El maridaje neuroóptico de las especies sobre planos «suprahomeostáticos»

Skip James. Festival de música folk de Newport años 60

Tema de las imágenes como sustrato sobre el que se edifica realmente la cultura:

Ejemplos del mundo animal:

1) El halcón cuya visión le marida con el grupo de palomas que sobreviven gracias al «engaño» óptico que supone para el ave depredadora el que se agrupen simétricamente uniformadas las palomas (a las que, a momentos y como individuos, el halcón no distingue en su singularidad).

2) Mimetismo (batesiano): debido que la apariencia física de una especie –es decir, como imagen en la percepción depredadora—adquiere una especial resistencia, otras especies naturalmente (es decir, por selección) pueden acabar evolucionándose hacia una misma apariencia precisamente porque en el contexto homeostático compartido dicha presencia ya resulta de éxito de supervivencia (de manera que tanto unas presas como otras acaban maridándose de la misma forma con es de suponer un mismo deparador)

3) Tanto los zorros como lo ciervos que comparten un mismo terreno y marco homeostático, con el tiempo y según y una u otra estación del año, llegan a adquirir el mismo color marrón-dorado que también presentan, por otra parte, los halcones que habitan el mismo marco homeostático regional. ¿Se debería esto al maridaje en esencia óptica entre uno u varios depredadores con distantitas presas cuyas respuestas homeostáticas se activarían respecto de unas imágenes “estéticas” muy similares entre sí y constituyendo una constante, pero respecto a múltiples especies diferentes? También podría ser que por la misma razón uno u otros depredadores tienen más éxito debido a que también tienen ellos el mismo color; es decir, el éxito de caza sería también susceptible de definir una dirección evolutiva, siendo también de suponer que se basaría nuevamente en un parecido imaginario neuroóptico común a las diferentes especies de esta manera maridadas sobre un plano suprahomeostático.

Marco neuroópotico sociohomeostático humano y el patricarcado

Si los sujetos homeostáticos humanos somos agudamente sensibles a imágenes corporales (pues tienen una relevancia para nuestros propios cuerpos como sujetos pertenecientes; de tal manera que incluso podría entenderse que la estética desdibuja un tanto la diferencia entre sujeto y objeto y dado la impronta homeostática que sobre el perceptor pueden causar las imágenes), se sigue que algunas imágenes percibidas ya podrían estar seleccionadas en un sentido evolutivo para fustigarnos homeostáticamente en una u otra dirección.

De esta manera se podría entender que los cuerpos humanos en su trayectoria socio-evolutiva presenten una utilidad como alimento sensoriometabólico en tanto imágenes percibidas (tema central, por otra parte, de los textos de este blog).

Es decir, los cuerpos adquieren una importancia fisiológica como imágenes percibidas por los demás, lo que se entendería como una entretejemiento evolutivo aún más complejo entre los cuerpos y nuestra percepción visual.

Postulamos en este sentido que la anatomía varonil sería percibida a grandes rasgos pero universalmente de una forma neuro-homeostática similar por todos los seres humanos (naturalmente con alguna pequeña variación individual e ideosincrática excepcional).

Dichas imágenes de la imposición masculina y en su desenvolvimiento interpersonal generalmente universal en tanto estética antropológica-cultural común (es decir, sobre un plano primeramente más límbico que cortical) impactarían fuertemente sobre el sujeto perceptor un sentido decisorio, tanto en cuanto amenaza como también de protección y amparo físicos: sería atributo que mostrara, es de suponer, todo niño y niña y que ya lo llevarían impresa digamos en su forma innata de percepción (a modo, podríamos añadir, de cómo llevamos todos unas mismas capacidades lingüísticas que se desarrollan sin embargo en marcos socio-homestáticos culturalmente diferentes).

Mientras que la anatomía femenina, si bien como imagen puede surtir respuestas parecidas en el perceptor, serían de un grado menor y probablemente incompatible finalmente con la ferocidad máxima que exhiben los cuerpos varones.

(Evidentemente, qué impronta homeostática dejan más exactamente los cuerpos femeninos en el sujeto perceptor serían también otra cuestión a examinar.)

Pero si tanto las mujeres como los hombres pertenecientes a experiencias culturales «primitivas» hablan en términos masculinos para referirse a los grandes asuntos cosmogónicos de su cultura particular (siguiendo la línea de trabajo de Almudena Hernando1), es decir mostrando una preferencia por personajes y héroes masculinos cuando se ponen ellas mismas a comunicar la lógica mitológica de su propia cultura, esto puede tener algo que ver con el elemento de seguridad y confort que nos transmite el poder de una imaginería masculina en términos de anatomía varonil, pues lo más seguro es que se asocie directamente con una acción decisoria que no llegan a sugerir tanto las contornos corporales femeninos; de ahí que entendiéramos que la cultura no puede superar su propio fondo digamos neuro-óptico.

Esto es, que la cultura forcejea con su propio fondo filogenético para poder desarrollarse ahora con una mayor sensibilidad, como de hecho has sido de carácter inexorable en la historia de la civilización respecto una mayor consideración hacia las mujeres, si bien llega a estabilizarse de alguna manera en esta dinámica de superación, pero sin lograr nunca librarse realmente de una división profunda y constante entre los sexos y que en términos históricos, bastante universales también, ha dado lugar a una permanente condición de desigualdad en mucho sentidos.

Y es que se trata en el mejor de los casos de un equilibrio que se logra pero sin alterar una condición subyacente que brotaría de nuestra propia consolidación neuro-óptica y sociohomeostática.

Cuestión que es bien difícil entender o criticar racionalmente (de hecho, no se habla concretamente de este posible aspecto de la cultura).

Pero todo lo expuesto hasta aquí obliga a entender que incluso el fondo límbico de las mujeres se regiría probablemente por una misma supremacía estética-fisiológica de lo masculino respecto a nuestras propias dinámicas homeostáticas internas, lo que llega a minar -o esto podría ser el efecto en cuestión– en alguna medida la misma comprensión cortical racional del sujeto quien permanence generalmente en la inopia respecto a sus propias pulsiones menos conscientes desde la óptica de su propio yo como constructo socio-homeostático.

Otro punto argumental: la neotenia como una estética evolutivamente seleccionada establece una jerarquía visual digamos de lo humano/no humano según los contornos de la anatomía (en nuestra especie y también con respecto a otras domesticadas).

Es decir, en tanto seres socio-homeostáticos, ya funcionamos en términos de correlaciones alimentadas visualmente frente a las que nos definimos en uno u otro sentido, pero siempre respecto a la consecución de alguna forma de confort o alivio (seguridad, amparo, etc.).

En este sentido, nuestra simple anatomía sobre un escenario social es ya una suerte de mandato filogenética que, de hecho, ya está divida de forma bastante tajante (pero no absoluta) según los sexos además con respecto a lo animal/humano.

¿Sería la neotenia en los animales domésticos, por ejemplo respecto concretamente los perros, otro ejemplo más de una estética fisonómica seleccionada evolutivamente?

El tercer cerebro ascendido (cromático)

Lo importante sería sin duda hacer que la cultura entendiera mejor este lado ya “preconfigurada” de nuestra fisiología a partir de nuestra condición socio-homeostática (ideas que en realidad no son nada nuevas –Konrad Lorenz, por ejemplo– pero que no permean nunca la cultura mainstream ni mucho menos la popular).

Pero si los seres humanos hemos de entender nuestra condena y condición como la de responsabilizarnos de nuestra propia suerte colectiva (con o sin el auxilio divino), esto no sería en ningún caso posible sin remontar nuestra propia condición homeostática, como ya lo es pero de forma limitada nuestra propia consciencia cortical ascendida frente a su origen límbico.

Y puede decirse incluso que las religiones ya son ellas mismas instituciones supra-homeostáticas que en términos generales brindan a sus feligreses (pero también respecto del ámbito antropológico correspondiente en general) el confort existencial de un marco causal absoluto cuyo uso colectivo no depende en última instancia de ninguna creencia espiritual necesariamente confirmada en nadie con tal de que se consolide como viabilidad antropológica histórica.

Pero si el “segundo” cerebro cortical y ascendido que es la conciencia puede entenderse como vacuna y salvaguarda frente a nuestra primera naturaleza límbica –y particularmente como dispositivo avanzado de refuerzo de, en realidad, el grupo a través del desarrollo psíquico individual frente al «problema» de la antropología sedentaria–, un tercer cerebro nuevamente elevado sería necesario para poder afrontar esta complejidad mayor que es la socio-homeostasis colectiva respecto de unos y otros marcos antropológicos-culturales que ocupan el espacio sobre el planeta (que esté efectivamente habitado por grupos humanos).

O visto de otra manera: la inseguridad existencial en la que vive realmente la especie debido a la opacidad cognitiva que resulta del el carácter límbico-cortical emergente de nuestra cognición, se convierte en punto flaco peligrosísimo, pues una circunspección mayor a nivel de especie se nos elude, tal y como se presenta la historia humana y ante sus propias circunstancias.

Un necesario tercer cerebro, entonces, que podría ser perfectamente un grupo de personas que se hubiera ubicado hace tiempo por encima del plano histórico solo homeostático que habitamos los usurarios antropológicos terrestres.

Como unos jinetes de la especie se les podría entender, de la misma manera que nosotros somos, en nuestra propia vivencia del yo, los jinetes que a nuestro cuerpo cabalgamos como si fuese un caballo (si bien todo el mundo sabe o ha oído que los caballos en algunas circunstancias puntuales van muy bien por sí solos.)

Pero cualquier sentimiento de ofensa que nos pudiera causar el hecho hipotético de que nuestro tercer cerebro correspondiente a cada uno fuera, en realidad, un único grupo de seres humanos ajenos que nos montasen por decir homeostáticamente a la especie entera y sin una diferenciación en realidad muy grande entre unos y otros ámbitos antropológicos terrestres (¡atravesando de lleno unos y otros espacios identitarios culturales, pues parecería que el fondo límbico de todo ser humano no se distingue definitivamente de cualquier otro!), solo sería inicialmente, lo más seguro, pues la idea es grotesca vista a bote pronto, lo sé.

En fin, ahora y con lo hasta aquí desarrollado, ya podéis pensároslo un poco mejor.

Pues que el tiempo y una poca de reflexión, su porqué se entiende perfectamente.

(Cosa aparte es el cómo, aunque posiblemente sea de mucho menor interés una vez entendido el porqué)

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1 Hernando, A. La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno. Katz, Buenos Aires, 2012.

La permanencia semiótica y la viabilidad sedentaria

Imagen de El País 06/11/22.

El arte es lo único que nos salva del olvido. De nada sirven las medallas ni las criptas, menos todavía los algoritmos o las criptos. Si no fuera por un bardo ciego, Aquiles no estaría todavía con nosotros. Los príncipes pueden ocupar su lugar, subirse al trono, berrear en los parlamentos, pero de ellos no quedará ni el ruido de sus cascabeles ni el tintineo de sus panderetas, no habrán durado más que una mariposa en el jardín. Ya nadie recuerda quién batallaba en los tiempos de Manrique o de Garcilaso, ni quién reinaba en los de Vuillon o de Ronsard. Lorca se ha tragado de un bocado los apellidos de los que lo balearon. Y no importa que no demos con sus tumbas o que incluso dudemos que hayan existido: Homero, Cervantes, Shakespeare, siguen ahí, más vivos que nunca, en todos los colegios, en todos los escenarios.

Texto del artículo de Javier Santiso El esperpento en El País, 8 de marzo de 2023

Porque su condición socio-homeostática pervive en forma de representación estética. Es decir, se trata de la vertiente diacrónica del fenómeno de la acomodación de una socio-fisiología filogenéticamente evolucionada a partir de antropologías originalmente nómadas. Porque la experiencia sedentaria ha de sostenerse socio-homeostáticamente a partir de cierto alimento sensoriometabólico y moral sobre el que se erige el yo social; un yo social que lo sedentario, por razones de sostenimiento de su propia viabilidad estuctural, ha de empujar hacia una mayor densidad moral -necesariamente- a través de narrativas del bien y el mal y de la mayor carga de culpa asumida por cada uno de nostros: pues ante la inmovilidad de los ciclos agrarios y engorde animal, hemos de abrirnos horizontes al menos metabólicos sobre los que seguir caminando acorde con nuestra naturaleza y de forma si no física, sí al menos fisiológica y neuroquímica.

Podría entenderse como una especie de trampa a la que nos llevó nuestro desarrollo cerebral al decantarse evolutivamente por la mayor engergía metabólica de las proteínas de origen animal frente a lo vegital, con todo el condicionamiento endocrino que supuso. Pues una vez aparecida la domesticación animal y agraria, dicha energía hubo de seguir cauces nuevos, más fisiológicos y neuroquímicos que físicos, a través de dipostivos de incorporación fisioantropológica: dichos cuaces son la cultura misma que más asociamos con la experiencia agaria, como la religión formal con deidades antropomorfas que se basan en el texto escrito; sistemas monetarias que se basan en el valor simbólico de las monedas; dependencia colectiva y estructural respecto dispositivos miméticos de espectáculos tanto de combate, deportivos o teatrales; el afán de conceptualizar el orden político a través de las leyes escritas y el esfuerzo historiográfico, etc..

Porque, evidentmente, no se alteró la evolución socio-biológica humana original sino que los seres humanos cambiaron el entorno de su propia consumación socio-fisiológica: de manera que se explota la cultura como instrumento técnico de esta acomodación. Pero esto es decir también que las circunstancias reales de los cuerpos en el tiempo y espacios históricos quedan de alguna manera postergadas; cuerpos de carne y hueso generacionales ubicados más allá de las narrativas culturales más identitarias y como recluidos en la penumbra de su propia -en buena medida secreta- longevidad particular.  De ahí el juego que se va entablando entre dos ámbitos diferentes, entre una imaginería de realidad y relevancia homeostáticas (de caracter por ello tanto moral como racional) por una parte, frente a la vivencia ideosincrática y sensoriocorporal de cada uno cuya comprensión sintetizada completa se nos escapa; o mejor decir que se nos ha de escapar puesto que es fuente permanente de indefinición y ambigüedad de la que se irá alimentando y reforzándose, en realidad, el orden socio-racional sedentario.

Pero ¿existimos en la vivencia de las imágenes y el ímpetu metabólico de lo socio-racional y culturalmente consabido, o es que la vida real transcurre en los espacios mudos y poco iluminados que ocupan los cuerpos reales físicos? Aunque también puede concebirse lo sedentrio en realidad como una propuesta en última instancia lúdica que relaciona estos dos ámbitos diferentes de forma compleja (siendo que el uno, para sostenerse en el tiempo, se sujeta en el otro, y viceversa). Porque si bien el peso moral de la vida se ha de acarrear por razones estucturales y en aras de un necesario orden racional y sedentario (y a partir del cual quedamos provistos de una libertad asimisma estructural para nuestra propio ejercicio fisiosemiótico), es la insustancial levedad que subyace a todo lo que se erige, al fin, en nuestro mayor adversario-pareja de baile.

De manera que cuanto más podamos llegar a enfocar nuestro experiencia vital y socio-corporal como un juego, tanto mejor, y aunque nos cueste la vida (o precisamente porque, en efecto, tarde o temprano siempre nos cuesta la vida).