11. Violencias históricas sostenidas en el tiempo

¿Por qué no tiene resolución estas circunstancias en realidad estructurales, de una fisiosemiótica humana que no tiene más remedio que ejercitarse en la proyección de sí misma, pero hacia metas «racionales» necesariamente enfrentadas las unas con las otras? Y es así que en estas circunstancias la convergencia racional y unánime para todos (como anhelo respecto los conflictos armados prolongados en el tiempo), supondría -o hubiera supuesto- un fallo respecto la posibilidad de la experiencia fisiológico-sensoria vigorizada, lo que perjudicaría, por ende, la funcionalidad estructural antropológica; o como poco, la inestabilidad resultante desembocaría necesariamente en otros procesos -siempre bastante artificiosos, por cierto y en el fondo- de búsqueda de espacios nuevos en el que ejercitarse la proyección fisiológico-semiótica (espacios, por alcanzar un mayor efecto de intensidad para los participantes-sujetos, habrán de ser opróbicos en sentido del concepto deep play de Geertz que bien puede resumirse simplemente en la exhibición cultural (semiótica) de la violencia de forma «deportiva», antropomórfica, o como exemplum respecto a sucesos reales relatados -o bien retratados-, o de modo simplemente artístico-estético, siendo todos ellos vías en distintos grados del estimulo y propagación de la fuerzas opróbicas de la naturaleza sociogenética humana y universal, puesto que la violencia, en la forma que sea percibida, siempre tiene la mayor relevancia para individuo antropológico, dado que la violencia es, de varias maneras, quizá el evento de mayor importancia de entre todas para el grupo, su permanencia en el tiempo y respecto una fisiología colectiva subyacente.

Huelga preguntarse, por tanto, de haber logrado la paz universal en el contexto histórico de cualquiera de las realidades terroristas etno-políticas del siglo XX (respecto por ejemplo de ETA, el IRA, la independencia corsa, el movimiento nacionalista tamil, los diversos fuerzas de liberación del mundo musulmán, y las fuerzas históricas en general opuestas al colonialsmo europeo, etc.) ¿qué es lo que habrían hecho después para sostenerse «fisio-opróbicamente» en el tiempo, y respecto la estabilidad estructural antropológica de dichos contextos?

Y no sería, quizá, que el fondo último de nuestra violencia es la de un ser fisiocorpórea que lucha constantemente frente en realidad al grupo mismo de pertenencia, paradójicamente, y respecto aquello que de hecho nos de la posibilidad de nuestro ser subjetivo y social. Porque la fisiocorporeidad en cierto sentido es inviolable, como la vida misma que simplemente no puede renunciar a su propia perdurar, nada más; y así es la fisiocorporeidad ante social que viene a constituir la verdadera constante estructural de todo orden antropológico. Y la perenne violencia que también supone.

Pero, como es lógico, esta situación interna al grupo se beneficia estructuralmente del enfrentamiento externo, intergrupal, como otro ámbito más de la misma, reforzada violencia -sobre todo fisiológico-sensorial- en el corazón de la mecánica de los grupos humanos, pero a partir ferozmente de la fisocorporeidad individual y la fuerza opróbica sobre la que se asienta a su vez ésta.

-Contextos que se convierten después en un recurso fisiológico; esto es, circunstancias que, en la repetición fisiológica de los seres vivos que las habita, pasan a ser recursos estructurales de ese mismo caudal fisiológico. Una fisiología viva (de múltiples individuos) que se articula en su propio tiempo vivo con las circunstancias físicas -que se imbrica con esas mismas circunstancias-; y esto no es necesariamente en un sentido de evolución biológico (aunque lo puede llegar a ser), sino de rutina y repetición, que para erigirse como tal, tiene que servirse de alguna forma de intensidad fisiológico-sensorial que logre el efecto de reforzar esa misma rutina, una rutina que jamás puede establecerse en el tiempo si no es a causa de alguna fuerza de estímulo que surte el efecto de hacer atractivo una estabilidad  (o sea, una contingencia de espanto que hace que deseemos una estabilidad del no acontecer y del aburrimiento, por ejemplo, y aunque sea solo por un tiempo).

 

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