(Imagen en Soundcloud.com de un conjunto musical chileno sobre fotografía de Gianni Muratore)
La homeostasis se basa, podíamos decir, en una sensualidad vital de todo organismo vivo respecto su medio. Y es, además y según que se puede inferir a partir de A.Damasio, el porqué técnico de la neurología en sí (¡tanto la animal como la humana!)
La individualidad estético-moral se basa también en esto (una homeostasis de tipo sensoriomoral) que, al albur de cada nuevo estímulo sensorio, fuerza al individuo a volver a definirse como el ente sociorracional que a sí mismo se reconoce como tal, y pese a (que es decir también gracias a) cada nueva zozobra sensoriometabólica que padece sucesivamente en el tiempo;
Por tanto, el grado necesario de anomia singular, al volverse a reactivar sensorialmente, deviene una vez más y siempre en aquella fuerza en realidad fundadora del porqué sociorracional y sin la cual éste no tiene razón de ser:
El estar individual y sensoriocorporal es pues el reclamo universal más importante de todo ser sociorracional posterior posible.
Hedonista es también toda sostenibilidad antropológica que, a partir de oposiciones pendencieras entre los individuos pertenecientes endogrupales, sirve asimismo sobre el plano más amplio exogrupal, como orden espacio-material asentado, en toda su mecánica corporal, en tanto el dispositivo humano más importante de esto del hacer sentido:
Así la vivificación sensoriometabólica singular, frente al locus de pertenencia que son los otros, aboca a la consecución viviente de toda doxa sociocorporalemente asentada, que a su vez se alimenta estructuralmente de todo conflicto intergrupal con el que tenga la fortuna de toparse por ahí.
Evidentemente, esta forma de estabilidad agonal y pendenciera que se establece entre doxas sociocorporales rivales presentes sobre el mismo plano espacial y enfrentados entre sí, constituye, en realidad, un modo de sostenimiento en el tiempo -una forma al fin de auténtica unicidad estructural compleja- y pese a su naturaleza competitiva.
Como hablamos aquí y en este punto de hacer sentido antropológico, lo que requiere que se explique estructuralmente la singularidad sensoriocorporal y su relación con el grupo de pertenencia, parece lícito, a partir de lo anterior, aseverar que sería algo así como de obligación esturctural-técnica que a todos nosotros como individuos nos gustasen las emociones fuertes (incluida la violencia presenciada), o al menos quenuestra capacidad sensorio-emocional fuese regida por una aguda sensibilidad o atracción por la misma, pues parecería que la posibilidad moral nuestra (que tiene que ver con la permanencia o no del grupo y nuestro propio sino corporal respecto al mismo) solo alcanza a tener sentido funcional revulsivamente, frente a la amenaza real o solo barruntada, bien externa de tipo físico, o bien emocional, tanto en los demás como internamente a nosotros mismos.
Una garantía respecto de un dispositivo sociocogntivo de hacer sentido como el que aquí se está esbozando, sería nuestra esencia hedonista como el motor vital base en el tiempo estructural de las generaciones vivas de todo presente. Pero de la episteme no toca aun hablar puesto que muy probablemente ha de concebirse en sí misma como en el fondo otro cauce estructural más de oposición-sostenimiento respecto a los cuerpos en el tiempo sociofisiológico colectivo (o sea, la doxa). Porque el problema técnico de tener que fortificar en lo semiótico (y en la experiencia por tanto más sensoriometabólica que física) un contexto antropológico que hubiera prescindido del andar mismo, no sale a relucir históricamente sino después a partir de los contextos más sedentarios.
Es decir, el tener sentido y la necesidad de sostenerlo (frente al muy dóxico hacer sentido) quizá deba considerarse en realidad y en su vertiente técnica, un cauce fisiológico por el que enfilará la cultura agraria (lo que requiere, por tanto, un mayor desarrollo semiótico) como en realidad el dispositivo-sostén de, simplemente, la doxa de siempre, pero respecto un espacio sociocoroporal que se hubiera descorporeizado un tanto, y en aras de su necesaria capacidad de expansión más fisiológica y totémica que en realidad física (eso que requiere la vida agraria).
Y así, gracias al hedonismo al que nos debemos como verdadera matriz de nuestra condición homeostática, hemos podido pasar, efectivamente, del socio-corpóreo hacer sentido, a la desde siempre virtual tarea del tenerlo y el sostenerlo más propio de la experiencia sedentaria.
Roberto Durán y Sugar Ray Leonard, en la década de 1980
1Los grupos humanos se sobreponen a las contingencias del contexto real que habitan al controlar en gran medida su propia experiencia sensoria. Este bucle entre lo sensorial y la identidad grupal es algo que está presente, en realidad, en el mundo animal: tanto en el caso animal como en cuanto a los grupos humanos, el orden grupal depende, en realidad, de la anomia de las partes; la vivificación sensoriometabólica deviene en fuerza principal de esa anomia individual, lo que supone a su vez el porqué mismo de la reconstitución sociorracional. Pero, mientras que en el mundo animal dicha definición no trasciende, evidentemente, el ámbito neurofisiológico-emocional de todo proceso homeostático de base neurológica (en forma sobre todo de una violencia no cruenta y endogrupal, como juego, por ejemplo) para nosotros dicha reconstitución viene a ser la culminación, ni más ni menos que de la personalidad socializada y consciente de cada uno de nosotros como individuos, lo que presta la condición un tanto adánico a nuestro propio sentido cinestésico del yo social y autobiográfico, que está por ello y por lo general, totalmente inconsciente respecto a los procesos constituyentes de su propia autoconsciencia.
2Los espacios semióticos en el que se ejercitan sensoriometabólicamente los sujetos antropológicos sedentarios (no solo respecto a un ser social moralizado a partir de lógicas postuladas divinas frente a los riesgos de expulsión, sino también aquellos espacios socioculturalmente habilitados para formas aceptables de transgresión artística, más fisiológicos que en realidad físicos) no son aspectos concurrentes simplemente con la antropología agraria, sino quedan estructuralmente determinadas por ésta, puesto que así se está acomodando una sociofisiología de grupos humanos originalmente más nómadas al nuevo contexto agrario.
3Las transgresiones artísticas vistas desde la estructura antropológica en el tiempo ¿qué son sino espacios habilitados al fin por la doxa, pero frente a ella misma en alguna medida también? Y muy bien puede argumentarse que la episteme, que procede de la doxa debe considerarse también otro espacio más de transgresión -que mejor sería entenderlo como espacio de ejercicio metabólico-cognitivo- que el final refuerza la misma doxa. Es decir, la personalidad sedentaria más moralmente densa (puesto que, como fuente permanente de vivificación metabólica, la vida sedentaria depende en gran medida de un mayor grado de moralización conceptual) es en sí una forma de dispositivo fisiológico que conlleva, además, la consolidación del espacio racional por excelencia, ese que, aun siendo producto original de la doxa, se posiciona finalmente frente a ella (o sea, la episteme). Y tanto la episteme como la vivificación sensoriometabólica y estética culturalmente establecida (o tolerada), funcionan el final como espacios fisiológicos dependientes de la doxa (puesto que solo ésta los ha posibilitado), al mismo tiempo que auxiliares, e incluso enfrentados a ella, pero con el efecto de avivar, sostener y reforzar la sostenibilidad inmovil de lo sedentario.
4El dispositivo socrático de la antropología sedentaria sería un término que pudiera aplicarse universalmente a aquellos fenómenos semióticos que incorporan un contexto fisiológico de la episteme y sus vivificación, frente a lo consabido (la doxa), en aras del cumplimiento del dicho fin técnico de la vigorización sensoriometabólica, de la que depende la acomodación sociofisiológica humana; proceso que, crípticamente, ocupa el centro técnico real de la antropología sedentaria basada sobre todo en el agricultura:
Es Nietzsche quién atribuye, enEl ocaso de los ídolos o como se filosofa a martillazos (y concretamente en el apartado denominado «El problema de Socrates») esta función en realidad vivificadora de corrección estructural por parte de Sócrates frente a la necesidad ya para entonces patológica -dice- que tenía Atenas de nuevos espacios de orden cultural basados precisamente en la violencia vivificadora de la imposición humana, mas sin alterar el orden establecido. Concretamente, dice N que la dialéctica socrática deviene en actividad pugilística que causara furor entre la gente joven ateniense. Pero como se basa todo en una (sin duda exagerada y hasta caricaturesca) insistencia en la coherencia racional, se convierte en motor permanente de refuerzo de lo consabido en sí que está, a partir de entonces, bajo el constante acoso en este sentido dialéctico-moral de lo que para nosotros es ni más ni menos que el sentido crítico del conocimiento. Y, sin embargo, se trata en cierto sentido de un juego que no tiene por qué trascender necesariamente al plano político de los cuerpos reales, pues el poder sigue reteniendo, pese a todo, su potestad real sobre el orden fáctico e inmediato de las cosas (sin perjuicio de que éste, con el tiempo, sí que pueda verse amenazado).
Los sabios hinduistas, Buda, Confucio, Ícaro, Jeremías, Job, Jesús, Mahoma, Lutero, Sherlock Holmes, o el personaje Spock, de Star Trek (entre muchos otros) pueden también entenderse a partir de una función epistémica digamos combativa frente a lo consabido de diferentes experiencias cultural-antropológicas determinadas. Pero no siempre es necesario emparentar valores morales formales con en estas figuras, aunque esto seguramente es el origen, respecto dispositivos originalmente divinos-morales que la situación sedentaria ha tenido que convertir en el dilema en torno al que se consolidará personalidad social (solucionando así el problema técnico real de la antropología sedentaria que se asienta anacrónicamente sobre una sociofisiología originalmente mucho más móvil).
Si bien a Sócrates se le habría de atribuir una naturaleza a medio camino entre divino y secular (quiero decir respecto a un personaje literario que, sin embargo, se entiende que existó como persona histórica y a la que el tiempo fue confusamente agrandando), Sherlock Holmes, en cambio, se entiende bastante claramente como producto de un contexto industrial que busca precisamente la vivificación sensoriomoral y cognitiva sobre un plano mucho más lúdico, y puesto que el desarrollo industrial se apoyaba en una espiritualidad ya de por sí fosilizada y en cierto sentido menguante. Otro tanto puede decirse de Spock, pero respecto un contexto histórico diferente (finales de la década de los 1960s) que, nuevamente, tuvo que buscar el refuerzo de su propia estabilidad sedentaria en la vivificación fisiológica que surtiera el enfrentamiento crítico (en tanto violencia dialéctica, que no corporal).
Es decir, en un caso histórico de la antropología sedentaria que otro, se está dando cauce a la fisiología humana que la otrora nómada vida humana anterior al neolítico hubiera absorbido en el andar mismo. El mismo punto es, además, el inicio de la dicotomía estelar respecto la experiencia sociocultural humana, la que existe universalmente entre hacer el sentido respecto al plano sociomoral de los cuerpos y su ética sensoria basal en el tiempo (la doxa), frente al más problemático tener sentido con lo que solo un sujeto sensoriocognitivo verdaderamente racional acarrea, si bien no se da este último sin aquél, sí que puede ocurrir que se prescinde de este ámbito secundario de la imposición racional (o fisiorracional). Pues existen, evidentemente, otras formas menores de sozobra sensoriomoral de los que los contextos sedentarios pueden echar mano: el espectáculo del crimen ha surtido desde siempre, por ejemplo, un efecto parecido históricamente respecto los dipostivos racionales aquí comentados, pero sin el beneficio normalmente de abrir cauces de razonmiento para mayor disfrute de la peña antropológica, sino que parecería todo lo contrario, como el terror mismo en tanto sumo deleite fisiológico. Lo que no deja ser, con todo, una experiencia sensoriometabólica intensísima también de lo más provechosa para esto del hacer sentido, mas no tanto (o menos) para el tenerlo y el sostenerlo.
Una visión sistematizada del uso técnico del terror y la aprehensión respecto las antropologías sedentarias y su sostenemiento en el tiempo de su propia condición fisiológica (sujeta, como agrumentamos, al problema de su acomodación a un conexto para el que no es orginalmetne apta) la tenemos a partir de entonces, por ejemplo, en Ulrect Beck y su Sociedad del riesgo (1986). Porque, a fin de cuentas, si a uno (o a una sociedad determinada) se le ha entrenado en esto de la práctica dialéctico-pugilística de razonar, toda inferencia a la que unas cuantas permisas bien dadas previamente nos permiten anticipar, generará una estructuralmente utilísima cantidad de tensión psicofisiológica que, frecuentemente, tiene un efecto extrañamente analgésico, como si hubieramos acabado de echarnos cuesta arriba hacia alguna cima o repecho difícil de sortear pero que, en el esfuerzo y fugazamente, nos ha distraído con algo así como la vida misma, en tanto vivencia agudizada al menos fisiológica, más allá de todo confinamiento corporal sedentario.
A favor del deporte dialécto del razonar silogístico, habría que hacer constatar que aquí no ha sido necesaria ninguna violencia real y sanguinaria, ni corporalmente cruenta; ni ninguna acción bélica ante la que quedarnos admirados; ni tampoco convertir en espectáculo la muerte, sufrimentio o miserias morales de nadie, pues todo ha transcurrido en el espacio íntimo de la homeostasis sensoriomoral y cognitiva de usted como usuario epistémico más avanzado que tiene a su disposición como sujeto cultural y sociorracional. El beneficio colectivo de esta forma de vivificación sensoriomoral y metabólica individual es más que evidente, frente a al uso de los cuerpos reales y su teatralización moral (eso de hacer el sentido).
¡Pero tiene usted que ir a pedir que le entrenen, eso sí!
Ejercicios adicionales: examina en este mismo sentido estructural las figuras históricas de, por una parte, Dante (respecto al alto mediveo) y, por otra parte, el poeta francés Baudelaire (1821-1867): desarrolla en cada caso la relación con el contexto histórico frente al que, repsectivamente, cada uno de ellos se ergía en dispositivo vivificador frente al problema base de la experiencia humana sedentaria.
La primera ética y el espectáculo animal antropomorfa: que con facilidad personificamos a cualquier escena de drama animal contemplada, en tanto exhibición manierista de sufrido esfuerzo corporal que adquiere enseguida y automáticamente para nosotros tintes de alguna clase de drama o narrativa moral se diría humana, si nos dejamos simplemente llevar, sin ninguna corrección racional posterior, por solo nuestra natural configuración de la percepción visual. Es decir, que a nivel solo e inmediatamente sensorio, respecto el lenguaje corporal, y posiblemente facial que percibimos en los animales vivos que observamos (normalmente en videos de Youtube, por ejemplo) inmersos en alguna dificultad corporal con los que tienen que luchar (frente a un depredador, o cualquier clase de situación que supone un problema o peligro potencial respecto al cual tienen que medirse) podemos postular la posibilidad de que, inicialmente, no hay ninguna diferencia entre un tipo de escena así contemplada, como experiencia nuestra fisiológica y sensoriometabólica, y otra igual o parecida de seres humanos: tanto en un caso como en el otro nuestra precepción de los cuerpos parece ser una lectura digamos de un acontecer fundamentalmente moral en ambos casos, respecto de cuerpos vivos que se esfuerzan por imponerse ante alguna dificulta o obstáculo de circunstancia. De ahí que sea posible que experimentamos, en ambos casos, improntas de simpatía y conmiseración inicialmente idénticas con el sufrimiento contemplado, sea tanto animal como humano.
Emocional-moral
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-Emociones que se revelan de forma universalmente homogénea a través los rasgos facial-corporalesobservados.
-Simetría facial que posiblemente preconfigura de alguna manera simetría después conceptual1
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Manierista corporal (moral)
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lionesses corner wildebeest, Ngorongoro Conservation Area, Tanzania
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-Las emociones, que están imbricadas con lo corporal, tambien se revelan al observador a través de las posturas corporales y posicionamiento tensado de los miembros anatómicos ajenos.
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Lo socioafectivo
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-La relación filial trascende en lo visual toda diferencia cultural humano, e incluso respecto la especies no humanas más o menos antropomorfas
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Mecánica socio-corporal o grámatica primaria pre-lingüística: la soberanía sensoria de la violencia
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La yuxtaposición sensoria de la violencia ante el amparo que supone para el individuo el grupo:
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De la película 2001: Odiesa del espacio (1968)
-De tal forma que es lícito postular una “soberanía estructural” de la violencia en sí misma en tanto funda la respuesta en general grupal de las especies. He aquí la piedra angular de todo fundamento moral para el individuo respecto a la situación también primigenia de su permenancia o no en el grupo, permanecia que implicavida, frente a la no pertenencia que implica aniquilación. Pero esta estructura sin duda lógica y tambien cognitiva a nivel emocional-fisiológico, no es en principio racional en un sentido conceptual de ninguna manera para el sujeto sensoriocognitivo
-En apoyo a este aserto se constata que el ojo humano es agudamente sensible a la representación visual de grupos animados, o incluso respecto de series de objetos agrupados de alguna manera que tendemos a antropomorifizar:
Imagén del Zaire, en la década de 1970.
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Marruecos
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Calle de Madrid
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El aquelarre, de Goya (1823)
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“Cueva de la manos”, Provincia Santa Cruz, Argentina
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Yuxtaposición sensoria de la violencia contemplada y la seriedad moral de la misma para el sujeto sensoriocognitivo:
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(Recreación de violencia paternofilial)
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Otoya Yamaguchi asesina a Inejiro Asanuma, 1960
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2001 A Space Odyssey (1968)
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Hank Araaon
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Carolina Pliskova
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Simone HalepMichael Clarke
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Jaun Francisco Esplá
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Marathon Man (1976)
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Icono ruso que representa San Jorge
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The Last Wave (1977)
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Solaris (2002)
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Fuerzas armadas de China
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La cuidad japonesa de Hiroshima, en agosto de 1945
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-Al transmitir cada una de estas imágenes alguna forma de violencia percibida de tipo físico, manierista-corporal, emocional-intencional o socioafectivo (respecto al grupo humano en sí y la aniquilación barruntada del mismo), tiene cada una de ellas también un grado de obligación moral para el sujeto sensoriocognitivo.
-Pero la relevancia moral para el sujeto perceptor parte de su propia condición corporal, pues dentro del contexto del grupo la impronta observada de violencia (física, maniersta-corporal, emocional-intencional, o socioafectiva) tiene inexorablemente consecuencias respecto la integridad continuada o no del grupo en sí: la relevancia de lo observado en este sentido para el individuo supone la especular reafiramación de su propia condicion vital como en realidad dilema de su pertenencia o no y nunca colmada (pues es solo de carácter en realidad fisiológica y sensoriomoral, nunca en sentido anatómico).
-De hecho, se postula aquí el sostenimiento identitario colectivo y estructural del grupo a través en realidad de la psicofisiología individual, en tanto bucle entre la vivificación sensoriomoral preconsciente, por una parte, y la definición sociorracional por otra: el punto bisagra entre las dos partes o ámbitos es el sentido «opróbico» que retiene para el individuo su propia experiencia corporal y somatosensoria frente a los otros cuerpos pertencientes.
-Es de suponer, por tanto, que no hay cuestión más importante para el individuo corporal que la integridad efectiva del grupo y su propio lugar en el; se trata de una cuestión todavía no intelectualizada para el sujeto sensoriocognitivo cuya sensorialidad queda traspasada de forma permenante por esta cuestión jamás definitivamente resuelta a lo largo de toda vida humana, si bien la intensidad de esta sensibilidad innata puede amainarse de alguna manera al acercarse a la senectud.
–De ello se sigue que la percepción de la violencia (en cualquiera de las manifestaciones que postulamos) tiene para el sujeto sensoriocognitivo tal importancia que obvia, al menos momentáneamente, cualquier otra prioridad sensorial, pues si lo percibido no tiene ningúna relevancia moral en el sentido sensorial que comentamos -porque no se relaciona de ninguna manera con el grupo propio-, parecería que somos menos predispuestos en primera instancia a siquiera percatarnos de ello.
-Y como la violencia percibida, en el sentido aquí propuesto, es en sí misma la antesala causal del porqué del grupo (y por ende de la propia personalidad finalmente sociorracional), posee para nostoros una primacía sin duda somatosensorial de vida y muerte que, no obstatente, no es inmediatamente susceptible de entenderse (´descodificarse´) conceptualmente. De acuerdo con esto, surge la cuestión propuesta de una suerte de homeostasis sensoriomoral al centro de lo que podríamos decir una mecánica de la individualidad antropológica a partir, en realidad, del grupofrente a la percepción sobre todo visual del sujeto sensoriocognitivo.
-Puede vislumbrarse, por otra parte, la relación que tiene nuestra naturaleza sociofisiológica y su dependencia técnica en la adversidad en general causal (o la violencia, a secas) con la necesidad sedentaria del ejercicio sensoriometabólico, necesidad a la que los medios en general visuales contempóraneos evidentemente han ido desarrollándose como respuesta.
“Y para que esto se declare mejor, traigo un ejemplo de una ciudad muy bien aderezada con sus murallas y torres fuertes para su defensa, la cual se levanta y se hace rebelde contra su Rey, al punto que éste le pone sitio poniendo en orden su artillería…”
(Del sermón Del anticristo mixto (u oculto))
La analogía de la ciudad amurallada que es de alguna manera la metáfora central de San Vicente Ferrer predicador (de finales del XIV, principios del XV) como el metafórico asalto de las fuerzas del mal sobre la «ciudad de dios», o sea, la cristiandad. El efecto es pues equivalente a una muralla real, por ejemplo, y a partir del objeto mismo se puede imaginar los huestes externos que de hecho, como en el cuento de Kafka La gran muralla china, nunca se han visto ni se conocen en su forma real y copórea. Pero lo importante, en un caso como en el otro, es vivir con al alma en vilo, que supone en sí una circunstancia estructuralmente determinada -en algun grado que otro- por la antropología sedentaria. Podemos hablar, por lo tanto, de dos formas diferente de atrezo (el texto literario como sermón por una parte, frente al objeto real y ciertamente imponente de una gran muralla fronteriza) pero que permiten en ambos casos el avance vivificador de la experiencia sobre todo fisiológica, despegada, de alguna manera, de la inmovilidad corporal.
O quizá mejor que decir vivir con el alma en vilo sería describir esa posibilidad de extrema vivificación sensorio-metabólica como un necesario recurso al que podemos acudir como acomodación efectiva de la fisiología sociohumana al contexto espaciocorporal no autóctono de la antropología de base agraria. Y como recurso, por tanto, se trata de algo simplemente disponible que permite una funcionalidad cíclica erigida a partir de intervalos de gasto metabólico en forma de zozobra sensoriomoral (más fisiologico que en realidad física) por una parte, y otros periodos de descanso energético. Sería de esta manera que se obvia superando en gran parte la necesidad de una experiencia estrictamente física, a favor de la consumación metabólica íntima implícita en la percepción sensorial humana, problema que es algo así como la piedra angular de la posibilidad sedentaria que al final se resuelve a través del desarrollo y expansión del espacio semiótico a disposición universal de la cultura más sedentaria.
Pues ¿cómo concebir el espacio semiótico culturalmente determinado sino como un ámbito de carácter más fisiológico que físico y que, de hecho, acaba rebasando en buena medida lo estrictamente corporal?
Ma non troppo…o no por mucho tiempo pues parecería que las ficciones más fisiológcas que en realidad físicas de lo semiótico acaban por ahuecarse si no remiten otra vez al cuerpo. En efecto, los mitos culturales al final precisan de nuevo de los cuerpos para retener su misma valencia moral (como sentido al final y más o menos obligado, o al que el individuo perteneciente ha de reconocer al menos), de manera que la relevancia cultural de las mismas ha de poder reconocerse en el plano moral de la vida social real, sobre todo -o típicamente- en los objetos humanos cuyo sino vital públicamente conocido se entiende como imbricado causalmente (no hay más remedio que sea esto así) con las mismas narrativas culturales o míticas.
1.Un ejemplo base pudiera ser la consideración social de la riqueza, que si no va acompañada universalmente del espectáculo necesariamente público de tu pobreza ¿cómo he de entender mis propios éxitos económicos con toda la seriedad que merece la clase social a la que pertenezco como elite?
2. O ¿qué otra función puede tener la pena de muerte de cualquier sistema político-judicial sino en tanto reforzamiento, bastante vil por cierto, de unas categorías semiótico-morales de una determinada experiencia cultural que parecería encarnarse de hecho y con toda la seriedad que se autoatribuye a sí misma a través precisamente de la corporalidad humana ajena?
3. Que no digamos el uso desesperado Nazi de los cuerpos también ajenos a modo de algo así como una penosa (a la vez que altamente destructiva) huida, en el fondo, de su propia vacuidad ideológico-mitológica, por muy cientificista que ésta hubiera podido aparentar…
He aquí un universal cultural, o que debiera entenderse así, pues la experiencia grupal se sirve de los individuos para crear su paradójica unicidad colectiva en el único espacio donde esto es posible, esto es en la vivificación sensoriometabólica y moral de los sentidos, más allá de la definición primeramente corporal. Pero en el rebasar lo corporal a través de la fisiología, dejamos atrás, por un momento, nuestro verdadero origen socioemocional y moral (o sea, el cuerpo).
Pero como la experiencia fisiosensoria es también experiencia metabólica de relevancia moral para el individuo, no es siempre necesario destruir in corpore a los seres humanos cogidos estructuralmente como una suerte de atrezo del drama moral identitario que somos: afortunadamente, todas las culturas poseen medios de representación (o sea, espacios semióticos que se montan sobre sostenes técnicos diferentes) que permiten la vivificación sensoriomoral y opróbica sin que sea necesario la consumación física definitiva de nadie; esto es, en otros tipos de rituales-actividades no cruentas; a través de las imágenes, tanto artísticas como fotográficas, periodísticas o televisivos-cinematográficas; o incluso el deporte como espectáculo: configuran todos ellos contextos sensorios de distintos grados de intensidad en la que la intimidad moral del observador está digamos puesta a prueba momentáneamente como parte de un ejercico vivificador, si bien no coropral en ningún sentido político-judicial, sí que interpela la identidad sociomoral individual, siendo dicha experiencia en cierto sentido un simulacro fisiomoralmente real que no trasciende directamente y en principio al plano públicamente observable.
Esto es importante, es de suponer, respecto de la experiencia sedentaria ya que la experiencia sensoriomoral ha de seguir, digamos, su cauce al menos metabólico, pero no siempre a costa de la integridad física de los demás puesto que, al convivir con ellos, la excesiva brutalidad salvaje para con los mismos tampoco podemos soportarla psicológicamente: ya se sabe, esto del bienvenido roce cotidiano que conduce al cariño, o algo así, incluso respecto muchas veces a tus más empinados rivales. Y sería esta forzada obligación de elevarnos, pero en volandas del propio dolor ante el sufrimiento de los seres humanos de proximidad simplemente cotidiana, la gran compensación que nos brinda la experiencia antropológica basada finalmente en la agricultura (y el porqué mismo seguramente de la necesidad a partir de entonces de los dioses antropomorfos), si bien parece más frecuente despotricar hoy día y de parte de los antropólogos-pensadores de moda, contra la antropología agraria (Diamond, Harari), inexplicablemente.
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Diferencia entre la San Vicente Ferrer y la Gran muralla china (frente a las camaras de seguridad contemporáneas):
Que es importante para SVF el doble fondo de las apariencias, en tanto que la causa última se entiende interior a nosotros mismos, esto es, somos responsables nosotros al fin de la caída de la cristiandad debido a nuestra flaqueza moral y la inquina fundamental que nos habita, o algo así. Es decir, que para SVF efectivamente está al venir el susodicho anticristo; que el demonio en verdad nos acecha, además de las amenazas que dice que suponen las gentes de otra fe (judíos y mulsmanes), junto con la presencia sutilmente maligna de la mujer de carne y hueso: todo esto es real, según SVF, pero surge a partir de, a causa de, nuestra desdén para con diós (o sea, el manido argumento veterotestamentario de siempre). Pero se trata de una artimaña psicológica (también de toda la vida) como forma enrevesada de lograr al menos una sensación visceral fisiológicamente fuerte, eso sí, de control (en la falsa culpabilidad misma) a partir del juego lógico de atribuir causalidades que, naturalmente, no pueden contradecirse de ninguna manera.
La muralla china en cambio y como objeto, no pretende establecer ninguna noción de causalidad sino solo posicionar el sujeto perceptor ante un horizonte de expansión sensoria vivificada que contribuye, efectivamente, a aumentar la sensación vivencial de libertad en forma precisamente de intensidad sentida; la muralla se parece más pues a una pieza de atrezo teatral que facilita este lanzamiento estrictamente cognitivo-metabólico a partir de una amenaza en realidad ausente o solo barruntada en buena medida. En este sentido, la muralla se diferenciaría como objeto de la cámara de vigilancia contemporánea (o de las pantallas expuestas a plena vista que muestran inequívocamente que nos están grabando) en tanto que no tiene esta doble dimensión respecto del sentido interno de culpa que tanto SVF como las cámaras buscan imponer sobre el sujeto psicológico perceptor.
Pero, naturalmente, a partir de la vivificación sensorioemocional y moral del individuo, pueden presentarse mutiples encadenamientos lógicos que, debido precisamente a la intensidad fisiológica, se prestan fácilmente a la imposición interesada de todo poder fáctico (o sea, político) que lo es de hecho porque incide sobre el plano en realidad sensorio-emocional de esta ética primera y preconceptual de nuestros sentidos (y las reaciones socioopróbicas tambien internas a nostros que provocan); esto es, el afianzamiento de todo poder de tipo político es a través de esta primera ética estricamente estética (por cuanto no conceptual) que precisa depués del apoyo lógico de una semióitca sociorracional ya prevista: un cauce lógico que, en el caso de la muralla china (o la de Trump) podría resumirse mas o menos de la siguiente manera fijaos lo que yo, como emperador, hago por vosotros y cómo os quedáis bajo el amparo de mi poder -ahora que se ve omnipotente– frente a nuestros enemigos...etc.
Es decir, esto no lo dice el objeto explícitamente, sino que la intensa vivificación sensoriometabólica individual (y de caracter ya de por sí fuertemente moral en tanto «opróbico» aun no conceptualizado) se presta a la inmediatez de las yuxtaposiciones de imágenes mentales más primarias, al abur de toda zozobra sensorial intensa. Y las conclusiones, tambien elementales y nunca matizadas (puesto que se trata de un ámbito pre-lingüístico carente de toda posibilidad de relación sintática, salvo la yuxtaposición) consituyen algo así como asociaciones «lógicas», eso sí, elementales en tanto de cáracter más bien visceral, aun no conceptualmente formuladas. Y, aun así, se trata de una forma indiscutible de cognición «racional» a nivel fisiológico-corporal, si bien no razonada en el sentido lingüístico-cultural que normalmente atribuimos a la palabra.
Huelga decir, sin embargo, y tal como lo presenta Kafka en su cuento, la muralla en tanto objeto permite anclar contextos temporales de aspiración humana mucho más extendidos a partir, precisamente, del hecho de no incidir tanto en el sentido inidividual de culpa, pues por sus dimensiones y por su naturaleza inconclusa y nunca defintivamente culminada (tal y como remacha Kafka) en torno al muro puede fundamentarse fisioantropológicamente el quehacer, en realidad de carácter político, más antiguo: el sostenmiento colectiva de la posibilidad fisiológica de lo sedentario en su propia proyección vital, lo que supone una cierta elevación semiótico-conceptual por encima de la simple guerra abierta entre grupos distintos. Pues en la ambigüedad que siempre proporciona la necesidad individual de interpretar los sentidos, por mínima que sea este espacio, se está facilitando a las personas que experimenten su propia cognición como en realidad una forma de poder personal del que disponen (frente a modos más coerciativos de persuasión -imposición, vamos- psico-emocional).
Es decir, sobre cierto grado de indefinición puede eregirse una semióitca mínima que, en conjunción ambos, permiten que se acomden los cuerpos frente a los límites de toda antropología basada en la agricultura: la intensa vivificación sensoriometabólica en universal sustitución de lo corporal, ha sido siempre la pieza central de este dispositivo, si bien existen distintas formas de procurar dicha vivificación, siendo la de explotar el sentido opróbico del individuo una de las más efectivas a la vez que dañina para con la estatura finalmente psicológica de la personalidad humana (como efectivamente el mecanismo sin duda más importante de coerción del individuo que se conoce y frente a su propia autoimagen social).
Pero no es un problema finalmente moral si la sociedad en su conjunto tiene poca idea (o ninguna) de esto de una primera ética solo estética. Y si algo no existe de forma conceptual, no es suceptible de tratarse éticamente, tal y como entendemos ésta en tanto concepto y en sentido cultural posterior: ahí es precisamente donde saco tejada, pues ¿qué razon puede haber para no hacerlo, digo yo, si ni siquiera concebís lo que ando yo haciendo, ni mucho menos me váis a pillar?
La experiencia universal fisiológica entendida como la de todo cuerpo a través del tiempo y en el espacio que le es propio (dado que un cuerpo solo limitadamente puede relacionarse con lo que le rodea), constituye una periferia frente al mito (de cualquier cultura histórica); y que para dicha periferia el mito es el centro sociorracional y semiótico en torno al cual todo grupo humano-cultural se articula.
Naturalmente, en la antesala del mito hay que dejar hasta cierto punto una parte de la idiosincrasia más íntima, pues el mito las más de las veces es en verdad un asunto de, en realidad, lo identitario, que excluye el cuerpo en tanto lo identitario se parece más a una estampa de cierta obligación sin duda, pero que posterga un tanto la fisiología-corporalidad más idiosincrática de cada uno.
Pero también hay que tener en cuenta, sobre todo con el paso del tiempo, que el mito carece de vivencias fuertes en lo corporal (puesto que el mito es en esencia materia incorpórea pictórica y narrada, y como mucho fisiológica, pero sin alcanzar nunca, o pocas veces, la realidad corporal digamos dura). Y eso parece ser causa aún más intensa de la necesidad que tiene el mito de encarnarse de vez en cuando y como sea, en el espacio propio de los cuerpos, típicamente a través del dominio, y hasta destrucción, de los cuerpos ajenos, exogrupales; es más, se diría que esto es algo así como una constante histórica respecto de los grupos humanos que, por una parte se aglutinan en una experiencia solo fisiológica vigorizada y de carácter moral entre sí (y por eso aún más intensa en su fisiología) pero que excluye en el sentido aquí esbozado la corporalidad (debido a que la unión anatómica evidentemente entre nosotros no es posible, sino solo a través de las vivencia fisiológica vivificada); que por ello se ven necesitados, digo, de abrirse camino alguna vez a través de alguna realidad corporal, y esto típicamente en los objetos humanos carnales no pertenecientes que siempre han venido muy bien a la autoafirmación etnogrupal propia, respecto grupos que logran por fin reflejarse en la realidad corporal de alguien (de los que sean), como si en la carnalidad tuya logro, por fin, trascender desde lo mítico a la vida política real, o algo así.
Es decir, sobre los restos orgánicos-óseos tuyos, por ejemplo -que luego mandaré convertir en humo y ceniza, pues tal es mi poder– por fin soy.
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La periferia guardiana que son los héroes (heroínas)
1)Los grupos se sostienen sobre el bucle que se establece entre la vivificación sensoriometabólica y la reconstitución sociorracional.
2)Pero la reconstitución sociorracional es siempre un contexto histórico y un locus cultural determinado, y por tanto también debe considerarse una forma de definición particular de lo fisiocorpóreo, un definir que es también de alguna manera un excluir respecto de la espontaneidad original de la experiencia corporal-fisiológico. Y por tanto al quedarse de esta manera asignados los recursos fisiológicos disponibles en aras de una definición sociorracional ya consabida, el fondo moral-racional original de los individuos queda desplazado y en la periferia de lo que es la centralidad cultural y sociorracional ya consitituida, a la espera de lo que a partir de entonces será su función rectora digamos a distancia, la de servir como límite moral y guardián respecto los vaivenes en el tiempo de la centralidad cultural ya establecida.
3)Pero la posición periférica es también una posición vulnerable a los excesos autoritarios de parte del poder rector de la centralidad cultural y su particular sociorracionalidad, pues si la libertad base de carácter corporal-fisiológico de los individuos (por cuanto sean libres al menos en su subjetividad psíquica) no se respecta, esta función rectora por parte de la moralidad corpórea desplazada no puede ejercitarse de la forma más efectiva.
4)Por eso, y parece que en todas las culturas de formal universal, los héroes son tan importantes (los de todo tipo: los bélicos, los astutos y los -o las- audaces) pues en cuanto figuras que surgen desafiantes, respecto toda situación ya consabida posible, encarnan esta función rectora y de guardián frente a los límites tolerables en el decurso vital de, en realidad, el grupo cultural. Y, acorde con eso, nuestra propia percepción posee una aguda sensibilidad al perfil de héroe que, en cualquier sentido de coraje comparativo, se sobresale respecto a los demás.
5)De hecho, somos tan propensos a identificar al héroe que es un punto delicado respecto todo poder político o cultural ya establecido, pues es como si al poder consabido se le pudiera atacar precisamente en esta sensibilidad corpóreo-moral que habita la sensorialidad humana universal del perceptor: claramente existe un límite en el nivel y ferocidad de la violencia ejercida contra otros que la homeostasis sensoriomoral humana no puede asimilar sin alterarse; y que en el sobrevenido rechazo visceral, se erige una línea roja más allá de la cual el poder de la rección política se convierte muchas veces en terror, y por tanto, en el enemigo ella misma a batir desde la óptica del súbdito psíquico-moral.
(Colóquese a modo de encabezamiento de este último texto una fotografía en primer plano de Edward Snowden)
En esta historia etnográfica de ficción el grupo étnico o antropológico de acogida carece de espacios de carácter totémico en los que proyectarse fisiológicamente sobre un plano más semiótico que solo físico; asimismo no se ejercen estas personas en su fisiología de forma separada de la experiencia solo física, como es característica de las sociedades más sedentarias, sino que el drama moral del significado mismo cultural e identitario se centra en la experiencia casi exclusivamente sociocorporal. Es decir, se trata de un contexto antropológico (y por tanto anclado en el sentido colectivo del grupo) que no se eleva apenas sobre la corporalidad y su interacción sensorio-corporal sino solo de la forma más primaria (en el idioma, por ejemplo, que sí poseen).
Pero carecen, sin embargo, de lógicas espirituales explícitas en tanto conceptos lingüísticos o cosmogonías narrativas que pueden compartirse y a los que pueden agarrase con el fin de ampararse en una racionalidad socio-culturalmente constituida, frente a su propia experiencia sensoriometabólica individual y no descodificada: este recurso individual al amparo en lo racional colectivo, que es por otra parte un constante universal de la antropología más sedentaria, no existe apenas más allá del cuerpo. Y es que no se menciona ninguna convención social que pudiera considerarse siquiera de carácter simplemente simbólico, salvo quizá la actividad misma de sobrevivir al invierno sirviéndose de la anticipación, otro año más, de la gran orgía antropófaga que el narrador describe como el acontecimiento central, año tras año, de sus vidas; pero, si bien el perseverar a través del invierno en el deseo de llegar a la anhelada «celebración» constituye un acto más bien metabólico-cognitivo (y no exactamente corporal), no se convierte nunca en una idea específica sobre la que pueden hablar y discutir entre sí, sino que, según se nos cuenta, esta realidad tan importante en tanto central a la identidad misma, permanece siempre en un ámbito no lingüístico (y por tanto sin conceptualizar) de lo sobreentendido grupal, pero de vigencia u obligación sociocultural clara. Parece, de hecho, que lo de conceptualizar podía considerarse en sí mismo como un de los mayores tabúes en los que se puede incurrir.
Porque en realidad el único cauce fisiológico que se eleva un poco sobre la dureza de lo corporal, para parapetarse digamos en una lógica no conceptual exactamente pero sí como dispositivo totémico, es el uso que como grupo hacen del narrador mismo (función que éste entiende como la de acarrear como testigo relator con el legado que ellos mismo quisieron propalar al mundo, y en contra de ese mundo, como su mayor esfuerzo de afirmación existencial; que por eso lo retienen como una especie de mascota, cuidando de él, pero utilizándolo como su espejo, frente al drama en realidad de su propio canibalismo, o al menos de eso está convencido el narrador). Y sin duda se trataría de una función semiótica que se eleva en su carácter fisiológica por encima de lo corporal, siendo precisamente por eso la razón de no proceder a comerle a él también.
Es decir, aunque un solo atisbo de lo simbólico que se articula en realidad dentro de un espacio aun totalmente corporal, no deja de ser una convención ritualista que se despega al menos un poco, efectivamente, de la brutalidad de solo lo corporal: sintomático de esto, precisamente, es el hecho de que uno de los miembros del grupo, desde el primer día de la llegada del narrador al poblado y a lo largo de los 10 años siguientes, le ha ido recordando siempre que se encontraban el uno al otro y siempre con la misma frase como anunciado repetido, que soy yo él que te había dicho, solo en broma, que te iba a comer. Y es que el recurso a la ficción siquiera del juego y la broma constituye muy probablemente un peldaño primario del ascenso a la cultura (que de hecho puede decirse que está presente de alguna manera en el mundo simplemente animal y de forma en principio intragrupal, quizá como ejercicio simulado en sustitución de las contingencias del mundo real y exo-grupal).
En efecto, porque todo plano simbólico y de representación, que como tal consta de un espacio más fisiológico y sensoriometabólico que directamente corporal, retiene no obstante un sentido moral (puesto que lo moral, que brota de lo corporal, está también imbricado en la sensorialidad humana y nuestra experiencia emocional). Con lo que se acaba erigiendo un espacio protector que parapeta en su interior, finalmente, el plano sociocorporal original; un espacio simbólico y de representación fisiológicamente real (puesto que retiene una recreación o simulacro moral en cuanto experiencia sensoriometabólica), pero que no trasciende respecto del plano políticamente real de los cuerpos físicos y su inexorable jerarquía situacional-social. Y sin duda dicho espacio fisiológico que se despega de la realidad corporal no tiene otra forma de concebirse, por nuestra parte, sino como un auténtico lujo que, a la manera metafórica de una gran alfombra, se extiende ante nuestros pies descalzos…
Pero, una vez que haya tenido lugar el despegue cultural, en lo semiótico y la representación frente a lo corporal ¿es posible retroceder otra vez a lo corporal y como recaída de nuevo en la esfera original de los cuerpos frente al mundo otra vez aniquilador? Sin duda parece que la historia humana muestra múltiples ejemplos de ello siendo para la contemporaneidad nuestra la historia de la Alemania Nazi quizá un verdadero monumento en justo este sentido: un episodio que supone la historia de una destrucción, primero, de la Republica Weimar y el subsiguiente cercenamiento brutal del espacio simbólico-cultural alemán, hasta quedar reducido al pequeño espacio de una paranoia en realidad individual pero como imaginario culturalmente obligado (bajo abierta amenaza de destrucción física, incluso para los propios ciudadanos alemanes); lo que no dejó, finalmente, otra opción que la de regresar a la pesadilla de la confrontación corporal -zoológica- entre grupos enfrentados, ya que se había efectuado una total renuncia por parte de la gerencia Nazi a los verdaderos fundamentos de la experiencia sedentaria, esto es, los espacios más abiertos de la vivificación senosriometabólica y moral que llevan de lo corporal a la representación, y no al revés. Hasta incluso se puede postular este proceso como el armazón crípticamente instaldado al corazón estructural mismo de la Segunda Guerra Mundial.
…Es gracias a la sociedad que la conciencia interviene, ya que no es la inconsciencia la que hace intervenir la sociedad. Gracias a la sociedad hay movimientos precisos y un dominio de lo consciente frente a la emoción y a lo inconsciente.
Marcel Mauss, Cáp.IV de Sociología y antropología
Pero también se puede invertir los términos del anunciado para resaltar otro aspecto central respecto de la relación entre emoción e inconsciencia por una parte, y la sociedad y lo racional por otra: que es por medio de lo emocional-inconsciente que se hace necesario la sociedad y su orden consciente y particularmente sociorracional. Lo que es también entender que sin la parte pulsional y prerreflexiva de cada uno de nosotros, no tendría sentido justificado lo consciente ni la razón de ser de su propia reconsititución viviente.
Los universales culturales
Se supone que, en general, los universales culturales (análogamente con los universales lingüísticos) parten de la experiencia corporal y los sentidos que son universalmente comunes en principio, y solo se distinguen respecto de aquello que se percibe como autóctono en cada caso cultural particular; además, incluirían los procesos cognitivos comunes a todo ser humano. Aunque, evidentemente, otro universal que postularemos aquí es el cómo los grupos humanos explotan la experiencia sensoria de los individuos, y basándonos precisamente en el aserto del párrafo anterior. Esto es, si es verdad que sin lo emocional (en tanto anomia idiosincrática de cada uno de los individuos pertenecientes) no tiene por qué consolidarse lo culturalmente racional (o sociorracional),se ha de entender esto como universalmente cierto, como norma técnica y basal, simplemente, de la experiencia humana grupal, o sea, en tanto experiencia antropológica, a secas.
Asimismo el cómo ve un grupo particular el mundo, y el cómo se mueven los seres humanos pertenecientes por ese mundo como espacio percibido, y la particular forma en la que se relacionan en general con el entorno espaciomaterial frente al cual se hacen resistentes, al mismo tiempo que dependen de él, constituyen en conjunto la culturalmente universal necesidad de la educación: que todo individuo ha de aprender el cómo y el porqué social de su propio estar sensorio-corporal (que podíamos decir para eso está en un sentido técnico-estructural.) Pero, el término educación en este contexto quizá pueda concebirse mejor como lo que será en última instancia la forja de la personalidad finalmente sociorracional de cada individuo físicamente singular y recién llegado (normalmente en cuanto niños entre ellos nacidos, aunque esto vale ciertamente lo mismo para cualquier clase de entenado cultural que, como persona culturalmente ajena, entre de repente en una relación sensorio-corporal de dependencia con el grupo).
Y, entonces, se sigue también universalmente que, si la anomia sensorio-corporal y metabólica del individuo deviene en el fuelle más importante y recóndito de la racionalidad humana (en tanto socio-racional a partir de la experiencia grupal humana), es también universalmente importante, no solo la educación sensorio-corporal (aquello que hacemos con nuestro cuerpo particular y las emociones que sentimos circular por él), sino también lo que Mauss domina la enseñanza de la sangre fría:
…”la cual es fundamentalmente un mecanismo de demora, de inhibición de movimientos desordenados; esta demora, esta inhibición de movimientos desordenados, permite a continuación una respuesta coordinada de movimientos coordinados dirigidos a la finalidad elegida. La resistencia a la emoción que invade es algo fundamental en la vida social y mental”…
Marcel Mauss, “Sociología y antropología”
Porque parecería que el espacio más importante de una agencia verdaderamente individual (si bien, como espacio estructuralmente proveído, eso sí, por la mecánica sensorio-moral del grupo) viene a ser aquello que pide y requiere una suerte de refinamiento disciplinario mínimo que como individuo sentimos sin duda como poder de imposición propia –como una forma de poder personal y psicológico que ejercitamos con gusto- y que requiere siempre un esfuerzo culturalmente aprehendido por nosotros; esfuerzo que, a través de la práctica social y el entrenamiento simplemente vital, hemos llegado a perfeccionar como apropiación de individualidad.
De hecho, parecería que toda cultura concebible se define en torno a estas coordinadas de tránsito, en cierto sentido, a partir de una emocionalidad inconsciente e inmadura que corresponde normalmente a la niñez y que, con el tiempo, adquiere sus propias técnicas y pautas de autocontrol de carácter personalísimo, sin duda, pero a partir de lo que está cultural y fisioantropológicamente disponible en cuanto a la experiencia real e histórica de un grupo humano particular. Así se definiría, por tanto, un modelo que podíamos decir de consumación vital en el tiempo humano grupal, pues visto desde la óptica del armazón estructural subyacente (despojándolo, por tanto, de todo significado moral culturalmente determinado) no hay universalmente otro fin sino el sostener del grupo en el tiempo y frente a mundo espacio-material.
¡Todo lo demás viene de añadido, y eso desde siempre!
Pero, afortunadamente, no todo el mundo madura de foma idéntica ni a la misma velocidad, siendo también cierto que algunos no logran nunca, al menos en algún aspecto y grado de su personalidad: que esta variedad y descrepancia entre individuos, para así plantar cara como contrapeso frente a la fuerza homgeneizdora de la mecánica grupal, tambien debe de existir universalmente y respecto toda experiencia antropológica; que si no, no lo hubieramos suportado, sin duda, a través de las generaciones y hasta hoy. Esto es también decir que en la diversidad biológica y la diferencia íntima entre personas, se ha fundamentado siempre también el mundo moral humano de los grupos sedentarios; y esto de una forma, aquí se ve, autosuficiente (por cuanto grupo) que acaba elevando el tiempo humano fisiológico por encima del plano material-corporal (tendencia universal por otra parte intrínseca al ímpetu cultural en sí, que convierte la anomia sensorio-corporal de cada uno en recurso de titilación metabolico-moral de carácter al final estructural.)
Conversación con un amigo
Se me ha quemado el pecho, como un horno
Por el dolor de tus palabras
Y también de las mías.
Hablamos del mundo, y desde el cielo
Descendía su paz a nuestros ojos.
Hay momentos del hombre en que le duele
Amar, pensar, mirar, sentirse vivo,
Y se sabe en la tierra por azar
Solo, inútilmente en ella.
Como si se tratase de algo ajeno
Hablamos de nosotros
Y nos vimos inciertos, unas sombras.
Con poca fe, con las creencias rotas
Con un madero en la marea,
Con toda la esperanza naufragando
Porque no es la que llega a nuestra barca,
Sólo la caridad nos redimía
Del mal nuestro de ser.
Mirábamos la calle, rodeados
De luz, de tiempo, de palabras, de hombres.
Francisco Brines, Palabras a la oscuridad, 1966
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¿Caridad específicamente para qué?
Quizá para aceptar el sino corporal propio, frente siempre a una estampa del mundo en funcionamiento como una semiótica hecha de los otros que, evidentemente, nos excluye a cada uno de nosotros; una caridad hacia la imagen de ellos que deviene, en realidad, en una cordialidad inversamente amorosa para con esto que somos cada uno in corpore; y que esto, a su vez, alimenta la ternura que finalmente profesamos por los otros. Empero, otra cosa distinta bien podría ser la cuestión de una existencia in corpore de los demás; quiero decir, que no tienes forma de comprobarlo realmente ni que te interesa en el fondo otra cosa que no sea el sino propio (todo esto en el que una y otra vez insiste tanto el poeta, esto que para mí es algo así como una viga maestra del perfil existencial español, algo que se percibe, por ejemplo, en el poema tan culturalmente emblemático que es Autorretrato de Machado y su última línea (lo de casi desnudo, como los hijos de la mar), pues se alza por encima de todo el cuerpo, siempre el cuerpo como rúbrica del paso del tiempo humano en la lírica en lengua española. O sea, quizá habría que hablar de una muy interesante concepción de caridad cultural que procede originalmente, es de suponer, de una visión cristiana (y particularmente católica, sin duda).
Además, el mecanismo especular entre cuerpo propio y la estampa estructural que son los otros es el mismo:
…Converso con el hombre que siempre va conmigo ¿quien habla solo espera hablar a Dios un día?; mi soliloquio es plática con ese buen amigo que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito. A mi trabajo acudo, con mi dinero pago el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último vïaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.
Las últimas tres estrofas (de un total de 9) versan sobre el cuerpo, frente al significado de los anteriores que es un pasar revista respecto de qué es -o fue- el individuo en vida como significado según la óptica cultural-semiótica de los demás, o lo que la cultura podía decir que significara esta persona. Y el dispositivo digamos especular empieza a funcionar a partir de este soliloquio dialogado, paradoja que supone la tensión entre los dos ámbitos de la individualidad antropológica (un estar fisiológico-corporal, frente un ser sociorraiconal y semiótico): pero es el yo corporal propio el que nos equipará para reconocer la corporalidad ajena, cuya consistencia, sin embargo, es sobre todo semiótica debido al hecho que es para nostoros y ante todo una imagen, una estampa digamos producto de nuestra propia percepción y la que fácilmente llegamos a despreciar y maltratar (puesto que en efecto habita, inicialmente, solo el ámbito de nuestro sensorium) si no estamos expuestos nosotros mismos al recordatorio continuado de nuestra propia vulnerabilidad corpórea.
En efecto, lo semiótico, puesto que es un ámbito no físico sino solo fisiológico y de carácter metabólico, no tiene de forma autóctona ninguna firmeza moral propia, sino que la tiene que digamos importar desde el otro lado de la inidividualidad antropológica. Pero en cuanto a la antropología, la gran paradoja -aunque simplemente técnica- es que hemos de excluir el estar para poder configurar el ser, mas la posibilidad funcional del ser mismo, debido a que se encuentra moralmente hueco teniendo en cuenta precisamente el procedimiento de su propia constitución técnica, ha de sujetarse -en verdad sostenerse- sobre todo en lo sensorio y su efecto en nosotros opróbico-metabólico (que procede precisamente de lo corporal) más allá de toda racionalidad cultural del momento y digamos a espaldas de la misma. Y es en ese aspecto particular, en el que por fin hay que afrontar, precisamente, la calidad universalmente críptica de la cultura.
Las ideas de Antonio Damasio presentan los rasgos de la complejidad que describe Edgar Morin. Concretamente, la sensorialidad humana y todo el ámbito preconsciente y prerreflexivo ha de permanecer siempre separado de la otra parte sociorracional de la consciencia individual, puesto que lo sociorracional se deriva del insumo somatosenorial anterior (aunque también comparte una relación simbiótica con su antecedente sensorio y pese a proceder de él), pues los tres grados damasianos del yo acaban por formar un continuo o espectro por donde se desplaza nuestra individualidad, desde una especie de yo neurológico inconsciente y solo sensorial, pasando por lo prerreflexivo (pero no del todo inconsciente), hasta llegar a nuestro yo autobiográfico solo posible como autorreflejo social en los otros.
Con lo que puede hablarse de una relación que percibimos (erróneamente) como separada e independiente (lo del reflexiono y por tanto soy cartesiano), pero que es en realidad un antecedente técnico que no percibimos como tal, o en absoluto. Es necesaria, por otra parte, esta idea de complejidad que se basa en la separación para comprender la fuerza correctora que tiene la parte nuestra fisiocorpórea frente al yo sociorracional: como la experiencia sensoria retiene en sí un significado al menos corporal y opróbico (pero, evidentemente, preconceptual) a partir de un proto yo perceptor, esa parte de nosotros está siempre susceptible ante las implicaciones morales a grandes rasgos según los límites de lo tolerable (esto es, según nuestra sustancia sensoriomoral base y genéticamente definida). En este sentido, el espectáculo de la violencia, por ejemplo, siempre produce una impronta traumática en nosotros (siempre que no se repita demasiado, o demasiado seguidamente), y esto por muy refinados culturalmente pudiéramos considerarnos -siempre volvemos a estar presos de nuestros sentidos y la seriedad moral barruntada, aun no matizada conceptualmente, que supone la contemplación en sí misma del espectáculo de la violencia para nuestros propios cuerpos-.
Es decir, que frente a lo sociorracionalmente constituido, tiene prioridad, nuevamente, lo sensoriomoral, pues hay unos límites, sobre todo en cuanto a la violencia presenciada contra otros, por ejemplo, que al sobrepasarse, puede tener el efecto de socavar en el acto el orden cultural (esto no parecería ningún secreto a estas alturas de la historia política humana, pues hay formas de dominio que el poder no puede exhibir porque sobrepasan limites sensoriomorales de, simplemente, la fisocorporeidad humana): el hecho aquí esbozado de que la sensorialidad prerreflexiva humana constituye una suerte de dispositivo guardián del orden sociorracional ya establecido, solo puede esgrimirse por cuanto ambas partes de la individualidad antropológica (lo somatosensorio frente a al yo sociorracional) se relacionan a través de su permanentemente reforzada separación, si bien desde la óptica de la conciencia individual sociorracionalizada de cada uno de nosotros, este hecho paradójico no queda inmediatamente patente.
Pero de la inexorable tensión a que tal situación técnica subyacente conduce, la antropología sedentaria siempre se ha nutrido, pues puede concebirse la vivificación simplemente moral que viene a constituir lo grueso de la individualidad socializada la críptica pilar de la permanencia colectiva humana en sí: no de otra manera ha logrado el contexto sedentario reconducir la fisiología humana original desde lo más corporal hasta el desarrollo semiótico y la posibilidad, a partir de entonces, de la vivificación virtual, de carácter más fisiometabólico que en realidad físico.
Pero esto último, por ejemplo, no puede explicarse sin recurrir a la complejidad en sentido Morin y respecto del hecho de que es la fisiología sensoriomoral y preconsciente nuestra que se convierte en el custodio último de los límites de la definición cultural. Pues más allá de la sensorialmente tolerable solo queda un nuevo episodio catártico que habrá de padecer una nueva generación, antes de enfilarse por nuevos cauces de planicidad sedentaria.
Puede entenderse, entonces, la personalidad socializada de cada uno como un traje desde luego a medida que uno emboza, de alguna manera, para entrar a partir de entonces no solo en el ámbito del ser socialmente racional, sino también en el contexto de tensión permanente entre ese ser social que somos en nuestra propia voz consciente, y el estar subyacente fisiológico-corporal que lo precede y al que sigue subyaciendo: pues en esa digamos sombra neurológica solo barruntada que nos acompaña como a distancia (y que somos también de alguna manera nosotros), está en realidad nuestro origen moral (sensorio y también emocional) que solo después y al albur de algún grupo humano y su geometría opróbica, adquirirá sentido. Pero más allá de nuestro ente somatosensorial y preconsciente no hay originalmente nada sino nuestra auténtica bastardía neurológica como cuerpos frente a mundo espacio-material. Por eso los grupos humanos y sus culturas han andado siempre huérfanos de cualquier autoconocimiento solido respecto su propia existencia, salvo ese que hubieran postulado ellos mismos y que en el tiempo se hubieran dedicado a repetir y reforzar una y otra vez (y eso con tanta intensidad e insistencia que resulta -al menos desde el análisis solo empírico- francamente sospechosa).
Pero la inferencia última y más importante es esta: que el sentido de la vida esta en esta mecánica de los grupos humanos que se sirven del proceso sensoriometabólico de la congnición inidividual para sostenerse en su propia unicidad colectiva, sin en realidad que importe, a la larga, el contenido real del hecho racional culturalmente identitario de cada grupo. Es decir, y visto desde la óptica moriniana de la complejidad técnica, el hecho evolutivamente más importante es el sostenemiento fáctico del grupo, siendo la sociorracionalidad algo así como una salida estructural un tanto superfluo y pese a su importancia nuclear resepcto a la articulación sensoriometabólica colectiva: pero toda racionalidad cultural es, en rigor estrictamente técnico, algo así como un signifcante vacío que sirve en realidad para sostener, sobre el plano más importante del tiempo evolutivo humano, la experience fisiocorpórea y sociobiológica preconsciente de los cuerpos en el tiempo, frente a la realidad físico-espacial de la que dependen.
Y la hazaña humana más importante sería, no solo entender esto (que ya nos pertenece como concocimiento que está de hecho presente en el corpus universal de la producción cultural-intelectual), sino que fuera enaltecido conceptualmente, de forma constructiva para con la dignidad nuestra como seres racionales, de tal manera que las sociedades fueran obligadas a dirmirse, como si dijéramos, especularmente en la rigorosa contemplación de su propia naturaleza real. Pero si esto no fuera posible, entonces que se encarguen mientras tanto los que sí puedan y que estén dispuestos (debido al hecho primero de que pudieran, lo que desembocaría en la obligación humana insoslayable de que procedieran a encargarse efectivamente): porque así se garantizaría que el sentido de la experiencia humana correspondiera mejor (y de forma más estable y estructualmente coherente) al fundamento corporal y sociofisiológico de la misma. Si bien esto sería desde un plano igualmente críptico, más allá de la conciencia racional y semiótica nuestra, puesto que la característica emergente o incoativa de la conciencia humana desde una perspectiva damasiana, supone también una calidad elíptica en tanto que una periferia somatosenoria sostiene -en realidad de forma disconexa- una centralidad consciente y sociorracional.
Y es que parecería que no hay otra forma de salvaguardar nuestra antropología sedentaria como modelo de consumación, sino a través del mantenimiento de estos dos planos seperados, entre la fisiología individual, por una parte, y le rección opróbico-sociorracional del grupo. En este sentido, entonces, una tercera agencia de control supervisora se haría imprescindible, en vista siquiera somera de la historia universal y sociopolítica nuestra.
Individual experiencing of the self, of one’s own emotions and of the body—as it changes, knows discomfort and pain; as it ages and then declines—becomes generally much more bearable in this clean, well-lighted place that is the very plaza or main square of cultural order. This is, in fact, the argument of Hemingway’s short story by the same name: the culturally rational, because it requires of the individual that she momentarily leave behind the anomie that is her own physical, physiological idiosyncrasy (which she has no choice but to minimally homogenize in at least the functional appearance of her conformity to the group), becomes the resource of rational personality itself. Because in the reconstitution of my rational self momentarily do I set aside the rigors—and loneliness and indignity, finally—of what is, in a strictly structural sense, something like the dereliction of my own singular entity; because from an evolutionary standpoint continuity in time and life itself is only in the group, although physical-physiological singularity still remains, no doubt, a necessary requirement!
That is to say, the centrality of evolution is the group; human physical-physiological singularity is its periphery.
That is also to say that the rational, socialized self, because it is a requirement the group imposes on the individual, forces the corporal, somatosensory and emotional self to some extent into the periphery.
And this is also to argue, then, that the civilized self as of especially the advent of agrarian-based anthropology, is a physiologically extrinsic self that necessarily displaces, to some extent her own physiological-corporeal origin.
Human language can similarly be understood as a relationship between a periphery of individual cognitive and physio-anatomic idiosyncrasy (the anomie that, from a structural standpoint, becomes corporeal-physiological singularity in itself), and a center of “opprobically” imposed congruence around which multiple individuals articulate collective experience: but it is through the cultural rationality of the socialized self that something like physioanthropological group structure is established and reinforced through time. Such a congruence, arising first as syllabic to later acquire a phonological substance (through the group’s particular attribution of meaning to sounds), historically turns into an ever-increasing syntactic complexity which, finally, leads to the conceptual elaboration only written language con ultimately attain.
The centrality of human experience as evolution on Earth is the group (versus the periphery of individual idiosyncrasy.)
But the logos of group functionality is the socialized, rational self that necessarily displaces a prerreflexive, somatosensory self (the self that is in fact the technical periphery of human consciousness, according to A. Damasio.)
In regards to human, cultural groups, the socialized and to some extent “physiologically extrinsic” self is, invariably, also a linguistic self, in opposition to an underlying, preconscious, structurally displaced somatosensory periphery.
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First published in 1995 (English version, 1998)
The notion of a process of permanent recreation or reconstitution of individual subjectivity and a higher semiotic self (an autobiographical self, in the words of Damasio) takes place only as of a deeper neurological, pre-reflexive antecedent: such a somatosensory periphery as something akin to a universal, proto object of sensory stimulation and only nascent emotional response from which the emergence of culturally-framed, individual consciousness is then possible, becomes in itself an accurate description of what Giorgio Agamben presents as the bare life component universally underlying culture and anthropological stability. From the standpoint of Agamben’s political theory, it is precisely this physiological-corporal and preconscious entity that becomes the object of modern political sovereignty. But although Agamben details the history of what he allows is a structural question going back to the origins of culture (and especially as of the advent of sedentary religion), he considers the contemporary situation a clear and harrowing distortion, in which bare life has invaded all other venues of our understanding and valuing human experience (when this was not the case in ancient Greek culture that differentiated a higher, good life of which the city became symbol and champion defender.)
The distinction Agamben makes between the classical Greek Zoe and Bios can similarly be considered in light of a center-periphery relationship that contains–or hides–an underlying, symbiotic connection of mutual dependence between the parts. Agamben’s thesis is, of course, the matter of a confusion between both, leading ultimately to the incapacity of bios (that is, our culturally rational mode of socialized being) to understand and value its own technical origin and structural antecedent (Zoe).
Some cultural phenomena based on a Damasian-like notion of neurological periphery as means toward consumer/voter persuasion and general sensory-metabolic invigoration as entertainment:
In televised baseball, the alleyway formed in this image between pitcher catcher/umpire and batter is where the viewer spends most of her visual, metabolic time: the tension is constant and is increased by the mannerism of the corporal figures. But it is exactly in this context of extreme physiological stimulation for the viewer that advertisements are strategically placed with the specific objective of exploiting such metabolic process and its intensity thereby gaining more immediate and probably subliminal access to the consumer’s longer term memory.
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A subliminal innuendo of violence and lurking danger out there on the street is visually denoted by just a tacit imagery: no conceptual nuance of any kind is necessary as an aesthetic addressing of the individual’s prerreflexive fear in regards to the obvious danger we all live in as upstanding citizens. But whether this is statistically real or accurate gives way to other priorities like general police (and/or military) funding–ultimately an aggregate financial question that in this manner gains a kind of subliminal and underhanded access into the public sphere itself of democratic politics.
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The 1968 film Night of the Living Dead is considered to be the first contemporary zombie film and predecessor to the current cultural construct; Zombieland (2009) pictured here, is one of several dark comedies which spoof such a semiotics. But the technical underpinning to the whole genre remains clear and consistent: the protagonists of these films and television series are invariably always confronted with the mass uprising of something like our own somatosensory, preconscious periphery. Such an enemy is, of course, a cognitively down-graded version of a former socio-rational self. And evidently, one the most invigorating sensory-metabolic elements of theses films, in regards to the intensity of viewer experience itself, is a cryptic mechanics of the social self forced on us like a mirror in regards to which the only option–viscerally for us as a viewers–is to smash it, finally, as hard as we can.
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The Bourne Identity (2002); The Bourne Supremacy (2004) and The Bourne Ultimatum (2007) are the original sequels of this string of spy films starring Matt Damon and whose protagonist is beleaguered by the anthropological duality of his own personality, in regards to a previously CIA-manipulated and trained, somatosensory self that he cannot remember nor accept–nor morally condone from the standpoint of his own newly-recovered, socio-rational, sociomoral, conscious self. Because these are spy films that are also amnesia films (if such a genre can be said to exist), in which the moral implications of the agent’s acts have been technically removed from the sociomoral awareness of the higher self. But as a human instrument of originally CIA psyops design, it is ultimately the American political-military establishment itself that hides, in such a neurological blind spot, from the “moral hazard” of political assassination and the broader, generally unacknowledged sphere of le rasion D’état (except, of course, for a few honorable subordinate, government employees who become the auxiliary forces of reason and justice, along side the protagonist-hero himself, versus the deeper echelons of power and its ever-present, always unbridled, moral-monetary corruption, etc.)
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A secular analysis of this book of Jewish and Christian scripture sees a juxtaposition of images to establish the central and underlying logic of the text: people’s adherence to and embrace of Yahweh implies the continued and plentiful existence of agrarian-based villages and towns; but people’s loss of love for Yahweh means empty dwellings in abandoned towns, desolate of both human and agricultural life. Such an imagery on a non-verbal and only aesthetic periphery, primes again and again what is ultimately a form of conceptual cognizance that nevertheless is transmitted primarily through a logic of juxtaposed images. Such a mechanism is, of course, the sensory-cognitive cornerstone of literary or poetic experience itself!
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This 2004 film is a case study in the practical application of A. Damasio’s continuum of the self (from neurological, somatosensory periphery to socio-rational, autobiographical personality) in which sensory-metabolic invigoration is used to overcome the actual spatial limitation this Amish-like community is trapped by. Because sensory-metabolic invigoration as stimulation of the corporal self towards her own, group-imbricate, moral definition as person, is in many ways an all-absorbing process that ends up obviating physical immobility and our experiencing of it as a form of misery: always have cultures thrown themselves into the heat of the problem as process of discerning reality according to their own socio-rational paradigm of knowing, and the intragroup tension conflicting interpretations cause. In effect, such a tension ends up being experienced as a form of comfort, luxury even, as it elevates us, through heated but essentially non-violent social interaction, above the hardship of just bodily experience.
In the film this is the reason, then, that a group of semiotic operators within the community secretly work to constantly feed the perception of their fellow inhabitants by fabricating and maintaining through time an always ambiguous, never conclusively apprehensible, sense of real danger and threat, so that the cryptic material reality of what essentially constitutes life in a concentration camp, can actually be experienced as a sort of epic struggle and adventure–in fact, the survival of the community through time depends on the technical question of an at least physiological horizon experienced by the socialized self as ultimately a form of freedom and expanse!
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Social Engineering (in one of its definitions) is a today fashionable term for what previously would have been understood as a confidence trick or con. But the present day, technological version seems to move more in the direction of more efficiently exploiting the pre-reflexive side of individual sensory-metabolic experience. And given the we metabolically transpire, so to speak, in a state of permanent reconstitution of a the conscious, socio-rational and culturally-framed self (at least in our waking hours), if you can subtly (cryptically) intrude on the preconcious part of that process, it follows you a have greater possibility of controlling or directing the individual’s conscious decision making ability as output. In this sense, it is a worthwhile exercise to approach, for example, FACEBOOK from a Damasian standpoint of neuroloigically-produced consciousness and to pose the question as to what really motivates people to spend their time delving in only an imagery of self on an invigorated, mental stage of only virtual social interaction (although there are indeed other ways of benefiting from said platform)? The likely answer is that people don’t usually ever think about it–but the more important thing is that M. Zuckerberg and his crew surely have!
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The process of socio-rational emergence of the Damasian autobiographical self as of a somatosensory, neurological, and preconscious periphery, can be understood as inchoative (in its linguistic meaning); that is, a new cycle of “selfization” initiates, once again, with every renewed episode of sensory-cognitive stimulation of our deeper, non-conscious object-self. The metabolic transit through a Damasian continuum of consciousness, from only sentient, body stimulus to culturally-bound, moral personality (a higher, subject and agency self), becomes the structurally cryptic hub at the center of a universal and opprobic geometry of human groups through time, versus the exo-group reality they resist but are, at the same, time dependent on. So, in the sense that individuality is inchoative in the way described here (in the fact that it must continuously reconstitute itself according to the ideas of A. Damasio), it can also be conceptualized as above all anthropological, that is in regards to the necessarily social context of Damasian reconstitution of sociorational consciousness, in the true locus of our survival only as groups. For after all, in what other context would such a living continuum of sensory-metabolic reconstitution of the conscious self actually take place?
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The above image is a loosely approximate recreation of what A. Damasio refers to as neural maps or patterns the nervous system ends up representing in regards to new stimuli that almost ceaselessly occupy the theater both our preconscious and conscious perception. But the image here in question which as a consequence of biological evolution could be said to have originally arisen out of the need for a higher, more sophisticated dynamics of homeostasis (the regulation of overall corporal systems and physiological process), I shall use as a pictorial conceptualization of the self (or what is called interoception), for this is, conceptually, A. Damasio’s point of consolidation of human conscious and the doorstep, so to speak, to subjectivity. But the image is above all a representation the brain ends up presenting to you as the observer of your own emotions; and just this ability to at least partially contemplate your somatosensroy double is what differentiates you from all other mammals, for example. That is, in the mind of a dog there in fact exist similar, neural images (this form of neurologically-mediated homeostasis is patrimony to higher, nervous system-endowed creatures), but, as A. Damasio defends, there is no observer of such physiological process, nofeeler as experiencer, then, of metabolic changes produced by new, arising stimuli–and so no self.
But the evolutionary advantages of such mental imagery are clear: if you relate to your corporal self principally through such images, it is easier -and faster- for you to foresee dangerous or life-threatening situations in regards to the physical integrity of your own body: and the consequences, then, of any decision you take can be anticipated beforehand rather than just blindly walked into; and this even in regards to less then conscious, more instinctive and necessarily split second choices of emergency action towards the evolutionary objective of getting your body out of harms way!
Of course there is another important consequence of this mode of our relating to our own bodies through the distance, so to speak, of a neurological double: not only physical peril can be foreseen and anticipated, so can the moral consequences of our acts in regards to the question of whether that bodythat I know as mine will continue to warrant its own rightful place in the group I belong to and on which I know (or “viscerally understand”) my own survival depends. That is, a mechanism that was a originally born of physical circumstances also operates on a partially non-physical plane of images ahead, so to speak, of what later becomes a strictly physical, somatosensory periphery: sedentary anthropological experience will, of course, end up structuring itself on such a virtual or totemic structural asset and its possibility for moral invigoration, over and beyond the physical limitations of agrarian dependence!
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The practical use of thermal imaging of human emotion is, apparently, almost common place today but has, for me, a secondary use in illustrating what ultimately must be a revision of our understanding of rationality itself. The process here exemplified of human perception and physiological response to it (for in all cases such individual somatosensory and metabolic response as portrayed in each one of these figures can only be understood as having been prompted, probably through the subject’s simple observations of moral and emotionally poignant situations in some way or another forced on her) reveal one’s cognizance as something akin to a form of really corporal intimacy, in the extent that what one experiences through the senses ends up having a strictly subjective impact on the individual’s physiological process of self: that is, observable events or representations may not have the same relevance for everyone, given that, for example, the neural patterns of specific and personal memory are, of course, exclusive to physical singularity itself and over a specific body’s life time.
But what if the above image were to be interpreted as referring not to a different emotional category applied in succession to the same prototype individual, but rather different individuals all experiencing, momentarily different emotional responses: how could a group maintain its collective configuration or unicity, if each different individual is enthralled in his or her own sensory-metabolic intimacy? The first step towards an answer would be to understand that in normal circumstances of collectively physical experience, all the individuals would contemplate more or less the same reality, so the diversity of response would end up, to some extent, converging (although never completely!)
But another way of imposing a certain uniformity on the individual’s sensory-metabolic experience and physiological process would be to understand socio-rationality as in itself an instrument in exactly this sense:
Socio-rationality becomes the result of the individual’s being impelled to partially curtail and mold her own emotional response to adhere to the group’s socio-moral reality;
This partial molding or homogenization of the individual’s physiological process in regards to the group is initially a much more preconscious, sensory-metabolic rather than conscious force within theDamasian process of reconstitution of consciousness and the autobiographical self.
Such an internal force in the singular individual in conjunction with the spatial immediacy of multiple group members, becomes in time the universal foundation of culturally-framed, individual identity.
But the reason to adhere to the group’s socio-ratioanlity is physiological-corporal singularity itself: the individual’s body and physiological idiosyncrasy become a permanent challenge to the sociorational and also its primary source of technical support and sustenance.
And this probably could be understood as just a further step in the history of survival as the specie’s permanence through time on Earth: the universal human group uses socio-rationality not to suppress diversity, but really to support itself it the moral-emotional ferociousness only an individual body can ultimately know in her never ending, never completely culminated struggle to belong as form of self-preservation. For individual’s are motivated–coerced, even–on many different levels to adhere to the group as the true vessel of our survival, but never at the complete expense of the idiosyncrasy of physiological-corporal singularity itself. It also goes without saying that socio-rational groups can achieve greater heights of aggression, in regards to exo-groups, but without forfeiting their own collective, internal uncity (that’s the bad news, at least historically!)
1)Because sensory-metabolic invigoration of the individual becomes the deeper sustaining force of the group and its socio-rationality (which is, in turn, available to the individual has her very resource to rational personality itself!), human groups end up universally appropriating to a great extent their own sensory-metabolic experience as the very core of an often ritualized, collective identity that needs to to be frequently reaffirmed in time, and given the inchoative or emergent character of individual consciousness. And in this way, groups proactively affirm themselves, to some extent above and beyond just external contingencies.
2)But subjectivity in the collective diversity of the group is a form of permanent tension in itself that should be considered an asset to the ongoing, more or less continuous exercise of the group’s socio-rational identity and way of knowing: a certain conflict of perspective among individuals becomes in itself the need for, and so justification of, group rationality.
3)The mechanics of human groups conceptualized here as sustaining themselves through the individual’s neurological-metabolic reconstitution of self (and the availability of rational experience then afforded to her) should be conceived as a complex phenomenon in which multiple forces or systems end up relating to each another through symbiotic relationships of mutual but autonomously-reinforced interdependence. Therefore, in the same way socio-rational, cultural order is because of and dependent on the physiological-corporal idiosyncrasy of multiple, singularly physical individuals, individual personality (that is not the same thing as as culturally-framed, socio-rational identity) should also be approached in regards to its deeper, technical ambivalence. That is, individual’s are forced to some degree of conformity with the group precisely because they can never completely (anatomically) belong; which is also to say, conformity is because of, ultimately depends on, non-conformity; the continuance in time of group identity is because of, is dependent on, the underlying permanence of the anomie of physiological-corporal singularity itself: but in order to address individual personality, as opposed to culturally-produced, individual identity, it is necessary to take in and account for the technical complexity as problem of such a higher dichotomy–people always defiantly belong to the groups they are ultimately dependent on, otherwise there would be no tension for the group to sustain itself, no reason to effectively be in a collective, socio-rational sense!
4)Another inference as of the ideas of A. Damasio is that a degree of fundamental and underlying emptiness must be postulated regarding the origin of our conscious experience: because individual consciousness begins in our somatosensory, corporal perception, there is no further state or place we can go back to on which to justify the legitimacy of our own identity. Because simply put and moving backwards from consciousness to the neurological, the identity of self ends in the physiological experiencing of the senses, beyond which there is nothing.
5)The theoretical conjecturing of hollow man based on the condition of our neurologically-produced consciousness but as anthropological constant, is important because it would account for our universal obsession with our own origins, heritage and existential meaning. And this idea would also help to explain the true desperation that is at the universal heart of the individual’s need for the cultural group of survival: indeed, there is nothing beyond the group in the same way there is, physiologically, nothing beyond our somatosensory self. All moral/rational identity and self-awareness is something only a group can ultimately bestow on human, physiological-corporal singularity.
6)But because there is no possibility of contradiction in regards to whatever groups postulate about their origins, narrative itself becomes an imposition as sensory appropriation of crucial importance, especially after the historical advent of agriculture and in regards to the problem of accommodating our socio-physiological nature originally evolved as of more nomadic groups: in sedentary, agrarian-based anthropology, more elaborate semiotic horizons become crucially important to physiologically compensate (in the sensory-metabolic invigoration of the neurologically-constituted consciousness) what formerly had been a much more physically-based mode of group cohesion (a previous mode of being that, as living structure, relied to a much greater extent on a physiology of actually walking!)
7)Just as a Damasian conception of neurologically-produced consciousness displays an inchoative or emergent quality, so do agrarian-based, sedentary anthropological contexts: that is, just as human groups need to sustain, maintenance, and feed their own group rationality through the sensory-metabolic idiosyncrasy of individuals, so is it also necessary to continuously provide morally-weighted, sensory stimulus to sedentary anthropological contexts. It is in this way that such contexts achieve their normal state of stable, working complacency, that is, in the condition of their being susceptible to the recurring and periodic, sensory-metabolic invigoration of individuals. The stability, then, of sedentary contexts arises out of the successful, albeit structurally cryptic, addressing of our underlying neurological, sociophysiological essence.
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Santander, Spain. 1913
Through the sensory urgency of the bullring and the violent seriousness in the dramatized choreography of man’s arrogant will to prevail over Death itself (or such is the ultimate, aesthetic objective the bullfighter seeks to transmit), it is as if the ordered lines of a socially correct suit and hat (worn by older, mustachioed gentleman in left foreground) were buttressed: cultural order, to exercise itself in time, would seem to be always in response to the threat of excess, violence and chaos—all those forces of our natural hubris that become the paradoxical guarantors of the cultural rationality we cling to, and our very reason to be civilized.
In this way, the image establishes outright the juxtaposition as enigma, between a late 19th century figure of order and progress (palpable in the fashion of the times), versus the represented agony of bodily strife and finitude—both human and animal—in the ring. But if it were not for the spectacle of corporal seriousness as controlled and artistically-administered transgression in regards to the principals of order and collective peace, could the rationality embodied in the sharp and methodically-cut lines of that suit and hat hold on to its living relevance for us as body-obliged, sensory individuals?
And in the background is that same cultural order, but replicated in the aggregate and on the group plane of mass spectator audiences: through exposure to corporal and morally-weighted sensory invigoration the somatosensory, neurological priming of socio-rational individuality is possible, in this way servicing the basic underlying, and universal sociophysiological circumstances of human groups. Fortunately for us, however, we rely on a representation of physical-moral conflict that is physiologically real in the sensory invigoration its contemplation causes, but that does not transcend the realm of already-established social convention—and so implies no moral consequences on the physically real plane of political order itself.
(Or not for human beings at least and in the specific case of bullfighting–or at least not so frequently!)
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In identical sedentary circumstances, the mechanics of human groups and their structural need for socio-rational individuality is physiologically accommodated through the individual’s sensory-metabolic stimulus and invigoration. Following the writings of Clifford Geertz in Deep Play: Notes on the Balinese Cockfight (1973), the image here can be understood as reflecting the same basic juxtaposition of the spectacle as corporal violence of the birds and their fight to the death, and a clan-based social order that reaffirms itself in this process of societal cognizance. That is, the fury of the birds is, momentarily, our very reconstitution as social order despite all its imperfections, for without it all is lost: or this is the paraphrased summary of what Geertz explains as a form of deep (‘morally profound’) activity-entertainment (as opposed to other forms of non-profound amusement as simple gambling activities and casino-like games also present culturally). But the difference between these two distinct ways of betting, as the author explains, lies in the fact that in cockfighting, each bird is patronized by a different social clan making the violence itself a form of vicariously-experienced, political conflict, which, of course, does not ultimately transcend the activity itself.
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The cultural practice known as Tsantsa
Once again (similarly to previous bullfight image) the moral seriousness embodied in an anthropomorphic artifact (a shrunken human head) is juxtaposed with a particular cultural order in the form of the clearly symbolic apparel both people are clad in, as well as with the fact that an older generation is, evidently, actively recreating (teaching? indoctrinating?) the very experience of cultural identity itself. But the force of this process arises out of sensory-metabolic invigoration, specifically in the intensity of the anthropomorphic effect the contemplation of the skull has on our somatosensory, pre-reflexive perception as surely a universal circumstance of human, socio-physiological experience.
However, for anyone not corporally-bound to the societal group here portrayed, the anthropomorphic horror experienced—terrible to the extent that it is anthropomorphic and so morally poignant, universally from the standpoint of our own bodily entity–leaves one brutally dumbfounded, with no available rational explanation or cultural decoding. For the body-bound member of the anthropological group, on the other hand, such a heightened excitement at initially the most profound level of physiological stimulus in regards to an emerging sense of the corporal self that in the contemplation of the miniaturized face cannot help but see the specter of one’s own potential fate, becomes vehicle and vector towards a paradigm of group-specific individuality. That is, in thralls of individual sensory-metabolic terror a specific culturally-bound logic is reinforced: individual emotion is, in the end, what breathes life into cultural identity. So naturally, it would seem cultures are extremely resourceful in creating sensory stimulation opportunities by whatever means available to them.
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Some anthropomorphic resources human groups exploit towards sensory-metabolic invigoration of somatosensory-bound individuals
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1)The human figure denotes in our perception something like the basic building blocks of our capacity for moral significance itself. But our individual need to perceive and partake of that significance (a meaning that will eventually sustain culturally specific, moral conceptualizations) stems from our own corporal vulnerability as sensory-bound, opprobrium-subject members of groups. And it is our bodies that become the stakes, so to speak, each one of us brings to the table of social interaction and without which the original evolutionary game of group survival is impossible.
2)Because it is the somatosensory, corporeal periphery that sustains the center of cultural order and identity, human groups tend to end up controlling to a great extent their on sensory experience (a form of leveraging external circumstances in favor of the group much in the way playful, or faux intra-group violence in mammals or birds could be understood as also a form of socio-physiological maintenance in time, over and beyond external contingencies.) In this technical sense, then, the sensory-metabolic experience of culture activities and ritual in general (like those portrayed above) could be understood as a form ofperipheral, physiological-sensory metabolic exercising or reconstitution of specific, human group identities and socio-rational definition.
3)The human figure and face can be understood as the object “of preference” of our perception, and this universally to such an extent that we are anthropomorphically biased in regards to our ability to perceive reality around us: for what could be more important to our sensory-corporal priority than detecting other animated creatures (animals) and human beings around us?1 What survival value, ultimately, could anything else not in those categories have?2
4)The circumstance, then, of ambiguity in this sense and of not being quite able to discern the human figure–or only intermittently, as sometimes human-like, but some times not–has a powerful impact on human, neurologically-mediated homeostasis, constituting an important resource of physio-titillation available to groups towards leveraging of their own sensory experience: carved human figures, facial mask, dolls, statues, life-like dummies and wax figures (or even the human corpse), could be understood as something akin to universal anthropological constants that provide individual sensory-metabolic invigoration through exploiting the periphery of individual, socio-physiological configuration. But whether such an invigoration is used to propel deeper, moral (i.e. structurally relevant) group constructs and semiotics, or if it is used alternately as a form of just entertainment entirely–or partially– devoid of any moral nuance, depends on the historical experience of a specific human group and its culture: both uses, in some degree or another, are in fact more than likely patrimony to all universal human group experience.
5)We are acutely sensitive as well to body posture as visual mannerisms (in the the artistic sense of this word and notion3.) Given this fact, it is not surprising that universal artistic representation of human beings plays on the effect the sight of dramatic body postures and positioning of limbs has on us as, once again, a form of physiologically-aesthetic, metabolic invigoration. But it would seem that this invigoration is possible because it proceeds from a peripheral, not-yet-conscious realm of sensory-corporal urgency the belonging individual is subjected by: such a pre-reflexive, underlying urgency could be understood as the deeper foundation of the moral-rational itself. And so the entire catalogue of different and specific ethnographic experience, then, could be understood as different, culturally-specific, group strategies and mechanism towards exploiting the same universal, underlying and prototypical human, socio-physiological configuration (much in the way contemporary linguistics understands universal individual potential for language acquisition, versus the specific cultural-linguistic context the individual is born into.)
6)Also observable is the undeniable evolution of artistic representation and reproduction, from more physical and corporeally-based forms of enactment as spectacle, towards a more technically refined ability to recreate morally poignant (that is, body-relevant, or opprobic) spectacles of representation: more realistic human-like figures; refined pictorial representations that combine also written text; the stamping or engraving of artistic reproductions; and the invention of the printing press itself, are all phenomena that should be understood as arisen as a result of generally more sedentary, agriculture-based, anthropological contexts which, in order to service the underlying inchoate quality of our neurological, socio-physiological essence, are driven to create ever expanding, virtual contexts of physiological invigoration and expanse for the somatosensory periphery of any and all specific, culturally-bound, sociorational experience.
7)Basic corporal, anatomic movements of limbs would also seem to connote a certain primary, body-moral value in the perceiving eye, in regards to a violence of movement and individual intention; and this to the extent that the practicing of physical activities or sports with no real sociocorporal consequences, besides being of a deeper a zoological origin (and which constitute a more physically-based form of metabolic invigoration) also provides a readily available source of sensory-metabolic excitement, not just in the practicing of such exercise, but rather as public spectacle itself. Naturally, agrarian-based anthropological contexts always have had no choice but to exploit the physiology of such spectacle. Crucially, it is during the Second Industrial Revolution (mid 19th century Europe) that the foundations of contemporary spectator sports were laid, coinciding with a flourishing of several other non-physical means towards sensory-metabolic invigoration (incipient popularization of printed or engraved, photographic images; continued expansion of printed journalism as a form not only of receiving information, but as means towards morally poignant invigoration; development of more popular literary genre in the form of serialized stories, the contemporary short story, as well as the birth of the “detective” and “suspense” genres).
1Faces in Clouds: A New Theory of Religion, 1993. Stewart Elliot Guthrie
2Ibid
3The Power of Images: Studies in the History and Theory of Response, 1989. David Freeberg
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A Contemporary (Western) Pictorial-Photographic Ken
Martha Rosler (Artistic composition based on American Civil War photograph by Timothy H. O’Sullivan)
The use of poignant, bodily moral stimulus for somatosensory-bound members of human groups (and specifically for more sedentary societies) becomes an important force of socio-rational reconstitution which, quite logically, groups end up controlling to some extent themselves, thereby reinforcing their very permanence above and beyond actual contingencies: no doubt this capacity should be understood as a power mechanism of existential, group imposition and anthropological constant. There are, however, different intensities of sensory-metabolic invigoration as of the individual’s perception of bodily strife, conflict or direct forms of physical violence among fellow human beings. To behold the corporal conflict of contemporary sports, for example, and while it does forcefully resonate in the spectator, it cannot be understood as producing the same metabolic effect–in the same way and degree–as the firsthand witnessing of the violent street killing of another human being (although perhaps boxing, or similar blood sports could be understood as in some way approaching a similar state of metabolic excitement).
In this sense, it would seem intellectually irresponsible not to consider contemporary journalism, from a structurally anthropological standpoint, as in fact a source of a very intense, bodily moral, metabolic invigoration for the sensory-bound, socio-rational individual. And perhaps an equally negligent intellectual position would be to consider the advent of contemporary journalism (beginning surely as of the 18th century, at least) as coinciding with technologically developing, sedentary, agrarian-based societies, instead of viewing such a resource towards sensory-metabolic invigoration of individuals as in fact structurally determined by such societies, and as a phsyio-structural necessity inherent to them.
But the underlying question must also be addressed as to the structural need sedentary experience has of violence itself: it may very well be that the existence of crime in also a contemporary sense–and specifically the reporting of it and its aesthetic reproduction (in articles, novels and short stories, eventually films and, of course, televsion)–ends up serving the same somatosensory, neurological and pre-reflexive periphery of the civilized, socio-rational self; and this probably because the contemplation of violence exercises over the individual a form of physiological sovereignty in response to, and against which groups are formed and reinforced.
That is to say, human groups sustain themselves off of a geometry of individual, physio-metabolic urgency towards safety and protection in the group, versus the onslaught of some form of external violence as threat; and the initial moral question for the physio-corporeal member of the group, then, is in the belonging to, and the being eligible to remain in, the collective fold. But it is very likely, following a Damasian-like continuum of emerging human consciousness, that both of these elements at the heart of moral significance itself, arise at first in the realm of the pre-reflexive and not-completely-conscious, somatosensory periphery of anthropological individuality; that they are, possibly, elements of the most primary (not fully reflexive) state of cenesthesia.
But perhaps the most important source of sensory-moral, metabolic invigoration of for sedentary individuals (and thus towards the structural stability of the agrarian-based societies they belong to as socio-rational subjects) is the contemplation of openly belligerent warfare among opposing groups: for it very well may be that there is nothing more significant for somatosensory (pre-reflexive) individuality than the spectacle of groups in the thralls of ferocious, mutual conflict, given the preconsicous, sensory importance we attribute towards our own corporeal integrity and salvation in groups4.
Evidently, the value of what we understand as contemporary war photography has helped to hold us to the task, so to speak, of a vicarious experiencing of what is clearly in our nature; and it is this innate intensity as sensory-moral exhilaration, in just our visual contemplation of the experience of war, that has done undeniable service to world society as a whole, as a form of moral grounding leading, ultimately, to the conceptual-judicial formalization of contemporary Human Rights.
The argument to be made, then, is that the reproduction of a physiology of bodily moral conflict in the observer (that, hence, stops short of actual physical enactment) constitutes a very important–probably central–exercise for the somatosensory-bound individual of agrarian-based anthropology. Unfortunately, such a servicing of cultural rationality through sensory-metabolic invigoration constitutes something of an elliptical process from the standpoint of rational experience: and that is precisely the problem for us as contemporary bearers of an anthropological context that, due to technological advances starting as in the 19th century, can no longer afford to leave its own stability in just the hands of conflict-based systems of socioeconomic and political functionality.
Goya, Napoleonic Wars (1803-1815)
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Goya, Napoleonic Wars
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Constantine Guys, Crimean War (1853-1856)
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Roger Fenton, Crimean War
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Roger Fenton, Crimean War
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Mathew Brady, American Civil War (1861-1865)
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Franco Prussian War 1870-71
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Franco Prussian War
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CUBA Troops in trenches during the Spanish American War in 1898.
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The Second Boer War (1899-1902)
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Russo-Japanese War (1904-1905)
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Russo-Japanese War
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WWI (1914-1918)
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Russian Revolution (1917-1923)
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Irish War of Independence (1919-1923)
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Greco-Turkish War (1919-1922)
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Second Italo-Ethiopian War (1935-1937)
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Robert Capa, Spanish Civil War (1936-39)
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WWII (1939-1945)
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1) An anthropological continuum is thus established between a sphere of physical, directly sensory-corporal interaction between human beings (including spoken language), and progressively more elaborate forms of sensory-metabolic stimulus through artifacts, devices and mediums of physiological representation and reproduction. But in all cases, the technical objective achieved is one and the same: somatosensory, metabolic invigoration of the individual is universal periphery to any and all, specific socio-rational identities the collective unicity of human groups has always depended on.
2) While there are varying degrees of intensity, morally poignant sensory invigoration would seem to always be present in any cultural logos of group membership; the foundation for such a significance is, of course, the human body itself, as it is witnessed, portrayed, represented or symbolized through any manner of contemplation in which, paradoxically, it is really the beholder’s own body at the center of what is being observed, such is the force of opprobic relevance in us and in regards to the-never-culminated agony of our own bodily belonging to the group, or not.
3)In this way the inchoative quality implicit in a Damasian conceptualization of consciousness as of human neurology, effectively corresponds with the reality of sedentary anthropological contexts in time, which tend to accommodate our originally nomadic sociophyisiology by substituting physically corporeal experience with sensory-metabolic invigoration: in this sense, the already innate, bodily moral susceptibility in us and at the prereflexive level, is a resource war photography capitalizes on, elliptically circumventing, so to speak, the rational mind through a sensory-moral poignancy to ultimately exercise, buttress, and reinforce that same rational possibility.
4) The relationship between sedentary, agrarian-based anthropology and war is, thus, physiologicallyprofound to say the least; a relationship that sees the functional possibility of sedentary contexts coming to depend on the invigorating expanse the narrative and pictorial representation of war has always provided culture proper (that is, that cultural experience born of agriculture): the narrative of Homer, The Old Testament, and Hindu scripture, as well as some pictorial traditions in Muslim and Japanese culture are just a few of the many anthropological examples that attest to this. But in all of these cases, it is legitimate to suppose that the physiologically intense invigoration in the strictly aesthetic contemplation of war and violence, has always, to a great degree, precluded–at least partially—the real likelihood and need for actual violence.
5) Finally, it is the dependence sine qua non sedentary experience has on physiological or sensory-metabolic invigoration (to in fact surmount the technical question of our originally nomadic socio-physiology), that has dictated, over the last 500 years of world history and its technological development, this natural tendency to renew and re-establish, again and again, sensory-metabolic spaces for own physiological invigoration and expanse. Today this idea is understood as “virtual reality”, specifically in regards to the relatively recent consolidation of computer or cybernetic experience; but a better understanding of sedentary culture would see its virtual quality in its is very beginning, as in fact a technical need inherent to it. This is so and to such an extent, that Life Magazine, not surprisingly founded in 1936 amid the turmoil of the world at that time (but destined to an essentially immobile, consumer society and bystander readership), may better convey its function through an inversion of terms: for magazine life is an effective, condensed way of understanding sedentary culture and its inescapable, technical dependence on sensory-metabolic invigoration.
4 Though not popularly understood, it is an easily demonstrable fact the human eye is acutely sensitive to sensory objects that can be interpreted as groups–and this to such a degree that the eye tends to personify series of objects (pine trees, empty theater seats, multiple building windows illuminated at night, etc…); and this surely because of the sensory-moral, psychic force such sensory experience exerts over the pre-conscious and opprobic periphery of the (socio)rational mind.