4. El sustento sensorial nuestro

Y así de forma tentativa, se aviene en aseverar que la sed de estímulo inherente a nuestra esencia humana y biológica es precisamente aquello que permite que los grupos humanos se mantengan íntegros en el tiempo. Porque el estímulo fuerza el oprobio biológico que es aquello que nos obliga a cada uno a la sociorracionalidad del grupo particular de dependencia; y de nuestra imbricación fisiocorpórea obligatoria respecto de la sociorracionalidad operante depende estructuralmente la propia personalidad social como version individualísima -eso sí- de lo que no es sino un paradigma bastante homogéneo de individualidad respecto del grupo.

 

Relaciónese los siguientes conceptos de forma causal:

La necesidad de estímulo sensorial

El oprobio biológico

La sociorracionalidad

La individualidad social

 

DESARROLLO

Afirmamos que la sensorialidad humana puede llegar a concebirse como ámbito sometido a la exigencias técnicas de la circunstancia del grupo, frente al plano físico-material. Pero el que los seres humanos precisen de estímulo sensorial en su individualidad física precisamente como primer paso hacia la consagración grupal, como el mismísimo porqué de una sociorracionalidad operativa, supone una base subyacente en realidad sensorialmente intensa respecto de cualquier personalidad o modo de ser social posterior, y aunque esta conexión entre lo sensorial-emocional y la racionalidad no se ve ni se percibe de forma inmediata. Es más, esta desconexión entre la parte fisiocorpórea de la individualidad antropológica y el yo social puede muy bien explicar el dilema contemporáneo de una superestructura socioeconómica que poco a poco ha acabado por explotar ciegamente sin un propósito claro ni para sí mismo (más allá de la acumulación propuesta de ganancia monetaria, claro está) la parte fisiocorpórea y solo sensorial de la individualidad antropológica, precisamente quizá debido a la imposibilidad para nosotros de conocer sociorracionalmente la entidad fisiológica nuestra que da lugar a la misma sociorracionalidad. Y lo que constituyera alguna vez el ímpetu fundador de la conciencia humana -como ciertamente una forma de hedonismo inherente fisiológico, a través de los milenios-, no tiene por destino estructural hoy en día otra cosa que su simple estímulo fisiosensorial, sin que logre nunca dar el salto de lo anterracional a lo social, simplemente porque la tecnología audiovisual y telemática que conforma el mundo de hoy en verdad no lo requiere para seguir avanzando, a través del tiempo y de forma al menos financiera.

 

La posibilidad moral humana empieza en la percepción:

-Porque la percepción fuerza el oprobio biológico a surtir su efecto sobre la fisiocorporeidad singular y respecto del grupo.

-De tal forma que cuanto más intensa sea la percepción -y el drama de la brutalidad como espectáculo- tanto más opróbicamente mediatizado queda el individuo.

-Y con esto queda establecido un orden causal por siempre invariable, aunque el estado moral producido no sea normalmente capaz de comprender el proceso fisiológico-sensorial que a sí mismo le haya ido constituyendo.

-Después y con el tiempo viene a ser muy cierto, entonces, que una parte importante de la identidad individual se constituye y continuamente se refuerza en simplemente la percepción, cuanto más fisio oprobicamente traumática, mejor. Porque es la percepción que funciona como una forma de arropamiento permanente del ente fisiocorpóreo y que pone en funcionamiento un proceso ahora fisioantropológico (esto es, en conjunción con el grupo) y hacia el confort último que proporciona.

-Con lo mismo se puede decir, por tanto, que toda sociorracionalid efectivamente exigida al individuo constituye una forma de destino reconfortante de la fisiología singular por cuanto destino de llegada fisioantropológico.

-Es asimismo cierto, por consiguiente, que una poderosa sensación de individualidad -de identidad- tanto fisiocorpórea como respecto a la unidad social más evolutivamente primaria, se obtiene en la simple tonificación sensorial y fisiocorpórea.

-Es decir, que el estímulo sensorial deviene en forma de alimento de la identidad también social, dada la unión tan intensa que existe entre la fisiocoroporeidad y el grupo, por medio del oprobio biológico.

 

Más inferencias

De ser lógicamente implicada la necesidad humana del estímulo en sí mismo, puesto que es hipotéticamente ésa la fuerza subyacente al grupo mismo humano a partir de la fisiología individual, nos encontraríamos de nuevo ante el problema de un desfase entre nuestra verdadera esencia fisiologico-sensoria, como producto que es de una anterior y periclitada evolución sociogenética humana, y las circunstancias (evidentemente ilusorias) de la antropología sedentaria. Esto es, que habría que revisar nuestra comprensión de cosas tan importantes como, por ejemplo, la libertad precisamente en el plano ante todo fisiológico-sensorial, puesto que vivimos de hecho una especie de tributo estructural secreto respecto nuestra esencia sensorial a la que, sin embargo, no posemos herramienta racional alguna (o pocas) para poder acercarnos, salvo desde la perspectiva solo del modelo de negocios que necesariamente de forma oculta busca explotar agregados demográficos, a través del tiempo.

Quizá este aspecto oculto de nuestra individualidad en realidad antropológica (verdaderamente sociogenética) debiera de haber sido históricamente algo más que el objeto de lo que constituye finalmente una planificación exclusivamente financiera, nada más y como mucho, a parte de las otras catástrofes humanas que fatalmente ha conducido los nacionalismos políticos-religiosos históricamente; pues, ¿qué es el nacionalismo sino una fuerza fundada inicialmente siempre en un algún tipo de pretendida agencia de unos pocos sobre la naturaleza fisiocorpórea del grupo, en función siempre de una nueva y revitalizada sociorracionalidad que después se ha de defender a sangre y fuego, claro está? Y asimismo, ¿no sería una parte importante del consumo en realidad una forma de vigorosa afirmación fisioantroplógica por parte de toda individualidad fisiológica, pero respecto a un grupo al que no tenemos más remedio que aplacar, aunque sea solo en el ámbito individualísimo de nuestros propios procesos fisiológico-cogntivos? Porque la naturaleza humana antropológica nos lleva condenados a pertenecer antes que ser individualmente (o que esto solo viene después y gracias precisamente al hecho de que seamos perteneciendo).

En este sentido, podemos llegar poco a poco a sospechar que vivimos la antropología sedentaria enfrentados de alguna manera con una fisiología nuestra sociogenética subyacente, con la que solo remotamente podemos relacionarnos mediante la experiencia estética, por ejemplo, y una conceptualización desdibujada de profundidad o autenticidad. Y aun así, dicha profundidad parece ser de hecho el fundamento último de la posibilidad moral del yo, que es el producto inexorable y universal de solo un grupo humano (que es en realidad la suma de todo aquello susceptible en verdad de perderse).

Y, sin embargo, el ente fisiocorpóreo individual del plano (zoológico) grupal y evolutivo, significa solo por cuanto existe en su fisiología, siempre más allá de la misma racionalidad a la que contribuye en sí misma a configurar. Pero no deja de ser, precisamente en este sentido, una forma de transitoriedad no susceptible a la verdadera aprensión racional nuestra. Esto es, solo el yo social sociorrracional y estructuralmente posterior puede de hecho proponerse buscar cualquier profundidad que hubiera en la fisiocorporeidad humana, solo a partir de la evolución cultural que incluye la proyección de divinidades, la producción estética, o una posible creación conceptual de contratos sociales-políticos o la forja gradual del recurso al desarrollo de una metodología «empírica», entre otras cosas. Y esto supone, entonces, que en cierto otro sentido, la fisiología y la sensorialidad nuestra, contrario a cualquier pensamiento «espiritual» o esencialmente wagneriano, son -también y quizá a la vez- una forma en realidad de superficialidad que adquiere guisa de ser profundo solamente desde la óptica estructural posterior de una sociorracionaliad que a su vez ha evolucionado culturalmente, alejándose inexorablemente y siempre en alguna medida de esa misma fisiocorporeidad subyacente. Solo así presumiblemente pudiera atraer tanto esa supuesta autenticidad de los tiempos que dicen míticos, antes de las ciudades o que a la madre tierra se le intentara abrir las tripas con el azadón, y antes de que hubiéramos de necesitar los pronombres «tú» y «yo»…*

 

__________________________

*Parafraseado de El Quijote (Cáp.XI, La edad de oro)

 

Explíquese con precisión lo que significa exactamente y en un sentido estructural la precariedad del grupo humano:

Siguiendo a Zygmunt Bauman en el capítulo cinco de La modernidad líquida, y su análisis de la obra de René Girard, se puede reformular en términos de individualidad antropológica el mismo problema del origen real del orden que fundamenta nuestra propia identidad y autoconocimiento racionales, que no es sino el ímpetu fisiológico singular en el contexto original colectivo al que, para prevenir la dispersión del grupo, se le coacciona a dejarse regir (mediante el oprobio biológico interno a cada uno) por un paradigma finalmente homogeneizado de individualidad que exige -más bien impone- el grupo.

Respecto del grupo, por lo tanto, precariedad quiere decir que los componentes singulares estén aun susceptibles a la percepción sensorial que es aquello que, como una crisis fisiológica-existencial sobrevenida de repente, constituye la fuerza real en tanto compulsión de la reincorporación del individuo al grupo fisiocopóreo; el grupo fisiocorpóreo que se mantienen en su permanencia precisamente debido a esta asunción forzosa por parte del individuo de la sociorracionalidad grupal y cultural, y dado que la unidad colectiva de una mayor consistencia física (frente después a un mundo espacial-material hostil) es imposible, claro está.

Postulo yo que es éste el mecanismo que Bauman afirma que subyace a los ritos culturalmente universales del sacrificio, tal y como René Girard desmenuza tales rituales en las prácticas culturales de anthropos: la precariedad en este sentido fisiológico-sensorial es, en realidad, una exigencia técnica como causa detonante y siempre renovada del vigor sociorracional del grupo, en cuanto mecanismo que permite el equilibrio logrado entre la experiencia sensorial vigorizada (que es también requisito del bienestar humano, sin duda) y la fuerza guardiana de la constitución colectiva del grupo, que como grupo, solo es en la tensión de su propia sociorracionalidad viva y del momento sensorial siempre presente: es justo este aspecto que Bauman utiliza para una explicación en realidad técnica de las «comunidades explosivas» y su permanente necesidad del enemigo y de las amenazas exteriores que, a modo simplemente de otra fuerza de estímulo sensorial o cognitivo-sensorial, espolean fisiológica y sensorialmente a los individuos en su pulsión de pertenecer nuevamente al grupo mediante la destrucción física del otro, o simplemente en la asunción sensorial del espectáculo como coreografía y escenificación pública de la misma.

 

 

Wired For Culture · February 2012

ISBN 978-0393344202

Publisher: W. W. Norton & Company

 

Pasemos ahora a la cuestión de la variación genética que aborda Mark Pagel en Wired For Culture (2012) como ciertamente un dilema que solo hipotéticamente se puede hoy en día explicar. Según el citado autor no se entiende muy bien -o no desde solo la perspectiva de la biología histórica- que haya hoy tantas diferencias que los individuos heredan, pero que son diferencias que no sirven aparentemente ni para sobrevivir ni para reproducirse; y que respecto aquellos atributos que han sido cruciales para la continuación de la especie, todos de hecho los poseemos como la base físico-fisiológica universal de nuestra especie. Prioritario es este punto para el autor en su argumento a favor en general de la cultura, y como la evolución cultural de la humanidad -su técnica, su experiencia estética y religiosa, y la creciente complejidad de las sociedades- ha ido relevando más y más el fondo todavía desconocido del genoma humano, puesto que esta variedad genética heredada no esencial de diferencias entre los individuos del mismo grupo humano, sí que resulta útil para las circunstancias de la cultura sedentaria y respecto la necesidad, después de la agricultura, de que la gente se vuelque en activadas diferentes que son de alguna forma dependientes entre sí precisamente en el hecho de ser diferentes y en buena medida enfrentadas o compensatorias en el plano estructural; y el autor aplica asimismo (solo hipotéticamente) esta misma explicación incluso a un posible paradigma universal de personalidades presente en toda experiencia cultural, diferencias que en todo caso permiten un equilibrio estructural nuevamente recobrado del conjunto, frente a circunstancias cambiantes en el tiempo. (1)

 

Pero eso es un argumento a favor de la no definición (o sea la transitoriedad) de la vida e incluso las especies, que sobreviven precisamente por cuanto puedan cambiar. Y, sin embargo, respecto de los seres humanos y el uso que los grupos humanos han hecho de la sensorialidad humana, la posibilidad de cambiar se refiere necesariamente a los grupos, y no respecto de cualquier individuo particular. Y es que todas estas diferencias no esenciales no dejan de ser al final la posibilidad potencial de confrontación fisiológica para los seres humanos sujetos a una misma fisiocorporeidad en cierto sentido colectiva, en un espacio físico-semiótico específico (esto es, del mismo grupo humano, o uno emparentado); que quiere decir que en su confrontación estructural por lo menos y como mínimo sensorial entre sí, el grupo está nuevamente forzado a autodotarse, mediante su misma experiencia fisiológico-sensorial (tanto física como simbólica), de una sociorracionalidad que de nuevo garantice la integridad del grupo en el tiempo. La variedad genética es en este sentido y ante todo, una fuente interior y siempre disponible de estímulo sensorial para los individuos integrantes del grupo, un estímulo como recurso que no depende de la realidad externa sino de la experiencia fisiológica, fisiocorpórea del mismo grupo en sí, lo que capacita los grupos humanos con una extraordinaria poder de resistencia contra, imposición sobre, el espacio físico-material, como sí de un reino íntimo cultural se tratara, de una siempre vigorizada experiencia fisiológico-sensorial, por encima de lo espacialmente real; o se pudiera decir por encima del bien y del mal puesto que la moralidad brota siempre de un cierto espejismo por parte de una comunidad original, originalmente física que recurre a la experiencia fisiológica para sujetarse en una congruencia comunalmente forjada en el plano fisiocorpóreo pero mediante la coacción opróbica de toda singularidad física, individual.

 

Naturalmente, una especie de transitoriedad moral de este tipo (además de la transitoriedad conceptual de las especies en evolución que es la vida misma) sería probablemente inaceptable para la comprensión racional de toda cultura humana que hasta ahora se haya conocido, pues parte de una noción de la propia entidad existencial comunitaria como poco firme, en realidad solo tentativa, que no serviría para asentar la necesaria seriedad lógico-conceptual para nosotros de defender la vida matando, si es necesario, a otros. Porque el problema de la experiencia física, respecto la vertiente estructural y diacrónica de la misma, es que la ocupación del espacio físico-material por parte de un cuerpo vivo, excluye sin remedio la ocupación simultánea de ese mismo espacio por otro cuerpo. Y es esa realidad inapelable que ha sido -y aun es- la certeza críptica de la experiencia humana (y animal) sobre la tierra, en el sometimiento del individuo al grupo que, a su vez, se enfrenta inexorablemente a otros grupos rivales. Pues, en cierto sentido y desde la óptica de nuestra propia fisiología, para eso estamos aquí, y solo para eso hemos estado siempre.

 

Y, sin embargo, la lucha digamos a muerte por la vida,  por el lugar físico propio, y frente a otros, se puede trasladar, mediante la sensorialidad, a un plano ya no directamente físico como puede ser por ejemplo la representación del espectáculo de la violencia con el tácito propósito estructural de sustituir la violencia real; o esto respecto cualquier ámbito simbólico (como por ejemplo la literatura) o solo estético, que toma la forma de una imaginería de la violencia con la que, como cualquier evento entre seres humanos que pueda percibirse (como relato, espectáculo o simple imagen), podemos quedar opróbicamente obligados en nuestra contemplación del mismo, aunque no de forma ni pública ni políticamente comprometida claro está, sino en la intimidad cognitiva particular de cada un: pero crucialmente, hemos de quedarnos sensorialmente encandilados en el acto mismo de la percepción de la violencia precisamente para que surta efecto la sociorracionald de base opróbica que ya “llevamos en el cuerpo” al cabo de una experiencia cultural fisiocorpórea de suficiente peso y extension en el tiempo (como por ejemplo, pero no solo, la niñez particular) como para poder obligarnos en este sentido opróbico.

 

Pues en el estimulo sensorial opróbicamente relevante, se inicia el proceso catártico, siempre renovado, de regreso al seno del grupo nuevamente, como en realidad el único lugar donde tiene nuestro ente físico la posibilidad real de ser (de hecho, nuestra sensorialidad ha quedado permanentemente primada precisamente sobre esta función). Y la sociorracionalidad -y toda derivación histórica elaborada después a partir de ésta- debe verse en realidad como un producto en cierto sentido secundario del estado fisiológico-sensorial subyacente más profundo y universal aquí denominado como el oprobio biológico y su geometría en el tiempo.

 

Por otra parte, todo esto es especialmente cierto en los contextos sedentarios en los que ninguna fuerza de selección natural está en realidad operativa, puesto que, salvo cataclismos naturales de escala agregada o epidemias, los seres humanos desde hace muchos milenios ya no mueren con la suficiente inmediatez y contundencia como para seguir evolucionado biológicamente como especie. Pero ese hecho, el de que la antropología agrícola supusiera la superación y término efectivo de la evolución biológica -o como poco su dramática y definitiva ralentización- no parece que Pagel siempre lo reconozca de forma clara. Y es que no parece haber alternativa a considerar esta geometría tácita que existe entre la fisiología individual, por una parte, y el grupo fisiocorpóreo, colectivo y opróbico, enfrentado como está al espacio físico-material, como la única firmeza de la especie nuestra en el tiempo y a través de la transitoriedad de las generaciones sucesivas; una firmeza para nosotros un tanto secreto desde la perspectiva de nuestros sentidos que no es otra cosa que la capacidad del grupo de perseverar como tal necesariamente en el sometimiento al grupo de la intimidad cognitiva y sensorial de los individuos, de cada uno nosotros, universalmente.

_________________________________

  1. Cáp. 3, “The Domestication of our Talents”, en Wired for Culture: origins of the human social mind. Mark Pagel.Norton paperback, 2013

 

 

 

 

 

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