“Es, sencillamente, que el mundo, de repente, ha crecido, y con él y en él la vida. Por lo pronto, ésta se ha mundializado efectivamente; quiero decir que el contenido de la vida en el hombre de tipo medio es hoy todo el planeta; que cada individuo vive habitualmente todo el mundo. Hace poco más de un año, los sevillanos seguían hora por hora, en sus periódicos populares, lo que les estaba pasando a unos hombres junto al Polo, es decir, que sobre el fondo ardiente de la campiña bética pasaban témpanos a la deriva. Cada trozo de tierra no está ya recluido en su lugar geométrico, sino que para muchos efectos visuales actúa en los demás sitios del planeta. Según el principio físico de que las cosas están allí donde actúan, reconoceremos hoy a cualquier punto del globo la más efectiva ubicuidad. Esta proximidad de lo lejano, esta presencia de lo ausente, ha aumentado en proporción fabulosa el horizonte de cada vida…” Cáp.4 de La rebelión de las masas (1929), Ortega y Gasset
Argumentamos que la vida sedentaria -la contemporánea y tal como la conocemos aún- no sería posible sin lo que Ortega considera el horizonte vital del hombre que, como se ve, no es en realidad un espacio real, físico-material exactamente, sino más bien una idea, quizás una imagen no del todo definida; o lo que, en todo caso, es una forma de vivificación psíquico-metabólica intensa que, tal y como pone de relieve esta cita, hace que rebasemos los confines reales de, sencillamente, lo corporal y todo lo que lo sujeta.
Concretamente y según las palabras de Ortega, se trata de un espacio incialmente visual que, seguramente, se habrá de entender en tanto imagen sobre todo mental ya que se muestra un plano semiótico (o sea, periodístico de la ciudad de Sevilla en al año 19281) que consta, lo más seguro, de fotografías además de texto escrito.Si bien la fuerza plástica, por otra parte impresionante, de la imagen de unos témpanos de hielo a la deriva por contornos andaluces (y más o menos estivales) implica una suerte de cautivación sensoria del perceptor-lector que no parecería posible lograr con solo una fotografía.
Evidentemente, la capacidad de la reconsitución de la imagén mental que ha esgrimido la cultura sedentaria desde la aparición del lenguaje escrito, precede la posibilidades fotográficas como producción humana. De hecho, es en realidad el poder digamos plástico de la escritura y la herramienta que ofrece para construir imagenes mentales (con una fuerza de hechohasta homeostática) en la mente del individuo, lo que ha puesto en guardia a unas y otras autoridades puntuales, en una y otra experiencia cultural particular (conocida es la animosidad que tenía Platón por el poder manipulador de los poetas y sus imagenes; o la historia hebrea y otras tradiciones iconclastas, incluída, en general y historicamente, la protestante, quizás también la islámica; si bien el catolicismo ha ido históricamente en la dirección justamente contraria, pues ha compatibilzado la experiencia sensoriometabólica de lo visual con la definición conceptual que solo el lenguaje escrito puede proporcionar).
Y es que la experiencia percpetora de la imagen, bien sea a partir de las palabras o bien en tanto imagen plástica física, puede considerarse una esfera más, en cierto sentido, de la experiencia simplemente corporal humana, puesto que conlleva también consecuencias potencialmente homeostáticas para el organismo perceptor: particularmente y como hemos esgrimido a lo largo de estos textos, el mundo moral humano, que si bien es verdad parte exclusivamente de la experiencia de un cuerpo en el espacio sociomaterial, también puede sujetarse de forma más fisiológica y sensoriometabolica que en realidad física.
Es decir, añadamos al hilo argumental de Ortega, tal como se inicia en la cita aquí reflejada, las circunstancias neurocognitivas humanas entendidas éstas a lo damasiano, y podemos, ahora, alegar un principio de causalidad técnica a los hechos por Ortega constatados: que la vida sedentaria no ha tenido, en realidad desde siempre, más opción que aprovechar el ambíto sensorio-metabólico humano para agrandar el espacio vital de nuestra propia imposición vital; y esencial ha sido rebasar el mundo corporal por el alto coste que tiene para nostros el espectáculo del sufrimiento del prójimo pertenenciente, y esto por la única vía disponible, a través de la homeostasis moral2 (que así podríamos llamarlo) que ofrece para nosotros la experimentación de, simplemente, las imagenes y de lo que, en sentido lato y un tanto difuso, podíamos entender como «el arte».
Y con esto -reiteramos de nuevo- se está diríamos desdoblando virtualmente el locus del sentido humano en sí. La modernidad la podemos entender, por tanto, como sobre todo la sujección ahora mucho más técnica del espacio sensoriometábolica, puesto que puede concebirse como un apartado más de la historia, si bien a veces no muy grata, de nuestra propia violencia como imposción simplemente vital.
1 Probablemente se refiere Ortega a la desparición del famoso explorador Roald Amundsen en Polo norte en junio de dicho año.
2También se podría usar el términco Resonancia límbica…
La tesis de Bayly respecto los cambios del mundo pre-industrial la podemos esgrimir nosotros para apoyar la idea de cierta efervescencia “industriosa” que, aun con más ímpetu, obligó a una actividad de producción humana y, en general, cultural (provocada en parte por la progresiva imposición por todo el mundo de la palabra impresa); y que, con los adelantos técnicos del transporte marítimo, contribuyó asimismo a la progresiva homogenización mundial de los hábitos culturales. Y puesto que, al hacerse más pequeño el mundo, la aparición del otro cultural (al verse, por ejemplo, la presencia europea en cada vez más lugares del mundo) empujaría sin duda a cierta introspección identitaria propia y más o menos generalizada.
Y, entonces, la contradicción para el autor de una simultánea homogenización del mundo a la vez que el crecimiento de conflictos nacionalistas, no tiene por qué confundirnos: se está reconfigurando, podríamos decir, el mismo patrón original de la resconstitución sociorracional humana, pero en un contexto nuevo, el de la experiencia antropológica erigida como nunca antes sobre la comunicación.
Que esto se debe, en un plano causal más profundo, a la circunstancia en la que nuestra cognición, nuestra misma conciencia como individuos socializados, sigue un modo de reconstitución forjado originalmente frente un mundo nómada y pre-agrícola; en tanto la vida sedentaria impone otro tipo de relación entre nosotros y nuestra propia experiencia fisiológica, resulta necesario servirse de ámbitos semióticos cada vez más amplios que permiten la vivificación sensoria-metabólica rebasando el espacio físico-material de los cuerpos (ahora más inmóviles durante más tiempo).
Y, de forma somera, puede inferirse todo lo dicho respecto la experienica cultural, por ejemplo, de la Grecia clásica, que según el analyisis de Bruno Snell1 o el mismo Nietzsche, ya contiene en sí mismo los contornos ensenciales de nuestro propio modo sedentario de sostenimiento antropológico.
Pero en el mundo global -por primera vez en un sentido contemporáneo- que describe Bayly respecto el mundo pre-industrial en torno al año 1770, parecería necesario volver a diferenciarse nuevamente, pues incluso desde el mundo animal (las aves alineadas sobre un tendido telegráfico en posición equidistante exacta los unos respecto a los otros, que observara Konrad Lornez, por ejemplo), la pertenencia a un colectivo, que es sin duda la artimaña de supervivencia evolutiva por excelencia, nunca ha sido a costa de la afirmación vital del individuo, sino, al contrario, la pertenencia en el mundo vivo del individuo a la colectividad es siempre un pertenecer desafiando, pues no parecería haber algo más feroz que la voluntad precisamente individual por perdurar, cosa que los grupos biológicos no buscan suprimir sino explotar.
Argumentamos, en efecto, que la natural tendencia a la escisión entre la vivificación sensoriometabólica del sujeto homeostático, frente a la reconstitución de nuestra propia consciencia sociorracional (esto que está marcado ni más ni menos que por la organziación neurocognitiva y sociobiológica no solo humana sino de muchas otras seres vivos) debe concebirse como una constante respecto la progresión humana en el tiempo, y dado que es la aparición de la antropología agraria de hace unos 11,000 años lo que ralentizará aún más la mayoría de las fuerzas de selección natural que podamos considerar relevantes para los cambios evolutivos: volvemos a reiterar el planteamiento base de este conjunto de textos que entiende la antropología dependiente en la agriculutra como fundamentalmente incompatible con la evolución biológica, puesto que los grupos humanos asentados no tienen más remedio que incorporar el dolor al proceso de su propio refuerzo identitario; porque el dolor provocado por el espectáculo del sufrimiento del otro pertenciente, deviene en el reclamo más importante de un sentido moral-racional al que puede aferrarse el grupo en sí.
Se entendería, por tanto, la elevación moral-racional inherente a la experiencia sedentaria como, en realidad, una exigencia -una urgencia- tipo estructural de la misma, y puesto que no cabe difuminar la hibris emocional del sujeto homeostático en el andar mismo sino “invertirla” en la consecución de un sentido moral-racional, en tanto operatividad normativa de carácter dóxico del amparo que supone el grupo. Naturalmente, como corolario lógico, se requiere el dasarrollo de espacios de vivificación sensoriometabólica que defieran en algún grado las consecuencias directamente corporales de la emotividad humana: el desarrollo de mayor cuaces semióticos (la plasmación conceptual de espacios no corpóreas y «de ficción» no susceptibles de contradecirse; el lenguaje escrito y, después, los nuevos sostenes gráficos) constituye la permanente e inexorable dirección a la que está abocada la progresión sedentaria (“cultural” a secas, y tal como la concocemos).
De manera que, durante el periodo que trata el autor, proponemos un proceso de totematización mundial respecto una imagén nueva del ser humano (lo que también implica una “nueva” subjetivdad) que paulatinamente se iría extendiendo al albur de las nuevas formas de comunicación, la impresa conjuntamente con la marítima, inicialmente, para luego adherirse a los nuevos contextos fisiológicos-semióticos del capitalismo más o menos contemporáneo y la proyección consumista del inviduo que lo fundamenta.
Es decir, parecería que toda funcionalidad sedentaria remite finalmente a alguna clase de imperio de la imagen y bajo la cual el individuo homeostático se encuentra ante el dilema de su propia vivificación sensoriomoral y metabólica, en tanto se conforme o no con la socio-normatividad del momento: pero en la voragine opróbica que padecemos todo cuerpo perteneciente ante la (falsa) duda de nuestro propio pertenecer, ahí es donde la vida sendentaria ha procurado siempre su mayor punto de apoyo.
Y, frente a esa imagenes, somos ante todo en el drama metabólico de nuestra propia intimidad homeostatica: evidentemente, se nos ha de proporicionar un cauce en donde, aunque sea mínimamente, seamos libres (y al menos metabólicamente) de definirnos un sentido u otro, y en tanto salida más fisiológica que corporal a la emotivdad propia. Argumentos que el periodo de la historia mundial que trata el autor supone la consolidación precisamente en este sentido de este cierto contexto fisiológico-semiótico que es tambien, en esencia, el nuestro.
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Bruno Snell, The Discovery of the Mind (1946; traducción al inglés, 1953)
La desviación de la violencia entendida a lo Girard puede concebirse como, en realidad, una huida de nuestra propia vacuidad neurológica y el terror que dicha condición adánica de indefinición efímera nos produce: que no hay, en última instancia, otro recurso al sentido, a lo que parece, que los cuerpos ajenos, y dado la calidad quimérica y vacía del origen de nuestra propia consciencia individual.
Pero esta circunstancia a la larga da lugar a otra dificultad que es la sujección de todo sentido humano en la otredad, lo que refuerza al mismo tiempo -de forma indirecta y no abiertamente contemplada- la naturaleza nihilista que, al fondo de todo y si uno lo va pensando, nos habita como condena.
La tendencia propiciatoria de la cultura humana está arraigada en la neurología humana y en el hecho de que somos, ante todo, seres homeostáticos que nos vamos rellenando (a partir, por tanto, de una vacuidad técnica inicial) de vivencias sensorias que son la verdadera argamasa de la interacción sociofisiológica posterior y fuerza causal primaria de todo sentido humano moral-racional posible, pues no hay individualidad sociorracional sino a través, en realidad, del otro.
Pero, el hecho es que el porqué intrínseco de mi propia capacidad de raciocino (como consciencia habitante que soy de esto que es mi cuerpo) no es, sin embargo, inherente a mí, sino que se encuentra en el otro quien extrínsecamente me obliga a mi propia subjetividad socio-personal.
La paradoja que aquí se intenta esbozar tiene su origen en la neurología humana entendida ésta a lo damasiano, si bien parecería ciertamente también una condición base y universal de la cultura en sí.
Se puede argumentar, por tanto, que el camino a seguir es, simplemente, esta misma trayectoria propiciatoria ya esbozada a través de la historia de la cultura, y tal como ésta la entiende Girard; que lo propiciatorio es, en realidad, una forma de relleno y encarnación respecto una fuente inaprensible de lo humano (esto es, la consciencia propiamente dicha) que, por circunstancias simplemente biológicas -o más exactamente, sociobiológicas– se ha puesto más allá de nuestros dotes empíricos (ya que nuestra capacidad de raciocino y análisis empíricas son producto diríamos derivado de, compuesto por, dicha anterioridad neurológica).
Inmersos como estamos en la permanente reconstitución sensoriometabólica de todo yo sociorracional, parecería difícil (si no imposible) volver racionalmente sobre la vivencia fisiológico-corporal que antecede y funda nuestra propia cognición y su carácter racional.
De manera que la propiciatorio ha de culminarse -pudiera argumentarse- en una rección humana sociobiológica que ya se encuentra de forma totalmente extrínseca a su propia entidad sociocorporal viviente; que esto sería asimismo la posibilidad de una agencia técnica a nivel, por fin, de la especie y ante su tiempo real ya no mediatizada por la experiencia fisioantropológica perteneciente de ningún sujeto homeoestático particular.
Es decir, al no jugarse ya el cuerpo propio sobre ningún tablero sociofisiológico real compartido ni históricamente particular, el sujeto agentivo se hace, además, intrínseco respecto su propia posición y óptica regidoras. De manera que la desviación logra convertirse (ahora de forma técnica), en un apartarse estructural y ejecutivo, despojándose al mismo tiempo del aspecto fisiológico y preconsciente de lo moral humano. Y a partir de entonces las cuestiónes del porqué de las cosas, respecto a qué fin y meta previstos y el cómo llegar ahí, se vuelven asuntos racionales en un sentido verdaderamente técnico, puesto que toda descisión agentiva en cualquier sentido no está sujeto por más autoridad que un mismo ente executivo en su propio criterio técnico scientífico-humanista, exclusivamente.
El “problema” con lo posmoderno y la trascendencia como estrategia en realidad evolucionaria de los grupos humanos
El problema con lo posmoderno: si bien de forma sin duda constructiva inicialmente, lo posmoderno sacrifica en algo la coherencia empírica a favor de la vivificación sensoriometabólica que, como vamos esgrimiendo a lo largo de este trabajo, es elemento funcional clave respecto al viabilidad sedentaria en el tiempo.
El fin estructural de la trascendencia: debido a que se trata de un punto culminante respecto la configuración sociofisiológica humana, la trascendencia en tanto sentido (tanto intelectual como religioso, secular o de cualquier forma espiritual) sirve un fin ante todo estructural respecto la constitución y mantenimiento en el tiempo del grupo. Pero debido a ello la trascendencia puede a su vez adquirir un carácter de excesiva obligación, en tanto requisito en realidad estructural, cuando lo que realmente impera sobre todas las cosas es, no tanto aquello que pueda significar la vivificación sensoriometabólica, sino la intensidad misma del hecho fisiológico en sí. Es decir, el sentido ultimo de toda experiencia sensorial-metabólica en tanto transcurso real del tiempo humano, nunca está en la experiencia misma sino en su interrelación estructural con la multiplicidad viviente que son los otros pertenecientes.
El vanguardismo artístico respecto de la historia del arte contemporáneo puede considerarse un antecedente de lo posmoderno. Particularmente, el ensayo de Ortega y Gasset La deshumanización del arte (1925) alumbra una interesante concepción de la experiencia estética en sí y de por sí, en tanto que se libra de la mecánica fisiológico-antropológica de los grupos humanos que, como aquí argumentamos, dependen de la vivificación sensoriometabólica y emotiva del sujeto homeostático individual; la trascendencia grupal -sociorracional- subsiguiente a partir de la anomia inicial de multiples individuos, supone la conslidación efectiva del grupo cultural frente al espacio real de su propio drama corporal en el tiempo. “Deshumanizar” la experiencia estética como arte es, por tanto, rechazar estas ataduras internas a nostros que, de origen sin duda filiogéntico, tienden a impulsarnos hacia la consecución de estructuras morales-racionales compartidos (que son racionales precisamente porque son colectivamente vigentes).
Pero como también hemos esgrimido, existe desde los inicios sobre todo sedentarios de la cultura humana la universal tendencia a crear espacios de vivificación sensoriometabólica que, conforme va conslidandose lo sedentario, se van erigiendo en cauces estructurales imprescindibles para con la viabilidad de la antropología más sedentaria (proceso de acomodación de una otrora nómada sociofisiología al nuevo contexto más fisicamente inmóvil propia de la agricultura). De hecho, la noción de cultura tal y como nostros entendemos esto hoy en día a partir de la existencia sobre todo de la religión formal y espacios de contemplación estética populares, se basa (si bien de forma no conceptualizada) en esta calidad “mimética” de buena parte de nuestra experiencia vital en tanto sujetos sociales sedentarios que somos: es decir, que la vivificación sensoriometabólica por cuanto no conduczca a ningún encontrozao directmente corporal (con consecuencias por tanto sociomorales), soslayará toda implicación política, lo que a la larga beneficiará la viabilidad sedentaria en tanto ámbito metabólico auxiliar de ejercicio fisiológico (permitiendo con ello que lo inmóvil se tolere mejor y sin que sea necesaria -o al menos más improbable- ningún estímulo fuerte en forma de violencia sobrevenida y no estructuralmente prevista).
De modo que podíamos decir que se ha producido un traspaso, respecto al arte nuevo descrito por Ortega, de una rección estructural inherente, en primer lugar, a la fisiología individual del sujeto perceptor, a una nueva forma de imposición por parte del artista; esta imposición como poder que Ortega entiende como voluntad de estilo. O se podía asimismo entender como usurpación agentiva de parte del creador, que busca precisamente derrogar -o jugar creativamente con ella- la configuración base, filogénticamente evolucionada de la percecpción sensorioestética indiviudal: el arte nuevo es novedad en justo este sentido de no servir la percepción sociofisiológica estandar inherente al individuo perteneciente, sino desafiarla provocando nuevas experiencias a partir del choque sensorial-homeostática que el artista nuevo -ahora prometeico- sea capaz de arrancar a su audiencia.
Aunque, naturalmente, todo tipo de poder establecido que se fortifique en la fisiología identitaria en tanto armazón del control populista, que presiamente por eso depende de la sociofisiología en forma digamos bruta, y poco refinada por la capacidad reflexiva de la circumspección individual, se erigirá en enemigo acérrimo de este nuevo arte en sentido orteguiano, puesto que supone una suerte de interferencia para ese mismo poder populista: el ejemplo que viene al caso es la prohibición hilteriana del “arte degenerado” (Munich, 1937).
Es Ortega en el ya citado ensayo que habla de la intrascendencia incial del arte o de la estética, a lo que se podría oponer el hecho de que la vivificación sensoriometabólica sí que es el fuelle de la consolidación de toda pragmática colectiva y vital (en tanto sociorracionalidad efectiva), si bien ambas cosas, la consumación estética individual y aquello que pueda de hecho significar, van por separados. Pero, sin embargo, la vivificación sensoriomoral y homeostática en sí y de por sí, sí que tiene siempre una función (por tanto un sentido) estructural frente al problema de lo sedentario. Y la juxtaposicón de la vivencia sensoriometabólica intensa que somete, momentáneamente, al sujeto perceptor y homeostático, con cualquier sentido moral que pudiera colectivamente surgir, es también en sí msimo una forma de funcionalidad -de sentido- esturctural: sería un sentido que, como argumentos aquí en estos textos, iría en paralelo con la esencia emergente de la conciencia a partir del estar neurológico anterior y damasiano.
-La conciencia humana supone un proceso de reconstitución somatosensoria que depende, por ello, del estímulo sensorial y sus efectos en nosotros homeostático-emotivos.
-los grupos humanos ponen universalmente al centro de la mecánica de su propia permanencia en el tiempo dicho proceso de reconstitución neurológico-cognitiva individual.
-El desamparo fisiológico-corporal de cada uno de nosotros y nuestra pulsión por tanto vital de pertenencia respecto al colectivo, deviene en viga maestra de articulación los grupos antropológicos.
-La integración del individuo al grupo es, por tanto, de naturaleza sensoriometabólica como parte del proceso homeostático-cognitivo humano, lo que aboca a la concepción de la personalidad sociorracional como artificie real de la permanencia en realidad colectivo-cultural.
-Se ha de concebir, por tanto, una suerte de oposición fundacional entre la anomia individual (en tanto intimidad sensorio-homeostática y metabólica de cada uno) y la homogeneización sociorracional que impone el grupo a través de una dinámica en esencia coercitiva, asimismo íntima, de la pertenencia o no del individuo.
-En base a esta calidad opróbica interna al individuo, respecto su pertenencia al grupo (pero frente al problema de su propia corporeidad como trampa), se forja toda moralidad-racionalidad colectiva, finalmente cultural.
-La permanencia cultural del grupo antropológico deviene, por tanto, también en un proceso permanente de reconstitución (en paralelo con la realidad neurológico-cognitiva individual) que igualmente depende de estímulo sensoriometabólico recurrente.
-El modus vivendi del ser humano en tanto anthropos es un vivir percibiendo, debido al carácter emergente de, en primer lugar, nuestra cognición, pero también respecto a la realidad evolutiva más importante que son los grupos.
-Debido a ello resulta necesario entender el bucle que universalmente se establece entre los grupos humanos antropológicos y su propia experiencia sensorial, como evidente estrategia estructural en aras de salvaguardar su propia viabilidad en el tiempo colectivo-cultural.
-Pero decir emergente es también tener que concebir la continua integración de todo sujeto homeostático perteneciente como el quehacer real de la experiencia antropológica, en paralelo con el proceso de consumación vital generalizado de los seres vivos: el carácter críptico de esta circunstancia supone el sostén real -pero oculto- del sentido humano y su imposición moral como pragmática.
-Porque el sentido moral debe también comprenderse como en sí mismo una imposición estructural universal de parte de los grupos humanos, frente al problema técnico de su propia permanencia colectiva.
-Es en este sentido, y siguiendo esta línea de inferencias, que puede decirse que la sociobiología humana es para esto en tanto recurso que tuvieran los grupos humanos a su otrora evolutiva disposición, respecto lo que integra algo así como la gran fontanería de la experiencia humana sobre el planeta.
-Sin emabrgo, la evolución en referencia a los grupos humanos se debe entender como ralentizada en grado sumo a partir de la experiencia agrícola (advenimiento que se ubica en el periodo neolíotico), y dado que los efectos reales de la mayoría de las fuerzas de selección natural han quedado igualmente minimizados.
-Y, pese a las apariencias sedentarias, permanece operativa la sociofisiología humana original que“procesa” -podíamos decir- al sujeto homeostático al abur de las contingencias sensorias acaecidas: dicho dispositivo revulsivo que, a través del invididuo, permite en efecto la consolidación colectiva, frente a las amenezas soberanas (que lo son debido al efecto estructural que llega verdaderamente a regir al grupo sometido), deviene en el dilema técnico más importante que está en el seno oculto de la viabilidad sedentaria.
-La antropología sedentaria se ha visto obligada a servirse de experiencia sensoriometabólica para obviar -y así librarse de- los límites sobre el desplazamiento físico que impone la vida agraria: los espacios miméticos ofrecen el medio más importante de acomodación de una fisiología humana definida, en realidad, a partir de una evolución filogenética anterior nómada.
-A este fin, la experiencia sedentaria (o la cultural a secas y tal y como la conocemos nostros) ha tendido hacia un cada vez más complejo dearrollo semiótico: se puede hablar, en efecto, de un verdadero despegue semiótico a partir, universalmente, de la experiencia agraria en tanto que la complejidad ritual, la religión formal, el lenguaje escrito, los espectáculos públicos y el arte, etc., pueden considerarse todos ellos ámbitos totémicos que permiten una mayor posibilidad de vivificación de carácter más fisiológico-metabólico que en realidad corporal.
-Porque, en efecto, la viabilidad real del tiempo humano sedentario se asienta sobre la vivificación sensoriometabólica que relega, en cierto sentido, lo corporeo en sí, si bien la seriedad en última instancia moral vuelve de nuevo, inexorablemente, a partir de lo corporal.
-Por todo ello argumentamos que la episteme misma deviene en recurso a disposción de los contextos sedentarios en tanto extensión incorpórea de la doxa orginal. Y parecería lógico entender que, si se vuelve perentorio un mayor desarrollo semiótico (para poder así ampliar espacios fisiometabólicos para los sujetos homeostáticos y pertenecientes, frente a los límites de lo sedentario), la otrora técnica función de la sociorracionalidad (en tanto estrategia original de permanencia simplemente grupal) obliga a un proceso de sofisticación técnico-intelectual, y hasta científica, que calificaríamos, quizás, de ineludible.
Las contingencias devienen en manantial en la que abrevará existencialmente el pueblo, esto es, la vida colectiva e identitaria de todo nosotros antropológico. Pero no se trata solamente del azar, aunque sí que es de suma importancia, sobre todo por el hecho de que las contingencias no las controlan -por norma- los seres humanos, siendo por ello posible que los grupos humanos puedan llegar a depender de esta fuente auténtica de lo imprevisible, y organizar su experiencia ritual acorde con ello. Es importante también el hecho de que la vida, evidentemente, se estructura sobre elementos biológicos que, en el fluir de las generaciones, se repiten una y otra vez, siempre esencialmente lo mismo, pero siempre respecto a personas recién llegadas para quienes ciertas experiencias (a partir de, condicionadas por, el plano biológico) son nuevas, mientras que para otros personas pertenecientes (la gente adulta y de más edad) ya las han vivido.
En este sentido, conviene quizás concebir las contingencias personales como oportunidades de ejercicio, en realidad, sociometabólico a partir de un grupo humano sedentario y ante el problema de una sociofisiología humana filogénticamente evolucionada a partir, en realidad, de un contexto anterior nómada. Particularmente, cuestiones a las que somos especialmente sensibles en tanto que nuestra herencia genética ha podido consolidar en nostoros puntos biológicos y sensoriometabólicos que se prestan con facilidad a la consolidacion de estructuras sociales entre multiples individuos: nuestra seguramente universal sensibilidad a los niños; el instinto tanto de colaboración como conflicto (o inclsuo antagonismo) respecto a personas del mismo sexo; el instinto de la pertenencia; o la repulsión sensoria en nostoros ante los superficies percibidas como puntiagudas…son todos posibles puntos universales, entre muchos otros, de rasgos ya filogénticamente evolucionados en nostros y que, debido a su profundo arraigo metabólico, actúan como puntos inexorables en lo que luego será algo así como un guión de interactuación social en cierto sentido propulsado por dicha naturaleza nuestra ya filogénticamente consolidada.
Evidentemente, será la experiencia sensoria en general (y en su conexión homeostática con lo emotivo) lo que inicia nuevamente este dispostivo sociofisiológico que somos en tanto miembros pertenecientes de un grupo, siendo esto lo que no tiene más remedio que explotar la antropología sedentaria. De manera que parecería de suma importancia estructural el hecho de que vivamos percibiendo; pero los recursos tecnológicos de nuestras sociedades consumistas en este sentido de entretenemiento en tanto ocuapción sensoriometabólica del sujeto antropológico, no pueden compararse con la experiencia colectiva anterior, lo que, a grandes rasgos, podíamos llamer pre-tecnológica. Y si bien es cierto que nostoros también vivimos del drama moral contemplado (como una especie de “moralidad del espectador”), es normalmente a través de suportes técnicos como los libros y el lenguaje escrito, o los medios audiovisuales y electrónicos. Y, sin embargo, las experiencias antropológicas más sedentarias pero aún no tecnológicas, tienen como recurso principal en este sentido el teatro proxémico social en sí, puesto que se trata normalmente de comunidades aun pequeñas con pocas posibilidades miméticas que no sean la interactuación sociorritual en sí misma.
Como ya argumentamos en el conjunto de estos textos, una situación proxémica en el tiempo colectivo busca fortalecerse a través de las postulaciónes conceptuales sobre espacios semánticos protegidos de la contradicción: se trata de una forma de establidad de la que dependen los grupos humanos que contrapone el plano corporal frente a un mundo incorpóreo de asertos lógicos de ninguna manera comprobables (pero al mismo tiempo tampoco susceptibles de contradecirse), cuya autoridad última la adquieren de la figura del doctor o chamán (persona especialista cualificada precisamente en lo no corpóreo como lógica), y en general como doxa real de cualquier particular forma grupal-cultural de pertenencia. Dicha tendencia a postular lógicas más allá de la posibilidad de la contradicción (maniobra por otra parte lógicamente lícita en sí misma) debe considerarse no como un defecto del razonamiento empírico, sino como recurso cognitivo que, como seres humanos, nos asiste como rasgo esencial en tanto herramienta de imposición, en realidad, vital y sin parangón en el mundo de los seres vivos: precisamente respecto una comunidad sedentaria y pre-tecnológica, se observa facilimente la utilidad que tiene como cuace finalmente metabólica para la vida fisiológica de los seres pertenecientes; que precisamente a partir de esta calidad no corporal sino sensoriometabolíca o estética (“totémica” sería otro adjetivo posible) la antropología sobre todo sedentaria ha podido resolver el problema inherente a la misma, a saber, una fisiología humana filogénticamente consolidada originalmente a partir de la experiencia colectiva nómada que no tiene más salida que descorporeizarse en algún grado.
La vida que podríamos llamar sensoriometabólica del sujeto homeostático socializado, deviene pues en el cauce quizá más importante de vivifiicación de carácter, siempre en algun grado, moral para todo perceptor cultural o opróbicamente pertenciente: de tal forma que la sostenibilidad de lo sedentario en el tiempo depende estructuralmente de dicha vivificación como la mismísima resolución viviente de su propio dilema interno (esto es, resepcto de una fisiología filogenéticamente evolucianda orginalmente frente a un entorno humano nómada). Pero, en efecto, la dependencia en el sentido aquí esbozado de tipo estructural, corresponde asimismo a una dependencia, por parte del colectivo, en las contigencias (especialmente las desgracias de todo tipo) acaecidas respecto a los individuos co-pertenecientes: en este sentido, el infortunio y malandza de una u otra persona particular, para nostoros, sin embargo, constituye una fuente de fuelle existencial-metabólica que garantiza un nuevo -pero, de forma en realidad incesante- ejercicio de vivificación sociometabólica.
Pues no parecería nada más importante que entender desde la óptica del grupo el porqué del sufrimiento de los indiviudos. Sobre todo la razón por la que unos se van, o que otros son defenestrados; y, en tanto lo emotivo impacta sobre los lazos sociales y cívicos, también hay que entender los excesos, arrebatos, y en general la hibris, que vemos que acomete de vez en cuando a las personas con la que estamos proxémicamente dependientes. Y no hay para nostros nada tan importante porque en los acontecimientos que vemos que suceden a los otros, nos juagmos el sino corporal propio, en tanto que se trata una calidad especular de los acontecimientos importantes (los que impactan socialmente) que en nostros constituye la raíz, no solo de la empatía, sino probablemente de la moralidad misma sobre la que se asienta todo colectivo humano (consistencia moral que, por otra parte, solo puede aportar un grupo).
Pero, ¿eso quiere decir que como colectivos o sociedades nos alimentamos de las contingencias que les suceden a los demás? Pues hasta cierto punto, sí, en tanto que esto de la ejemplaridad se refiere en última instancia a un plano sociofisiológico más profundo que rige algo así como un protocolo individual de la pertenencia respecto a los grupos en el tiempo. Y, debido a que es a través de la vivificación sensoriometabólica que el sujeto homeostático se resconstituye neurlógica y cognitivamente en yo consciente y sociorracional, el estímulo frecuente y recurrente, debe considerarse elemento esencial para, en última instancia, la viabilidad sedentaria, dado que el cuerpo y la experiencia exclusivamente física devienen en problema para grupos humanos ahora mucho más inmóviles a cuasa de su dependencia en los cultivos agrarios.
Podemos, en efecto, hablar en el caso del ritual Isoma, tal y como lo describe Turner, de unos seres humanos procesados ritualmente por la mecáncia fisioantropológica del grupo en un tiempo más o menos sedentario: los ndembu con los que convivió el autor en la década de los 60 se caracterizan por ser un pueblo que combina la caza con la agricultura; grupo cultural que se organiza, además, de forma matrilínea, siendo la famila de la esposa la que acoge finalmente a los hijos del matrimonio junto a la esposa, pues tal y como expone el autor, el divorcio entre hombre y mujer es algo que se espera, que está como culturalmente progmado de hecho. Pero, pese a ello, la mujer está obligada, además, a obedecer a su marido, al menos mientras están en la fase reproductiva de la vida, lo que la convierte a ella en la figura -o el personaje- central de esta ecología identiario-estructural ndembuiana.
Se trata de un rito-actividad colectiva que pone al centro proxémico el problema de la infertilidad de la mujer y cuya causalidad se achaca tanto a cierta flaqueza personal de parte de la esposa, como a las fuezas mayores (postuladas) que se abaten sobre la mujer ndembu, que incluen, a saber, el ímpetu vital masculino como hibris sexual y de posesión, frente a la familia original de la mujer (a la que se atribuye la autoridad última sobre los hijos); y se postula que algún espíritu ancestral matricarcal que se hubiera enojado a causa de usruapación por parte del marido (junto con la desidia en este sentido por parte de la misma esposa) respecto la autoridad matriarcal menoscabada.
Pero en el centro estructural de esta tensión entre el ímpetu masculino en su propia imposición vital por una parte, y por otra el mandato igualmente obligatorio de la continuidad del pueblo de la madre (a través del nacimiento y cría de los hijos), se establece un espacio estructural concreto en el que se consumirá la vitalidad misma de la mujer joven, de tal forma que pudiera concebirse como una suerte de servicio que hace, mientras sea madre y sea también joven, al bienestar sedentario del colectivo, puesto que a través del ritual isoma se está recreando -mayormente para los demás- el drama interno quizá más importante sobre el que se asienta la estabilidad sedentaria, esto es a tráves de la biología humana de los sexos y su inevitable interrelación entre sí, tal y como la cultura ndembu la entiende.
Y entonces es, en el caso de isoma, la mujer-madre a quien se le tiende una suerte de trampa estructural de la que, con la ayuda del chamán y su equipo (más los otros participantes como miembros de distintos grupos de culto a manera de las cofrardías cristianas o católicas, y también como comunidades de sufrimiento formado por las antiguas pacientes), tendrá que aplicarse con ahínco al procedimiento ceremonial como proceso de cura, pero a favor a fin de cuentas de la vivificicacion en realidad pública y comunitaria en general.
El argumento que aquí se esgrime es que, a falta de otras fuentes de estímulo sensoriometabólico (posibilidad que aumenta de forma importante a partir de dinámicas culturales tecnológicas), la propia sociobiología deviene en sostén de espacios proxémicos de vivifcacion sensoriomoral y metabólica para los seres pertenencientes sedentarios. De manera que podemos entender esto como un ejemplo del recurso universal que tiene los sistemas culturales no solo humanos a la propia biología de la que puede valerse la experiencia colectiva para crear contextos miméticos y de valor, en ultima instancia, simbólico.1
Pero evidentemente, el contexto sedenatario, para poder crear y mantener su propia estabilidad en esencia inmóvil, no tiene más salida que apropiarse de alguna manera de la materia vital de los individuos para así producir una funcionalidad vivificante que alimenta en este sentido metabólico-moral no solo la identidad cultural, sino esta necesidad más estructrualmetne profunda que es la de ejercicio mimético frente al problema de una sociofisiología filogénticamente consolidada a partir de la experiencia humana nómada anterior.
A los grupos antropológicos como los ndembu se solía referir con el término de sociedades preliterarias en tanto que, al no existir suportes semiótico-simbólicos más desarrollados, no tienen más remedio que utlizar los cuerpos mismos sobre un teatro proxémico, lo que sigue la misma tendencia de siempre respecto a los grupos humanos, esto es, la de acabar adueñándose de alguna manera de su propio estímulo sensorial y dada la importanica de la reconstitución somatosensoria en cognición humana (entendido esto a lo damasiano), y que los grupos humanos incorporan a la centralidad de su propia mecánica vivencial y sociofisiológica en el tiempo. Y se abre la posibilidad, por tanto, de entender la experiencia sedentaria como en el fondo una necesidad de vivificación fisiológica que haga efectivamente tolerable la inmovilidad corporal sedentaria.
Pero el drama cultivado a través de los procesos rituales como isoma, con todo su complejidad diríamos esotérica y su dependencia en realdiad sensoria respecto a los materiales que forman parte del proceso (los animales que se sacrifican; las mezclas de líquidos que piden las recteas chamánicas; el simbolismos que a cada paso aparece respecto dichos materiales, etc.), no sería necesario, pudiendo ahorarse todo ello si:
-el grupo hubiera tenido que depender más de la experiencia de desplazarse más en grupo; esto es, si fuera una unidad humana que aún se agluntinara sobre todo y principalmente en el desplazamiento físico; vivencia del desplazamiento corporal en la que, evidentemente, se difuminan muchas de las tensiónes que surgen entre las personas.
-o bien, la misma complejidad ritual sería innecesario si el grupo pudiera (como nostros sí que hacemos) simplemente encender cada uno su telvesior, o bien leer cada uno por su cuenta; o bien si pudieran asistir simplemente a eventos de carácter más teatral en tanto espectadores en vez de participantes. O que tuvieran, a través del cuace sensoriometabólica quizá más importante para las sociedades contemporáneas, que son los medios de comuncicación se entienden periodísticos, la misma oportunidad de vivificación sensoriomoral, pero de forma ya no proxémica y corporalmente inmediata.
-y tampoco sería necesario todo esto si las personas pudieran ocupar, más que su sensorialidad, su cuerpos a partir de una proyección fisiosemiótica hecha rutina cotidiana, tal como de hecho se puede entender el trabajo en la modernidad.
Sería esto ultimo un tema de la alienación antropológica, en primer lugar (cosa que es inherente a los grupos humanos en forma del dispositivo de intergracion fisioantropológica que es la personalidad socializada o sociorracional), pero que luego se debería entender como condición sedentaria, quizá, que, por una parte espiritualiza en el sentido incorpóreo tal como aquí sostenemos, a partir de un acelerado desarrollo semiótico con el fin técnico de proporcionar cada vez más cuaces metabolicos de caracter más fisiológico que corporal; al tiempo que, en sentido contrario, desconceptualiza la experiencia corporal para servir en cierto sentido de depósito para el cuerpo sedentario que se consume digamos metabólicamente, pero ahora no de forma estética ni a través de la vivificacion metabolico-conceptual, sino a través de un cierto grado de zombificación de la experiencia corporal, cosa a que se presta facilmente el sistema nervioso periférico, por ejemplo (y según la actual concepción de la cognición nuestra y su condición neurlógica).
Porque, a modo del jocoso pero acertado principio respecto la antropología sedentaria, chiste o broma que suelo yo gastar (porque vuelve a surgir una y otra vez el tema), podemos entender el gran problema psicológico del ser humano contemporáneo que no es otro que el cuerpo mismo, el qué hacemos con él y puesto que el plano esturctural antropológico ya se ocupa de ejercernos como sujetos homeostáticos y en nuestra imbricación sociosomática a través de la neurología. Es decir, nuestra alienación, bien a través de vivificación sensoriometabólica, o bien en nuestra propia proyección fisiosemiótica, que surte el efecto de olividarnos precisamente de lo corpóreo, es algo que solo llegamos a confrontar mucho después en la vida, o acaso nunca (porque, evidentemente, comprender esto, al menos estructuralmente y en tanto mecánica humana en el tiempo sedentario, no es tan importante respecto la viabilidad real de la misma).
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1Argumento esgrimido por Edgar Morin respecto al uso simbólico de la biología del que se valen los grupos de chimpances para deferir, por ejemplo, la violencia entre individuos en El pardigma perdido (1973)
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2.
La diferenciación crea oposiciones entre las partes; la oposición fundamenta el sentido lo que a su vez sujeta la posibilidad de vivficación sensoriometabólica en el tiempo colectivo sedentario.
Formas de diferenciación social
-sexo
-edad
-parentesco
-grupos
-o clase
…
Y la oposición como sentido es, además, una forma de vivifciación metabólica que sostiene un modelo sedentario de consumación generacional. De manera que el sentido adquiere tintes en realidad de requisito técnico que permite viabilidad funcional de los contextos sedentarios en el tiempo.
Las diferencias en principio biológicas devienen en constantes estructurales a partir de los cuales los grupos pueden ir postulando sus propias interpretaciones particulares. Un recurso al que recurren los contextos antrpológicos es cómo la material biológica debe considerarse para, sobre todo, garantizar la vivificación metabólica. Después dichas diferencias sostendrán contextos simbólicos cuyo fin asimismo estructural será el de constituir contextos miméticos por los que sea posible resolver el problema central de la antoroplogía sedentaria, el de la acomodación de la sociofisiología humana consolidada originalmente frente a la experiencia nómada.
Los grupos humanos matrilíneas que describe V. Turner
Mientras que el orden material de la experiencia colectiva lo proporciona la descendencia paterna (respecto a las herencias y toda cuestión jurídico-política), parecería que, en aras de la estabilidad sedentaria a través de la tensión moral como recurso en realidad estuctural, los grupos humanos estudiados por Turner no tienen más remedio que postular la presencia matrilínea (los ancestros y parientes de la madre) como una especie de fuerza existencial subyacente y hacia la cual va gravitando todo con el paso del tiempo y en la maduración vital de los varones (y dado que todo aserto que se haga sobre un espacio no susceptible a la contradicción, acaba sirviendo de sostén digamos sensoriometabólico para el colectivo en sí).
Los altares bakologo como práctica cultural:
Es decir, el mundo varonil del poder político-jurídico y material queda crípticamente sujeto por algo así como la inevitabilidad estructural del paso de la vida -de la juventud a la madurez y a la senectud que solo se revitaliza a través de nuevos nacidos- lo que los grupos culturales estudiados por Turner representan en la presencia asimismo omnipotente de lo feminino, la parte sumergida y matrilínea de su uiniverso existencial. Pero lo femenino también representa, en realidad, el fundamento de lo colectivo en sí, lo que con el paso del tiempo y el decaimiento físico-hormonal de la madurez, acaba por imponer sobre los varones un sentido más reflexivo o “filosófico” respecto de la existencia. Y tal como afirma Turner, los individuos, en este punto, ya no son jovenes obedientes a una otrora figura parternal, sino que les toca ahora a ellos mismos ocupar posiciones sociales de relevancia socioestructural, como padres ellos mismos de familia, y asumir cargos de alguna forma de liderazgo social relevante.
Hacemos notar, una vez más, esta relación entre los inevitables procesos biológicos y la adscripción de sentido que algunos grupos humanos establecen como normativa cutlural, finalmente sociorracional que por ello adquiere una autoridad indiscutible para todo sujeto homeostático perteneciente, si bien siempre se puede discrepar dentro del un pequeño margen de perspectivismo exclusivamente individual. De hecho, la viabilidad de los contextos sedentarios, que son viables en su planicidad inmovil en tanto sean susceptibles de vivificarse sensorialmente, depende de la existencia de pequeñas diferencias de opinión y parecer entre invididuos y la diferenciación entre los múltiples subgrupos sociales -de sexo, de clan, de oficio, de clase, etc.- que estos forman. Las pendencias, pugnas y riñas -en grado incialmente moderado- son fuente inagotable, en este sentido, de recursos que asiten a los contextos sedentarios hacia su propia estabilidad en el tiempo colectivo.
3.
Liminalidad y communitas en V. Turner
Quisiera destacar la realidad fisiológica de la communitas en tanto fundamento causal de la necesidad mimsa de que nos socialicemos cada uno en el tiempo y la sustancia de nuestro propio desarrollo psicológico: que es la communitas donde su ubicua el porqué de lo sociorracional y la urgencia particular de cada uno en que seamos pertenciendo, pero a partir de la indiosincrasia esencial e irrenunciable que también somos individualmente. Y, en la aceptación de este aserto (el que sea en efecto la permanecia en el tiempo de grupo lo que funadamenta realmente la cognición humana indiviudal y socializada), se puede explicar la espiritualidad como ante todo un recurso de los contextos más sedentarios por mantener la mecánica original de los grupos humanos a través de la anomia fisiológico-corpórea que supone todo indiviudo singular: porque en las postulaciones humanas universales -respecto espacios semánticos allende la posibilidad misma de la contradicción- sí que nos concebimos colectivamente en tanto grupos, y pese a la evidencia de nuestra singularidad material.
Pero antes de la idea del grupo identitario, ya existe en nosotros el atisbo sensorio-homeostático a partir de nuestra vivencia simplemente corporal: argumentamos que, de hecho, nuestra sensorialidad prerreflexiva está sujeta a la percpeción del amparo (o ameneza) que para nostros son los grupos, como primeramente imagen mental y en tanto dispostivo homeostático (que tiene su eficacia evolucionaria precisamente en tanto epacio mental que anticipa el mundo real de los cuerpos1 ); que puede considerarse dicha susceptibilidad pre-consciente como una parte más del ambito en general antropormofo de la percepción humana:
Monumento a los judíos de Europa asesinados, Berlin
Pues no parecería cosa de más importancia para la percepción humana (a partir del desamparo de un cuerpo siempre singular) que la presencia de otros seres humanos. Pero la evidente seriedad moral que exhibe esta foto está antes en nuestra percepción de unos objetos en serie, que parecería una forma innata en nostros de antropomorfizar universalmente imágenes así, más que en cualquier idea resepcto a la misma que posteriormente se comunique: se trata, en efecto, de un evidente golpe de efecto de solmenidad que ejerece sobre nostros los cementerios, por ejemplo, o cualquier contexto simbólico que busque transmitir la impronta moral (normalmente cultural o politcamente interesada, eso sí) de la experiencia humana, moralidad que solo es posilble -que solo tiene su razón de ser- a partir de un grupo.
Pero, una vez más es necesario concebir la establidad sistémica del tiempo sedentario a partir de episiodios de vivificación sensorio-metabólica, de tal forma que se establece un patrón giratorio o reconstituyente (en paralelo, de hecho, con este misma característica inherente a la nuestra congnición) en el que el sentido humano se hace bucle simbiótico con la vivencia sensoria intensa. En este punto conviene entender el recurso más importante que asiste a la antropología sedentaria, frente al problema de la acomodación sociofisiológica humana, como el de, simplemente, el desarrollo moral de una nueva forma de individualidad (frente al modo anterior nómada): porque la condición más inmovil, para poder sostenerse en el tiempo, no tiene más opción que procurarse fuentes cada vez más importantes de vivificación metabólica en la forma de la zozobra moral en el individuo.
Naturalmente, para que así pueda esto funcionar, es preciso -como ya llevamos argumentando- un mayor desarrollo semiótico sobre todo conceptual y respecto al cual el individuo puede conformarse o bien rebelarse; o bien, desafiar inicialmente, para después acabar conformándose (que es, claro está, la manera de mayor rentabalidad sistémica desde una óptica estuctural en el tiempo).
Una conceputualización técnica de la antropología no tiene más salida que reconciliarse con este aspecto estructuralmente insturmental del sentido moral universalmente presente -esto es, estucturalmente necesario- respecto todo grupo humano dependiente de una u otra forma en la agricultura. Y, en tanto se resuelva el problema sedentario de adapatación sociofisiológica, viene a ser la individualidad sociorracional particular de cada experiencia grupal (como patrón a grandes rasgos de una forma cultural particular de ser) el dispostivo principal de integración fisioantropológica.
La liminalidad taly como entiende esto Turner se presta a esta concepción periferia-centro que aquí defendemos: que la centralidad cultural entra en una forma de simbiosis con la perferia que supone la experiencia sensorio-homeostática de cada uno de nostoros (con la anomia que somos cada uno particualmente, frente al orden socio-racional ya vigente del colectivo); de tal manera que cada nueva zozobra como vivencia sensorio-metabólica, supone también un nuevo porqué del orden consabido.
El término lo emplea Turner para referirse a categorías de personas que, en relación con el cuerpo social en su conjunto, se encuentran marginadas o de alguna manera exluidas, frecuentemente de forma solo transitoria ya que el autor entiende cualquier rito de iniciación (rites of passage) como espacios esturcturalmente marginales en principio, pero que después vuelven a incorporar los sujetos iniciáticos (pero también puede tratarse de modos de liminalidad peramenente, en tanto categorías, de por ejemplo, lo sagrado para cualquier grupo y respecto a las personas que ejercen cualquier autoridad o función en dicho ámbito).
Pero, de nuevo, podemos establecer un evidente paralelismo con las fases biológicas de los individuos y los ritos por los que irán pasando a lo largo de su recorrido vital-social. Como ejemplo universal, el paso de la adolesencia a la condición de adulto, tanto para el varón como la mujer, se presta al establecimiento socialmente crucial de los ritos iniciaticos; ritos que son importantes como fuente precisamente de regularidad sociobiológica que los contextos sedentarios parecerían que no pueden dejar de explotar en tanto espectáculos reforzantes en sí de lo sociorracional, y dado la presencia presumbilemente universal de dichos ritos. Pero el argumento aquí es el de un servicio prestado, en realidad, por los sujetos-candidatos al reconcoimiento del estatus social de adulto, en aras de la mantuención colectiva de la mecánica sedentaria en sí. Y es que el orgin de esto, naturalmente, debe entenderse como pre-tecnológico, lo que abocaron a los grupos humanos a servirse del espacio proxémico social en sí mismo como espectáculo, mientras que para nosostros tendemos mucho más hacia la experiencia mimética de carácter representativo-estético y, por ende, más sociocorporalmente remota (respecto, por ejemplo, de una espectacularidad socio-moral periodística).
La violencia del ser humano en su imposición en general vital, hace que, mediante el dolor, sea necesario el sentido (sentido/moralidad, sociorracionalidad). El individuo ocupa la periferia, puesto que el grupo en rigor solo existe de forma metabólica -en la vivificación sensorio-fisiológica individual-; pero cada punto del triángulo ejerce su papel a través del grupo, esto es, inmerso en el drama de la pertenencia -o no- interno al individual. De tal manera que se puede decir que, respecto al grupo, la hibris y el dolor causado son para la forja del sentido; se trata de un bucle entre la vivificación sensoriometabólica individual por una parte, y el problema de la continuidad del grupo en el tiempo-espacio, por otra. Y puede resultar quizá lícito postular el dolor como tambien antesala de la estética, de tal forma que no sea necesario que haya siempre alguna forma de exceso, sino que la sensibilidad misma puede reforzar, en forma de yuxtaposición, el sentido operativo colectivo, o al menos respecto de la personalidad socializada del individudo (que es a fin de cuentas el dispositivo en sí mismo más importante de integración fisioantropológica).
Y habría que postular, además, la corporeidad singular de cada uno como factor causal inicial, en tanto condición de desamparo que solo alivia el grupo. Se trata, en efecto, del sentido ante todo de la propia consciencia socializada individual, cogida, podíamos decir, entre una fuerza interna prerreflexiva y subcortical de la pertenecia por una parte, y por otra la voluntad en el sujeto sensorio tanto de colaborarción como también conflicto y transgresión (o las pulsiónes varias en sendos sentidos que nos habitan y que ocasionalmente-pero de forma inexorable-, vuelven a aparecer).
Aunque parecería que, por debajo de los altibajos sensoriales del individuo y más allá, en cierto sentido, de los vaivenes metabólicos de cada uno en el voragine de nuestra propia vivencia sensorio-corporal particular, la circunstancia finalmente más importante de todas es la colectiva en tanto permanecia en el tiempo. Pues evidentemente, sin el colectivo buena parte del dolor humano al que somos susceptible (en nuestra naturaleza filogénticamente evolucianda, sin duda) no existiría sobre nuestro horizonte vital; además, sin el grupo no sería necesario que hubiera sentido de ninguna manera.
Imagen del rodaje de la película de Spielberg Tiburón (1975)
Vamos a concretar aquello sobre lo que se sostienen los grupos humanos originales en tanto colectivos que son asimismo unicidades vivientes, con el término doxa. La doxa, y como aquí se va a manejar, designa todos aquellas pautas fisiológicas que componen la realidad socio-metabólica del grupo en tanto ámbito de verdadero significado identitario que, sin embargo, no existe de forma conceptual, si bien puede estructurase en torno a lenguaje, no es de forma sintácticamente muy elaborada; la doxa supone aquí un compendio de, sobre todo cauces sociofisiológicos de carácter proxémicos, más o menos preconceptuales (esto es no epistémicos) que conforman lo que puede entenderse como piedra angular base de un particular e históricamente determinado saber -una etnociencia, diríamos- de parte de un grupo de seres humanos pertenecientes.
O puede decirse -como aquí se suele hacer en este conjunto de textos- la sociorracionalidad para referirse a la visión particular del grupo respecto al mundo en general; referente particularmente a lo que para ellos puede ser al bien y el mal, lo verdadero y lo falso, además de lo que se entiende normativamente de parte del conjunto perteneciente (mas nunca, o pocas veces, de forma explícita) eso que constituye lo apropiado, frente al inapropiado. Y, evidentemente, la congruencia colectiva que se entiende como lengua hablada particular de un grupo cultural, pertenece en sus fundamentos también a lo sociorracional, esto es la doxa.
Pero la doxa en este sentido viene a ser la fuerza principal de reclamo de la individualidad sociorracional que todo miembro fisiocorporalmente singular ha de forjar cada uno para sí, y como condición sine qua non de pertenencia. Y como son los grupos que imponen este digamos dispositivo de individualidad socializada respecto a toda singularidad física presente, es preciso entender la individualidad socializada y sociorracional como el medio de integración fisioantropológica primaria y más importante para el refuerzo y sostenimiento del grupo en el tiempo.
En este sentido, la personalidad finalmente adquirida por el individuo socialmente integrada a partir de su propia evolución psicológica es, desde un plano estructural mayor y temporal, la herramienta más importante que le asiste a a la supervivencia nuestra en el tiempo humano terrícola (¡por muy sorprendente que a usted le pueda parecer, inmers@ como está en la inmediatez de su propia vorágine sensorial que no tiene más remedio que entender como exclusivamente suya, sin duda!).
Pero para iniciarse este protocolo de pertenencia en tanto individuo sociorracional, respecto siempre a un grupo, el requisito necesario es, inexorablemente, el tener un cuerpo; pues en el estar sensorio-corporal empieza el sendero hacia todo yo posible, porque sobre la apuesta corporal de cada uno, en tanto aquello que cada uno nos jugamos sobre el tablero del estar social (y eso al que somos también susceptibles asimismo de perder) podemos asumir -mediante el desafío e incluso la insubordinación- la identidad sociocultural propia:
la pertenencia entendida en tanto lucha por ser perteneciendo, supone la efectiva instrumentalización de anomia individual (en toda su idiosincrasia más íntima) a favor de la permanencia del grupo.
Y, a cambio, nuestro estar deviene en ser sociorracional que será potencialmente, por fin, un modo de ser epistemológico sobre todo a partir de su forma plena que se entiende normalmente asociada con los contextos antropológicos basados en la agricultura.
Porque la lengua aprendida desde la infancia, aparte de consitituir el cuace quizá más importante de congruencia colectiva (en tanto espacio metabólico-emotivo más o menos obligado, pero más incorpóreo que en en realidad físico ) supone también la vía de integración fisioantropológica esencial debido a su papel posiblemente matriz respecto a la congnicion nuestra.
Y sí entendemos el lenguaje hablado como cima de la integración fisioantropológica del inviduo, y asimismo culminación de la doxa, es necesario entender sobre ese punto la paradoja que surge en tanto que es la doxa lo que permite y da lugar a lo epistémico. De manera que toda oposición entre lo dóxico y lo epistémico ha de empezar a entenderse a partir de la calidad de este último, en realidad, de producto de la doxa anterior. Es decir, que se está creando ante todo un contexto de pugna entre uno y otro que tiene su valor, como ya hemos argumentado a lo largo del conjunto de estos textos, frente a una fisiología proxémica sedentaria que ya no puede depender estructuralmente del andar y el movimiento físico en sí (o no de la misma forma).
Será de esta manera que la otrora natural adversidad entre los grupos humanos y el medio vivo del que dependían tenderá a su vez a reformularse en términos de diferencias internas al grupo mismo. Pero parece claro de forma universal y seguramente en todos los casos, que de tratarse de una civilización histórica (y no solo de una cultura), se requiere la constatación de múltiples ámbitos de vivificación sensorio-metabólica de carácter más fisiológico que corporal que dependen, naturalmente, de un amplio desarrollo semiótico sujeto por el sostén técnico quizá más importante que sería el del lenguaje escrito. Es decir, que la civilización en este sentido se rige, por razones estructurales, epistémicamente en tanto que lo epistémico puede entenderse como la amplicación fisiológico-estético del espacio original dóxico; sólo así ha podido pasar la sociofisiología humana de un contexto histórico al otro, de una proxémica colectiva nómada original, a la antropología propiamente agraria.
El desarrollo cultural y tecnológico que se asocia con toda experiencia civilizatoria agraria significa que la corporal adversidad propia de los contextos pre-agrícolas se tendrá que crear normalmente a partir del desarrollo semiótico: pues un mayor desarrollo epistémico en un sentido cultural amplia asimismo la posibildad de conflictos a partir de las discrepancias de opinión entre multiples personas: se puede decir incluso que, en un sentido estrictamente técnico, el desarrollo semióitico es para eso, para que los contextos de vivificación metabólica que proporcionan las discrepancias no corporalmente curentas entre seres humanos co-pertenecientes.
Pero todo espacio epistémico presupone necesariamente, como decimos, un mayor andamiaje semiótico a disposición de los sujetos sedentarios. Y si bien el conflicto y la naturaleza pendenciera humana son herramientas desde siempre de la integración individual (y por tanto del sostenmiento grupal desde los origenes), resulta obvio que los contextos antropológicos más dependientes de lo epistémico han de explotar todo tipo de discrepancias diferenciadoras de visión, opinón y parecer, tanto entre individuos como entre subgrupos sociales, de forma generalmente incruenta; y que constituyen al final pugnas de caracter ya ideológico que solo se posicionan ante la violencia en tanto barruntado espectro potencial en sí mismo titilante como límite que no se debe pasar, pero que al mismo tiempo se teme siempre: de hecho, la tensión en sí que produce en el individuo este peligro acechante de la escalada violenta solo barruntada, respecto ante todo su propia emotividad más íntima, debe considerarse herramienta importante que aprovecha la antropología sedentaria frente al problema sociofisiológico inherente a la misma.
Se constata, por otra parte y en referencia a la estabilidad sedentaria, que se cumple el mismo bucle de siempre, el que se forma entre el grupo y su propia experiencia sensoria en tanto que es el grupo que se apropia de alguna manera de los estímulos disponibles, y puesto que la sociofisiología humana está, se podía decir, hecha para la permanente reconstitucion cognitiva de parte del individuo homeostático y perteneciente (esto entendido, como siempre, a lo damasiano).
Sin embargo, la estructuración agonal más importante resepcto la experiencia sedentaria puede muy bien ser la que se erige entre la experiencia epistémica entendida como racionalidad del yo consciente (aunque conciencia y episteme si bien se relacionan, no son lo mismo), y la experiencia sensoriometabólica prerreflexiva: la vivencia estética que está en la raíz de nuestra forma de concocimiento en tanto que permea todas las facetas de nuestra existencia, viene a constituir la piedra angular de la sostenibilidad sedentaria, y dado que aporta vivencias morales vicarias para el individuo en el sentido de que eluden las consecuencias corporales de los actos (o al menos esto respecto a quien contempla).
En este sentido se puede hablar de una integración sensoriometabólica individual a través, en general, del espectáculo contemplado, tanto teatral como deportivo (o respecto cualquier competición entre oponentes distintos); a través de la experienca estética propia del arte pictórico, pero sobre todo la importancia digamos sociometabólica de la posibilidad de las reproducciónes artísticas en forma de grabados (el ejemplo europea de la obra de Alberto Durero a lo largo del siglo XV; o bien la xilografía japonesa a partir del XVII). Evientemente, la fotografía, el cine -tambien la radio- y la televisión tendrían una función igualmente sociometabólica de gran importancia respecto el sostenmiento de contextos sedentarios.
Y, como ya comentamos, el periodismo desde sus inicios tiene una función fisioantropológica innegable en tanto ámbito de ejercicio moral vivificador, y sin duda reforzante, para el individuo homeostático. Pues en la zozobra homeostática en cualquier sentido moral a partir de la contemplación, se efectúa un nuevo reclamo del orden racional colectivamente vigente, respecto de esto que acabo de presenciar en cuerpo presente, aunque haya sido solo la visión de una imagen fotográfica o a través de un texto. Pero precisamente en la obligación impuesta sensoriamente sobre mí de juzgar lo acaecido, en tanto sentido que de la misma voy forjando, soy yo tambien nuevamente un estar que se hace ser, siempre según la mecanica particular (pero asimismo mismo universal) de cualquier pertenencia antropológica posible.