El maridaje neuroóptico de las especies sobre planos «suprahomeostáticos»

Skip James. Festival de música folk de Newport años 60

Tema de las imágenes como sustrato sobre el que se edifica realmente la cultura:

Ejemplos del mundo animal:

1) El halcón cuya visión lo marida con el grupo de palomas que sobreviven gracias al «engaño» óptico que supone para el ave depredadora el que se agrupen simétricamente uniformadas las palomas (a las que, a momentos y como individuos, el halcón no distingue en su singularidad).

2) Mimetismo (batesiano): debido a que la apariencia física de una especie –es decir, como imagen en la percepción depredadora—adquiere una especial resistencia, otras especies naturalmente (es decir, por selección) pueden acabar evolucionándose hacia una misma apariencia precisamente porque en el contexto homeostático compartido dicha presencia ya resulta de éxito de supervivencia (de manera que tanto unas presas como otras acaban maridándose de la misma forma con es de suponer un mismo deparador)

3) Tanto los zorros como lo ciervos que comparten un mismo terreno y marco homeostático, con el tiempo y según y una u otra estación del año, llegan a adquirir el mismo color marrón-dorado que también presentan, por otra parte, los halcones que habitan el mismo marco homeostático regional. ¿Se debería esto al maridaje en esencia óptica entre uno u varios depredadores con distantitas presas cuyas respuestas homeostáticas se activarían respecto de unas imágenes “estéticas” muy similares entre sí y constituyendo una constante, pero respecto a múltiples especies diferentes? También podría ser que por la misma razón uno u otros depredadores tienen más éxito debido a que también tienen ellos el mismo color; es decir, el éxito de caza sería también susceptible de definir una dirección evolutiva, siendo también de suponer que se basaría nuevamente en un parecido imaginario neuroóptico común a las diferentes especies de esta manera maridadas sobre un plano suprahomeostático.

Marco neuroópotico sociohomeostático humano y el patricarcado

Si los sujetos homeostáticos humanos somos agudamente sensibles a imágenes corporales (pues tienen una relevancia para nuestros propios cuerpos como sujetos pertenecientes; de tal manera que incluso podría entenderse que la estética desdibuja un tanto la diferencia entre sujeto y objeto y dado la impronta homeostática que sobre el perceptor pueden causar las imágenes), se sigue que algunas imágenes percibidas ya podrían estar seleccionadas en un sentido evolutivo para fustigarnos homeostáticamente en una u otra dirección.

De esta manera se podría entender que los cuerpos humanos en su trayectoria socio-evolutiva presenten una utilidad como alimento sensoriometabólico en tanto imágenes percibidas (tema central, por otra parte, de los textos de este blog).

Es decir, los cuerpos adquieren una importancia fisiológica como imágenes percibidas por los demás, lo que se entendería como una entretejemiento evolutivo aún más complejo entre los cuerpos y nuestra percepción visual.

Postulamos en este sentido que la anatomía varonil sería percibida a grandes rasgos pero universalmente de una forma neuro-homeostática similar por todos los seres humanos (naturalmente con alguna pequeña variación individual e ideosincrática excepcional).

Dichas imágenes de la imposición masculina y en su desenvolvimiento interpersonal generalmente universal en tanto estética antropológico-cultural común (es decir, sobre un plano primeramente más límbico que cortical) impactarían fuertemente sobre el sujeto perceptor un sentido decisorio, tanto en cuanto amenaza como también de protección y amparo físicos: sería atributo que mostrara, es de suponer, todo niño y niña y que ya lo llevarían impresa digamos en su forma innata de percepción (a modo, podríamos añadir, de cómo llevamos todos unas mismas capacidades lingüísticas que se desarrollan sin embargo en marcos socio-homestáticos culturalmente diferentes).

Mientras que la anatomía femenina, si bien como imagen puede surtir respuestas parecidas en el perceptor, serían de un grado menor y probablemente incompatible finalmente con la ferocidad máxima que exhiben los cuerpos varones.

(Evidentemente, qué impronta homeostática dejan más exactamente los cuerpos femeninos en el sujeto perceptor serían también otra cuestión a examinar.)

Pero si tanto las mujeres como los hombres pertenecientes a experiencias culturales «primitivas» hablan en términos masculinos para referirse a los grandes asuntos cosmogónicos de su cultura particular (siguiendo la línea de trabajo de Almudena Hernando1), es decir mostrando una preferencia por personajes y héroes masculinos cuando se ponen ellas mismas a comunicar la lógica mitológica de su propia cultura, esto puede tener algo que ver con el elemento de seguridad y confort que nos transmite el poder de una imaginería masculina en términos de anatomía varonil, pues lo más seguro es que se asocie directamente con una acción decisoria que no llegan a sugerir tanto las contornos corporales femeninos; de ahí que entendiéramos que la cultura no puede superar su propio fondo digamos neuro-óptico.

Esto es, que la cultura forcejea con su propio fondo filogenético para poder desarrollarse ahora con una mayor sensibilidad, como de hecho has sido de carácter inexorable en la historia de la civilización respecto una mayor consideración hacia las mujeres, si bien llega a estabilizarse de alguna manera en esta dinámica de superación, pero sin lograr nunca librarse realmente de una división profunda y constante entre los sexos y que en términos históricos, bastante universales también, ha dado lugar a una permanente condición de desigualdad en mucho sentidos.

Y es que se trata en el mejor de los casos de un equilibrio que se logra pero sin alterar una condición subyacente que brotaría de nuestra propia consolidación neuro-óptica y sociohomeostática.

Cuestión que es bien difícil de entender o criticar racionalmente (de hecho, no se habla concretamente de este posible aspecto de la cultura).

Pero todo lo expuesto hasta aquí obliga a entender que incluso el fondo límbico de las mujeres se regiría probablemente por una misma supremacía estética-fisiológica de lo masculino respecto a nuestras propias dinámicas homeostáticas internas, lo que llega a minar -o esto podría ser el efecto en cuestión– en alguna medida la misma comprensión cortical racional del sujeto quien permanence generalmente en la inopia respecto a sus propias pulsiones menos conscientes desde la óptica de su propio yo como constructo socio-homeostático.

Otro punto argumental: la neotenia como una estética evolutivamente seleccionada establece una jerarquía visual digamos de lo humano/no humano según los contornos de la anatomía (en nuestra especie y también con respecto a otras domesticadas).

Es decir, en tanto seres socio-homeostáticos, ya funcionamos en términos de correlaciones alimentadas visualmente frente a las que nos definimos en uno u otro sentido, pero siempre respecto a la consecución de alguna forma de confort o alivio (seguridad, amparo, etc.).

En este sentido, nuestra simple anatomía sobre un escenario social es ya una suerte de mandato filogenética que, de hecho, ya está divida de forma bastante tajante (pero no absoluta) según los sexos además con respecto a lo animal/humano.

¿Sería la neotenia en los animales domésticos, por ejemplo respecto concretamente los perros, otro ejemplo más de una estética fisonómica seleccionada evolutivamente?

El tercer cerebro ascendido (cromático)

Lo importante sería sin duda hacer que la cultura entendiera mejor este lado ya “preconfigurada” de nuestra fisiología a partir de nuestra condición socio-homeostática (ideas que en realidad no son nada nuevas –Konrad Lorenz, por ejemplo– pero que no permean nunca la cultura mainstream ni mucho menos la popular).

Pero si los seres humanos hemos de entender nuestra condena y condición como la de responsabilizarnos de nuestra propia suerte colectiva (con o sin el auxilio divino), esto no sería en ningún caso posible sin remontar nuestra propia condición homeostática, como ya lo es pero de forma limitada nuestra propia consciencia cortical ascendida frente a su origen límbico.

Y puede decirse incluso que las religiones ya son ellas mismas instituciones supra-homeostáticas que en términos generales brindan a sus feligreses (pero también respecto del ámbito antropológico correspondiente en general) el confort existencial de un marco causal absoluto cuyo uso colectivo no depende en última instancia de ninguna creencia espiritual necesariamente confirmada en nadie con tal de que se consolide como viabilidad antropológica histórica.

Pero si el “segundo” cerebro cortical y ascendido que es la conciencia puede entenderse como vacuna y salvaguarda frente a nuestra primera naturaleza límbica –y particularmente como dispositivo avanzado de refuerzo de, en realidad, el grupo a través del desarrollo psíquico individual frente al «problema» de la antropología sedentaria–, un tercer cerebro nuevamente elevado sería necesario para poder afrontar esta complejidad mayor que es la socio-homeostasis colectiva respecto de unos y otros marcos antropológicos-culturales que ocupan el espacio sobre el planeta (que esté efectivamente habitado por grupos humanos).

O visto de otra manera: la inseguridad existencial en la que vive realmente la especie debido a la opacidad cognitiva que resulta del carácter límbico-cortical emergente de nuestra cognición, se convierte en punto flaco peligrosísimo, pues una circunspección mayor a nivel de especie se nos elude, tal y como se presenta la historia humana tal y como la hemos conocido.

Un necesario tercer cerebro, entonces, que podría ser perfectamente un grupo de personas que se hubiera ubicado hace tiempo por encima del plano histórico solo homeostático que habitamos los usurarios antropológicos terrestres.

Como unos jinetes de la especie se les podría entender, de la misma manera que nosotros somos, en nuestra propia vivencia del yo, los jinetes que a nuestro cuerpo cabalgamos como si fuese un caballo (si bien todo el mundo sabe o ha oído que los caballos en algunas circunstancias puntuales van muy bien por sí solos.)

Pero cualquier sentimiento de ofensa que nos pudiera causar el hecho hipotético de que nuestro tercer cerebro correspondiente a cada uno fuera, en realidad, un único grupo de seres humanos ajenos que nos montasen por decir homeostáticamente a la especie entera y sin una diferenciación en realidad muy grande entre unos y otros ámbitos antropológicos terrestres (¡atravesando de lleno unos y otros espacios identitarios culturales, pues parecería que el fondo límbico de todo ser humano no se distingue definitivamente de cualquier otro!), solo sería inicialmente, lo más seguro, pues la idea es grotesca vista a bote pronto, lo sé.

En fin, ahora y con lo hasta aquí desarrollado, ya podéis pensároslo un poco mejor.

Pues que el tiempo y una poca de reflexión, su porqué se entiende perfectamente.

(Cosa aparte es el cómo, aunque posiblemente sea de mucho menor interés una vez entendido el porqué)

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1 Hernando, A. La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno. Katz, Buenos Aires, 2012.

Gilgamesh y las imágenes mentales más allá de las murallas de Uruk (esbozo)

Aquel que todo lo ha visto hasta los confines del mundo….1

Figura de Gilgamesh, en el palacio de Sargon II (Museo del Louvre)

Arranca el poema de Gilgamesh con una imaginería de grandes horizontes que indirectamente insinúan o implican la pequeñez de lo físicamente existente por nosotros palpable: el mundo mayor es todo lo demás y más allá, y sería la divinidad la que nos lo hace accesible como episteme y algo que pueda conocerse—precisamente porque estructuralmente nos hace falta pues no suportamos el encierro sedentario que padecen nuestros cuerpos de forma mucho mas intensa que respecto a la experiencia nómada (esa que, en cambio, no precisa tanto de espacios metabólicos-simbólicos de grandes horizontes pues ya los atraviesa físicamente y como grupos).

Problema: la violencia es, sigue siendo, siempre será, en sí misma una forma de horizonte frente a la limitación corporal nuestra.

Mejor, entonces, que la vivenciemos y nos relacionemos con ella en forma metabólico-simbólica, esto es, ritualizada y como imágenes, y en imágenes narradas.

He aquí un argumento a favor de la importancia de las imágenes que dominan límbicamente la psique ascendida y, por ello podemos decir también la cultura en sí misma; argumento a relacionar, por tanto, con la tesis de Almudena Hernando2 en tanto que, si hemos de aceptar las diferencias entre los sexos como el fundamento de la identidad socializada evolutivamente original (pero no respecto un desarrollo cultural posterior), el hecho de que tanto los hombres como las mujeres echen mano de imágenes masculinas para participar de su propia semiótica cultural-epistémica, cuando narran y explican su propias coordinadas existenciales frente al mundo y como dicha autora hubiera observado en sus trabajos etnográficos de campo, apunta a la dominancia, en realidad, de las imágenes en sí mismas.

Es decir: podemos explicar la fuerza de la violencia –y por tanto de la configuración patriarcal de las sociedades sedentarias—a través del flujo colectivo límbico en forma de imágenes. Son ellas las que aglutinan y articulan finalmente la cultura frente a la que intenta resistirse el desarrollo cortical-epistémico de la civilización, pero que de forma nunca decisiva pues el plano pictórico-límbico es una constante de la que asciende la consciencia cortical culturalmente universal (sujeta, naturalmente, por una idiosincrasia geográfica, cultural, generacional y memorística individual históricamente particulares).

La urgencia y relevancia límbicas que connota la imaginaría masculina para el sujeto homeostático -masculino o femenino, niño o adulto- sigue siendo, podríamos decir, la evolutivamente original que permanece como cimiento subyacente, no solo a la psique universal sino a la cultura misma y cuya contingencia y desarrollo particular solo llega a incidir en dicho fondo límbico, mas no lo puede definitivamente alterar.

Porque plásticamente, lo masculino moviliza sobre un plano límbico de forma mucho más contundente, y esto podría ser su función evolutiva original.

Y exactamente esto puede explicar el porqué del hecho de que los planos simbólicos de los grupos antropológicos sean manejados a través de estética masculina, como aquellos que se relacionan con los poderes cósmicos (el más allá, el “cielo” a donde van los ancestros); es decir, tanto hombres como mujeres son espoleados electronueroquímicamente por imágenes de fuerza e imposición pues esa es la fuente más profundo de seguridad física y que, en términos estéticos, transmiten de forma mucho más potente las masculinas, es decir como imágenes y el efecto que tiene sobre el perceptor.

De tal manera que cabe incluso considerar la neotenia que se observa respecto la especie humana desde un punto de visto de imágenes (eso de que estamos todo el rato dependentes visualmente) como un orden plástico de jerarquía y sentido límbicos que caracterizan lo no humano (animal) frente a lo humano; no en tanto conceptos ni en téminos metafísicos sino sobre un plano fisiológico correlativo donde más a gusto nos encontramos como seres homeostáticos gozantes.

Por todo ello y porque buena parte del orden cultural estaría ya configurado incluso antes del ascenso cognitivo cortical completo, pacería pues que el feminismo no ceja nunca por ello de iniciarse en cada vez nuevas oleadas de muy justo reclamo e interpelación a las sociedades contemporáneas.

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1 Parece que no está claro exactamente a quién se refieren estas palabras iniciales de la epopeya de Gilgamesh, pero el sentido divino después se releva en los versos siguientes como el fundamento real de la ciudad; Uruk en este caso pero es lícito extrapolarlo a la experiencia urbana universal, en tanto que “templo” que referencia las postulaciones divinas regidoras correspondientes a uno u otro orden sedentario histórico. Punto también en que se inicia especularmente la propia episteme humana, también de forma universal y revulsivamente frente a unos y otros contextos culturales históricos y propuestas divinos-causales.

2 La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción socio-histórica del sujeto moderno. Katz, Buenos Aires 2012

Ejercicios teóricos ibéricos no habilitados 1

Un primer comentario sobre lo sacro en La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno (2012)1 de Almudena Hernando

Antropológicamente, el poder de la naturaleza sobre los grupos humanos aboca a la sacralización de dichas fuerzas, pues es ella que vemos que da la vida (la lluvia, el pasto, las cosechas, etc.) como también la que la quita a través de las sequías, las tormentas, las inundaciones y demás azotes colectivos históricos harto frecuentes.2

Aunque posiblemente no sea el poder per se el punto sacro más profundo sino la geometría que se establece entre el fenómeno como fuerza y el grupo. Pues tal puede ser la magnitud de dichas fuerzas que no tenemos más recurso que buscar ponernos a salvo al socaire de los nuestros; esto originalmente en un espacio físico, pero por extensión también sobre un plano cognitivo en el que entender qué es lo que nos somete o de otra manera nos deja momentáneamente perplejos, nos ampara en el conocimiento mismo que la intersubjetividad cultural nos brinda y de la que dependemos como individuos psíquicos.

Una intersubjetividad con la que nos maridamos neuro y memorísticamente desde niños-aspirantes a la pertenencia a través de nuestra adquisición tanto del idioma como de la lógica no verbal de nuestra propia cultura. Por tanto, una subjetividad que las mismas contingencias de la vida ponen nuevamente a nuestra disposición en realidad física, como cuerpos nuevamente necesitados de ambos tipos de cobijo.

Lo sagrado tiene dotes no solo de geometría sino de gramática, pues una fuerza ajena nos conduce –de forma brutal—a los nuestros y, en última instancia, a nuestra propia individualidad psíquica como sujetos homeostáticos culturalmente pertenecientes, es decir, racionales, pero por medio de un universal constructo cultural históricamente particular (en tanto el sentido último de todo, en el fondo, es siempre el grupo en el tiempo siempre generacional).

Y así, un objeto corporal humano singular se transforma en un sujeto-agente sociorracional –respecto de una ontología cultural determinada—porque así llegaron los grupos humanos evolutivos a poner al centro de su propio drama existencial colectivo el ímpetu vital por perseverar inherente a todo cuerpo singular (una violencia vital que, efectivamente, solo puede conocer la singularidad viviente-homeostática).

Sacralizar por maniobra defensiva que permite la aglutinación psíquica de los individuos y a partir de la cual emerge la personalidad cortical perteneciente (es decir moral y razonadora) de cada uno de nosotros.

Lo sacro no por la vulnerabilidad que produce esta u otra violencia natural sino por el poder que nos transfiere a nosotros como grupo y por el hecho de que nos permita alzarnos –paradójicamente– en el ser antropológico y cognitivamente individual (frente solo a un estar corporal «animal» más inconsciente).

Sagrado asimismo como paradoja que habilita, por una parte, el ser ontológico cultural como la posibilidad misma epistémica humana según una u otra variante antropológica histórica (la que sea), al mismo tiempo que se trata de algo apenas racionalmente asible por nosotros, pues ¿cómo entender que soy vosotros primero y sobre un plano límbico siempre antes que pueda ser este otro yo cartesiano y ascendido que me reconozco como tal?

He aquí que el humus mismo de donde brota la cultura humana sería la violencia en este sentido neuro y socio-homeostático que vivenciamos como los objetos sensoriometabólicos que no dejamos nunca de ser.

Después, somos también agentes de nuestra propia imposición vital como individuos equipados corticalmente con una conciencia correctora que, cuando sea necesario, se contrapone a nuestros pulsos límbicos más envolventes, pues hubo, parece claro, momentos evolutivos en que la tendencia en nosotros gregaria resultase excesiva siendo necesario un mecanismo correctivo (eso precisamente que sería una de las funciones de la consciencia cortical plenamente ascendida, la de corregir el plano límbico y gregario).

Y aunque tratándose de una falsa coherencia lógica (pues la lógica real y compleja fue y sigue siendo siempre la colectiva), se tuvo históricamente que mantener una formalidad conceptual-existencial a través de la postulación de un sentido causal rector y viga efectivamente maestra de toda episteme cultural particular—en principio no por prioridad empírica sino a favor, en realidad, de una superior urgencia que sería la de la viabilidad (continuidad) en el tiempo del grupo.

Eso que solemos llamar los dioses -o dios– o bien el orden, por ejemplo, newtoniano de la física; y también eso que con frecuencia no tenemos más posibilidad que entender como “nuestra espiritualidad”.

Es decir, la ambigüedad semántica del término “sujeto social” estriba en el hecho de que la agencia psicológica de parte de todo yo socializado solo es posible en tanto que objeto primero de una pertenencia socio-homeostática cultural determinada. Nuestra condición base de objeto límbico-homeostático es la esencia (bastante para nosotros opaca) de nuestra propia subjetividad psíquica y agencia después psicológico-social.

Un fondo límbico en realidad colectivo histórico y generacionalmente determinado del que emergemos hacia nuestro propia voz racional como experiencia desde luego ilusoria de este «yo» que todo mi vida me he reconocido como tal

Punto interesante para explicar la vieja confusión entre sujeto y objeto respecto de las personas, pues todo sujeto social no lo es ni lo ha sido nunca sin ser primero objeto de su propia pertenencia cultural; el someternos como objeto de nuestra propia experiencia antropológico-cultural es eso precisamente que nos hablita como sujetos sociales.

Y ahora podríamos entender más concretamente la condición nuestra de objeto socio-homeostático como paso necesario para constituirnos en sujeto social (en un sentido sociológico tradicional), aunque ahora entendemos que esto es, en realidad, en un sentido más profundo a nivel de psique en tanto que la consciencia humana se asienta sobre una constante estimulación y alimento límbicos, pues es en este ámbito críptico y preconsciente donde realmente se articulan los grupos antropológicos y culturales en el que verdaderamente se sustentan los contextos antropológicos sedentarios en el tiempo.

Y así podríamos entender la racionalidad como un plano sitial en tanto que, sea cual sea su configuración cultural histórica, su función técnica como constructo es facilitar la articulación límbico-cortical cognitiva que está al centro de toda experiencia antropológica colectiva, finalmente, demográfica.

Una vía de incorporación, por otra parte, de la imposición vital -de la violencia- individual e idiosincrática al seno del orden endogrupal y sin que este se deshaga sino alimentándolo (reforzando, de hecho, la validez operante de lo culturalmente racional).

Una zona de interés donde todos los individuos perseveran (sea lo que quiera decir eso para cada un de nosotros, según nuestra propia identidad cultural, más una idiosincrasia individual y memorística exclusiva particular e íntima en cada caso).

O esto sería la analogía a considerar desde una óptica gestora: una gran zona de interés planetario, pero necesariamente delimitado por subdivisiones culturales y políticas que se subdividen a su vez en regiones locales de diferentes escalas finalmente económicas, pues la fisiología humana terráquea es, ha sido siempre, el insumo real de los sistemas socio-económicos mundiales.

Ahora bien, el sentido con el que se ha de equipar la perseverancia individual, por tanto, lo es todo; es decir, un sentido generalmente mucho más visceral que intelectualmente planteado del que, sin embargo, dependemos para poder proyectar y decantarnos en el tiempo, en una u otra dirección más o menos intencionada.

Un sentido parcialmente atomizado (porque se lo lleva a cuestas cada una de las miles de millones de partes homeostáticas particulares) que, vista en su realidad compleja resulta más bien una exigencia estructural respecto la viabilidad en el tiempo colectivo y sedentario.

Un punto como digo sitial que puede rellenarse según unas y otras contingencias, culturales, generacionales e individualmente idiosincráticas.

Un rellano, entonces, para un espacio vital básicamente de tipo correlativo (y solipsista) desde el punto de vista fisiológica nuestra, que, en su vertiente sistémica, solo echa mano de la causalidad, en realidad, para seguir articulándose antropológicamente en su propia y continuada agitación correlativa agregada (finalmente de generación en generación).

Aunque desde una óptica gestora, claro está, la cosa cambia, en tanto que el solipsismo individual se abre a una contemplación de la realidad extramuros de la misma cognición antropológica solo homeostática.

Ya que solo desde un punto supra-homeostático (y por tanto “supra-moral” a la manera cromática que yo defiendo) cabe una aproximación verdaderamente agentiva respecto a nuestros congéneres como objetos humanos.

¿Cuál sería, finalmente, el sentido de la vida respecto de dicho plano más técnico habilitado en exclusivo –y sin que lo sea nadie más– para la contemplación de este objeto que somos todos a nivel planetario ya -por primera vez- como especie?

Es decir ¿cuál el interés en el que se afanarían por perseverar los mismos gestores antropológicos frente al plano de los usurarios y el tiempo en sí humano?

(Salpimienta y apartar)

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1 Edición de 2018 de Traficantes de Sueños, Madrid (licencia Creative commons)

2 Resumen parafraseado de una tesis de la autora y a partir del siguiente párrafo de la obra citada: “Pero cuando algún suceso inesperado o irregular ocurre y se preguntan por la razón, lo asocian siempre con relaciones y agencias de tipo humano (Campbell, 1989: 76): un trueno puede explicarse porque dos animales se han enfadado, o están copulando, o porque una persona ha cometido algún tipo de infracción con respecto a las normas del grupo. Ahora bien, dado que la naturaleza no humana tiene mucho más poder que el grupo —ya que puede darles alimento o quitárselo, concederles la vida o la muerte—, la sacralizan.” (pág.76)

Patrias metabólicas (4): la recurrente necesidad histórica del feminismo (apuntes)

(La mística de la feminidad, 1963, Betty Friedan)

Si este tema parece volver a aparecer, como argumenta la autora, podría tratarse de una circunstancia biológica (o socio-biológica) que continuamente ha de «corregirse» culturalmente. Pero esto lo convierte en el largo plazo como utilidad a disposición de los contextos sedentarios que pueden sujetarse, de vez en cuando y generacionalmente, por un mismo «quehacer» estructural puesto que, precisamente, no puede definitivamente «corregirse» nunca. De manera que para desarrollar esta idea hay que empezar por el principio que sería la elaboración teórica de las dinámicas sociorracionales de los grupos humanos (primero nómadas, después sedentarios); dinámicas de las que depende después la individualidad socializada para que los individuos puedan interactuar dentro del colectivo incorporando su propia vivencia emotiva y homeostática, pero sin incurrir en ninguna consecuencia físicamente cruenta (aunque sí amenazar con ello de forma constante dentro de dispositivos de carácter en última instancia mimético y simulado).

Apuntes rápidos

-la cultura realiza el acomodo sedentario de una socio-fisiología anterior a través del desarrollo semiótico (es decir, por medio de sistemas semántico-simbólicos como la religión, el dinero, el lenguaje escrito, etc.) que permite la creación, desarrollo y mantenimiento de espacios miméticos, más fisiológicos que corporales.

-la cultura brota de la biología, pero también la contrapone de muchas maneras: toda definición antropológica (cultural o psíquica y de personalidad) supone cierto esfuerzo en alguna medida y grado contra nuestra propia naturaleza biológica (de la misma manera que la definición de una especie es también resistir de alguna manera la misma evolución, hasta equilibrarse darwinísticamente como especie).

-Pero como la cultura sedentaria (¿o es que toda cultura en última instancia y en el sentido que utilizamos el término solo puede ser sedentaria?) tiene que sostenerse frente a la inmovilidad sedentaria, esta «actividad» estructural de ir en contra de la biología deviene en quehacer de sostenimiento estructural puesto que, como argumentamos explícitamente, el contexto sedentario ralentiza aun más la fuerza de la selección natural en comparación las antropologías nómadas anteriores.

-De esta manera puede ofrecerse una explicación del hecho de que el feminismo aparece de forma recurrente a través de la historia en tanto que es a través de la cultura que se dirime una configuración biológica dimorfa entre los sexos. Y siguiendo la idea de Marcel Muass y los espacios corporales que culturalmente requieren que el sujeto se esfuerce en contra de su propia naturaleza y pulsiones1, la pugna entre los sexos se convierte en algo útil respecto el problema sedentario de su propio sostenmiento más metabólico que físico y cruentemente corporal, y puesto que dicha pugna conduce a convenciones e instituciones culturales cada vez menos violentas y de gran capacidad vivificadora.

Requisitos argumentales:

Un repaso histórico de este tipo “recurrencias” resepcto de distintas sociedades históricas y respecto experiencias de civilización sedentaria más desarrolladas en las que, como de repente, la figura de la mujer adquiere mayor independencia, dignidad y autoridad: la poetisa griega clásica Safo; la cultural cortesana medieval (frente a la cultura anterior feudal)…etc.

Otras «recurrencias»

El terror político y el terrorismo2: también son unos acompañantes constantes de la historia sedentaria, puesto que, a diferencia de la guerra desatada, ambos buscan sostener sometiendo al rival; o obligándole a que acepte negociar, pero no su destrucción total. Pues por su caracter ante todo psicológico basado en sobre todo en la amenaza a través una violencia -limitada- y mortificadora publicamente contemplada, se presta facilmente, en realidad, al sostenimiento metabólico (como gran fuerza revulsiva y absorbente) de lo inmovil sedentario en sí.

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1Mauss, Marcel Sociología y antropología. Ed. Tecnos, Madrid 1979

2Gonzalez Calleja, Eduardo El laboratorio del miedo. Una historia general del terrorismo, de los sicarios a Al Qa´ida , 2013