La forma humana de agarrarse al planeta:

La geometría opróbica de los grupos humanos

Partiremos pues del armazón moral base sobre el que se asienta después la estabilidad sedentaria, éste que consiste en el estímulo sensorial respecto toda singularidad somatosensoria frente al grupo de pertenencia; pues ya en solo la efervescencia fisiológica de  la percepción nuestra (un estado momentáneo que describiremos con el concepto prestado de qualia) se erige el escenario de  la imposición sociorracional del grupo. Es decir, que la vivificación sensorial, y los procesos metabólicos internos que acarrea, han devenido a través de la evolución humana en elemento detonador de la emergencia del sujeto social, puesto que todo grupo humano depende en su misma permanencia en el tiempo del encauzamiento parcial de la fisiología de sus componentes individuales; y el alimento que es la sustancia somatosenorial individual respecto la sociorracionalidad grupal, es también la dependencia técnica de ésta en aquél, lo que obliga a la inferencia de que, en caso de la merma o imposibilidad del ímpetu somatosensorial, no está estructuralmente necesaria la reconstitución sociorracional, o no al menos en la misma medida ni grado.

Es preciso, en este punto, observar que lo socio-racional y socio-moral son una y la misma cosa; o esto es lo que el empleo mío del término sociorracional pretende abarcar, sobre todo respecto al estado más arcano de los grupos humanos físicos que, naturalmente, sigue hasta hoy en día sujetando de hecho y en el fondo, la estabilidad antropológica ahora sedentaria.1 Pero como ya llevamos desarrollado, la antropología sedentaria requería universalmente de los espacios somatosensoriales para poder seguir el mantenimiento vivo de esta relación simbiótica como equilibrio entre estos dos ámbitos de la experiencia real y antropológica nuestra, puesto que el hecho anterior del desplazamiento físico de las sociedades nómadas se había diluido, poco a poco, en el arraigamiento agrícola. Y se produce una suerte de traslado del primer ámbito al segundo respecto un elemento ya presente anteriormente, pero que después se desarrolla bajo nuevas presiones del entorno sedentario. Este elemento común que después se irá magnificando, cogiendo poderoso ímpetu, es esta base moral que está ya inherente a nuestra experiencia simplemente somatosensorial (o fisiocorpórea).

Pero sobre todo sería importante postular una base fisiológica ocular que, como resultado de una evolución filogenética anterior, fundamentase el desarrollo <<ejemplarizante>> moral de la sustancia fisiológico-sensorial, pues no otro ha sido el pilar central sobre el que se asienta la experiencia cultural human a partir de agricultura. Y esto senciallamente porque la experiencia metabóblica que acarrea el estímulo ocular no puede considerarse en todo rigor físico, o al menos no en un sentido plenamente corporal, aunque sí moral, por cuanto las pulsiones emocionales dentro de nosotros que remuevan nuestra visión ocular, siguen regidos opróbicamente por las circunstancias sociorracionales del grupo, pero no de forma públicamente expuesta. Esto es, la misma mecánica de individualidad antropológica –ésa que requiere opróbicamente del sujeto social emergente- funciona consolidándose antes (normalmente) del acto moral humano (ese acto real y socialmente trascendente que sí está expuesto a escrutinio público y que implica consecuencias de tipo finalmente corporal).

Pero sería de esta manera que pudiéramos conceptualizar el problema –y la solución correspondiente- de la nueva antropología sedentaria: que ante la limitación espacial y esta suerte de desequilibrio fisiológico que supuso, no tuvo más remedio que recurrir a la experiencia virtual de la vivificación somatosensorial (y particularmente la ocular) para efectivamente abrir un espacio moral nuevo, para un tipo nuevo de ejercicio fisioantropológcio de la anomia individual, pero necesariamente a favor de la reconstitución y refuerzo, una vez más, del grupo y sus requerimientos orpóbicos. Pues ése y no otro sería el sentido instrumental, por ejemplo, de los dioses antropomorfos morales surgidos a partir de la agricultura y respecto universalmente de las grandes religiones que surgiernon –dicen- solo a patir de la agricultura debido simplemente a que eran necesarios en tanto que se trataba de sociedades que habían perdido el recurso de amparo, de efecto un tanto analgésico, que había supuesto el desplazamiento físico, más o menos permanente, de la experiencia cultural nómada anterior.

1Decimos naturalmente porque los grupos humanos se encuentran hoy en día (pero en realidad desde la aparición de la agricultura) expuestos a aun menos formas de selección natural, lo que puede esgrimirse como argumento a favor de la idea de que la evolución humana (biológica y sociobiológica) se ha ralentizado de tal forma que buena parte de nuestra biología ha quedado como constante frente a aquellos cambios de las circunstancias físico-espaciales nuestras que han ido sucediéndose en la historia sedentaria humana y su técnica (si bien dichos cambios implican en realidad cambios más fisiológicos que físicos respecto el mundo real que ocupan nuestros cuerpos).