De Froissart a la ofensiva del Tet (por ejemplo): apuntes sobre la dependencia límbica de la antropología sedentaria en la guerra como espectáculo

Las elites guerreras medievales y su función plástica

Un grupo que pasa buena parte de su vida guerreando, y por tanto en condiciones más parecidas a la antropología nómada en compañía, además de otros hombres, y por tanto depende a distancia en cierta manera de la antropología agraria si bien no participa del todo ni siempre en ella. Y, entonces ¿cuál es su función estructural?

¿Cómo más exactamente participa de lo sedentario?

Pues como fuerza sobre todo de estímulo metabólico para el marco en sí, en tanto que la soberanía visual de los caballeros a ojos de los demás participantes de la antropología sedentaria es evidente. Pues porque las antropologías agrarias no suportan el marco agrario sin más; utilizan por tanto la religión y sus fiestas, pero también como sustancia metabólica más potente la guerra.

La aristocracia guerrera es pues un kit portátil del espectáculo de seriedad moral que resulta beneficioso en ultima instancia para el tiempo sedentario. Porque la violencia toca al corazón del alma fisiológica humana y siempre deja huella en nosotros de cualquier manera en la que nos relacionamos con ella; y imbuye las personas, su vestimenta y las armas y objetos que se relacionan con la violencia con una para nosotros irresistible aura de seriedad, pues la vida corporal pende de modo directo de ella.

Y la violencia, además, germina nuevos sentidos (con gran contundencia y a la fuerza, precisamente), lo que captamos límbicamente a la primera sugerencia que, a partir de las cosas que percibimos, anticipamos de repente su probable su irrupción.

La violencia es tanto moral como inmoral, según los contextos, pues sería algo así como el umbral del sentido después colectivo; el inicio de orden a partir del cual puede desarrollarse la psique individual respecto de una u otra experiencia cultural.

Pues esa profundidad estructural y germinal parece que resuena antes límbicamente en nosostros que de forma racionalmente reflexiva.

Y si Mayer atribuía la destrucción de la Primera Guerra Mundial a la falta imágenes de autoridad que no fueran aún caballerescas y esencialmente de origen medieval; y que esas imágenes alimentaban la sed inicial de destrucción en las clases guerreras europeas tradicionales hasta que un imaginario nuevo de destrucción mecánica y tecnológica ocupó su lugar (tanto para la aristocracia como en tanto un nuevo ken histórico universal)¹, podemos nosotros por analogía también entender este aspecto sensoriometabólico de la experiencia social en la que todos podemos figurar como actores de relevancia moral (puesto que todos somos en primer lugar cuerpos que pueden oponerse a otros, herir y también quedar menoscabados, etc.)

Pero el teatro militar, en todo entorno antropológico de cualquier época, es particularmente importante en tanto que su autoridad se basa en la aguda sensibilidad que para nosotros tiene la violencia en todas sus formas, pero particularmente respecto los ejecutores y participantes más obvios de ella; asimismo, todo la parafernalia que les acompaña, también en todo lugar y epoca bajo distintas formas y apariencias, puede ser igualmente fecunda en su impacto sobre nosotros límbico.

Una suerte de fanfarronada solemne, hasta se diría <<sagrada>> a lo largo de los milenios…

Siempre más efectivo como atrezo uniformado sobre un decorado social en tiempos de paz antes que pasar realmente a la acción…

Con evidentes beneficios colectivos en términos de inversión económica y tecnológica gracias precisamente a este estado permanente de tensión…

Pero cuyo control y gestión sistémica de parte de otra instancia humana superior ya podéis apreciar sin ninguna duda como necesidad histórica insoslayable.

(Ya lo sabéis)

 

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¹ Arno Mayer en The Persistence of the Old Regime: Europe to The Great War (1981)

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