Imagen tomada en algún monesterio del Camino de Santiago (vía o sección “aragonesa”)
Todo significado humano (a igual que la psique individual), parecería que nace del grupo; y el grupo cultural y antropológico se sustenta sobre el peso de la muerte (a la que había que atribuir sí o sí un sentido como constructo cultural).
La concepción de sacrificio es una manera de darle sustancia a la muerte y que ya en sí es una forma de aceleración puesto que siempre, tarde o temprano, llega ésta.
Así, muy bien puede ser que le reconforta el hombre cuando este se adelanta a ella en la vivencia de control que es su percepción del poder que él entiende que le asiste al ejercitar él mismo de ejecutor.
La ambivalencia inherente la ratio sacrificial mitológica (cuanto mejor y más preciado sea lo sacrificado, tanto mayor el retorno buscado) parecería ahondarse en la sospecha que de la violencia ejercida, si bien busca arroparse de una apariencia ritual e institucional incluso respecto probablemente sus modalidades más arcaicas, en sí misma reconforta a los grupos humanos al tiempo que, escenificada teatralmente, se convierte en tanto espectáculo social en gran argamasa metabólica a la vez que piedra angular de lo intersubjetivo, y de carácter, además, esencialmente incruento puertas adentro del grupo propio de pertenencia.
De esta manera sería lo más lógico entender que los grupos antropológicos se erigieran originalmente frente a, pero en realidad sosteniéndose en, el gran adversario existencial que es la muerte misma y cuya causalidad última se acaba atribuyendo frecuentemente en la historia, por lo que se ve, a formas y fuerzas divinas varias.
Siendo, además, posible proyectar nuestro ímpetu feroz como voluntad a la vida contra cualquier enemigo humano colectivo que circunstancialmente fuese designado como tal.
Evidentemente, respecto la trayectoria sedentaria de cualquier civilización histórica, sería sin duda importante, sin embargo, que este críptico gozo nuestro metabólico de la aparición de la violencia fuera, en volandas de las imágenes, haciéndose por lo general cada vez más «simbólico» y virtual, para ir retirándose en algún grado y medida–pero nunca completamente– del plano corporal físico.
Formidable dispositivo sedentario es pues la infernal ratio1, en tanto que una producción de imágenes catárticas de la mayor seriedad límbica para nosotros que, sin embargo, implican mucho más beneficiados metabólicos (potencialmente millones y millones) que cuerpos humanos físicos menoscabados.
(Nótese, por otra parte, cómo la violencia y lo sagrado están para nosotros irremediablemente confundidos y amalgamados entre sí.)
Y que lo sagrado, como representa una complejidad a la que nuestra inteligencia, fundamentada en un plano límbico-homeostático, no puede llegar (pues ¿cómo entender que soy y me individualizo gracias, en realidad, a vosotros?), lo utilizamos para afirmarnos sobre el plano quizá más importante que es del yo psíquico que solo es gracias a la unicidad “misteriosa” que son los nuestros.
Es decir, no lo entendemos racionalmente sino ritual e indirectamente, pues consustancial al hecho de todo yo psíquico es también la opacidad respecto el verdadero entramado colectivo que lo fundamenta y con lo que estamos límbicamente enlazados al tiempo que corticalmente enajenados.
Límbicamente entrelazados al tiempo que corticalmente enajenados, así de difícil es la cognición humana por su carácter emergente y en su aprehensión antropológica y tempoestrcutural.
Pero vamos a intentar después todo que la dicha aún sea buena y pese a estos momentos actuales tan posteros ya…
Una cuestión de fe, nuevamente y en apariencia, pero que en el fondo supone un optimismo vital que nos brinda un sentido reencontrado a las cosas (concretamente aquí, el de que la humana condición contemporánea consta de nuestra muy necesaria tutela fáctica y planetaria, a partir de un control y administración límbicos a nivel de especie)
(¡Nada menos!)
Pero tienes que creértelo (aunque mucho menos temerlo una vez que se acepte su contemplación)
…Pero tú mismo/a
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1Descripción de la infernal ratio como armazón sociohomeostático profundo:“ …Así se ha de avenir en el reconocimiento de la moralidad humana –tanto en su capacidad de provocar la experiencia fisiológica de la culpa en el individuo como también la indignación ética y compasiva—como algo así como la gran fogata comunal alrededor de la cual gira el tiempo sedentario; y es el surgimiento histórico de las epistemologías jurídico-divinas lo que ha permitido crear la leña como combustible de la que provisionarnos a partir del acontecer colectivo y su teatralización del sino personal ajeno, de lo que estamos sin duda filogenéticamente condicionados a no quitar ojo nunca (porque en ello se nos va el mismísimo cuerpo propio como destino potencial nuestro, al menos parecería que así experimentamos los padecimientos ajenos contemplados)”… En Trampa del ser frente a al estar… Y “infernal” desde una óptica de la ética humana porque impone una lógica sacrificial universal subyacente respecto al tiempo sedentario cultural y colectivo, pues solo con unos pocos cuerpos humanos menoscabados y con en el espectáculo de sus padecimientos de una u otra manera teatralizados, se está efectivamente equilibrando todo tiempo cultural a partir de su mecánica límbico-cortical emergente. Es decir, una ratio a favor de los beneficiados metabólicos a partir de solo unas pocas víctimas reales, pero sin duda infernal porque nos debemos a ellos como parte de la arquitectura no solo de nuestro tiempo generacional, sino respecto a la propia psique finalmente socializada de cada cual (o sea, como grandísimo marronazo lo veo yo desde luego).
Zonas antropológicas de interés y los marcos homeostáticos instrumentalizados (apuntes)
El término «sociohomeostático» (1) frente a «marco homeostático» (2)
El término (1) es una forma de relevancia, quizás decir «valencia» que cabe necesariamente dentro de (2); se refiere a una relevancia/valencia de pertenencia homeostática, lo que surge solo a partir de un grupo originalmente vivencial y físicamente fático.
La pertenencia homeostática fundamenta la sociohomeostasis que se hace valorar después respecto de múltiples grupos y sus correspondientes valencias de pertenencia. Es decir,el locus homeostático de pertenencia de un grupo humano determinado puede asumir algún tipo de relación con otros grupos diferentes; relaciones de tipo colaborativo, para el matrimonio, de intercambio económico o de hostilidad guerrera, si bien en todo los casos y respecto especialmente la antropología sedentaria, la apariencia agonal de todas esas relaciones (en cuanto particularmente a la violencia intergrupal) son formas estructurales complejas de una enrevesada estabilidad en el tiempo colectivo y siempre generacional, y pese a su conflictividad real y a veces letal.
Múltiples especies vivas y grupos humanos diferentes sobre un mismo marco homeostático:
Respecto de un marco homeostático mayor, no tiene por qué haber una valencia homeostática común, pero sí que puede haber interferencias parciales: los perros y los humanos, por ejemplo; o cuando los humanos imitan los cantos de las aves. O las distintas situaciones puntuales en las que podemos todos nosotros ser entenados culturales ante la necesidad de ensanchar en algún grado nuestra receptividad tanto fisiológica como actitudinal a lo culturalmente ajeno.
Porque hemos dependido, circunstancialmente, de un grupo cultural ajeno para sostenernos en cualquier sentido normalmente pasajero…
Un caso en concreto:
¿Son los perros unos infiltrados límbicos puesto que su supervivencia como animales domésticos parecería que hubiera dependido de su capacidad de congraciarse límbicamente con sus amos humanos imitando y haciéndose aparentemente susceptibles en sus propias respuestas “afectivas” a las emociones humanas?
Es decir, puede haber múltiples (innumerables) locus de valencia homeostática dentro de un mismo marco homeostático, respecto de diferentes especies naturales o subgrupos variantes dentro ellas, como también respecto a diferentes grupos humanos que, a su vez, se dividen frecuentemente en unidades colectivas (clases, facciones, etc.) más pequeñas e individualizadas.
La sociohomeostasis se refiere, por tanto, al locus de pertenencia/valencia que obliga en algún grado a todo individuo vivencialmente presente y susceptible de dejarse regir límbicamente por un locus colectivo determinado.
Una suerte de relevancia, entonces, que sería algo así como el vector original de la evolución biológica; pero también irrelevante en cuanto a cualquier entidad sociobiológica colectiva (humana o animal) respecto a la que nuestro cuerpo no haya entablado ninguna relación de dependencia vital directa.
Punto clasificatorio que abarca y unifica todas las especies “sociales”
Tan poderosa es la fuerza gravitacional de la pertenencia que es en realidad la presencia física y espacial el punto original de imposición sobre cualquier esfera identitaria, sin bien los sujetos socializados quedan capturados normalmente por la fuerza fisiológica de su propia identidad homeostática ya consolidada.
Pero eso es entender también que seguimos siendo susceptibles sobre un plano puramente espacial, y si este último cambia o sufre repentinas alteraciones, estamos corporal y límbicamente abiertos a establecer (por necesidad vital sobrevenida) nuevas valencias sociohomeostáticas, pues el cuerpo límbico por instinto gravitará hacia los otros cuando se desdibuja cualquier orden sociohomeostático y cultural anterior; circunstancias extremas en las que importarán mucho menos, o apenas nada, la diferenciaciones culturales anteriores respecto a unos y otros seres humanos que se encuentren en este mismo marco homeostático nuevamente avenido.
homeostático VERSUS sociohomeostático
Entiendo que para los seres humanos (¿para todas las especies sociales?) lo sociohomeostático supone el inicio de lo cortical; no necesariamente de consciencia plena pero sí ascendida.
Lo homeostático es biología individual, la sociohomeostasis, en cambio, es biología de los grupos; es decir en el caso de los seres humanos una biología antropológica, puesto que para los seres humanos –y otras especies sociales—la vida como supervivencia evolutiva probablemente deba entenderse en términos de grupos y no –o menos directamente—en función de los individuos.
Y así, nos vemos obligados a concebir la psique humana también en su aspecto estructural y utilitario, pues es el nexo entre los cuerpos físicos yel ser ontológico e intersubjetivo.
“Un «estar» más límbico que asciende y se hace cortical” sería otra manera de decirlo, al menos en castellano y dado que no existe esta misma posibilidad léxica al partir delunidimensional to be del inglés)
O visto al revés: cual traje de neopreno, el ser ontológico y cultural emboza a los cuerpos físicos que, como la joya más valiosa a resguardar, se quedan a buen recaudo en una periferia de distanciamiento metabólica, mientras que las contingencias del mundo racional-moral (o sea, el espacio intersubjetivo) se dirimen sobre un plano, si no público sí que susceptible de entenderse y descodificarse después según una lógica y óptica culturales históricamente determinadas, a partir a grandes a rasgos de una experiencia cultural concreta anterior y originalmente física.
Por eso el ser habría que verlo, en realidad, como subalterno respecto del estar.
Por eso, y vista desde una óptica estructural, es tan evolutivamente importante que seas tú; que asumas una personalidad propia socializada para poder participar efectivamente en el espacio intersubjetivo de tu propio grupo cultural.
Si bien el sentido último más profundo de todo sigue siendo, no obstante, la continuidad en el tiempo del estar corporal colectivo.
Y a esta especie de impasse que surge simplemente de la configuración de nuestra cognición en su vertiente colectiva y que queda normalmente velada y opacada, muchos de vosotros lo llamáis “espiritual” y propio de lo “sagrado”, siendo que es ciertamente eso.
Sin embargo, hay otra manera de entender esta circunstancia, lo que confiamos quede algo más aclarado a partir de las ideas desarrolladas en este blog.
Libertad como interés homeostático
Todo organismo goza de una libertad homeostática en este sentido por el hecho mismo de estar vivo; una limitación de este gozo como libertad surge, sobre todo para los organismos más neurológicamente avanzados, cuando la necesidad se torna malestar, dolor y sufrimiento en general
(Ojo: “avanzados” precisamente en su capacidad mayor como organismos de experimentar el dolor y, por ello, de sufrir).
Esta libertad homeostática universal podría entenderse, quizás, como una libertad menor en tanto que los seres humanos estamos necesitados de otros espacios culturales desarrollados precisamente para nuestra propia imposición vital.
…Es de suponer debido directamente a la propia condición sedentaria que desde hace ya milenios acoge en su seno el críptico problema de una fisiología originalmente nómada que subyace a dichos contextos; un problema o circunstancia digamos de tipo logístico que obliga, además, a procesar de otra manera la violencia, y el dolor y la zozobra que ésta desencadena dentro de los marcos humanos de pertenencia.
Lo que hace necesario entender que la salida individual a distintas formas de imposición/definición vital, en tanto que espacios de realización y desfogo, sobre todo metabólicos, a disposición de los sujetos homeostáticos, se convierte en un requisito estructural a favor del sostenimiento del sistema en sí colectivo y ante el problema técnica que supone la inmovilidad agraria para una fisiología sociohomeostática originalmente nómada.
Ser a partir del estar sedentario
El interés homeostático de los individuos pues se amplía ahora –a partir en realidad de la antropología histórica más arraigada e inmóvil- pasando a ocupar ámbitos simbólicos, abstractos e inicialmente incruentos gracias a un mayor desarrollo semiótico y, finalmente, sobre un plano ya plenamente epistémico.
Gracias originalmente, parece que está claro esto, a la religión.
Pero aquí la libertad se aplicaría también no solo a los espacios simbólicos sino también respecto al movimiento del cuerpo dentro de contextos miméticos1 en los que los daños físicos quedan excluidos; respecto también la vivificación simplemente estética, y todas aquellas actividades humanos que, en el volcarnos en ellas, nos libramos de la imposición cortical que es nuestra consciencia misma plenamente ascendida.
Una libertad plena, pues, incluiría cierto derecho parece que también inalienable (porque lo impone nuestra propia cognición) a sustraerse uno y una del granítico peso del rigor cortical de nuestra experiencia de nuestro propio yo consciente.
Si bien, vista desde un punto de vista evolutivo, nuestra intolerancia al aburrimiento como especie parece redundar en una fantástica afán vital de mover y proyectarnos hacia nuestra propia realización energética, hacia el futuro mismo vital (lo que debe de suponer un gran valor evolutivo, quiero decir).
Ahora bien, toda variante de libertad puede restringirse; de hecho se concibe toda estabilidad antropológica como un punto de logrado de equilibrio entre cualquier ímpetu vital desinhibido y su eventual limitación/definición que respecto al mismo ofrece el propio marco antropológico.
Y es asimismo inherente a la configuración sedentaria (en realidad a la biología misma) la cantidad de energía disponible, siendo necesario entender que el restiringir en cualquier sentido la libertad como ímpetu vital, es también un definir sistémico respecto de la totalidad de energía metabólica disponible y un gasto/implementación eficiente del mismo.
De manera que quizá sea importante subrayar que, como la homeostasis biológica individual es primaria respecto de cualquier configuración sociohomeostática ulterior, ante cualquier necesidad histórica sobrevenida de administrar con aún más eficiencia los niveles agregados de energía disponible, sería lógico suponer que, siendo ambos marcos homeostáticos susceptibles de recortarse en términos de gasto energético, fuera probablemente preferible ralentizar los planos sociohomeostáticos antes que la homeostasis individual.
(Aunque, como digo, ninguna de las dos formas de reducción tiene por qué descartarse)
La cuestión mejor planteada sería, entonces, la valoración de la vida respecto de marcos antropológicos en los que el plano sociohomeostático se ha recortado (esto de hecho de forma actualmente pública y evidente, si uno se propone escrutar con siquiera con un mínimo de atención); respecto de espacios sociales en los que ya no es tan necesario reconocer al otro porque no es ya tan necesario ser uno o una misma, o por lo menos de una manera que hasta ahora hubiéramos entendido como histórica.
Porque podemos seguir siendo sociohomeostáticos de forma ahora predominantemente virtual, pero no respecto a espacios plenamente antropológicos que presuponían una otrora interactuación física e interpersonal de mucho mayor grado de intensidad y frecuencia.
Eso que desde en realidad probablemente hace 2 ó incluso 3 décadas ya no se da al mismo nivel histórico anterior.
(O así es como lo he percibido yo desde la primera vez que recuerdo que empecé a percibir atisbos inaprehensibles, ya en los años primeros 90, de cierta desaceleración del mundo social que observaba)
Pero a mí me gusta la figura del perro como imagen también de la humanidad en estos tiempos extremos, pues una especie diferente que se hubiera hecho límbicamente relevante dentro de nuestros propios marcos homeostáticos, y hasta poder participar parcialmente de la sociohomeostasis humana, deviene ahora un recurso de ahorro energético.
Me explico (…ma non troppo):
No solo o necesariamente nos denigra la imagen o figura del perro aplicado a los seres humanos, sino que permite quizá ver con mayor claridad nuestra condición corporal y homeostática; condición que, como aquí argumentamos, rige no solo la biología y la psique individual, sino la antropología misma.
Pero nuestro ser cultural se suele avergonzar de este estar perruno más profundo que nos fundamenta; y la cultura universal (siempre pero en diferentes grados, eso sí) tiende a maltratarlo y despreciarlo (pues ¿qué perro no haya ensuciado alguna y más veces el salon de estar de cualquier marco antropológico específico?)
Pues, por ejemplo, el estar no habla (solo el ser tiene voz); es decir, para poder decir algo hay que pasarse al ser, es decir dejando atrás el estar.
(Evidentemente, la parte lingüística del marco sociohomeostático nuestro está casi del todo vedado a nuestros amigos caninos)
Y también podríamos decir que los perros nunca son realmente sino siempre están.
Y por lo que puedo yo inferir, eso debe suponer un ahorro energético metabólico importante y al que se estaría técnicamente obligado ante la necesidad y respecto de todo contexto agregado y antropológico en donde sustituirse pueda el ser con el simple estar.
Pero aunque no te gustan los perros, forzoso es (probablemente) convenir en que, por las razones aquí esbozadas, suponen un coste metabólico menor y de ahí su valor como modelo técnico a implementar.
Aunque ni ellos ni usted tengan la culpa de que el estar sea siempre más metabólicamente eficiente que el ser.
(Cosas que pasan)
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1 Término usado con la acepción empleada por Norberto Elias en, por ejemplo, El proceso de la civilización (1938), a diferencia del uso diferente respecto de “mímesis” y lo “mimético” que presenta en su obra René Girad; acepción esta última que entiendo es la más común que se suele oír por ahí y no tanto la primera. La primera acepción en el sentido de algo que imita la realidad en tanto que no conlleva consecuencias físicas inmediatas para los participantes; mientras el sentido renegirardiano del término se refiere a la imitación como espiral de anhelos cruzados entre las partes que suele conducir a desenlaces frecuentemente violentos entre las personas.
Punto 26 Cuando por razones energéticas agregadas mengua el ímpetu vital inherente a la cultura que por sí misma ya no se impone como antes, será necesario crear episodios de gran azoro y zozobra con el fin de seguir sosteniendo límbicamente la viabilidad sedentaria con el fin último de que la cotidianeidad cortical colectiva, respecto universalmente cualquier marco socio-homeostático cultural, sea soportable para los propios habitantes físicos; para electrizarles de alguna manera en el albor de una nueva quietud que, acto seguido de cualquier alteración significativa, se vuelve a abrir (porque clave aquí en este asunto es la continuidad humana en su vertiente macroeconómica y, mientras dure, la consumista; y de esto último conviene no olvidarse nunca).
Punto 27 La homosexualidad puede entenderse antropológicamente como una bomba de calor estructural, pues estamos todos límbicamente imbricados en lo más hondo con el asunto, tanto en nuestros propios impulsos como susceptibles a su poder diferenciador; una posibilidad de diferenciación que sostiene también en lo más hondo la psique humana y de la que las culturas tienen que echar mano, sobre todo las más sedentarias, para proporcionar vivencias límbicas intensas –aunque no directamente cruentas—para poder ser seguir suportando todos nosotros la planicidad existencial que ocupan nuestros cuerpos y que tan esencial es para la cultura financiara contemporánea (porque es el mercado, amigo, la prioridad última en este asunto y su continuidad el tiempo).
Punto 28 Servirse la cultura de un plano límbico en el decurso de cualquier generación aboca a la creación de cauces metabólicos con los que estamos electroneuroquímicamente imbricados, para que, como sujetos homeostáticos ya socializados, hayamos de afanarnos en uno u otro sentido, parar abrazar, rehuir o intentar sobrellevar de una u otra manera, el accidente de nuestra propia configuración memorística individual e íntima, lo que a nivel agregado estructural supone alcanzar (en tiempos normales) cierta estabilidad a través de la proyección de múltiples individuos en la tarea de ser ellos mismos una y otra vez frente a los demás y a medida que vayamos entrando en la madurez. Pues debido a la bipartición de nuestra cognición (de lo límbico a lo cortical como bucle incesante) el quehacer de sociohomeostático de ser tú mismo o misma tampoco parece dar tregua. Pero gracias, por ejemplo, al sexo en general, junto con el psíquicamente potente el qué dirán, el periplo y gran aventura sedentaria de ser uno mismo, un día sí y otro también, es de lo más titilante y, finalmente, de lo más serio (o así parece que lo vivenciamos y pese a una extraña calidad de oquedad o vacío que también reviste el yo como constructo cultural).
Punto 29 Respecto la individualidad psíquica, la fuerza límbica quizá más importante (¡y feroz!) es la de la pertenencia homeostática del individuo a su propio grupo antropológico; pero esto no como idea racional que el individuo comprenda y porte consigo pudiendo explicarla, sino como ímpetu visceral y una ciega (por preconsciente) voluntad fisiológica a la vida misma, pues el quedarse defenestrado o defenestrada de nuestro propio grupo cultural (de “los nuestros”) evolutivamente suponía el fin físico del individuo; y también de un poder homeostático sobre el individuo límbico prácticamente absoluto debido probablemente a que se trata sobre todo de una imagen mental de nuestro propio autorreflejo social frente a los nuestros (es decir, como una operatividad veloz y decisoria por consistir en una experiencia “neuro-estética” sobre la que solo después podemos acaso reflexionar). Cualquier propuesta de rección límbica de los marcos antropológicos terrestres históricos ha de partir necesariamente de este punto nexo entre el individuo y los grupos culturales identitarios.
Punto 30 El fondo límbico universal de los marcos antropológicos y su imaginaría varonil de efecto homeostático decisorio para nuestros organismos, obliga a las sociedades humanas al empeño permanente de una resistencia y contrafuerza corticales (es decir culturalmente razonadas) en pos de proteger o compensar de alguna manera la maltrecha figura femenina (pues el dolor, si bien es otro «motor» cultural, los marcos sedentarios agrourbanos no lo toleran así como así y puertas a dentro del propio grupo cultural). De modo que, como respecto a otros muchos puntos estructurales, se establece cierto equilibro «complejo» entre un plano cultural que en realidad se fundamenta en su resistencia, hasta cierto punto, a nuestra propia configuración socio-límbica como individuos psíquicos. Y eso, en rigor, mucho antes de la existencia del feminismo histórico propiamente dicho, pues se trataría de algo inherente a la antropología sedentaria y respecto al sustrato límbico humano sobre el que se asienta en el tiempo histórico (si bien gracias en parte el feminismo sabemos que el patriarcado es un problema desde un punto de vista ya científico).
Punto 31 Entendemos que tiene mucha importancia (digamos terapéutica) abordar la epistemología como fundamentalmente una exigencia estructural que imponen los marcos antropológicos sedentarios: porque la intersubjetividad cultural necesita una salida cortical continuada; para que la violencia como imposición humana pueda así trasladarse de lo corporal a un ámbito puramente metabólico (y por tanto inicialmente incruento), y porque de esta manera la fisiología socio-homeostática humana originalmente nómada se acomoda más fácilmente a una inmovilidad existencial colectiva no autóctona….Pero es asimismo importante este particular acercamiento estructural debido principalmente a la vacuidad que subyace a la mecánica emergente de los grupos humanos y su fáctica constitución histórica por medio la cognición individual (¡de ahí su asombrosa maleabilidad en el tiempo generacional de la especie que, espoleada por lo vacuo de cada una de las partes, busca rellenarse a través de su relación con el otro!); una importancia de la insustancial como gran baza evolutiva y a la que la funcionalidad cultural no tiene más remedio que enfrentarse por medio de una utilitaria comprensión moral-racional de nosotros mismos y todo lo que sea virtuoso; si bien la cultura –la civilización- jamás puede aceptar esta calidad quimérica porque sitial de sí misma y de la verdad, de toda verdad salvo la estrictamente técnica. (¡A seguir callándonosla pues!)
Punto 32 Somos sujetos homeostáticos dependientes, en realidad, de dinámicas solo correlativas y no total ni siquiera firmemente causales (pues la intersubjetividad se pretende y se pretexta racional y coherente, mientras que su función técnica real es el sostenimiento simplemente sociohomeostático en un tiempo colectivo y generacional cualquiera). Pero es asimismo hecho patente que nuestra percepción de una causalidad como orden en las cosas nos reconforta sobremanera, pues el discernimiento en este sentido constituye una fuerte recreación límbica de nuestra pertenencia al grupo y el renovado porqué mismo de nuestras propia psique socializada…Por eso la gestión de los marcos antropológicos terrestres, y respecto de cualquier dirección proyectada que se pretenda sobre los mismos, ha de revistarse de unas lógicas mínimas que efectivamente puedan entenderse desde la óptica del usuario homeostático; lógicas de causa y efecto que han de percibirse como tales, si bien su sustancia causal real corresponde a otro plano mayor, respecto a otros objetivos y metas sistémicos que se extrapolan por completo de horizonte vital solo homeostático. El gestor antropológico, por tanto, ha de entenderse, entre otras cosas, como gran proveedor de lógicas causales como parte de un alimento homeostático en tanto servicio sostenedor brindado (lógicas cuya importancia reside en su uso correlativo y no en la calidad empírica real de las mismas)
Punto 33 Los sujetos homeostáticos participan de su propio tiempo generacional por medio de cauces semióticos que se les han de ofrecer (ideas, lógicas, ejemplaridades, etc.), para que se valgan de ello en su propia ejercicio límbico-cortical, como eje psíquico individual y en la gran aventura sedentaria que es el forjar y acarrear cada uno con su propio yo moral. Por analogía con la imagen de un escritor que en su quehacer abre mundos metabólicos gozosos a sus potencialmente ilimitados lectores, el espacio público cultural entendido en su mayor extensión constituye también una delimitación similar respecto de un gran marco neuroquímico creado por un número reducido de figuras públicas que se guioniza en última instancia, sin embargo, a favor de los grandes agregados demográficos en el tiempo metabólico de una sucesiva generación. Hace aquí bien, pues, el autor que juega con la duda de que si, a su vez, tendría posiblemente por encima su propio autor/guionista, lo que no tendría por qué implicar necesariamente ningún menoscabo para él, es decir, el autor de menor jerarquía estructural, pues una vez entendido el fin último mayor estructural y agregado, el quejarse seriamente en este sentido solo se entendería como desquite fisiológico (y como tal muy justificado de vez en cuando sin duda)…Más interesante sería que, extrapolando la analogía a una realidad político-económica mayor, otras personas públicas cuestionasen su propia función guionizada y de cara a esos mismos agregados demográficos-metabólicos a los que en realidad sirven pese a todo y aunque sea como fuerza revulsiva de alguna forma del mal (quiero decir que también nos beneficia y frente a la que nos hemos de seguir definiendo como los sujetos morales que entendemos que seguimos siendo). ¿Qué otro sentido podría tener la figura de un Elon Musk, Zuckerberg, Trump, et al. si no? (Y de gran valor psicológico es que las cosas tengan sentido, amigo; pero tú mismo/a)