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Algunos puntos de partida en suspensión de Miguel de Unamuno

Busco la religión de la guerra, la fe en la guerra. Si vencemos, ¿cuál será el premio de la victoria? Dejalo; busca la lucha, y el premio, si le hay, se te dará por añadidura. Y tal vez ese premio no sea otro que la lucha misma…
Aquiles, en la morada del eterno descanso, suspiraba por los combates de Troya. ¡Oh, si nunca se hubiera tomado la cuidad sagrada!…
…mirando a las estrellas, me he acordado de aquello de que dios entregó al mundo a las disputas de los hombres y de aquello otro de que el reino de Jesús no es de este mundo.
No me importa, pues, que estés a no conforme conmigo; no me importa que los demás lo estén, pues no los busco para que me ayuden a lograr la victoria. Los busco para luchar, no para vencer, y lucho para soportar la cruz de la soledad, que en la paz me aplasta el corazón.
Citas de “De la correspondencia de un luchador” en Mi religión y otros ensayos, de Miguel de Unamuno

 

La paradoja inherente el corazón mismo de la antropología sedentaria queda así anunciado una y otra vez a lo largo del corto texto ensayístico de Unamuno, como una perpetua inauguración del mismo estado real de limitación humana, también para nosotros los seres humanos de hoy:

La vida física humana y colectiva solo es posible mediante la revitalización fisiológica, como realidad subyacente que es al mismo tiempo la verdadera fuerza viviente de rección de los espacios antropológicos. Y resulta evidente (según un repaso aún somero de la historia humana) que esta realidad fisiológica nuestra va por libre y a espaldas, en cierto sentido, de nuestra existencia sociorracional, reduciendo una y otra vez la racionalidad del hombre a la condición de simple pretexto estructural al servicio en realidad del hecho fisiológico nuestro, por encima frecuentemente de cualquier otra consideración y las consecuencias finalmente del orden de lo real y físico.

Porque en la efervescencia sensorial nuestra, la contradicción en términos que es la permanencia en realidad solo fisiológica (por cuanto grupal, en la fisiología estructural y colectiva que nos obligue de hecho a asumir una identidad propia, singular) parecería funcionalmente más viable. Y precisamente porque, respecto el plano diacrónico de los grupos humanos, más allá de cualquier sensorialidad solo individual -esto es, en el transcurrir temporal de los grupos culturales, de generación en generación como en realidad única forma posible de supervivencia humana definitiva- la mecánica del orden estructural real se ejerce en contra de nuestra entidad física.

Y quizá sea que en nuestra propia experimentar solo fisiosensorial, nosotros también nos sustraemos necesariamente del peso de lo real, en este sentido macro humano y temporalmente estructural que desborda nuestra capacidad racional de ni siquiera aproximarnos; una contemplación a lo Schopenhauer que como poetas, artistas y pensadores estéticos, fisiorracionales -y algún que otro economista- hemos procurado que nos fuera disponible a la manera ciertamente de una profunda titilación estética-existencial, de una contraposición fascinante respecto a nuestro propio experimentar sensorial, culturalmente definido (esto es, racional) pero que de ninguna de las maneras nos sirve como espacio definitivamente habitable.

Aunque eso sí nos tonifica, de nuevo, acaso solo para impulsarnos otra vez a la luz opróbicamente configurada de nosotros mismos, luz que no es otra que el producto último de nuestra necesidad de los otros, como la dádiva de la obligación (a la que apenas nos resistimos) de la individualidad antropológica en sí: el ser cada uno en y por medio de, los otros, y a pesar de las innumerables lógicas culturales diferentes que hayan existido para traducir esta condición universal a la funcionalidad vital específica de un grupo particular.

Pero, mientras tanto, quedamos inmersos en la condición (que no dilema ni, en realidad, contradicción, sino situación efectiva) de una racionalidad fundada crípticamente -pero necesariamente- en la sustancia fisiológica del experimentar corporal y su sensorialidad, porque la funcionalidad universal de los grupos humanos se ha blindado siempre de esta manera en aras de su propia permanencia estructural, a través de un tiempo en realidad no humano, o al menos desde la óptica de la vida finita del cuerpo humano singular. Con lo que huelga abrazar cierta noción de una imposible perfección respecto de la especie humana, que se erige majestuosamente en su propia racionalidad (ahora técnica), sin la capacidad, no obstante, de racionalizar su propio ser y experimentar fisiosensorial, puesto que, como afirma Konrad Lorenz, el ser humano es racional debido a que es, primero y ante todo, un ser fisiológico; y que respecto a cualquier forma de orden entre seres vivos (orden en última instancia como identidad de unos frente a otros), la argamasa del edifico de la vida en la tierra, es la pulsión vital que entra inexorablemente en conflicto con una fuerza contraria.

Así empieza, y en cierto sentido termina también, todo, en la delimitación de la forma cognitiva del estar humano en el mundo que es ciertamente la del cuerpo, pues la fisiología abarca todos los ámbitos de nuestra experiencia, y es la clave conceptual de la comprensión del ser nuestro antropológico.

 

 

 

 

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