La pugna entre ser y estar que perdiera Penteo, rey de Tebas

Dionisio

Apuntes a partir de la obra Ensayos sobre la violencia banal y fundadora (1984) de Michel Maffesoli

El estar es anterior al ser: ni nombre tiene todavía el estar.

El estar no designa ni sistematiza porque no sabe.

El estar es visceral, homeostático y pulsional: siente todo tipo de sensaciones y emociones.

Y, además, el estar pende intensamente (si bien de forma poco definida) de los otros, de los que, en presencia del estar, también están.

El estar, por tanto, es presente: está digamos a disposición de todo presente colectivo y se abre como tal a la fundación de sentido humano, al ser.

El ser es siempre posterior y subsiguiente: el orden cultural, las jerarquías, la doxa, todo saber categorial y ontológico, es.

El ser y lo que es, ya no está.

El ser en tanto categorial deja de ser presente y remite tanto al pasado y al futuro como a lo abstracto.

Porque el ser es, se funda en, una violenta (pero necesaria) imposición sobre el estar: porque los grupos humanos solo existen en la fisiología dopaminérgica de sus creencias, de sus postulaciones lógicas y en su moral.

Solo el grupo humano instrumentaliza de esta manera el estar homeostático indiviudal para fundar el ser cultural.

Es decir, el ser identitario de cualquier signo, origen étnico-político o ideológico, no puede nunca estar, sino que solo existe en el sometimiento del mismo.

Los individuos, en cambio, tienen que acarrear con el hecho doble de que no solo son sino que también están.

Y esto sin duda supone un problema desde el punto de vista de lo racional y culturalmente consabido, máxime todo poder fáctico establecido: porque el estar, que precede al ser, es asimismo la renovación -reconfiguración, reconstitución- de todo ser antropológico sucesivo.

De hecho, todo ser en su vertiente político es receloso del individuo a quién prefiere que esté bien inmerso en el ser: en un proyecto categorial de vida ideal planificada que le hace al fin previsible en tanto elemento singular que, sin embargo, queda agregado a la homogeneidad (al orden) mayor.

Porque solo están los individuos, y el ser que es de natualeza más fisiológica y dopaminérgica que corporal, para volver a constituirse, tiene que defenestrar el estar, al menos momentáneamente a la vez que de manera incesante.

Porque cada reconstitución sucesiva del ser, por razónes parecen que neurobiológicas al fin, supone un nuevo destierro del estar (antesala, a su vez, del siguiente ser).

El ser político se siente vulnerable al estar y la reaparición de las emociones más desabridas que solo en el presente amenazan con volver a hacer acto de presencia: en este sentido, todo proceso de homogenización cultural sobre el estar, tiene claros réditos para el ser político.

De hecho, todo ser hiperracionalizado se siente permanente vulnerable al impredicible estar: no extraña nada, por tanto, que un mayor progreso tecnológico ha devenido históricamente en un cada vez más implacable sometimento del estar.

El lenguaje humano, como los individuos, también está al mismo tiempo que es: el estar fónetico de los otrora primoridales cuerpos antropológicos nómadas embridió de esta manera su fisiología con una congruencia colectiva de orden socio-lingüistico (el ser).

Pero debido a la posición en realidad subalterna del ser (que no deja nunca de depender del estar anterior y pese a toda prentendida eminencia de las cosas que políticamente son) el ser político tampoco se fía del lenguaje y el indudable poder que le confiere a todo hablante.

Precisamente: para el ser político, el estar supone una forma de poder independiente más allá del regimen fáctico del ser. Pero la fea verdad de nuestra condición es que la violencia funda sentido humano, un sentido que ha de renovarse a la zaga de todo estar generacional sucesivo.

Por eso el orden antropológico -máxime el sedenatario- no es viable cuando sobre él se ciernen multiples fuentes de violencia, y la incertidumbre de múltiples sentidos futuros potenciales.

Y es que para el ser político solo hay una fuente de violencia-sentido que es, naturalmente, la suya propia: no se tolera otra.

(Y no le falta razón, desde la óptica del orden y bienestar sedentarios)

Pero, por eso el estar en sí -todo estar en tanto potencial renovación de sentido futuro- se ubica agonalmente de entrada con todo lo que es.

Que antropológicamente el estar no se lleve muy bien con el ser no es, evidentmente, una novedad, o no al menos para la filosofía y la antropología, si bien no se suele hablar exactamente en estos términos.

Por otra parte, un estar que solo funcionalmente se atricula a través del ser socio-racional (en tanto personalidad socializada) pero que no dispone de horizontes del ser cultural más amplios -ámbitos de intensa vivencia dopaminérgica más o menos cultos e intelectualmente autónomos, y más fisiológicas que corporales- se verá atrapado, de alguna manera, en el estar.

El estar alimenta al ser, y el ser auyda a sobrellevar la viabilidad sedentario, siempre que no se inmunice contra el estar, que es a lo que tienden, por lo visto, las antropologías agrarias.

El ser es una ilusión, sin duda, pero significa.

El estar, al que crípticamente somete el ser, no signifca nada en sí.

Pero no se puede estar de forma antropológica sin ser, pues los grupos humanos solo son en tanto instrumentalicen el estar.

El sentido de las cosas y hasta la identidad de cada uno -universalmente- no son sino a través de la subordinación cultural-antropológica del estar socio-homeostático.

Aunque problemático es esto de ser sin el estar, asunto que tampoco es nuevo respecto, por ejemplo, el desarrollo de la sociedad industrial (y las críticas de, por ejemplo, Simmel, Spengler, o el mismo Nietzsche, entre muchos otros), pues es posible el ser sin la sal de la vida que es el estar.

Esto es, puede darse sí, pero no está claro por cuanto tiempo.

Porque cuando el ser no logra renunciar a su obsesión se diría patológica con la coherencia, solo a las bravas y de forma destructiva puede volver imponerse el estar.

Porque el estar somete al ser.

Pero siempre es reacio el ser a tener que admitir esto.

Le cuesta enormemente.

Y se refugia, mientras tanto, en una impostada unidimensionalización de su propia condición (del ser).

Un ser que, cegado a su propia condición real e inherente con la que ni negocia ni apenas se relaciona, permanece sujeto a una espera elíptica de una nueva y violenta irrupción del estar.

Pues solo crípticamente puede reconcerse el ser en su paradójica dependencia esturctural en la anomia que es el estar.

O sea, se trata de un reconcimiento imposible que queda biológicamente impedido en cierto sentido, porque no se puede, respecto al mismo punto metabólico humano, ser y estar al mismo tiempo:

Y es que el ser y el estar forman una oposición de términos mutamente excluyentes.

De hecho, la neurobiología contemporánea entendida por ejemplo a lo antoniodamasiano, atestigua precisamente este hecho, si bien no se suele hablar exactamente en estos términos.

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