Ejemplos históricos de alimento metabólico estructural: Teodosio el Grande (347-395) y el sostenimiento después apocalíptico cristiano [apuntes]

Originalmente publicado en inglés en el año 1971

1En las últimas décadas del siglo IV el cristianismo se impuso por vez primera como la religión mayoritaria del Imperio romano. Movilizado por sus obispos, el cristiano de la calle había conseguido lo que deseaba. Las comunidades cristianas del 380 deseaban un imperio ≪cristiano≫, purgado de la onerosa herencia de los dioses y gobernado por un monarca que compartiera sus prejuicios contra los judíos, herejes y paganos. Los emperadores les otorgaron sus cabezas. Fue una inteligente jugada por su parte, pues las ciudades del Bajo Imperio eran como junglas, sin apenas vigilancia y constantemente amenazadas por la hambruna y las revueltas…(pág.103)

…Los habitantes de las ciudades debían ser cortejados y mimados si se pretendía que estuvieran tranquilos. El Imperio romano continuaba subsistiendo como una ≪comunidad de ciudades≫, y en este consorcio el obispo cristiano, que ahora gobernaba amplios grupos y estaba respaldado por la violencia de los monjes, había obtenido un rango relevante. El emperador Teodosio perpetró el baño de sangre de Tesalónica; sus estatuas fueron derribadas y machacadas a golpes por los ciudadanos de Antioquia; sin embargo, ha pasado a la historia como ≪Teodosio el Grande≫, el ejemplar monarca católico….(pág.104)

….El emperador se había aliado con los movimientos de profundas raíces de las grandes ciudades del Imperio. En Milán se inclinó debidamente ante el obispo san Ambrosio; en Roma adoro a Dios en el templo de San Pedro, e hizo sus limosnas en el interior de una magnifica y nueva basílica dedicada a san Pablo (S. Paolo Fuori le Mura). En Alejandria perdonó las atrocidades de Teofilo. Como el duque de Plaza de Toro, Teodosio el Grande guiaba su regimiento desde la retaguardia; el y su corte seguían, con una excepcional sensibilidad, el cambio sísmico que había colocado al obispo cristiano y al hombre santo a la cabeza de la opinión popular en los centros neurálgicos del Imperio….(ibid)

…Los monjes, naturalmente, no representaban más que una escasa proporción de la población del Imperio. Sin embargo y paradójicamente fueron justo esos excéntricos quienes convirtieron al cristianismo en una religión de masas. Y lo consiguieron sobre todo gracias a su habilidad para concentrar en sus personas la religiosidad del romano medio, ahora convertido en cristiano. Era esta piedad muy diferente de la devoción introspectiva de las centurias precedentes…(ibid)

La agonía de lo inmóvil

Debido probablemente a la naturaleza emergente de nuestra cognición y la presión que la mecánica de los grupos antropológicos ejerce sobre la psique individual, los contextos sedentarios dependientes de la agricultura se ven obligados una constante recreación de nuestra seriedad moral potencial, a partir de alimento límbico que el tiempo colectivo parece producir y ofrendar a sí mismo en forma de una ejemplaridad pública a través del sino vital-moral ajeno.

Porque la dinámica fundamental subyacente a los grupos humanos permanece constante en el tiempo y en su necesidad estructural de aglutinarse en torno a lo más serio que apostamos cada uno sobre el tablero de la interactuación social; esto es, el cuerpo de cada cual como el bien más preciado y que requiere, precisamente, que tengamos todos una personalidad socializada con la que vincularnos sociohomeostáticamente con los demás.

Pero este vínculo no se aprecia de forma racional y corticalmente directa sino que su vía de entrada como argamasa en realidad colectiva es a través de nuestra vivencia límbica de la realidad, y más en el estar corporal socio-afectiva que en el ser ascendido y autobiográfico.

Pero la consecuencia político-estrctural de esto es directa: se trata una necesaria apropiación por el poder de la violencia como espectáculo y actividad performativa a vivenciar; en la que participar pero también después como espectáculo.

Debe el poder/Estado hacerse de alguna manera, por tanto, con esta violencia, bien provocándola o bien en campaña contra ella –dos formas de participar de una misma violencia–; después está la salida como creación y desarrollo de más amplios espacios miméticos que empiezan (que empezaron históricamente) a hacer paulatinamente más estéticos dichos espacios y menos directamente físicos para la gran mayoría demográfica.

Una variante de la infernal ratio: ratio basada en la persecución de unos pocos individuos que sigue siendo estructuralmente “rentable”. Implica un impacto límbico feroz, pero como no hay medios de comunicación de masas comparables a las modernas, no sobrepasa el límite de vivificación/tolerancia estructural: pues sería exactamente esto lo que ocurre con la sociedad audiovisual en tanto que la conjunción colectiva aumentada hace que la violencia más descarnada sea demasiado potente y la zozobra que crea demasiado intensa, ya que para las sociedades de consumo más avanzadas el impacto y alimento límbicos han pasado a entenderse como una forma de titilación que normalmente no debe excederse, mientras que la poca extensión de los sistemas informativos anteriores hicieron que dichas sociedades pretéritas fueran menos sensibles en este sentido.

Circunstancia clave, pues motiva la búsqueda de amparo en la violencia misma como «desquite existencial» y, total, no tenían una liga profesional de cualquier deporte para poder ver por la televisión y vivenciar el mismo proceso pero sobre un plano metabólico y no corporal (o sea, incruento); esto que en otro momento posterior serán las giras de sermones que se daba, por ejemplo, un San Vicente Ferrer como un escalón histórico más hacia lo incruento.

Un ejemplo comparable, pero en sentido contrario, es el de León-Portilla en Culturas en peligro (1976) donde se contempla en un marco pre-colombino mexica la voluntad de emular por parte de una nueva cultura hegemónica la que hubiera sido la eminencia de la cultura anterior tolteca.

Pero según Brown la violencia fanática de los monjes en los momentos finales del imperio romano no respetaba la cultura anterior, sino que la convirtieron un muñeco de paja a destruir en el gozo identitario en su propia imposición vital, alcanzando una máxima intensidad cuando incluyera la masacre y destrucción física de sus chivos/victimas designados físicos.

La tesis de Brown puede entonces parafrasearse en términos de un control y reparto de la violencia como sobre todo espectáculo, gestionado por el poder mismo; y en cualquier caso un gran marrón en la historia de las iglesias cristianas, si mire por dónde se mire.

Y nuestra tesis sobre este punto: se trata de una situación que corresponde en realidad una imposición límbica sobre la psique humana en su vertiente antropológica y que la viabilidad sedentaria acaba históricamente poniendo al centro de su propia operatividad en el tiempo.

…En el siglo III la Iglesia cristiana había sido una pequeña comunidad de ≪iniciados≫. Aquellos que habían pasado a través del ≪misterio≫ del bautismo se encontraban ya entre los ≪salvados≫. Pero hacia finales del siglo IV era mucho menos cierto que las masas, que habían cumplido en este mundo con un rito bautismal formulario, habrían de salvarse en el otro. Entonces, las angustias de los hombres se trasladaron hacia otro evento más distante: hacia el acontecimiento drástico de la rendición de cuentas en el Juicio Final. La imagineria anterior sobre la vida de ultratumba, que mostraba a un tranquilo grupo de iniciados gozando de su bien protegida e idílica situación en el otro mundo, descansando bajo el fresco brillo de las estrellas o a la sombra de un árbol, cedió su lugar al temeroso pensamiento de un Cristo emperador y juez, ante cuyo trono debía comparecer algún día la población completa del mundo romano…(pág.105)

¿Base «protestante» inherente a la iglesia cristiana?

O fenómeno cíclico que sería una “protesta” ¿contra qué en realidad?

Pues contra el «encierro» sedentario que a medida que las regiones fueron desarrollándose, la violencia física desabrida podría haber supuesto una exigencia energética desmesurada (específicamente por el dolor creado), por lo que iría paulatinamente sustituyéndose por una nueva guerra cristiana ahora cósmica, es decir, contra el diablo y respecto del juicio final, lucha de trincheras frente, en realidad, a la quietud agraria base que solo puntualmente precisaba de algún que otro cuerpo cultural ajeno con el que desquitarse.

Es decir, la tensión existencial es lo que, en principio, no solo neutraliza la violencia física, sino que transforma nuestro natural ímpetu de dominio y la obtención de confort homeostático en una forma de alimento estructural cuyo efecto inmediato es claramente una relegación a un segundo plano auxiliar de la guerra inter tribal o étnica; o como poco una reducción de la misma, pues se reservaría la violencia física más desabrida a una periodicidad mucho menos frecuente.

De manera que si la violencia intergrupal es en realidad una forma de estabilidad es siempre mejor que se transforme en dialéctica de tensión cuanto menos cruento mejor

O sea, que la Guerra Fría del siglo XX, de tener un autor-rector guionista, habría sido un grupo de personas que hubieran leído y conocido probablemente muy a fondo la historia antigua grecorromana, además de la evolución de la iglesias cristianas desde sus inicios (pues se observa justamente con ellas un proceso de cierta descorporeización del conflicto pasando de un plano físico a otro existencial y «epistémico»).

El miedo ante la apocalipsis atómica después de la Segunda Guerra Mundial y cómo hilvanó una estabilidad tensa a partir sobre todo de la imagen de un hongo atómico sobre cualquier ciudad ya quieta, parecería que está directamente plagiada del pensamiento cristiano; quiero decir respecto de su articulación semiótico-metabólica, si bien sería así mismo una forma incipiente de sociedad del riesgo que se habría de formular conceptualmente algunas décadas más tarde.

Argumento muy bueno: el apocalipsis y una imaginería de destrucción colectiva resuena tanto límbicamente en nosotros debido a la asimismo límbica y por tanto críptica unión entre nuestra psique individual y los nuestros. Es decir, es un argumento empírico (vamos, bastante) a favor de esta idea de que se es un individuo psíquico y socializado a favor en realidad del grupo evolutivo, si bien esto no tiene sentido apenas aprehensible para nosotros desde un punto de vista del yo, más allá eso de «lo espiritual».

Puntos adicionales:

-¿Qué sería la sociedad de riesgo comparada con una sociedad securitaria o de “de vigilancia”?

¿Grados diferentes de alimento límbico a través del espectáculo de la violencia?

Aunque habría que suponer que el contexto cultural se haría recurrentemente más insensible a medida que la posibilidad de comunicación se volviera oscurecer por una u otra razón ( y la comunicación habría que entenderse, por tanto, en su vertiente no solo informativa sino afectivo-estética).

Es decir, en sus formas contemporáneas, la sociedad de riesgo y su versión securitaria más extrema siguen basadas sobre la comunicación mediática; y cuando por diferentes circunstancia disminuye y se oscurece la comunicación, podríamos logicamente anticipar momentos de crisis respecto de una viabilidad base anterior dependiente

¡¡¡Primer modelo antropológico securitario!!!

-También visos claros de tratarse de una forma de aceleración del tiempo…

-No olvidar que la sociedad del riesgo es el mismo dispositivo que el sonido de la lluvia sobre nuestro tejado

-Y que una visión apocalíptica cristiana tiene también el mismo efecto fisiometabólico que el del sonido de la lluvia sobre el tejado

-Imaginería además “optimista” en tanto que desafío por superar el emplazamiento judicial de dios; una voluntad a la vida como superación de este futuro envite.

Esto último lo relaciona el autor con “la carga del hombre blanco” en tanto que los obispos funcionaban de forma colonial -como unos capitanes coloniales- respecto a sus rebaños a guiar y en cuanto a nuevos territorios a conquistar e imponerse (sobre paganos y herejes quienes se veían desprovistos de sus derechos civiles).

Tema de la disonancia límbica permanente frente al yo sociorracional-cortical (en su despunte histórico posterior):

-Punto de arranque pues de una antropología de la “titilación”

-Es decir que el plano límbico empieza a cumplir una función alimentaria respecto los marcos sedentarios.

-Importancia de los medios audiovisuales en su capacidad estético-metabólica y afectiva auxiliar.

-Acto de presencia de la infernal ratio como problema (pues puede contemplarse ya por fin desde una óptica ética, es decir, respecto de la persecución de chivos expiatorios que ya podemos contemplar intelectualmente como tal)

Segunda parte (la prioridad del estar sobre el ser):

Otro tema: la configuración del tiempo occidental

Originalmente sobre la opacidad cognitiva, en tanto que la complejidad agrourbana histórica se empieza a volcar hacia el futuro (donde aún hoy habitamos) a partir en realidad de un punto de vivificación (hype) límbico-metabólica que surge de la realidad solo crípticamente por nosotros aprehendida de nuestra subrogación psíquica a, en realidad, el colectivo homeostático y cultural.

Y la gran vivificación que esto produce en nosotros consolida de alguna manera el futuro como lugar real que habita la civilización occidental. Es decir, la “agonía” de la limitación sedentaria empujó todo hacia el futuro lo que coincidió muy positivamente con otras cualidades o ámbitos proyectivos nuestros: la técnica es también una proyección a igual que es la ambición personal/profesional que sin duda resulta estructuralmente clave para el tiempo colectivo sedentario.

¿Colectivo homeostático? ¿Se puede concebir, después decir esto? Esto respecto a un plano subyacente a la psique individual que ha configurado la evolución (y la niñez de todo individuo) cuyo entorno último de llegada es, en realidad, la interacción social en sí misma y frente a unos y otros contextos históricos.

El origen o cuna no solo de la psique individual sino después de la viabiliad antropológica, primero nómada después sedentaria y agrourbana…

La ansiedad como alimento sustancial de la quietud estructural:

Lo que deja libre a sus anchos como si dijéramos la violencia física real; ésta cede su dominio ante el desarrollo histórico, pero no puede por razones en realidad evolutivas desaparecer del todo, y se convierte en un rival acechante respecto otras formas de estabilidad sustentadas sobre procesos miméticos (norbertoeliasianos) más neurometabólicos que corporales.

Pues la violencia está en nuestra homeostasis, por tanto, en nuestra psique y fundamenta, por último, la antropología misma…mas el dolor y la zozobra que en nosotros nos causa la violencia desabrida parecería que la cultura lo invierte después dispositivos miméticos que tienden generalmente hacia la vivificación más metabólica que físicamente cruenta.

¿Cómo cambió la incidencia de guerra real?

¿Podemos buscar algún tipo de correlación entre una vida sedentaria insidiosamente parada y bajo el peso del tiempo vegetal y de digestión de los rumiantes domesticados en la que ya no aparece, o aparece menos, la guerra real?

Necesidad progresiva en el sentido inverso de espacios físicos ritualizados, o al menos en tanto marcos definidos de ejercicio físico o respecto incluso una actividad laboral que, desde esta óptica estructural, adquiere un carácter auxiliar y dado que el nexo central de lo inmóvil sedentario es lo identitario y respecto la proyección semiótica individual; es decir, el plano central viene a ser la neuroquímica de la antropología sedentaria y no la corporeidad estrictamente física.

Surge pues una confusión respecto de qué ámbito tiene prioridad en función de lo sedentario; si es lo límbico que predomina sobre lo cortical y siendo el estar el que prima crípticamente sobre el sentido común -es decir racional- del ser.

La antropología sedentaria necesita el ser para creer marcos intersubjetivos a servicio, en realidad del estar.

El ser se fundamenta sobre, en última instancia, el valor moral de la vida y de los individuos; valor que se pretende singular e intransferible, si bien el sentido último técnico de la condición diacrónica humana no deja nunca de ser el cuerpo humano nuevamente aparecido en cada generación sucesiva.

Es decir, lo que importa del aquí y ahora es en realidad el mañana…

¿Vean el problema?

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1Paisajes citados de la edición electrónica de Editorial Gredos SA, Madrid 2012 que procede de la edición 1989 de Taurus.

Beck, Ulrich: La sociedad del riesgo, 1986

La ciencia y una pragmática antropológica del embauque (apuntes)

¿Para qué más sirve, en realidad, la ciencia? Erige una racionalidad causal de la que solo parcialmente podemos vivenciar; pero esto aporta una fuente importante de estabilidad a la práctica antropológica de la sociedad de consumo. Y prepara la gran utilidad que es la Sociedad del riesgo como una forma de credo empírico que, poco a poco, va prescindiendo de ideas pues la estabilidad real pasa de nuevo al cuerpo que se resguarda no solo en el amparo de un logos racional culturalmente determinado (es decir, intersubjetivo), sino también en un futuro visceral que vivenciamos a través de una incesante producción de nuevos objetos, de tal manera que el futuro no se tiene que concebir sino que llega, en realidad como fuerza reconfortante, a través simplemente de nuestra vivencia del presente consumidor sin que sea necesario que intelectualicemos apenas nada.

Beneficios de la Sociedad del riesgo

1. Constituye una fe empírica de manera que se apoya en la ciencia y pragmática antropológica de la producción material y tecnológica, pero sin que sea necesaria dogma ni percepto espiritual alguno.

2. Utiliza, precisamente, los conceptos científicos como fuentes de tensión respecto posibles amenazas futuras; conceptos que el sujeto perteneciente tendrá que saber (aprender) como una cierta ideación y conocimiento teóricos necesarios para participar en la práctica antropológica.

(Las ventajas metabólicas en términos de gasto de energía sobre un plano agregado implícitas en puntos 1) y 2) son evidentes: la ciencia-tecnología continúa por su camino estructural de la virtualización progresiva de la cultura, es decir, respecto de contextos físicos que derivan cada vez más hace la experiencia mucho más fisiológica y neuroquímica, ahorrando así y en general el gasto de las vivencias más directamente físicas; y el uso de un estímulo en buena medida conceptual respecto de aquellas situaciones que, según los procesos naturales de los que formamos parte, pudieran surgir como complicaciones peligrosas (la lluvia ácido, la guerra nuclear y biológica; los accidentes nucleares; el terrorismo; el crimen organizado; el colapso climático o el del envejecimiento, como también los nuevos virus que nos asolan o las ya muy dudosa tasas de criminalidad callejera…y sin que importe en principio hasta qué punto todas estas amenazas sean reales o no, siempre que al menos sean mínimamente viables. )

3. De tal manera que se llega a un estado casi se diría de almacenamiento de los cuerpos sedentarios, mientras que el drama de la vida (moral) que es el alimento que más precisa nuestra cognición -y por tanto la práctica antropológica en el tiempo colectivo- se ejerce como una forma de administración homeopática (a través de unas u otras formas de espectáculo moralmente relevantes del sino moral-corporal ajeno) a unos agregados demográficos estables en el tiempo de su propia consumación tanto económico como vital.

4.Existe, por tanto, un gran margen de maniobra respecto de qué es lo real, pues como la ciencia hay que creerla, no podemos averiguar por nosotros mismos su realidad de forma directa; si bien podemos aprehenderla a través de lo resultados técnicos que vemos: ¿quién, desde esta óptica no explícita y en base a su poder de producir cosas, podría dudar de la ciencia? Es decir, la posibilidad como espacio para el embauque antropológico estaría en su punto óptimo (y puesto que el sentido de las cosas va, en realidad, en otra dirección; dirección que no es compartida de forma pública pero respecto a la cual hubo de adoptar decisiones decisivas en su momento histórico, y seguir desarrollando lo que desde entonces hasta hoy constituye el plano críptico de la política real -es decir, en un sentido estructural y suprahomeostático-).

La SDR es pues dispositivo que ahorra engería (sobre todo, en el no tener que pensar demasiado sino solo de forma a lo que parece finalmente trivial); porque amplía constantemente el carácter menos corporal de la experiencia ya inherente a lo sedentario a partir de un relativo aumento generalizado del confort material humano gracias específicamente a la producción e innovación tecnológicas (según esa vieja constante que depara la antropología sedentaria que es la descorporeización como tendencia inherente a la misma y a favor de lo virtual).

5)El uso de esta manera estructural de la ciencia (en tanto pragmática sedentaria) permite precisamente no tener que pensar de forma rigorosa en casi nada más allá de los espacios estrictamente técnicos, pues si no es empírico no se tiene por qué respetar como idea: es decir, la SDR parecería inexorablemente ligado al mismísimo posmodernismo que tiene el efecto cultural de postergar la solidez de todo en forma de opciones personales que como tal valen pero que no pueden incidir seriamente nunca en el pensamiento técnico (por lo que, finalmente, no hubo de tomarlas nunca intelectualmente muy en serio).

6)Y la razón, a su vez, deviene en una suerte de opción ideometabólica; en una posición sobre la que nos podemos definir frente a otros de posiciones en algo diferentes a la nuestra. Pero habría que resaltar, ante todo, el bajo coste agregado en términos energéticos, pues se trata de una ampliación histórica cada vez más extendida de un espacio metabólico correlativo puesto a disposición de las personas, lo que permite compaginar un bajo coste energético agregado con la continuidad de vivencias moralmente relevantes (si bien quizás de carácter progresivamente más “espectaculares”, es decir superficiales), pero a costa de una disminución del rigor cognitivo cortical inherente al el pensamiento más reflexivo que por las circunstancias técnicas agregadas ya aludidas se orilla un tanto.

Esbozo de una viabilidad sedentaria (hasta el 11 de septiembre del 2001)

PAX AMERICANA (a partir de 1979)

Parecería crucial para el funcionamiento de esto de la «mall life» en el tiempo colectivo y complejo, la posibilidad de vivificación sensoriometabólica (o sea, como aprovechamiento de la configuración opróbico-moral humana); que sin esto pudiera ser que tal modelo no fuera capaz de mantenerse en el tiempo precisamente como lo que es, un cauce fisiológicamente barato de estabilidad sedentaria como consumación de tiempo humano en cierto sentido estandarizada -de la misma forma que más tarde estandarizarían la vida fisiológica humana los teléfonos móviles (o bien desde décadas antes hubiera hecho la televisión)-. Pero los espectáculos de reafirmación y disuasión (Crawford1 y lo que yo llamo el efecto de la lluvia sobre el tejado) frente a un espacio carente de por sí de toda emoción extrema ( desprovista asimismo de toda tonificación fisiomoral también intensa), son la única forma de mantenerlo -en su mismísima justificación fisiológica y fisocorpórea– al  traer a colación, sobre el tapete digamos de la experiencia pública, fuerzas contrapuestas y amenazantes -o con su sola sugestión- (el desorden moral, el crimen, la agresividad de la gente pobre, y en general, todo lo que se asocia con la pobreza y la exclusión social; esto es, todo aquello que no tiene cabida posible en el espacio real y arquitectónico de un centro comercial). Pero, naturalmente y de forma muy plausible, se puede ampliar esta idea de la necesidad de la amenaza vivificadora como ingrediente esencial, en realidad, a la estabilidad sedentaria en sí misma.

Esto estaría relacionado con lo de la «sociedad del riesgo» de Ulrich Beck; o sea, un mecanismo similar que supone un estímulo sensoriometabólico no directamente comprendido por el sujeto como tal (si bien se puede aprender a apreciarlo) que acaba reforzando la sensación de seguridad en el simple conformarse con lo que uno tiene y los límites que a uno le definen. Y es seguro que, sin esta fuente de estímulo como drama o zozobra, no nos sería tolerable el habitar sedentario nuestro.

1Crawford, Margaret “El mundo en un centro comercial” en Variaciones sobre un parque temático. La nueva ciudad americana y el fin del espacio publico, de Michael Sorkin (Editor), 1992