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La violencia
-En tanto que supone el eje biológico de la vida como imposición: es lo que somos por cuanto seres homeostáticos que buscan la consecución del confort frente a la contingencia de nuestra vivencia de un cuerpo propio. Y satisfacer nuestras pulsiones y carencias, en este sentido general en unos y otros contextos y situaciones, se convierte para nosotros en poder.
-Hasta el extremo de que nuestra capacidad de imponernos sobre la realidad en general se convierte en fuente importante de seguridad existencial.
-Nuestra psique socializada, asimismo, arranca de la coacción de la pertenencia o no al grupo, a la que estamos sometidos como objetos sociohomeostáticos: una forma de amenaza permanente que vivencian nuestros cuerpos y de donde emerge, sin embargo, nuestra identidad más cortical.
-El conflicto dicotómico y la diferenciación son la llave que nos abre la intersubjetividad sociorracional; que es también decir la puerta de entrada a nosotros mismos como sujetos psíquicos, pues el pensamiento más causal nace precisamente en las yuxtaposiciones y las disyuntivas (la piedra angular de toda posibilidad sintáctica posterior).
-La violencia fecunda nuevos sentidos pues posee gran simpleza lógica y siempre supone un nuevo inicio tanto en el vencer como en la derrota.
-La violencia es para nosotros también una vía de intoxicación y desfogo; una suerte de droga liberadora de la que la cultura no se ha podido prescindir nunca (pues como imposición y en la enrevesada promesa de sentido inherente a ella, reconforta).
-Estamos altamente sensibles visualmente a la violencia probablemente a nivel límbico, pues hay pocas cosas tan relevantes para nuestra propia continuidad física, especialmente respecto a la violencia interpersonal y en el entorno más inmediato nuestro.
-El conflicto entre grupos humanos diferentes es la mecánica por defecto de orden antropológico y más sedentario; orden que, no obstante, tiende hacia una normalización no o menos violenta en tanto que la zozobra, el dolor y el sufrimiento ayudan a los seres humanos alejarse de -o de alguna manera domeñar- la violencia más corporal y cruenta.
-De hecho, parecería que la historia de la civilización es siempre también un proceso de «descorporeización» que sustituye parcialmente la violencia corporal por contextos miméticos de autoincoacción psíquica, y por una tendencia general hacia la anticipación titilante y tensionada de la violencia por medio sobre todo de imágenes, más que por su realización efectiva (si bien ésta no desaparece nunca del todo).
-Y esto esencialmente porque se trata de una forma de violencia ahora estética, es decir la manifestación de violencia más útil dentro de toda trayectoria antropológica universal. Si bien y como ya sabemos, no puede desvanecerse por completo la promesa de la violencia real pues esta ha incidido de tal manera en nuestra evolución biológica y sociobiológica que su marca en nosotros es indeleble y su mecánica a la que aún se deben nuestros cuerpos.
La eficiencia energética (metabólica)
-De la misma manera que el carácter emergente límbico-cortical de nuestra cognición incide en el tiempo sedentario, el hecho biológico de la limitación del total de energía disponible acaba por delimitar los límites de nuestra experiencia tanto como individuos como también sociedades.
-Particularmente, cualquier forma, modelo o esquema de organización social, tanto respecto a una antropología histórica “natural”, según una u otra experiencia cultural anterior, como en el hipotético caso de antropología contemporánea (planetaria) límbicamente intervenida (tipo cromático), acaba configurándose tempo-estructuralmente y de forma inexorable según las posibilidades energéticas agregadas disponibles.
-Respecto a un contexto antropológico cuyo plano límbico quedase hipotéticamente sujeto por otra entidad humana gestora, debido a esta cuestión se estaría obligado a una labor constante de proyección del tiempo a través varias generaciones, con la más que probable irrupción en la vida física colectiva de una organización fisiológica determinada prevista, con el propósito de limitar haciendo más eficiente el gasto metabólico agregado del conjunto de la especie. Si bien dichas cauces fisiológico-temporales se entenderían no en su sentido técnico real sino bajo otras premisas lógicas formales que, crucialmente, asegurasen la continuidad de el ejercicio fisiológico-cognitivo humano (lo que la verdad técnica mayor y compleja, conociéndose en toda se crudeza en principio y como sociedades, impediría).
La ilusión subjetiva
-El hecho de que vivenciamos como falsos sujetos psicológicos nuestra realidad más estructuralmente sustancial de objetos límbicos no solo del tiempo -que también- sino de nuestro propio grupo cultural, se traduce sobre un plano práctico en una tendencia en nosotros a preferir y buscar una posición de fuerza sobre las cosas.
-Parecería que en las sociedades tecnoconsumistas tienen especial relevancia en este punto, pues el sujeto moderno, originalmente occidental pero ahora mucho más universalizado, se debe en grado significativo a su capacidad de imposición sobre la realidad con la que nos equipa la tecnología históricamente creciente; y el marco de discernimiento clientelar de la experiencia consumista actual, por otra parte, también puede entenderse como una vivencia intensamente agentiva, o tal nos parece cada vez que optamos por una u otra compra.
-Pero una comprensión evolutiva de la cognición límbico-cortical humana, de su papel como piedra angular de los grupos humanos y el hecho de que la experiencia después sedentaria quede también fuertemente condicionada por ella, aboca a la conceptualización de nuestra parte límbica como el verdadero elemento superior jerárquico (en tanto nuda vida corporal finalmente colectiva) que en realidad instrumentaliza el ascenso cortical, es decir, nuestra consciencia más completa y focalizada.
-La cultura humana (y por lo mismo también la identidad individual) es pues un producto en todos los casos de este un insumo límbico-corporal anterior (el vector y vehículo colectivo real de la especie en el tiempo); cultura e identidad son, desde una óptica estructural y técnica, accesorios imprescindibles, pero también maleables, elásticos y ajustables según, precisamente, las circunstancias reales históricas.
-O por lo menos conviene seguramente como podamos participar de este tipo de ejercicio intelectual en el que le fuerza a usted a abarcar, por un momento, nuestra complejidad tempo-estructural más allá de solipsismo homeostático de cada cual; respecto a esa opacidad en la que surge la razón humana huérfana de su propio origen límbico-sociohomeostático y al que la cultura sedentaria posterior ha tenido que aprovechar como gran compaña de regreso “espiritual” y religamiento del individuo, según unos y otros credos y dispositivos en este sentido históricos.
-Aunque la prioridad (continuando un poco más con este ejercicio) no deja nunca de ser el revelo generacional tal y como este se produzca, según cualquier alteración, cambio o ajuste que hagan necesarios las contingencias; revelo en sí y de por sí que es el sentido último de todo, se arrope cortical y culturalmente como se arrope y tenga finalmente el aspecto y características históricas que tenga.
-Pero la tecnología es poder de imposición y nunca nos hemos podido sacudir la seducción homeostática que es nuestra vivencia del poder y que, a grandes rasgos y dicho a brocha gorda, nos suele hundir cada vez más profundamente el el solipsismo de nuestra imposición por imposición, una violencia vital y voluntad a la vida que sin duda nos pide el cuerpo, pero que convierte la tecnología en suprema (potencialmente definitiva) amenaza de la especie.
A no ser que podamos contar que un regidor homeostático que gestiona, desde el plano límbico terrestre y antropológico, el tiempo de la especie…
(¡Y mire usted por dónde, justo de esto estamos hablando!)