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El sujeto cartesiano…
El empírico…
El epistémico…
El cortical, el corticalmente ascendido…
FRENTE A
Un sujeto límbico…
El homeostático….
El sujeto homeostático (“socio-homeostático”) es tanto el sujeto límbico como el cortical. Y abarca también el sujeto racional, cartesiano y el empírico. Es decir, el ascenso límbico-cortical tiene lugar en el marco de la homeostasis individual que a su vez se desarrolla dentro de un marco socio-homeostático de pertenencia cultural. Pues podemos entender que el ascenso límbico-cortical solo puede concebirse como necesariamente sujeto por un marco cultural histórico determinado aun tratándose de situaciones mucho más sensoriometabólicas que directamente físicas y multipersonales ya que la homeostasis, siendo de consistencia ante todo electro-neuroquímica y metabólica, es fenómeno del mundo sensible, tanto objetivo y espacial como simbólico y de representación estética; lo que en otras palabras podría decirse que “todo es estético” para los seres humanos puesto que nuestra misma cognición se inicia a partir de imágenes mentales o neurológicas.
El sujeto cognitivo: término que también alude a esta complejidad bipartita, pues en todo rigor este término se habría entender abarcador tanto del estado límbico individual como del cortical.
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La naturaleza necesariamente alienada del sujeto cortical
¿Cómo y en qué sentido quedamos siempre alienados de nuestra propia esencia homeostática?
En el sentido en que pasamos de un plano límbico a otro cortical: función base alienadora que articula nuestra cognición.
¿Esto con qué posible función evolutiva?
El ascenso cortical es eso solo respecto a una experiencia antropológica histórica determinada (a partir de una cultura física real) con la que el individuo se marida en su propio desarrollo neuropsicológico. De manera que se habrá de entender la función evolutiva de la personalidad socializada como dispositivo en el que se basan los grupos humanos antropológicos en tanto que el ímpetu vital del individuo corporal pasa a sujetarse por la lógica cultural (moral) de los suyos: es pues acertado el término “alienación” para describir el yo consciente como un modo culturalmente encauzado de autonomía cognitiva en el que se emboza de alguna manera la vida física individual para mejor servir el sentido evolutivo último que es el grupo en sí.
¿Entonces los sujetos humanos son en realidad objetos?
El sujeto cognitivo es primero un objeto homeostático que luego asciende de un plano límbico al cortical. Es de esta manera que la mecánica de los grupos humanos rentabiliza la experiencia corporal individual, pues el mayor ímpetu por prevalecer en cualquier sentido solo lo conoce un cuerpo singular desamparado siendo esta vulnerabilidad existencial física aquello precisamente que se traslada de alguna manera a nuestro propio autorreflejo social (eso que entendemos puntualmente que somos a través de los ojos de los demás): sobre el plano físico se trata de un cuerpo que busca ponerse al resguardo en el grupo, mientras que nuestro yo cortical acarrea con el peso de poder actuar, puntualmente, en contra de su propio fundamento límbico.
Es decir ¿la cognición humana atrapa de alguna manera al individuo?
Sí, se podría decir eso. Pero es importante entender que el sentido último de todo es el grupo; de manera que el sujeto cortical y ascendido nos defiende a todos, puntualmente, de los excesos límbicos de los nuestros. O como una forma de equilibrio estructural para que el ímpetu vital por prevalecer que nos rige a todos como cuerpos singulares frente al mundo quede contrarrestado por nuestra capacidad no solo de reflexionar sino de refrenar y autocoaccionarnos a nosotros mismos. Aunque claro está que no pensamos en el sentido evolutivo de nuestra propia contingencia emotivo-congnitiva en el fragor mismo de vivirla.
¿Porque somos tontos, quieres decir?
No: porque la homeostasis que rige nuestra biología nos obliga a una vivencia correlativa de nuestra propia cognición que solo excepcionalmente se ve forzada a recurrir a un razonamiento causal más pesado; porque probablemente lo vivimos eso precisamente como una ardua y pesada tarea de coste energético significativo y que no soportamos durante mucho tiempo.
¿Ha supuesto esta forma de alienación que describes un problema en la historia?
Desde luego. Porque la antropología sedentary supone en sí misma una adaptación de una sociofisiológica de los grupos originalmente nómadas o menos arraigados. Y por eso se puede entender que la antropología dependente de la agricultura y el desarrollo histórico de toda civilización que de ella emerge, prefiera el modo ascendido de cognición y que haya ido descargando sobre ella el grueso de su propio peso estructural en el tiempo. Quiero decir que se ha ido afincando quizá de forma excesiva en nuestra comprensión cortical del mundo y de nosotros mismos, mientras que la vivencia límbica de las cosas (de la que depende, claro está, la otra parte cortical de nuestra psique) se ha ido progresivamente rebajando hacia una función cada vez más ahuecada y subalterna. O en eso podría decirse que ha consistido históricamente, por ejemplo, todo proceso de secularización de la cultura que se suele atribuir a la modernidad (eso precisamente lo hace moderno en tanto que no tradicional). Pues a la experiencia sedentaria le va muy bien alejarse del plano físico y espacial de los cuerpos transubstanciando digamos todo. Pero esto supone un peligro en tanto que es el contexto colectivo mismo –una o multiples sociedades con todo su desarrollo técnico constituidas por millones de seres humanos– que se acaba alienando de su propio anclaje afectivo y homeostático.
¿La antropología dependiente de la agricultura intensiva es pues un problema para nuestra especie?
¿Cómo problema si, como hecho constatado, podemos entender que ha dado lugar por necesidad a los credos formales humanos, lo que a su vez y en todos los casos históricos conduce a un modo epistémico de avance humano, entrelazándose con la técnica y dando luz finalmente a la ciencia de tipo más positivista? Si adoptamos un punto de vista del confort y su búsqueda como definición de los seres humanos a partir de su misma homeóstasis biológica, el marco universal antropológico agrourbano habría que entenderse más bien como un segundo comienzo histórico, y no como ningún escollo o maldición (¡como algunos autores de cierta importancia en el campo han puntualmente afirmado alguna que otra vez!)1. Pero eso sí: la civilización humana universal dependiente de la agricultura intensiva explota esta división bipartita de nuestra cognición derivando su propia viabilidad en el tiempo hacia una dependencia en el sujeto cortical y alienado (en la manera aquí embozada). De hecho, la religión como necesidad sistémica y compensatoria sería comprensible en este sentido, pues busca precisamente una forma de reintegración del individuo a un punto cognitivo inicial, el de nuestro propio arranque sociohomeostático que es la razón original y aún permanente de que tengamos que ser nosotros mismos en tanto una personalidad socializada en compañía de, pero también frente a, los demás (es decir los nuestros). Sin embargo, respecto de modos más nómadas de vivencia colectiva y menos arraigadas, no existe la misma presión estructural hacia este sujeto cortical alienado, o no en el mismo grado pues la posibilidad cultural de escaparse de las ataduras del cuerpo existe y se goza, pero todo está sujeto siempre por una realidad corporal, proxémica y socio-afectiva que enseguida vuelve a establecerse, mientras que en las la antropologías sedentarias estamos obligados a seguir proyectándonos mucho más corticalmente en el tiempo, además del hecho de que se prioriza, por razones obvias, un mayor control cortical sobre nuestra otra parte límbica; quiero decir que este aspecto de autoincoacción psíquica se hace central a la estabilidad del tiempo sedentario de cada vez mayor complejidad social que respecto grupos humanos anclados mucho más la realidad física compartida.
Y por otra parte, también debe de haber alguna base en el argumento de que cuanto más poder tenemos como individuos y como grupos sobre la realidad material, más tendemos hacia la consolidación cultural del sujeto cortical, por encima y como mayor prioridad sobre una tipicidad relacional del yo que, como se suele reconocer respecto a las sociedades pre-tecnológicas, no tienen más recurso de amparo sino a través de su pertenencia estricta e empedernida con sus propios compañeros sociohomeostáticos (es decir, preciso menos de los míos, a grandes rasgos, si ante por ejemplo una situación de frío extremo, puedo simplente echufar un calefector y no depender de ninguna situación colectiva en la que se previera compartir el calor corporal de mulitples personas en un recinto cerrado, que sería otra forma “pre-tecnoclógica”, por ejemplo de afrontar el problema). Y, sin embargo, un contexto de poder casi constante de la consecucción de confort homeostático a través de la tecnología –en contextos en que soy yo el que se impone sobre las cosas– se pierde en seguida de vista que es el confort en sí mismo lo que verdaderamente nos motiva como seres vivos y que el poder en este sentido más importante que es algo así como la piedra angular evolutivo de no solo la cultura sino de nuestra propia pisque, es la interrelación con los otros, esa forma de amparo que es una constante de la especie pero que solo se concibe, para nosotros los civilizados, a partir situaciones extremas de crisis que no sacan de alguna manera de la penumbra analítica y funcional a la que nos obliga la antropología sedentaria (y máxima la actual y cromática)
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*Cita parafraseada del tema Rock del Cayetano que figura entre las canciones incluidas en LP referenciado.
1Tanto Jared Diamond como Yuval Noah Harari han afirmado esto en alguna obra o artículo.
2 Tesis importante en Almudena Hernando, La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno. 2012.