
Esto en realidad no sería una reflexión o inferencia posterior sino más probablemente el punto central, pues supone poder plasmar en todo momento la base ontológica de cualquier presente; y esto significa enmarcar de facto a los individuos en un determinado paradigma fisiosemiótico como delimitación efectiva de la posibilidad de gasto energético (es decir, un marco del que dispone el individuo en la vivencia de su propia disonancia límbico-emotiva frente al rigor de una ontología asimismo consabida y fáctica).
Es decir, esto no puede ser una cuestión que surja solo después de que uno se esfuerza por aprehender su propia sujeción límbica (como recuerdo que me pasó a mí), sino que, si hemos de aceptar la idea de gestión antropológica a través de control límbico terrestre –un control por tanto de la historia política tal y como la conocéis–esta capacidad de imponer la “verdad” ontológica sobre unas y otras zonas demográficas y culturales, respecto de simultáneamente múltiples individuos, ha de suponerse incluso antes de cualquier poder de concreción solo individual.
Hablamos, en efecto, de todo aquello que una cultura o grupo humano determinados entiende por verdadero y por virtuoso. Pues he aquí la gran hazaña de la evolución humana y suprema forma de plasticidad adaptiva, la de vivenciar la verdad como ante todo una función antropológica de agrupación ontológica a través, en ultima instancia, de la psique individual de sujeto homeostático perteneciente.
Esto es, sin esta ontología intersubjetiva no hay por qué ser un individuo psíquico; y aquélla es condición necesaria respecto la existencia de ésta.
Así, definir lo que un grupo cultural considera real, verdadero y todo lo que para ellos es de estimar, es también definir la dirección general y agregada de la actividad económica respecto del marco antropológico que habita dicho grupo.
Y solo entonces y habiendo incidido de esta manera sobre el marco estructural, tocaría crear y dirigir actores individuales en una u otra dirección, según unos y otros criterios y objetivos de parte de los directores (¿novelistas?) del tiempo colectivo y generacional, lo que por fuerza incluiría una necesaria proyección hacia el futuro ya en todo presente, pero respecto de las siguientes dos décadas, como poco.
Pero como todo este texto (¡junto, en realidad, con todos los textos desde blog!) es una afirmación que pese a su coherencia argumental no puede empíricamente constatar apenas nada; y como, además, no tiene consecuencias reales de ningún tipo como afirmación, no deja de ser en ningún momento una opinión entre muchas otras que hay por ahí.
Y la verdad como opinión es una forma de «libertad de movimiento» (Hannah Ardent dixit).
Empero, el cometido que me toca a mí es reflexionar sobre esta otra acepción de función fisioantropológica…
(seguimos)