Cuaderno cromático de gestión antropológica (fragmento)

Portada discográfica del año 1981

Punto 26 Cuando por razones energéticas agregadas mengua el ímpetu vital inherente a la cultura que por sí misma ya no se impone como antes, será necesario crear episodios de gran azoro y zozobra con el fin de seguir sosteniendo límbicamente la viabilidad sedentaria con el fin último de que la cotidianeidad cortical colectiva, respecto universalmente cualquier marco socio-homeostático cultural, sea soportable para los propios habitantes físicos; para electrizarles de alguna manera en el albor de una nueva quietud que, acto seguido de cualquier alteración significativa, se vuelve a abrir (porque clave aquí en este asunto es la continuidad humana en su vertiente macroeconómica y, mientras dure, la consumista; y de esto último conviene no olvidarse nunca).

Punto 27 La homosexualidad puede entenderse antropológicamente como una bomba de calor estructural, pues estamos todos límbicamente imbricados en lo más hondo con el asunto, tanto en nuestros propios impulsos como susceptibles a su poder diferenciador; una posibilidad de diferenciación que sostiene también en lo más hondo la psique humana y de la que las culturas tienen que echar mano, sobre todo las más sedentarias, para proporcionar vivencias límbicas intensas –aunque no directamente cruentas—para poder ser seguir suportando todos nosotros la planicidad existencial que ocupan nuestros cuerpos y que tan esencial es para la cultura financiara contemporánea (porque es el mercado, amigo, la prioridad última en este asunto y su continuidad el tiempo).

Punto 28 Servirse la cultura de un plano límbico en el decurso de cualquier generación aboca a la creación de cauces metabólicos con los que estamos electroneuroquímicamente imbricados, para que, como sujetos homeostáticos ya socializados, hayamos de afanarnos en uno u otro sentido, parar abrazar, rehuir o intentar sobrellevar de una u otra manera, el accidente de nuestra propia configuración memorística individual e íntima, lo que a nivel agregado estructural supone alcanzar (en tiempos normales) cierta estabilidad a través de la proyección de múltiples individuos en la tarea de ser ellos mismos una y otra vez frente a los demás y a medida que vayamos entrando en la madurez. Pues debido a la bipartición de nuestra cognición (de lo límbico a lo cortical como bucle incesante) el quehacer de sociohomeostático de ser tú mismo o misma tampoco parece dar tregua. Pero gracias, por ejemplo, al sexo en general, junto con el psíquicamente potente el qué dirán, el periplo y gran aventura sedentaria de ser uno mismo, un día sí y otro también, es de lo más titilante y, finalmente, de lo más serio (o así parece que lo vivenciamos y pese a una extraña calidad de oquedad o vacío que también reviste el yo como constructo cultural).

Punto 29 Respecto la individualidad psíquica, la fuerza límbica quizá más importante (¡y feroz!) es la de la pertenencia homeostática del individuo a su propio grupo antropológico; pero esto no como idea racional que el individuo comprenda y porte consigo pudiendo explicarla, sino como ímpetu visceral y una ciega (por preconsciente) voluntad fisiológica a la vida misma, pues el quedarse defenestrado o defenestrada de nuestro propio grupo cultural (de “los nuestros”) evolutivamente suponía el fin físico del individuo; y también de un poder homeostático sobre el individuo límbico prácticamente absoluto debido probablemente a que se trata sobre todo de una imagen mental de nuestro propio autorreflejo social frente a los nuestros (es decir, como una operatividad veloz y decisoria por consistir en una experiencia “neuro-estética” sobre la que solo después podemos acaso reflexionar). Cualquier propuesta de rección límbica de los marcos antropológicos terrestres históricos ha de partir necesariamente de este punto nexo entre el individuo y los grupos culturales identitarios.

Punto 30 El fondo límbico universal de los marcos antropológicos y su imaginaría varonil de efecto homeostático decisorio para nuestros organismos, obliga a las sociedades humanas al empeño permanente de una resistencia y contrafuerza corticales (es decir culturalmente razonadas) en pos de proteger o compensar de alguna manera la maltrecha figura femenina (pues el dolor, si bien es otro «motor» cultural, los marcos sedentarios agrourbanos no lo toleran así como así y puertas a dentro del propio grupo cultural). De modo que, como respecto a otros muchos puntos estructurales, se establece cierto equilibro «complejo» entre un plano cultural que en realidad se fundamenta en su resistencia, hasta cierto punto, a nuestra propia configuración socio-límbica como individuos psíquicos. Y eso, en rigor, mucho antes de la existencia del feminismo histórico propiamente dicho, pues se trataría de algo inherente a la antropología sedentaria y respecto al sustrato límbico humano sobre el que se asienta en el tiempo histórico (si bien gracias en parte el feminismo sabemos que el patriarcado es un problema desde un punto de vista ya científico).

Punto 31 Entendemos que tiene mucha importancia (digamos terapéutica) abordar la epistemología como fundamentalmente una exigencia estructural que imponen los marcos antropológicos sedentarios: porque la intersubjetividad cultural necesita una salida cortical continuada; para que la violencia como imposición humana pueda así trasladarse de lo corporal a un ámbito puramente metabólico (y por tanto inicialmente incruento), y porque de esta manera la fisiología socio-homeostática humana originalmente nómada se acomoda más fácilmente a una inmovilidad existencial colectiva no autóctona….Pero es asimismo importante este particular acercamiento estructural debido principalmente a la vacuidad que subyace a la mecánica emergente de los grupos humanos y su fáctica constitución histórica por medio la cognición individual (¡de ahí su asombrosa maleabilidad en el tiempo generacional de la especie que, espoleada por lo vacuo de cada una de las partes, busca rellenarse a través de su relación con el otro!); una importancia de la insustancial como gran baza evolutiva y a la que la funcionalidad cultural no tiene más remedio que enfrentarse por medio de una utilitaria comprensión moral-racional de nosotros mismos y todo lo que sea virtuoso; si bien la cultura –la civilización- jamás puede aceptar esta calidad quimérica porque sitial de sí misma y de la verdad, de toda verdad salvo la estrictamente técnica.
(¡A seguir callándonosla pues!)

Punto 32 Somos sujetos homeostáticos dependientes, en realidad, de dinámicas solo correlativas y no total ni siquiera firmemente causales (pues la intersubjetividad se pretende y se pretexta racional y coherente, mientras que su función técnica real es el sostenimiento simplemente sociohomeostático en un tiempo colectivo y generacional cualquiera). Pero es asimismo hecho patente que nuestra percepción de una causalidad como orden en las cosas nos reconforta sobremanera, pues el discernimiento en este sentido constituye una fuerte recreación límbica de nuestra pertenencia al grupo y el renovado porqué mismo de nuestras propia psique socializada…Por eso la gestión de los marcos antropológicos terrestres, y respecto de cualquier dirección proyectada que se pretenda sobre los mismos, ha de revistarse de unas lógicas mínimas que efectivamente puedan entenderse desde la óptica del usuario homeostático; lógicas de causa y efecto que han de percibirse como tales, si bien su sustancia causal real corresponde a otro plano mayor, respecto a otros objetivos y metas sistémicos que se extrapolan por completo de horizonte vital solo homeostático. El gestor antropológico, por tanto, ha de entenderse, entre otras cosas, como gran proveedor de lógicas causales como parte de un alimento homeostático en tanto servicio sostenedor brindado (lógicas cuya importancia reside en su uso correlativo y no en la calidad empírica real de las mismas)

Punto 33 Los sujetos homeostáticos participan de su propio tiempo generacional por medio de cauces semióticos que se les han de ofrecer (ideas, lógicas, ejemplaridades, etc.), para que se valgan de ello en su propia ejercicio límbico-cortical, como eje psíquico individual y en la gran aventura sedentaria que es el forjar y acarrear cada uno con su propio yo moral. Por analogía con la imagen de un escritor que en su quehacer abre mundos metabólicos gozosos a sus potencialmente ilimitados lectores, el espacio público cultural entendido en su mayor extensión constituye también una delimitación similar respecto de un gran marco neuroquímico creado por un número reducido de figuras públicas que se guioniza en última instancia, sin embargo, a favor de los grandes agregados demográficos en el tiempo metabólico de una sucesiva generación. Hace aquí bien, pues, el autor que juega con la duda de que si, a su vez, tendría posiblemente por encima su propio autor/guionista, lo que no tendría por qué implicar necesariamente ningún menoscabo para él, es decir, el autor de menor jerarquía estructural, pues una vez entendido el fin último mayor estructural y agregado, el quejarse seriamente en este sentido solo se entendería como desquite fisiológico (y como tal muy justificado de vez en cuando sin duda)…Más interesante sería que, extrapolando la analogía a una realidad político-económica mayor, otras personas públicas cuestionasen su propia función guionizada y de cara a esos mismos agregados demográficos-metabólicos a los que en realidad sirven pese a todo y aunque sea como fuerza revulsiva de alguna forma del mal (quiero decir que también nos beneficia y frente a la que nos hemos de seguir definiendo como los sujetos morales que entendemos que seguimos siendo). ¿Qué otro sentido podría tener la figura de un Elon Musk, Zuckerberg, Trump, et al. si no? (Y de gran valor psicológico es que las cosas tengan sentido, amigo; pero tú mismo/a)

La importancia homeostática de la intersubjetividad y del agrado en Filipenses 4:8

¿Por qué tan importante Filipense 4:8 como cuestión antropológica?

Porque de ello depende la intersubjetividad, pues la verdad como constructo colectivo vincula a los sujetos homeostáticos pertenecientes por medio de su propio aparato psíquico individual, a partir del perspectivismo del discernimiento de cada uno y ante la presión que vivenciamos, además, de entender cabal y responsablemente lo que vemos (respecto del carácter realista de nuestras inferencias y en la anticipación de cómo serán acogidas después por los nuestros cuando se las fuéramos a comunicar).

Porque quedar como un idiota es para nosotros como sujetos homeostáticos antropológicos, un problema, en tanto que supone de inmediato nuestra súbita extirpación digamos de entre los nuestros, o así lo tememos en la a veces angustiosa intimidad de nuestro secreto drama electro y neuroendocrino particular, en anticipación del siempre siniestro qué dirán.

Fijémonos, además, en cierta sofisticación diríamos hoy «neurocientífica» que muestra el texto en tanto que el discernimiento intelectual no se separa del hecho afectivo de las cosas, pues el tener razón no siempre implica beneficio para el grupo si se trata de un conocimiento que desborda de alguna manera al mismo; o eso es a lo que el mismo texto parece apuntar en tanto que lo monstruoso, desmedido y perturbador detrae sustancia a la verdad misma puesto que impacta negativamente sobre la cohesión colectiva.

O en las circunstancias más extremas, si la verdad es demasiado abrumadora como hecho, no puede y no debe entenderse como tal desde la óptica de la continuidad del grupo en el tiempo, pues los cuerpos en sus rumbos límbicos particulares a la vez que colectivamente maridados, han de acomodarse siempre a cierta espacialidad real, y aunque solo exista sobre un plano abstracto; pero los cuerpos no pueden habitar en ningún caso el espanto en cualquier forma y grado que este adopte (si bien de ello como alimento sí que hacen uso puntual).

Comprender en este sentido antropológico lo real tiene pues su fondo estructural –hasta podemos decir geométrico—del que probablemente debamos entender nuestra propia psique individual como apéndice de alguna manera.

Es curioso, en fin, que no haya sido hasta hace poco que la cultura positivista contemporánea ha podido entender más cabalmente esta cita bíblica de sabiduría tan antigua al mismo tiempo que perenne.

«Terapia somática» es, por ejemplo, uno de los términos o conceptos actuales que hoy le pueden decir; me refiero a la idea en general de la escisión límbico-cortical que es la base en ultima instancia no solo la psique sino, en realidad, de la antropología sedentaria en el tiempo.

Ya era hora de que esto empezara a entrar en la cultura como idea ya técnica y no solo como realidad estética o «mística» o «espiritual».

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La opacidad cognitiva: algunos procesos socio-homeostáticos no racionalmente explícitos

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La amenaza soberana:

Puede entenderse como un mecanismo de apropiación de parte del grupo cultural de su propia experiencia sensorio-existencial, pues a partir de la natural aglutinación de multiples individuos frente a las agresiones exteriores o exo-grupales, el agente externo incide de tal manera en la fisiología individual de los pertenecientes que acaba estableciéndose como una suerte de función regidora respecto al grupo. En los grupos prototípicos de simios de la sabana africana, por ejemplo, cabe entender cualquier macho alfa ocupante de una posición dominante sobre los demás como una figura designada indirectamente por las amenazas externas (que son, desde un punto de vista más compleja, la fuerza en última instancia causal que entra aquí en juego). Pero esta apropiación, respecto los grupos humanos, sin embargo, requiere una lógica no solo narrativa sino también conceptual que parece condicionada por la antropología ya firmemente sedentaria (lo que después conduce a una ampliación de las posibilidades semiótico-epistémicas). Es decir, se trata de la continuidad transformada de una primera estructura o condición socio-homeostática que se desarrolla de otra manera a raíz de las circunstancias sedentarias. La amenaza soberana debe entenderse, por tanto, como un continuo que, desde en realidad el mundo animal, traza una línea recta entre el “macho alfa”, el soberano político y, finalmente, las postulaciones divinas, pues todos ellos son diferentes manifestaciones de una misma relación socio-homeostática entre los individuos y frente a diferentes marcos naturales o antropológicos (grupos de animales sociales del bosque frente a la sabana; o contextos antropológicos nómadas frente a los sedentarios y agrourbanos). Y a un extremo (el del macho alfa) se trata de la existencia de una fuerza vital (violencia) directamente física, mientras que al otro extremo –el de las postulaciones divinas– tenemos una violencia absoluta postulada sobre espacios semióticos e inmateriales (y no sujeto por ello a contradicción) que busca blindar los marcos colectivos ante las limitaciones, por ejemplo, del derecho siendo esto una necesidad finalmente clave del orden social sedentario y su mantenimiento como sistema.

La infernal ratio:

Proviene de los primeros grupos humanos (pero con claros antecedentes en el mundo de los mamíferos sociales, quizás también las aves) que luego se convierte en eje de la experiencia sedentaria, a partir sobre todo del lenguaje escrito, lo que acelera la fuerza de su influencia a partir de la imprenta, eso que abre nuevas posibilidades de la vivificación sensoriometabólica a través de la política contemporánea, o esto que se puede entender a partir de algo así como las guerras europeas de religión que solo tienen sentido histórico vinculadas a la palabra impresa y la extensión y verdadera popularización de la tensión metabólica identitaria.

Porque la infernal ratio es una mecánica identitaria que trata de la infernal desgracia que son los infortunios de todo tipo padecidos por “los nuestros” que se constatan sobre un plano social, si bien los medios de comunicación -entendidos en su sentido más estéticamente amplio y hasta artístico- lo convierten en una fuente de resonancia límbica de lo más intenso (eso que es para la fisiología socio-homeostática sedentaria fuente alimentaria básica). Pero lo cierto es que el sujeto homeostático no sopesa apenas racionalmente nuestra propia emotividad y su relación con lo tempo-estructural.

El catolicismo y el mecanismo expiatorio cristiano:

Se puede entender como una particular formulación de una mecánica ya existente basada en la infernal ratio que, además, impone un sentido moral sobre la vida de la gente a través del una idea -ya epistémica- de cristo y el trato que propone, lo que es, a primera vista, una reclamación de la aceptación de buena voluntad e iniciativa propia por parte del individuo para con la comunión. Si bien visto desde una óptica tempo-estructural, esto mismo supone la conversión del individuo en alimento para los demás (y particularmente para la siguiente generación). Se trata de una suerte de explicación ritualizada del tiempo humano natural; el tiempo humano moralizado y convertido en punto para visionar epistémicamente la experiencia (lo que se debe a su peculiar manera de relacionarse, precisamente, con la violencia humana, que no la suprime sino que convierte en vivencia sobre todo fisio-estética culturalmente institucionalizada lo que ya existe inherente a la psique individual y socio-homeostática).

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El contrato social como concepto histórico a partir de ¿Hobbes?

Igualmente puede entenderse como una concreción racional-intelectual de un fenómeno que ya se da sobre el locus socio-homeostático de la pertenencia identitaria, si bien de forma digamos performativa y no racionalmente explícita. De hecho, a eso se refiere Herbert Geertz con su descripción de cierta función cognitiva implícita en las peleas de gallos de Bali (“Deep Play”), eso de una recreación de una violencia avícola que ofrece, en realidad, una vivencia moral y catártica de la violencia como el sentido social que subyace al orden de los clanes y que, pese a todas sus posibles injusticias, es siempre mejor que la violencia desabrida entre grupos humanos o clases sociales.

Es decir, el proto-contrato social (aún no formalizado) es con la violencia misma y dolor que anticipamos que trae su temido regreso al escenario público. De manera que cabe entender su presencia ritual o de alguna manera controlada –es decir, mimética e incluso estética — como catártico y visceral recordatorio de nuestra dependencia cognitiva en ella, si bien también sirven los espacios norbertoelisianos de autoincoacción psíquica, pues suponen una forma vicaria de nuestra propia imposición (violenta) pero sin consecuencias físicas directas (es decir morales, por no estar expuesta a escrutinio público y al ser una violencia íntima y neurofisiológica). Pero, naturalmente, tal dependencia en la violencia misma no puede tratarse de forma racionalmente explícita (o no al menos respecto a sus universales formas ontológicas históricas), lo que obliga a que reconozcamos asimismo nuestra dependencia psíquica en la mitología.

O decir que la manera más “racional” de abordar este asunto como sociedades es aún a través de la narrativa: muestra histórica suprema podría ser, por ejemplo, el caso de Dionisio que puede entenderse en su vinculación con la antropología agrourbana como analogía metafísica con ni más ni menos que la neurobiología actual aplicada a los contextos antropológicos; esto mismo que esbozara pero sin concretar en su día el mismo Nietzsche.

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Una visión geocéntrica frente a la heliocéntrica:

Pues daba lo mismo respecto de la comprensión humana inicial del tiempo; y sí se considera esta última como más racional y conceptualmente explícita por certera, la geocéntrica puede entenderse como una especie de estado preconsciente o prerracional en el que, sin embargo, imperaba una lógica desde luego lo suficientemente correcta como para inventarse los relojes (invento que antecede unos cientos de años a Copérnico). Ilustra este ejemplo, por último, la importancia antropológica de los espacios correlativos de los que los cuerpos son verdaderamente autóctonos y en tanto integrantes de experiencias culturales siempre particulares, frente una inhóspita causalidad «dura» que, si bien auxilia la antropología sedentaria al crear nuevos espacios epistémicos y en la reducción a través de la tecnología del gasto energético agregado, nos enajena aún más –a veces peligrosamente– de nuestra propia experiencia corporal.

La limitación límbica de toda extensión sociorracional:

El salirse de nuestra zona de confort a partir de vivencias sensoriometabólicas extremas, se puede llegar a desdibujar toda estabilidad consabida socavando, entonces y momentáneamente, el orden colectivo anterior. Lo límbico pues se convierte en una suerte de críptica guardián del marco cognitivo-cultural vigente, obligando al escenario colectivo a no excederse en lo que se puede entender en cualquier momento histórico como “apropiado” o no, o del todo “intolerable” y que aboca frecuentemente a una violenta zozobra psíquica en los individuos. Ejemplo ya clásico de esto es la necesidad por parte del poder de esconder, a veces, su propia violencia, pues tal espectáculo puede abrumar a las personas de tal forma que puede dejar de tener sentido alguno la diferencia entre la violencia “de los nuestros ” y la enemiga (de hecho, a partir de la guerra norteamericana en Vietnam de los 60-70, ningún ejército contemporáneo ha dejado de controlar férreamente la prensa -las imágenes en general- respecto sus propias operaciones).

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