Otra sopa más de gansos

El juego del terrario terráqueo y una especie «defectiva» humana

Pongamos por caso práctico y medio de aproximación al asunto la situación de un estanque y alrededores donde se han asentado una bandada de unos 30 gansos de la especie que en Norteamérica se dice canadiense. Por lo que se ve, a partir de la primavera y durante el tiempo que tarden en madurar los polluelos hasta poder volar, los gansos se quedan, parece, afincados como grupo (o varios grupos juntos) en este mismo lugar y sus alrededores inmediatos. Los gansos son extremadamente cautos respecto a lo que les rodea y está claro que su baza principal de supervivencia es el grupo en sí. Y, sin embargo, el único depredador real con el que parece que se enfrentan los gansos son las tortugas carnívoras, cuyo medio de aproximación y ataque respecto de los gansos es el subacuático, esto es, desde abajo de la superficie del agua y solo cuando los gansos, con las patitas colgando, se deslizan, por ella. Naturalmente, la técnica o maniobra que siguen las tortugas sería la de morder la pata del ave y, si la tortuga es de un tamaño suficiente respecto al ganso una vez hincada mandíbula, arrastrarlo abajo hasta el fondo, siguiendo seguramente un patrón de caza similar al de los cocodrilos. Y de la realidad de esta dualidad  existencial mortífera, y de un nivel por encima y a espaldas del otro, atestiguan (muy probablemente) los frecuentes avistamientos sobre tierra firme de gansos maduros que, cuando andan, cojean de una pata, a veces de forma visiblemente dolorosa como resultado seguramente de un ataque de tortuga no exitoso (es decir, para la tortuga).

De simbiótica pudiéramos, entonces, calificar la relación en la que se integran amabas especies en el tiempo, siendo el beneficio para los gansos (puesto que la definición exacta y uso correcto del concepto depende de que los dos se beneficien mutuamente) el de Malthus, o sea: el sostenimiento en el tiempo precisamente de la especie por cuanto el numero de gansos nunca excederá la presión restrictiva de la presencia de las tortugas; naturalmente las tortugas, además del alimento, se benefician también de esta misma posibilidad de vida sostenida en, también limitada por, la otra especie. Pero claro, visto desde la óptica hipotética de administración de un sistema vivo y su manutención en el tiempo, estas dos especies son de esta forma compatibles en el hecho de que habitan (literalmente) dos planos diferentes totalmente inconexos entre sí; esto es, que los patos, cuando están sobre la superficie del agua, no tienen ni tendrán nunca consciencia de que exista otro ámbito de amenaza para sí más allá de lo que puedan ver sobre esa superficie; y aun habiendo sido atacado alguna vez por una tortuga desde abajo, no por eso adquiere el ganso la capacidad de anticipar ni adivinar ataques futuros acechando invisibles detrás de la superficie opaca del agua. O se puede decir, de forma quizá aun más pedagógica, que sobre la superficie el ganso es sujeto de su propia vitalidad metabólica, mientras que desde el anverso sumergido y subacuático de las tortugas, es objeto; y el paso de uno a otro ámbito, dentro de la mecánica más amplia de la vida en su conjunto, se hace sin mayores problemas gracias (¡y afortunadamente, sin duda!) al grado casi absoluto de inconsciencia y enajenación de las partes vivas implicadas.

Y, sin embargo, respecto al sostenimiento de la vida humana en contextos biológicos parecidos, dicha hipotética administración sería del todo imposible puesto que los dos ámbitos diferentes de la experiencia -bien como sujeto en la propia vitalidad de uno mismo, o bien como objeto en esa misma vitalidad pero subordinada al fin técnico de la manutención de otro- se unen a través de la conciencia nuestra que, de hecho, es capaz de sentir razonando muchas amenazas potenciales aun no explícitas, más allá de simplemente nuestra experiencia solo somatosensorial inmediato. Y es que a final un equilibrio así o algo parecido no sería sostenible técnicamente y como estructura en el tiempo, simplemente porque los seres humanos no toleraríamos la angustia y desgaste psicológico que supondría tener la capacidad de prever amenazas, pero no hacer ni enmendar nada al respecto; que de hecho nuestra historia social como especie pudiera decirse que se basa, quizá, sobre este aspecto de desafío -de total rechazo- a dejarnos claudicar, no solo ante las amenazas, sino también a que nos utilicen respecto a fines e intereses que percibimos que no son los nuestros propios.

¿Qué pasa, entonces, con esta especie verdaderamente singular dentro del terrario que es de hecho capaz de prever la consecuencias potenciales de eventos que todavía no han ocurrido, a diferencia de todos los demás entes vivos presentes que no pueden hacerlo?

Siguiendo con el caso hipotético de gestión y mantenimiento en el tiempo del terrario, nos vemos obligado, como gestores, a preguntarnos acerca de qué hacer con una especie que confunde irremediablemente los dos planos de su existencia, la de su fisiología como singularidad física y, a través de su capacidad cognitiva (aunque imperfecta), el plano más estructural en el que estamos condenados a la autocomprension de nuestra propia calidad de objeto respecto a otras fuerzas. Pero en primer lugar constatamos que los seres humanos tenemos la posibilidad de imponer lógicas que, bien mirado, nos ayudan a sobrellevar la angustia de ser de forma humana (esto es, en nuestra conciencia de la vulnerabilidad corporal): toda religión al final sirve para encajar este problema, según unas circunstancias históricas siempre especificas, que garantiza finalmente que el grupo no se deshaga, que es algo así como la vida misma estructural; y religión es, por tanto y siempre, una lógica como cauce por el que los seres humanos individuales viven su propia, vigorizada fisiología metabólica particular, pero sin que por ello se haga imposible el hecho grupal. Es decir, que toda religion o conjunto de ideas que, respecto de una cultural pudiera calificarse de tal, remite finalmente al grupo y su legitimidad nuevamente reforzada, al tiempo que sirve al individuo en el ejercicio de su propia individualidad metabólica y fisiocorporal.

Por de pronto hemos de reparar en la cuestión inicial acerca de el problema técnico que supone el hombre como especie dentro de nuestro terrario (y nuestra hipotética gestión de mismo), en comparación con todas las demás especies vivas que lo habitan: esto es, ellas sí pueden acoplarse en relaciones simbióticas de sostenimiento darwiniana en el tiempo y sin mayores problemas, pero el ser humano está «condenado» a soportar el problema técnica que supone la conciencia humana solo mediante el mayor violencia racional de la que es capaz, que es precisamente otra vertiente de la definición de lo religioso, como una imposición humana de necesidad sobre las circunstancias de la vida del grupo, que abre espacio a la fisiología individual al tiempo que el grupo queda reforzado. Evidentemente, el dilema moral respecto de un individuo sedentario como agente moral se presta a esta necesaria union de la fisiología nuestra aun nómada, y el sino técnico de la misma que es la manutención del grupo. Solo así se puede entender, por tanto, que la agricultura obligara al hombre a crear las divinidades antropomórficas ante el problema, precisamente, de su arraigo un tanto artificial y, en un sentido puramente fisiológica, antinatural. Efectivamente, la fisiología humana pasa, como si dijéramos, del contexto más o menos permanente de desplazamiento físico colectivo (este contexto que es la verdadera cuna de nuestro ser fisiológico) a una suerte de travesía moral de los contextos sedentarios que se sostienen, ahora, en realidad más fisiosensorialmente que respecto de lo estrictamente físico.

 

 

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