
En esta historia etnográfica de ficción el grupo étnico o antropológico de acogida carece de espacios de carácter totémico en los que proyectarse fisiológicamente sobre un plano más semiótico que solo físico; asimismo no se ejercen estas personas en su fisiología de forma separada de la experiencia solo física, como es característica de las sociedades más sedentarias, sino que el drama moral del significado mismo cultural e identitario se centra en la experiencia casi exclusivamente sociocorporal. Es decir, se trata de un contexto antropológico (y por tanto anclado en el sentido colectivo del grupo) que no se eleva apenas sobre la corporalidad y su interacción sensorio-corporal sino solo de la forma más primaria (en el idioma, por ejemplo, que sí poseen).
Pero carecen, sin embargo, de lógicas espirituales explícitas en tanto conceptos lingüísticos o cosmogonías narrativas que pueden compartirse y a los que pueden agarrase con el fin de ampararse en una racionalidad socio-culturalmente constituida, frente a su propia experiencia sensoriometabólica individual y no descodificada: este recurso individual al amparo en lo racional colectivo, que es por otra parte un constante universal de la antropología más sedentaria, no existe apenas más allá del cuerpo. Y es que no se menciona ninguna convención social que pudiera considerarse siquiera de carácter simplemente simbólico, salvo quizá la actividad misma de sobrevivir al invierno sirviéndose de la anticipación, otro año más, de la gran orgía antropófaga que el narrador describe como el acontecimiento central, año tras año, de sus vidas; pero, si bien el perseverar a través del invierno en el deseo de llegar a la anhelada «celebración» constituye un acto más bien metabólico-cognitivo (y no exactamente corporal), no se convierte nunca en una idea específica sobre la que pueden hablar y discutir entre sí, sino que, según se nos cuenta, esta realidad tan importante en tanto central a la identidad misma, permanece siempre en un ámbito no lingüístico (y por tanto sin conceptualizar) de lo sobreentendido grupal, pero de vigencia u obligación sociocultural clara. Parece, de hecho, que lo de conceptualizar podía considerarse en sí mismo como un de los mayores tabúes en los que se puede incurrir.
Porque en realidad el único cauce fisiológico que se eleva un poco sobre la dureza de lo corporal, para parapetarse digamos en una lógica no conceptual exactamente pero sí como dispositivo totémico, es el uso que como grupo hacen del narrador mismo (función que éste entiende como la de acarrear como testigo relator con el legado que ellos mismo quisieron propalar al mundo, y en contra de ese mundo, como su mayor esfuerzo de afirmación existencial; que por eso lo retienen como una especie de mascota, cuidando de él, pero utilizándolo como su espejo, frente al drama en realidad de su propio canibalismo, o al menos de eso está convencido el narrador). Y sin duda se trataría de una función semiótica que se eleva en su carácter fisiológica por encima de lo corporal, siendo precisamente por eso la razón de no proceder a comerle a él también.
Es decir, aunque un solo atisbo de lo simbólico que se articula en realidad dentro de un espacio aun totalmente corporal, no deja de ser una convención ritualista que se despega al menos un poco, efectivamente, de la brutalidad de solo lo corporal: sintomático de esto, precisamente, es el hecho de que uno de los miembros del grupo, desde el primer día de la llegada del narrador al poblado y a lo largo de los 10 años siguientes, le ha ido recordando siempre que se encontraban el uno al otro y siempre con la misma frase como anunciado repetido, que soy yo él que te había dicho, solo en broma, que te iba a comer. Y es que el recurso a la ficción siquiera del juego y la broma constituye muy probablemente un peldaño primario del ascenso a la cultura (que de hecho puede decirse que está presente de alguna manera en el mundo simplemente animal y de forma en principio intragrupal, quizá como ejercicio simulado en sustitución de las contingencias del mundo real y exo-grupal).
En efecto, porque todo plano simbólico y de representación, que como tal consta de un espacio más fisiológico y sensoriometabólico que directamente corporal, retiene no obstante un sentido moral (puesto que lo moral, que brota de lo corporal, está también imbricado en la sensorialidad humana y nuestra experiencia emocional). Con lo que se acaba erigiendo un espacio protector que parapeta en su interior, finalmente, el plano sociocorporal original; un espacio simbólico y de representación fisiológicamente real (puesto que retiene una recreación o simulacro moral en cuanto experiencia sensoriometabólica), pero que no trasciende respecto del plano políticamente real de los cuerpos físicos y su inexorable jerarquía situacional-social. Y sin duda dicho espacio fisiológico que se despega de la realidad corporal no tiene otra forma de concebirse, por nuestra parte, sino como un auténtico lujo que, a la manera metafórica de una gran alfombra, se extiende ante nuestros pies descalzos…

Pero, una vez que haya tenido lugar el despegue cultural, en lo semiótico y la representación frente a lo corporal ¿es posible retroceder otra vez a lo corporal y como recaída de nuevo en la esfera original de los cuerpos frente al mundo otra vez aniquilador? Sin duda parece que la historia humana muestra múltiples ejemplos de ello siendo para la contemporaneidad nuestra la historia de la Alemania Nazi quizá un verdadero monumento en justo este sentido: un episodio que supone la historia de una destrucción, primero, de la Republica Weimar y el subsiguiente cercenamiento brutal del espacio simbólico-cultural alemán, hasta quedar reducido al pequeño espacio de una paranoia en realidad individual pero como imaginario culturalmente obligado (bajo abierta amenaza de destrucción física, incluso para los propios ciudadanos alemanes); lo que no dejó, finalmente, otra opción que la de regresar a la pesadilla de la confrontación corporal -zoológica- entre grupos enfrentados, ya que se había efectuado una total renuncia por parte de la gerencia Nazi a los verdaderos fundamentos de la experiencia sedentaria, esto es, los espacios más abiertos de la vivificación senosriometabólica y moral que llevan de lo corporal a la representación, y no al revés. Hasta incluso se puede postular este proceso como el armazón crípticamente instaldado al corazón estructural mismo de la Segunda Guerra Mundial.
Las ideas de Antonio Damasio presentan los rasgos de la complejidad que describe Edgar Morin. Concretamente, la sensorialidad humana y todo el ámbito preconsciente y prerreflexivo ha de permanecer siempre separado de la otra parte sociorracional de la consciencia individual, puesto que lo sociorracional se deriva del insumo somatosenorial anterior (aunque también comparte una relación simbiótica con su antecedente sensorio y pese a proceder de él), pues los tres grados damasianos del yo acaban por formar un continuo o espectro por donde se desplaza nuestra individualidad, desde una especie de yo neurológico inconsciente y solo sensorial, pasando por lo prerreflexivo (pero no del todo inconsciente), hasta llegar a nuestro yo autobiográfico solo posible como autorreflejo social en los otros.
Con lo que puede hablarse de una relación que percibimos (erróneamente) como separada e independiente (lo del reflexiono y por tanto soy cartesiano), pero que es en realidad un antecedente técnico que no percibimos como tal, o en absoluto. Es necesaria, por otra parte, esta idea de complejidad que se basa en la separación para comprender la fuerza correctora que tiene la parte nuestra fisiocorpórea frente al yo sociorracional: como la experiencia sensoria retiene en sí un significado al menos corporal y opróbico (pero, evidentemente, preconceptual) a partir de un proto yo perceptor, esa parte de nosotros está siempre susceptible ante las implicaciones morales a grandes rasgos según los límites de lo tolerable (esto es, según nuestra sustancia sensoriomoral base y genéticamente definida). En este sentido, el espectáculo de la violencia, por ejemplo, siempre produce una impronta traumática en nosotros (siempre que no se repita demasiado, o demasiado seguidamente), y esto por muy refinados culturalmente pudiéramos considerarnos -siempre volvemos a estar presos de nuestros sentidos y la seriedad moral barruntada, aun no matizada conceptualmente, que supone la contemplación en sí misma del espectáculo de la violencia para nuestros propios cuerpos-.
Y la hazaña humana más importante sería, no solo entender esto (que ya nos pertenece como concocimiento que está de hecho presente en el corpus universal de la producción cultural-intelectual), sino que fuera enaltecido conceptualmente, de forma constructiva para con la dignidad nuestra como seres racionales, de tal manera que las sociedades fueran obligadas a dirmirse, como si dijéramos, especularmente en la rigorosa contemplación de su propia naturaleza real. Pero si esto no fuera posible, entonces que se encarguen mientras tanto los que sí puedan y que estén dispuestos (debido al hecho primero de que pudieran, lo que desembocaría en la obligación humana insoslayable de que procedieran a encargarse efectivamente): porque así se garantizaría que el sentido de la experiencia humana correspondiera mejor (y de forma más estable y estructualmente coherente) al fundamento corporal y sociofisiológico de la misma. Si bien esto sería desde un plano igualmente críptico, más allá de la conciencia racional y semiótica nuestra, puesto que la característica emergente o incoativa de la conciencia humana desde una perspectiva damasiana, supone también una calidad elíptica en tanto que una periferia somatosenoria sostiene -en realidad de forma disconexa- una centralidad consciente y sociorracional.

