
Todo significado humano (a igual que la psique individual), parecería que nace del grupo; y el grupo cultural y antropológico se sustenta sobre el peso de la muerte (a la que había que atribuir sí o sí un sentido como constructo cultural).
La concepción de sacrificio es una manera de darle sustancia a la muerte y que ya en sí es una forma de aceleración puesto que siempre, tarde o temprano, llega ésta.
Así, muy bien puede ser que le reconforta el hombre cuando este se adelanta a ella en la vivencia de control que es su percepción del poder que él entiende que le asiste al ejercitar él mismo de ejecutor.
La ambivalencia inherente la ratio sacrificial mitológica (cuanto mejor y más preciado sea lo sacrificado, tanto mayor el retorno buscado) parecería ahondarse en la sospecha que de la violencia ejercida, si bien busca arroparse de una apariencia ritual e institucional incluso respecto probablemente sus modalidades más arcaicas, en sí misma reconforta a los grupos humanos al tiempo que, escenificada teatralmente, se convierte en tanto espectáculo social en gran argamasa metabólica a la vez que piedra angular de lo intersubjetivo, y de carácter, además, esencialmente incruento puertas adentro del grupo propio de pertenencia.
De esta manera sería lo más lógico entender que los grupos antropológicos se erigieran originalmente frente a, pero en realidad sosteniéndose en, el gran adversario existencial que es la muerte misma y cuya causalidad última se acaba atribuyendo frecuentemente en la historia, por lo que se ve, a formas y fuerzas divinas varias.
Siendo, además, posible proyectar nuestro ímpetu feroz como voluntad a la vida contra cualquier enemigo humano colectivo que circunstancialmente fuese designado como tal.
Evidentemente, respecto la trayectoria sedentaria de cualquier civilización histórica, sería sin duda importante, sin embargo, que este críptico gozo nuestro metabólico de la aparición de la violencia fuera, en volandas de las imágenes, haciéndose por lo general cada vez más «simbólico» y virtual, para ir retirándose en algún grado y medida–pero nunca completamente– del plano corporal físico.
Formidable dispositivo sedentario es pues la infernal ratio1, en tanto que una producción de imágenes catárticas de la mayor seriedad límbica para nosotros que, sin embargo, implican mucho más beneficiados metabólicos (potencialmente millones y millones) que cuerpos humanos físicos menoscabados.
(Nótese, por otra parte, cómo la violencia y lo sagrado están para nosotros irremediablemente confundidos y amalgamados entre sí.)
Y que lo sagrado, como representa una complejidad a la que nuestra inteligencia, fundamentada en un plano límbico-homeostático, no puede llegar (pues ¿cómo entender que soy y me individualizo gracias, en realidad, a vosotros?), lo utilizamos para afirmarnos sobre el plano quizá más importante que es del yo psíquico que solo es gracias a la unicidad “misteriosa” que son los nuestros.
Es decir, no lo entendemos racionalmente sino ritual e indirectamente, pues consustancial al hecho de todo yo psíquico es también la opacidad respecto el verdadero entramado colectivo que lo fundamenta y con lo que estamos límbicamente enlazados al tiempo que corticalmente enajenados.
Límbicamente entrelazados al tiempo que corticalmente enajenados, así de difícil es la cognición humana por su carácter emergente y en su aprehensión antropológica y tempoestrcutural.
Pero vamos a intentar después todo que la dicha aún sea buena y pese a estos momentos actuales tan posteros ya…
Una cuestión de fe, nuevamente y en apariencia, pero que en el fondo supone un optimismo vital que nos brinda un sentido reencontrado a las cosas (concretamente aquí, el de que la humana condición contemporánea consta de nuestra muy necesaria tutela fáctica y planetaria, a partir de un control y administración límbicos a nivel de especie)
(¡Nada menos!)
Pero tienes que creértelo (aunque mucho menos temerlo una vez que se acepte su contemplación)
…Pero tú mismo/a
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1Descripción de la infernal ratio como armazón sociohomeostático profundo: “ …Así se ha de avenir en el reconocimiento de la moralidad humana –tanto en su capacidad de provocar la experiencia fisiológica de la culpa en el individuo como también la indignación ética y compasiva—como algo así como la gran fogata comunal alrededor de la cual gira el tiempo sedentario; y es el surgimiento histórico de las epistemologías jurídico-divinas lo que ha permitido crear la leña como combustible de la que provisionarnos a partir del acontecer colectivo y su teatralización del sino personal ajeno, de lo que estamos sin duda filogenéticamente condicionados a no quitar ojo nunca (porque en ello se nos va el mismísimo cuerpo propio como destino potencial nuestro, al menos parecería que así experimentamos los padecimientos ajenos contemplados)”… En Trampa del ser frente a al estar… Y “infernal” desde una óptica de la ética humana porque impone una lógica sacrificial universal subyacente respecto al tiempo sedentario cultural y colectivo, pues solo con unos pocos cuerpos humanos menoscabados y con en el espectáculo de sus padecimientos de una u otra manera teatralizados, se está efectivamente equilibrando todo tiempo cultural a partir de su mecánica límbico-cortical emergente. Es decir, una ratio a favor de los beneficiados metabólicos a partir de solo unas pocas víctimas reales, pero sin duda infernal porque nos debemos a ellos como parte de la arquitectura no solo de nuestro tiempo generacional, sino respecto a la propia psique finalmente socializada de cada cual (o sea, como grandísimo marronazo lo veo yo desde luego).