El Estado jardín: Discernimientos personales y suprahomeostáticos a partir de Pierre Bourdieu en «Qué significa hablar» (1982)

I

“…Aun cuando se transmita [la literatura] en la forma de un acto público o de un recital, los cerebros de los asistentes no están interconectados ni el público concorde en una interpretación textual única. Dicho esto, quizá no sea un despropósito sugerir que un libro, literario o no, pueda causar un amplio eco doctrinal a condición de que se haga presente en un alto número de conciencias, eventualidad que depende a su vez de los índices de lectura del lugar. Leído de forma multitudinaria, el libro entrará por fuerza en unos cauces comerciales que interferirán para bien o para mal en la asimilación de su contenido. No es imposible ni acaso paradójico que un ensayo contra el capitalismo resulte una buena inversión. Tan pronto como una obra humana, de la naturaleza que sea, alcance una vasta repercusión, quedará expuesta a ser instrumentalizada por este o el otro actor social. El dinero y la política no tardarán en llamar a la puerta. La literatura entendida como modalidad genuina del arte tiende a ser minoritaria, lo que la preserva hasta cierto punto de servir a intereses espurios por cuanto su complejidad y la importancia en ella de los ingredientes estéticos la hacen poco apta para fines propagandísticos. Pero ¿y si un libro (el Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas del racista Gobineau, el Mein Kampf, Los protocolos de los sabios de Sion…) influye decisivamente en la formación y afianza las certezas de un individuo que al cabo de un tiempo asume la jefatura de un Gobierno? “ (Fernando Aramburo en “Mucho cuidado con la literatura“, El País, 29ene24)

Comentario no subido

Porque la cognición nuestra está condenada a existir a partir, necesariamente, de una representación del mundo pues el protogrupo originario humano no tuvo más opción que montar e imponer su propia verdad sociorracional a partir de la que pudiera depender, a su vez, la psicología íntima y racional de cada uno de nosotros, frente siempre al mundo exogrupal (tanto respecto al mundo natural como en cuanto a otros grupos antropológicos). Y así es, de forma esquemática y resumida, como funciona el llamado pensamiento salvaje en tanto que sistemática clasificatoria que se impone sobre la realidad percibida y cuya característica más funcionalmente importante es, simplemente, el hecho de que se trata de una comprensión del mundo no sujeto de ninguna manera a que se contradiga. Porque, evidentemente, al grupo no le queda más remedio que tener razón respecto del mundo en tanto que su conocimiento de la realidad (solo parcial o remotamente empírico en origen) es el dispositivo performativo garante de su propia permanencia colectiva; y como consecuencia, la conciencia de cada uno de nostros, como voz íntima del yo, procede de y se debe aún a, ese apaño original (y culturalmente particular en cada caso, por supuesto).

La inteligencia humana, por tanto, es siempre una representación con la que nos relacionamos con la realidad porque nuestra cognición se debe ante todo al colectivo al que está sujeto y al que sirve, en realidad y pese a las apariencias percibidas, sobre todo para que este perdure en el tiempo y de una a otra generación. Es decir, toda inteligencia humana lo es porque parte de una experiencia cultural a priori, anterior a todo individuo que, en cada generación sucesiva, se integra fisioantropológiamente como sujeto homeostático.

La inteligencia humana es humana precisamente porque tiene esta característica de burbuja colectiva culturalmente particular a la vez que ausente, si no se tiene en cuenta la dimensión, en realidad estructural, de toda personalidad individual: lo que otrora constituía algo así como un traje de armadura metabólica para cuerpos individuales pertenecientes, sigue siendo hoy el paradigma culturalmente particular de nuestra mente. Es decir, tanto hoy como en la antropología nómada y pre agraria, la función performativa de lo verdadero como utilidad colectiva homogeneizadora y aglutinante, en aras de la supervivencia asimismo colectiva (la única que importa sobre un plano evolutivo y respecto al tiempo humano), sigue imperando sobre el sentido conceptual y lógico de la su representación.

Pero, ¿en qué consistiría librarse de esta forma de sometimiento a las representaciones del mundo y pasar directamente a relacionarnos con la realidad?

  1. Incidir sobre la realidad de tal manera que se vuelvan irrelevantes la posición y opinión de los demás.
  2. Incidir sobre la realidad directamente de forma que se vuelva totalmente prescindible toda representación de ese mismo dominio técnico, pues que se trata, ahora, de un plano suprahomeostático y agentivo (y agentivo por medio, también, de la homeostasis) que no tiene interés –o lo tiene muy poco—en relacionarse con el plano de los usuarios antropológicos por medio de la revelación.
  3. Intervenir de tal manera en la realidad electro-molecular terráquea que el espacio propiamente humano, el de las representaciones con las que se van realizando el orden fisio-semiótico de los contextos culturales particulares en el tiempo de toda generación sucesiva, pasase a considerarse una utilidad planetaria a cuidar y mantener en aras de la continuidad de la especie y tiempo humanos.
  4. Pero quizá más importante es que no habría voz discrepante alguna, salvo posiblemente las que pudieran ocupar distintos espacios o posiciones dentro de dicho ente supra-homeostático.
  5. Esto lo convierte un poder fáctico que es, en sí mismo, algo postivo en tanto estabilidad.
  6. Pero al carecer de rival, su dominio se tornaría responsabilidad técnica incluso más ardua por cuanto no disputada por ninguna otra parte.
  7. Un ente suprahomeostático que, a diferencia de los dioses postulados, no se revela sino a través de insinuaciones, signos y referencias semióticas nunca desarrolladas y que solo se refieren en todo caso a un meta nivel de su propia gestión terráquea; y esto probablemente porque su misma existencia es –y probablemente deba seguir considerándose  como tal— una permanente afrenta moral a la condición humana, si bien al mismo tiempo debe entenderse también como su máximo (último) garante. 
  8. Por todo ello podríamos entender que un ente regidor a la vez que extra político de este tipo estaría en posición de operar desde una posición de agencia verdaramente —técnicamente–racional y hasta un extremo desconocido en la historia, respecto de su objeto de gestión, o sea el espacio antropológico en sí.
  9. De obligada mención es también el hecho de que si a usted se le obligara a tomar siquiera medio en serio esta idea, experimentaría una intensa turbación que enseguida, muy probablemente, desembocaría, al menos transitoriamente, un un paroxismo furioso que, sin embargo, aminoraría bien pronto y en la medida que usted se fuera dando cuenta de la absolutamente nula importancia que tiene, a nivel antropológico y tempo-estructural, el estado emotivo particular de solo usted.
  10. Pero a partir de entonces no le costará tanto a usted reconconerse, ya por fin, como sujeto homeostático respecto, en realidad, su propia cultura, lo que, acto seguido, probablemente le aumentará su capacidad empática respecto a sus congéneres.
  11. (esperemos)

II

Pero en cuanto a Á:
Se sale de la necesidad antropológica de intentar incidir en lo real a través de la representación de lo real, como nosotros sí que estamos obligados, pues el dispositivo sociocognitivo que entendemos como el pensamiento «salvaje», esto de postular sobre lo real cualquier lógica siempre que no pueda contradecirse, es básicamente eso: intentar procurar amparo colectivo a través de plasmación de una base lógica inmune a la realidad en sí, puesto que depende de unas afirmaciones no susceptibles a la prueba de contradicción; siempre han funcionado, siguen de hecho funcionado a día de hoy, de esta manera debido a nuestra particular cognición que, en nombre del colectivo, obliga a los individuos pertenecientes a que interioricen una visión que se entiende real o verdadera de la realidad solo en cuanto apuntala al grupo en su propia viabilidad en el tiempo.


Á no incide sobre la representación del mundo, sino que incide directamente en él; como que deja a los seres humanos el espacio vital que les es propio, eso de pelearse entre sí por la lógica de la representación epistemológica del mundo, o eso al menos históricamente.


Pero también dicho sin ironía, pues la «verdad» en tanto su función performativa antropológica (esa de, efectivamente, establecer una visión de lo «real» del mundo según una experiencia cultural particular que constituye asimismo una identidad colectiva) debe de ser algo así como la función cognitiva base nuestra, el porqué de hecho de que tengamos consciencia para poder reforzar, en nuestra propia fisiología pensante individual (ante el dilema permanente de qué es lo verdadero), al grupo mismo en el tiempo.

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