¿Cuál es el problema de la intrascendencia de la fisiología?

 

El arte, al vaciarse de su patetismo, se queda solo ante su intrascendencia.

Ortega y Gasset, Deshumanización del arte (1925)

Así que su posible trascendencia es su patetismo: ¿cómo se explica eso? Se entiende perfectamente dentro del contexto del grupo, esto es, respecto una fisiología que tiene como función socio-estructural la de primar la posibilidad racional (sociorracional) del grupo antropológico, siendo esta relación de naturaleza utilitaria que impone el grupo sobre la fisiología individual la llave de la permanencia histórica de los grupos humanos pre-agrícolas.1

La fisiología está condicionada por su verdadero logos de definición sociobiológica que vamos a describir recurriendo más o menos a las ideas de Agamben en Homo Sacer(1995). En este sentido postulamos la amenaza soberana como aquella fuerza externa al grupo que, por su magnitud, supondría la aniquilación del mismo y que es, por lo tanto, una suerte de soberana estructural ya que absorbe al grupo en al acto mismo de su propia resistencia vital, y mientras pueda. Postulamos, además, ésta como una suerte de antecedente a lo que después será la traducción conceptual (y cultural siempre particular) del soberano político que es -esto sí es de Agamben- aquella figura política investida con el poder de quitar la vida a cualquiera y sobre la cual en realidad se asiente la estabilidad sociopolítica posterior; esto es, el soberano es, en su capacidad de violencia, ni más ni menos, el fundamento del orden mismo como potestad para el ejercicio de violencia que es, por otra parte, potestad exclusivamente suya.

Y, sin embargo, el soberano conceptualizado (dentro de cualesquiera contexto cultural) no deja de ser una traducción del plano más profundo y de carácter sociobiológico en el que la individualidad también queda momentáneamente asumida por la configuración grupal de la única manera que esto es en realidad posible: en los procesos metabólicos internos al individuo a partir de la vivificación somatosensorial es, sin embargo, el grupo que se consolida en el acto de su propia afirmación numérica ante las situaciones extremas. Pero es, de forma mas profunda, el estado colectivo no vivo como potencialidad lo que adquiere para sí el soberano político, y puesto como también se conoce la ya mencionada potestad del uso de la fuerza como la excepción soberana que se refiere a la unificación directa del plano profundo con el sociopolítico y cultural, esto es, cuando es el soberano quien suspende la vida misma, como tal es su capacidad: y entonces es cuando la amenaza soberana y el soberano político son una y la misma cosa, de manera que afirmamos que la idea semiótica (y culturalmente particular) del soberano se asiente en realidad sobre una anterioridad fisiológica que entronca con el fondo mismo universal de los grupos humanos, forjado en su evolución antes, evidentemente, de la aparición histórica de la agricultura.

Adicionalmente es necesario añadir los conceptos de Antnonio Damasaio respecto de la vacuidad neural de la que se origina la conciencia humana emergente: es precisamente esta suerte de insubstancialidad original nuestra que resulta maleable para los grupos humanos en conjunción que el oprobio biológico individual; o como escudo humano quizá pudiéramos calificar nuestra entidad neurológica, por cuanto es la mecánica de los grupos humanos que la mediatizan frente a la amenaza externa, y por mor de apiñamiento numérico grupal.

Pero entonces, ¿es acertado afirmar que la vivificación somatosensorial (o sea, la fisiología en su efervescencia siempre estética de alguna forma) sea en realidad intrascendente, puesto que parece ser que el mundo moral humana se abre a partir de esta geometría grupal y las imposiciones por parte de la misma que, de manera inherente, lleva la sensorialidad individual de cada uno de nosotros? El problema de la intrascendencia de la experiencia sensoria y fisioestética (esa intrascendencia que según José Luis Pardo en Poesía e historia espantara tanto a Hegel) puede muy bien radicar en el hecho de que no es de hecho intrascendente, sino que ya lleva de forma incipiente la marca filogenéticamente impuesta de la amenaza soberana, pero tamizada por el grupo; esto es, que llevamos en el tejido neural y somatosensorio nuestro el drama ya incorporado de la supervivencia grupal frente a su propia aniquilación, encapsulado como sí dijéramos, en nuestra pulsión vital de pertenencia respecto al grupo.

En todo caso, a partir de esto efectivamente se abre el plano base de la posibilidad moral humana: una amenaza soberana, como garante causal del apiñamiento colectivo, que adopta conceptualmente la forma del soberano político (el que decide sobre la vida misma), es también al mismo tiempo el grupo soberano, puesto que el individuo no es (en un sentido social) sino en su sometimiento al grupo; pero mediante nuestra capacidad de encandilamiento sensorial con las víctimas y los débiles -esto es, respecto de todo espectáculo corporal de abuso físico que no solemos tolerar por mucho tiempo (o una gran mayoría universal humana)- se erige el héroe soberano que corresponde en realidad casi con una capacidad sensoria nuestra de percepción, aunque es siempre un ser humano que lo acaba realizando de forma moralmente fáctica y en todo su furia, como una suerte de violencia correctora respecto el bienestar último del grupo; y por inversión lógica surge también la víctima soberana ante quien toda cultura, por distintos avatares conceptuales-culturales puede hincar rodilla (y no solo el cristianismo). Y, por ultimo, está la figura (más estética, como también una sensibilidad fisiocorpórea nuestra) del genocida soberano, como aquel individuo que vemos que, usurpando ilícitamente la posición estructural de la amenaza soberana, se ciñe hostilmente sobre el grupo mismo, que tal es su poder o el que no puede evitar codiciar…

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1Respecto de la antropología sedentaria, la fisiología humana ha de seguir cumpliendo con su configuración genética inherente (y marcado anteriormente por ese pasado nómada), principalmente en la vivificación, siendo eso el instrumento hacia una misma justificación y porqué de lo sociorraiconal, pero en un contexto diferente en el que la realidad física de los grupos humanos ha cambiado.

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