoriometabólcia y estética en tanto argamasa real dependiente de la semiótica cultural particular), a la vez que, de forma ahora escindida, retiene el valor último moral que lo mitos como simple narrativa solo pueden respresentar (por medio precisamente la vivencia estética), mas nunca encarnar realmente, y puesto que son simplemente ficciónes finalmente conceptuales, nada más.

Es decir en cuanto la antropología sedentaria, parece que el poder fáctico, de una forma u otra, ha de acarrear con esta escisión respecto, en realidad, la cognición humana, pues la funcionalidad real en el tiempo inmovil de los ciclos agrarios, solo puede sostenerse en la consumación del tiempo metabólico humano a través de su ocupación (ahora como orden en realidad social, que evidentemente no sería necesario si siguiera existendo el recurso estructural al desplazamiento físico). Una ocupación que supone tanto el quehacer técnicamente necesario de una labor como la vivificación sensoriometabólica puntual, cuanto más intensa mejor (y, probablemente, más estructuralmente útil).

Es como si el problema de la corporalidad individual en tanto gran paradoja de la superviencia humana (puesto que las espeices evolucionan en tanto grupos, no indiviudos), no se puede ni se ha podido resolver nunca, ni de forma nómada ni respecto a la antropología agraria; y que tanto en contexto como en el otro, solo cabe el dispostivo ténico de su puntual y pasajera suspensión en aras del tiempo futuro colectivo: una pasajera suspensión que supone también su posterior reconstitución, siguiendo, en realidad, el planteamiento emergente de la conciencia humana tal y como esto lo entinde Antonio Damasio.

La tendencia hacia la representación estética, que lleva consigo como si diéramos la vivencia moral metabólica, y que está univeralmente presente en las culturas agrarias históricas, apunta a esta idea de estrategma para sobrellavar, repsecto un entorno fisiológico nuevo sedentario, lo que sigue siendo un constante sociofisiológico orginalmente -pero tambien siempre aunque no lo parezca a simple vista- de caracter proxémico: la calidad críptica de la cultura suele oscurecer también esto.

Pues en tanto que el saber y la experiencia epistemológica cumplen funciones ante todo auxliadoras de la inmovilidad sedentaria, tal y como aquí postulamos, constamos que tampoco nos podemos fiar completamente de aquello que creemos saber racionalmente; o no deberíamos porque primero es preciso entender el problema funcional de nuestra cognición en su vertiente en realidad colectiva, frente a lo sedentario. Porque la antroplogía dependiente de la agricutlura oscurece tambien esto como parte de una mecáncia de, simplemente, su propia permanencia estructural.

Porque, evidentemente, no suportaríamos como sociedades el tener que vivir en el conocimiento permanente de nuestra propia mortalidad, ni mucho menos si tuvieramos que conceptualizar constantemente (a modo de la imagen ya citada) la dimensión colectiva de esa misma mortalidad agregada y en el tiempo.

Pero precisamente este aspecto absurdo de la antropología (en tanto que nuestra racionalidad sea un producto en buena medida impuesto, en realidad, por otro orden de circunstancia más estructurales), lo tiene que acarrear todo orden político: es decir, todo poder terrenal puede entenderse como abusrdo en este sentido estructural para el que el pensamiento racional no sirve del todo. Y así el poder se envuelve siempre en el enigma y el misterio de algo, al menos parcialmente, inescrutable:

Imagen del gran “emperador-dios” del mundo maya recreado en Apocolypto (2006) y a cuya figura se rinden los sacrificos

Pues todo poder que abarque el conjunto de buena parte del espacio antropológico sedentario en sí no puede nunca acceder racionalmente a su propia legitimidad: es decir, todo poder consagrado a un nivel más o menos existencial respecto a los invidividuos-súbditos, lo es de una forma ya fáctica en tanto que se erige, en realidad, sobre algo así como una escatología tempo-estructural que requiere ella misma de cada uno de nostoros una racionalidad socializada, pero que dificialmente se presta a que se le aproxime racionalmente (lo que requiere precisamente trabajar a partir de un punto teórico de dos planos antropológicos diferentes, el del individuo homeostático frente a un plano agregado y tempo- estructural).

Si bien, sí que hay estilos diferentes: En este sentido recomiendo la contemplación, por ejemplo, de El cristo crucificado de Velazquéz, que resalta de otra manera lo corporal (a partir de su vulnerablidad, su capacidad de sufrir, y quizá su belleza); imagen que igualmente acarrea con la escisión inherente a nuestra propia manera de ver el mundo, siempre especularmente y respecto, en realidad, nuestro popio lugar en él. Pero que tampoco explica ni resuelve definitavamente nada remitiendo al final todo a la postulación del dios antropomorfa judeo-crisitano, lo cual puede perfectamente calificarse de enigmático o misterioso, sin duda.

La extraña pomposidad simbólica de las altas esferas de orden judicial4, de forma universal, sería otra ejemplo de esta necesdidad de recurrir a lo inescrutable ante lo que parece una tarea que sencillamente está más allá del pensamiento racional: la de legitmar un sistema que se apropia de alguna manera de los cuerpos y de las vidas de un fluir generacional incesante de seres humanos-objetos en el tiempo estrctural-agregado y antropológico. Es decir ¿qué ser humano singular sería capaz realmente de legitimar su posción de poder bastante decisoro sobre algo así? ¿Con qué “derecho” ideado conceptualemente?

La contestación implica, historicamente, recurrir otra vez a lo inefable, sea esto de tipo religioso u otras formas de oscurecimento (tipo masónico, por ejemplo) pues el argumento racional sobre este punto es un callejón sin salida, evidentemente.

Aunque, claro, no hay nada que resovoler sino acarrear y sostener. Pero que de exisitir una resolución técnica, no puede provenir de la racionalidad antrpológica humana en sí; o se entedería, quizás que toda resolución posible está en el sostener, y que seguramente esto tampoco, al final, provendría de la racionalidad solo antropologica. Es decir, que todo “misterio espirtitual”, por ejemplo tiene sentido en cuanto óptica corporal y socio-homeostática que nos define y nos constituye en toda nuestra limitación: lo sedentario y su universal producción cultural no ha tenido nunca más salida que protegerse de esta suerte de ecisión cognitiva, en lo misterioso, lo enigmático y en lo críptico.

Pero hay, ha habido históricamente, otra óptica. La que va directamente al meollo del tema en tanto que elude por completo el problema de plano socio-homeostático humano; es decir, lo convierte en su objéto técnico de gestión. Y como de esta manera se extrapola por completo del locus moral-racional humano, su legitimación deviene en, simplemente, su existencia real (a la manera del veterotestamentario yo soy el que soy; aunque ahora lo decimos a partir de un criterio técnico-scientifico, claro está; o mejor no decir nada en absoluto, que parece que ha sido ese el decurso real de esto). Y con ello, y simultáneamente, poder se convierte en responsibilidad en un sentido que rebasa también los confines de toda racionalidad solo antropológica.

1 Punto teórico crucial de Antonio Damasio en Sentir y saber. El camino de la consciencia, 2020; que las bacterias son capaces de atricularse como colectivos frente a otras.

2Porque si no, no sería necesario afirmar tanto y tan a menudo que el darwinismo sí que sigue imperando, como repiten algunos escritores scientificos: o sea, es necesario volver una y otra vez a afirmarlo debido al hecho de que parece precaismente lo contrario, esto es, que no continúa vigente la selección repsecto las poblaciones humanas, no debido a nuestro supuesto alturismo, sino sobre todo al grado de malestar que nos produce visceral y homeostaticamente presenciar el sufrimiento de los seres humanos allegados, situación que, evidentemente y desde siempre, ha aumentado, ha intensificado, la vida asentada sobre los sistemas agrarios y que se amputa, digamos, la posiblidad de salida metabólica en el andar mismo.

3¿Qué sería la experiencia histórica de la Alemania nazi sino eso?

4Tema y ejemplo concreto que ya desarrolla René Girard en La violencia y lo sagrado, 1972