
Zonas antropológicas de interés y los marcos homeostáticos instrumentalizados (apuntes)
El término «sociohomeostático» (1) frente a «marco homeostático» (2)
El término (1) es una forma de relevancia, quizás decir «valencia» que cabe necesariamente dentro de (2); se refiere a una relevancia/valencia de pertenencia homeostática, lo que surge solo a partir de un grupo originalmente vivencial y físicamente fático.
La pertenencia homeostática fundamenta la sociohomeostasis que se hace valorar después respecto de múltiples grupos y sus correspondientes valencias de pertenencia. Es decir, el locus homeostático de pertenencia de un grupo humano determinado puede asumir algún tipo de relación con otros grupos diferentes; relaciones de tipo colaborativo, para el matrimonio, de intercambio económico o de hostilidad guerrera, si bien en todo los casos y respecto especialmente la antropología sedentaria, la apariencia agonal de todas esas relaciones (en cuanto particularmente a la violencia intergrupal) son formas estructurales complejas de una enrevesada estabilidad en el tiempo colectivo y siempre generacional, y pese a su conflictividad real y a veces letal.
Múltiples especies vivas y grupos humanos diferentes sobre un mismo marco homeostático:
Respecto de un marco homeostático mayor, no tiene por qué haber una valencia homeostática común, pero sí que puede haber interferencias parciales: los perros y los humanos, por ejemplo; o cuando los humanos imitan los cantos de las aves. O las distintas situaciones puntuales en las que podemos todos nosotros ser entenados culturales ante la necesidad de ensanchar en algún grado nuestra receptividad tanto fisiológica como actitudinal a lo culturalmente ajeno.
Porque hemos dependido, circunstancialmente, de un grupo cultural ajeno para sostenernos en cualquier sentido normalmente pasajero…
Un caso en concreto:
¿Son los perros unos infiltrados límbicos puesto que su supervivencia como animales domésticos parecería que hubiera dependido de su capacidad de congraciarse límbicamente con sus amos humanos imitando y haciéndose aparentemente susceptibles en sus propias respuestas “afectivas” a las emociones humanas?
Es decir, puede haber múltiples (innumerables) locus de valencia homeostática dentro de un mismo marco homeostático, respecto de diferentes especies naturales o subgrupos variantes dentro ellas, como también respecto a diferentes grupos humanos que, a su vez, se dividen frecuentemente en unidades colectivas (clases, facciones, etc.) más pequeñas e individualizadas.
La sociohomeostasis se refiere, por tanto, al locus de pertenencia/valencia que obliga en algún grado a todo individuo vivencialmente presente y susceptible de dejarse regir límbicamente por un locus colectivo determinado.
Una suerte de relevancia, entonces, que sería algo así como el vector original de la evolución biológica; pero también irrelevante en cuanto a cualquier entidad sociobiológica colectiva (humana o animal) respecto a la que nuestro cuerpo no haya entablado ninguna relación de dependencia vital directa.
Punto clasificatorio que abarca y unifica todas las especies “sociales”
Tan poderosa es la fuerza gravitacional de la pertenencia que es en realidad la presencia física y espacial el punto original de imposición sobre cualquier esfera identitaria, sin bien los sujetos socializados quedan capturados normalmente por la fuerza fisiológica de su propia identidad homeostática ya consolidada.
Pero eso es entender también que seguimos siendo susceptibles sobre un plano puramente espacial, y si este último cambia o sufre repentinas alteraciones, estamos corporal y límbicamente abiertos a establecer (por necesidad vital sobrevenida) nuevas valencias sociohomeostáticas, pues el cuerpo límbico por instinto gravitará hacia los otros cuando se desdibuja cualquier orden sociohomeostático y cultural anterior; circunstancias extremas en las que importarán mucho menos, o apenas nada, la diferenciaciones culturales anteriores respecto a unos y otros seres humanos que se encuentren en este mismo marco homeostático nuevamente avenido.
homeostático VERSUS sociohomeostático
Entiendo que para los seres humanos (¿para todas las especies sociales?) lo sociohomeostático supone el inicio de lo cortical; no necesariamente de consciencia plena pero sí ascendida.
Lo homeostático es biología individual, la sociohomeostasis, en cambio, es biología de los grupos; es decir en el caso de los seres humanos una biología antropológica, puesto que para los seres humanos –y otras especies sociales—la vida como supervivencia evolutiva probablemente deba entenderse en términos de grupos y no –o menos directamente—en función de los individuos.
Y así, nos vemos obligados a concebir la psique humana también en su aspecto estructural y utilitario, pues es el nexo entre los cuerpos físicos y el ser ontológico e intersubjetivo.
“Un «estar» más límbico que asciende y se hace cortical” sería otra manera de decirlo, al menos en castellano y dado que no existe esta misma posibilidad léxica al partir del unidimensional to be del inglés)
O visto al revés: cual traje de neopreno, el ser ontológico y cultural emboza a los cuerpos físicos que, como la joya más valiosa a resguardar, se quedan a buen recaudo en una periferia de distanciamiento metabólica, mientras que las contingencias del mundo racional-moral (o sea, el espacio intersubjetivo) se dirimen sobre un plano, si no público sí que susceptible de entenderse y descodificarse después según una lógica y óptica culturales históricamente determinadas, a partir a grandes a rasgos de una experiencia cultural concreta anterior y originalmente física.
Por eso el ser habría que verlo, en realidad, como subalterno respecto del estar.
Por eso, y vista desde una óptica estructural, es tan evolutivamente importante que seas tú; que asumas una personalidad propia socializada para poder participar efectivamente en el espacio intersubjetivo de tu propio grupo cultural.
Si bien el sentido último más profundo de todo sigue siendo, no obstante, la continuidad en el tiempo del estar corporal colectivo.
Y a esta especie de impasse que surge simplemente de la configuración de nuestra cognición en su vertiente colectiva y que queda normalmente velada y opacada, muchos de vosotros lo llamáis “espiritual” y propio de lo “sagrado”, siendo que es ciertamente eso.
Sin embargo, hay otra manera de entender esta circunstancia, lo que confiamos quede algo más aclarado a partir de las ideas desarrolladas en este blog.
Libertad como interés homeostático
Todo organismo goza de una libertad homeostática en este sentido por el hecho mismo de estar vivo; una limitación de este gozo como libertad surge, sobre todo para los organismos más neurológicamente avanzados, cuando la necesidad se torna malestar, dolor y sufrimiento en general
(Ojo: “avanzados” precisamente en su capacidad mayor como organismos de experimentar el dolor y, por ello, de sufrir).
Esta libertad homeostática universal podría entenderse, quizás, como una libertad menor en tanto que los seres humanos estamos necesitados de otros espacios culturales desarrollados precisamente para nuestra propia imposición vital.
…Es de suponer debido directamente a la propia condición sedentaria que desde hace ya milenios acoge en su seno el críptico problema de una fisiología originalmente nómada que subyace a dichos contextos; un problema o circunstancia digamos de tipo logístico que obliga, además, a procesar de otra manera la violencia, y el dolor y la zozobra que ésta desencadena dentro de los marcos humanos de pertenencia.
Lo que hace necesario entender que la salida individual a distintas formas de imposición/definición vital, en tanto que espacios de realización y desfogo, sobre todo metabólicos, a disposición de los sujetos homeostáticos, se convierte en un requisito estructural a favor del sostenimiento del sistema en sí colectivo y ante el problema técnica que supone la inmovilidad agraria para una fisiología sociohomeostática originalmente nómada.
Ser a partir del estar sedentario
El interés homeostático de los individuos pues se amplía ahora –a partir en realidad de la antropología histórica más arraigada e inmóvil- pasando a ocupar ámbitos simbólicos, abstractos e inicialmente incruentos gracias a un mayor desarrollo semiótico y, finalmente, sobre un plano ya plenamente epistémico.
Gracias originalmente, parece que está claro esto, a la religión.
Pero aquí la libertad se aplicaría también no solo a los espacios simbólicos sino también respecto al movimiento del cuerpo dentro de contextos miméticos1 en los que los daños físicos quedan excluidos; respecto también la vivificación simplemente estética, y todas aquellas actividades humanos que, en el volcarnos en ellas, nos libramos de la imposición cortical que es nuestra consciencia misma plenamente ascendida.
Una libertad plena, pues, incluiría cierto derecho parece que también inalienable (porque lo impone nuestra propia cognición) a sustraerse uno y una del granítico peso del rigor cortical de nuestra experiencia de nuestro propio yo consciente.
Si bien, vista desde un punto de vista evolutivo, nuestra intolerancia al aburrimiento como especie parece redundar en una fantástica afán vital de mover y proyectarnos hacia nuestra propia realización energética, hacia el futuro mismo vital (lo que debe de suponer un gran valor evolutivo, quiero decir).
Ahora bien, toda variante de libertad puede restringirse; de hecho se concibe toda estabilidad antropológica como un punto de logrado de equilibrio entre cualquier ímpetu vital desinhibido y su eventual limitación/definición que respecto al mismo ofrece el propio marco antropológico.
Y es asimismo inherente a la configuración sedentaria (en realidad a la biología misma) la cantidad de energía disponible, siendo necesario entender que el restiringir en cualquier sentido la libertad como ímpetu vital, es también un definir sistémico respecto de la totalidad de energía metabólica disponible y un gasto/implementación eficiente del mismo.
De manera que quizá sea importante subrayar que, como la homeostasis biológica individual es primaria respecto de cualquier configuración sociohomeostática ulterior, ante cualquier necesidad histórica sobrevenida de administrar con aún más eficiencia los niveles agregados de energía disponible, sería lógico suponer que, siendo ambos marcos homeostáticos susceptibles de recortarse en términos de gasto energético, fuera probablemente preferible ralentizar los planos sociohomeostáticos antes que la homeostasis individual.
(Aunque, como digo, ninguna de las dos formas de reducción tiene por qué descartarse)
La cuestión mejor planteada sería, entonces, la valoración de la vida respecto de marcos antropológicos en los que el plano sociohomeostático se ha recortado (esto de hecho de forma actualmente pública y evidente, si uno se propone escrutar con siquiera con un mínimo de atención); respecto de espacios sociales en los que ya no es tan necesario reconocer al otro porque no es ya tan necesario ser uno o una misma, o por lo menos de una manera que hasta ahora hubiéramos entendido como histórica.
Porque podemos seguir siendo sociohomeostáticos de forma ahora predominantemente virtual, pero no respecto a espacios plenamente antropológicos que presuponían una otrora interactuación física e interpersonal de mucho mayor grado de intensidad y frecuencia.
Eso que desde en realidad probablemente hace 2 ó incluso 3 décadas ya no se da al mismo nivel histórico anterior.
(O así es como lo he percibido yo desde la primera vez que recuerdo que empecé a percibir atisbos inaprehensibles, ya en los años primeros 90, de cierta desaceleración del mundo social que observaba)
Pero a mí me gusta la figura del perro como imagen también de la humanidad en estos tiempos extremos, pues una especie diferente que se hubiera hecho límbicamente relevante dentro de nuestros propios marcos homeostáticos, y hasta poder participar parcialmente de la sociohomeostasis humana, deviene ahora un recurso de ahorro energético.
Me explico (…ma non troppo):
No solo o necesariamente nos denigra la imagen o figura del perro aplicado a los seres humanos, sino que permite quizá ver con mayor claridad nuestra condición corporal y homeostática; condición que, como aquí argumentamos, rige no solo la biología y la psique individual, sino la antropología misma.
Pero nuestro ser cultural se suele avergonzar de este estar perruno más profundo que nos fundamenta; y la cultura universal (siempre pero en diferentes grados, eso sí) tiende a maltratarlo y despreciarlo (pues ¿qué perro no haya ensuciado alguna y más veces el salon de estar de cualquier marco antropológico específico?)
Pues, por ejemplo, el estar no habla (solo el ser tiene voz); es decir, para poder decir algo hay que pasarse al ser, es decir dejando atrás el estar.
(Evidentemente, la parte lingüística del marco sociohomeostático nuestro está casi del todo vedado a nuestros amigos caninos)
Y también podríamos decir que los perros nunca son realmente sino siempre están.
Y por lo que puedo yo inferir, eso debe suponer un ahorro energético metabólico importante y al que se estaría técnicamente obligado ante la necesidad y respecto de todo contexto agregado y antropológico en donde sustituirse pueda el ser con el simple estar.
Pero aunque no te gustan los perros, forzoso es (probablemente) convenir en que, por las razones aquí esbozadas, suponen un coste metabólico menor y de ahí su valor como modelo técnico a implementar.
Aunque ni ellos ni usted tengan la culpa de que el estar sea siempre más metabólicamente eficiente que el ser.
(Cosas que pasan)
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1 Término usado con la acepción empleada por Norberto Elias en, por ejemplo, El proceso de la civilización (1938), a diferencia del uso diferente respecto de “mímesis” y lo “mimético” que presenta en su obra René Girad; acepción esta última que entiendo es la más común que se suele oír por ahí y no tanto la primera. La primera acepción en el sentido de algo que imita la realidad en tanto que no conlleva consecuencias físicas inmediatas para los participantes; mientras el sentido renegirardiano del término se refiere a la imitación como espiral de anhelos cruzados entre las partes que suele conducir a desenlaces frecuentemente violentos entre las personas.