9. Más problemas a desarrollar [ejercicios]

1) Dé una definición del sincretismo según el concepto teórico de individualidad antropológica

Si es cierto que los grupos humanos se sustentan de la sensorialidad fisiológica de sus miembros singulares (mediante una sociorracionalidad impuesta como respuesta al ímpetu fisiológico múltiple), cuanto más estímulo sensorial reciban, tanta más necesidad del recurso al orden habrá, que es lo mismo que decir que se irá reafirmando el grupo continuamente en su propia definición sociorrracional, al socaire del estímulo. No parecería extraño aseverar, por tanto, que los seres humanos son vulnerables al aburrimiento, puesto que la ausencia de estímulo individual supone estructuralmente la ausencia de la fuerza aglutinante del grupo -que es por lo tanto igualmente la mengua de la posibilidad sociorracional en sí misma, lo que desemboca en la eventual perdida de definición de la estabilidad operativa antropológica del momento-. Por todo ello podemos entonces postular el sincretismo como consecuencia inexorable del estado sociogenético humano evolutivo aquí esbozado, en el que la supervivencia del grupo -en su misma permanencia simplemente colectiva- acaba por depender la sensorialidad de cada uno de sus componentes singulares, precisamente como una sensorialidad estimulada y como razón de ser, por tanto, de la respuesta colectiva, sociorracional; una avidez de estímulo que obliga a su vez a una constante efervescencia fisiológico-sensoria y también cognitiva, que sin duda contribuye al desgaste de una semiótica ya establecida y que, para poder seguir vigorosa, ha de permitir una libertad de imposición fisiorracional a los seres vivos del presente, que es, después de todo a pesar de la tradición, la única realidad fisiológica que en verdad importa desde la óptica estructural y antropológica (puesto que toda sustancia fisiológica tiene lugar naturalmente solo en el presente vivo).

2) Explíquese de qué manera la idea de el absurdo de Camus encaja en la paradoja de que la experiencia fisiológico-sensorial humana convierte la racionalidad inexorablemente en un pretexto respecto simplemente su propio ejercicio, y hacia sola su propia tonificación en el tiempo.

Pudiera ser que resulta necesario en la vida del yo civilizado un elemento un tanto espartano, como una forma de disciplina existencial que sirva quizá como apaño (al menos funcional) respecto una configuración base antropológica nuestra que no tiene resolución lógica, y esto puesto que la lógica nuestra es de origen profundamente irracional, de un sustrato fisiológico-sensorial que, para sostenerse en el tiempo colectivo, ha tenido que autoimponerse un orden sociorracional. Y así podemos atisbar indicios en nuestra propia experiencia, de vez en cuando y de manera frecuentemente tenue, a cerca de la racionalidad como pretexto a disposición simplemente de nuestra materia e ímpetu fisiológico-vital, porque su verdadero origen antropológico-evolutivo es ese mismo. La individualidad como tenacidad que esboza Camus, que es en realidad una voluntad de individualidad que resiste ciegamente en esta misma paradoja, pudiera ser, por tanto, la respuesta fisiológicamente certera, nada absurda, finalmente.

Remontando el sendero de la racionalidad humana, se pierde ésta en su origen, que es la fisiología nada más que individual que supone no otra cosa que la desolación de la singularidad física y solitaria, ante el mundo. Pero eso, claro está, no se puede saber en el sentido corriente de este concepto, sino que es una verdad ciertamente fisiológica que solo puede llegar a sintetizarse alguna vez como idea en el otro; la otra persona que es ella en sí la necesidad en realidad nuestra, de que seamos en el sentido social (o sea, en un sentido también tanto racional como moral): esto, creo recordar, es el otro pilar del pensamiento de Camus, que es algo así como el imperativo nuestro que son la vida de los otros.

3) “El trabajo inútil produce melancolía”

Analícese, desarróllese respuesta: Se puede incidir sobre la comprensión en el sujeto de exactamente qué quiere decir “inútil”; y se puede entonces infundir la idea de “antropología en suspensión”, concepto que comprende de forma directa la racionalidad en primer lugar y sobre todo como sostén finalmente pretextado de lo que es simplemente la vida fisiológico-sensoria vigorosa del colectivo; esto que la cultura ha sido siempre, en realidad, y que nuestra comprensión racional tuvo que enmascarar siempre bajo alguna clase de fundamento moral o “seriedad” (que normalmente tiene que ver con el valor de la vida física, desde luego). Porque vistas las cosas así, cualquier oportunidad que se le brinda al invidividuo de vivir su propio ímpetu fisiológico puede concibirse como simplemente eso, ante todo, lo que capacita el individuo para valorar la experiencia vital por encima del significado que convencionalmente se le atribuye -precisamente como sostén técnico-estructural de ese mismo vigor fisiológico y la posibilidad civilizada de vivirla colectivamente-. Pues en ese caso, el poder de no tener que verse a uno mismo de forma miserable y desde la melancolía, es una lógica ahora en nuestra posesión.

4) Lo racional, ¿hasta dónde?

El fundamento ultimo de la sociomoralidad es nada más que una circunstancia física en la que se recurre a la fisiología sensorial humana para mantener a raya, por decirlo de alguna forma, el problema sin resolución de múltiples entes físicos y singulares cuyo único instrumento efectivo de supervivencia es la union misma del grupo. Porque desde la óptica estructural no puede haber resolución definitiva de dicha circunstancia, sino solo cabe el sostenimiento en el tiempo de la misma, y puesto que la sensorialidad humana sí sobrevive más allá de la vida singular, en la la fisiología precisamente de las generaciones sucesivas quienes, si bien experimentan el presente vivo de una forma fisiológicamente autónoma, este hecho no queda para ellos del todo relevado pues subsisten en realidad en una sensorialidad heredada que no es nunca producto exclusivamente del presente vivo.

Esto que aquí se esboza puede considerarse cultural, pero también es viable para conceptualizar aquellas situaciones en las que los seres humanos díscolos forman, sobre la marcha, nuevos grupos que crean su propio orden fisiocorpóreo, junto siempre con nuevas semióticas (eventos que, de ocurrir una vez y colectivamente, sirven después como referencia disponible y respecto los que puede definirse el grupo). Es decir, que el recurso a la fisiología sensorial que hacen los grupos -culturales o no- de seres humanos de alguna manera reunidos, no es propio solo del desarrollo psicofisiológico de los niños, sino que los adultos, ante circunstancias cambiantes, viven también todavía expuestos a estos mismos procesos fisioantropologicos, dado que se trata una realidad inherente desde luego al genoma universal humana.

5) Comentario sobre Antonio Valdecantos Filosofía, contracultura y resistencia.

Los tópicos y la ideología (o lo que se puede llamar -o que se ha llamado- falsa conciencia): Se puede criticar una ideología pero, tarde o temprano, esa ideología remitirá a espacios opacos, no susceptibles de crítica (o sea, tópicos). Es entonces en este sentido que los tópicos pueden verse como puntos de apoyo meramente fisiológicos, o que sostienen simplemente la experiencia fisiológica en el uso de la racionalidad conceptual como un pretexto estructural, y casi nada más. Pero, curiosamente, lo que al nivel físicamente singular y desde la óptica la experiencia personal pudiera considerarse una forma de dejadez intelectual (el tópico y los clichés conceptuales), es a nivel estructural-antropológico el encauzamiento efectivo de vitalidad fisiológica, que es justo aquello que tiene prioridad respecto de la antropología sedentaria mediante la siempre problemática proyección fisiosemiótica de múltiples individuos; y quizá por eso es la razón de que no se pueda criticar seriamente los tópicos sino solo en la medida del exceso, pues son del todo necesarios en realidad para que la gente tenga salida real fisiológica en tanto los organismos vivos que son, pero dentro del equilibrio ya establecido entre la fisiocorporeidad humana-colectiva y el control sociorracional que esa misma fisiología, respecto ese mismo group humano en el tiempo (como legado a su vez de un tiempo anterior), ha creado y sigue teniendo a su disposición para la contención -que es por tanto también la auto definición identitaria- de aquello que, en su sustancia fisiológica-sensorial, simplemente está…

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“Filosofía, contracultura, resistencia” (Youtube)

6) Otras vertientes de la relación lenguaje-realidad

Un idioma viene a suponer un modo culturalmente concreto de vivir la fisiología —la fisiocorporeidad— personal, siempre y necesariamente según un colectivo originalmente histórico y la sociorracionalidad que ese colectivo una vez se diera a sí mismo, y que después se fuera manteniendo vivo y en evolución, a lo largo del tiempo a través de cada generación humana sucesiva. Pero la sociorracionalidad lingüística, claro está, se basa en otra anterior en el tiempo y más primitivo que es de naturaleza física y de expresión solo corporal; y esta sociorracionalidad anterior brota, a su vez, de lo que puede considerarse  algo así como una universalidad físico-sensoria humana que solo las circunstancias geográficas y la experiencia particular colectiva pudieran originalmente moldear, sin duda mediante la selección natural entre grupos humanos fisioantropológicamente imbricados en el tiempo nuestro de la especie, anterior a la consolidación definitiva de la agricultura.

7) Propuesta de indagación

La desintegración del argumento racional de los grupos humanos: Primero, hay que desarrollar lo que supone un yo lingüístico frente a la identidad solo fisiológica-sensorial que necesariamente lo antecede en el tiempo, o, mejor, como perenne suspensión que es en realidad la relación entre las dos partes de la individualidad antropológica (entre la fisiocorporeidad y el yo social); pues el yo social de repente conceptual, que se ve obligado incluso a conocerse conceptualmente (o esto al menos en apariencia)(1) utiliza los ámbitos que proporciona la lingüística de forma que no puede ser sino de la mayor importancia estructural. Y esto se contrapone, entonces, al ámbito mucho más opróbico que es la fisiocorporeidad individual, frente al grupo, pero dentro de lucha de estos con el espacio físico-material que les rodea.

Nos preparamos, entonces, para cotejar en realidad dos tipos distintos de sociorracionalidades (la exclusivamente fisiocorpórea por una parte, y la lingüística por otra); sin embargo, no se trata del suceder histórico que sustituye una por la otra, sino que la extensión real de cualquier sociorracionalidad lingüística se base de forma permanente en la fisiocorpórea, y probablemente respecto de una fisiocorporeidad anterior en el tiempo histórico (en parte) cuya relación con la sociorracionalidad lingüística no se percibe de forma nada clara para las personas. Debido precisamente a esto, las sociorracionalidades lingüísticas se consolidan necesariamente de una forma adánica en la proyección fisiosemiótica de los individuos vivos, y de manera que no existe para ellos nada de hecho fuera de la semiótica conceptual (aunque claro, esto no es nunca cierto del todo, puesto que el ámbito mucho más amplio de la experiencia física y fisiológico-sensorial tiene el efecto de rodear tensando el plano reducido de lo conceptual, y aunque existe poco poder racional-conceptual para poder abordar el mundo físico-sensorial mucho más amplio). En cierto sentido pues, la libertad fisiológica humana depende inexorablemente de esta ambivalencia que es un no saber nunca todo, que se corresponde ciertamente con nuestra esencia física, la que adquiere su definición precisamente en su limitación (esto es decir algo así como solo somos algo en la medida en que no somos todo), lo que implica que el contexto natural humano, respecto al menos nuestro ente fisiológico-sensorial, es nada menos que la ambigüedad, lo poco delimitado, lo incierto y hasta lo ambivalente.

La desintegración del argumento racional respecto de los grupos humanos, se ha de plantear por tanto como un espectro de posible desplazamiento entre una sociorracionalidad más fisiocorpórea -aunque no deja de ser también lingüística-frente al otro extremo que es el de una racionalidad lingüística conceptual potencialmente capaz incluso de plantearse la necesidad del distanciamiento respecto su propio ente fisiológico-opróbico. Y así, los grupos humanos estarían permanentemente delimitados según dónde se encontrasen respecto de estos dos polos, esto independiente de cualquier avance técnico-cultural específico, pudiendo considerarse como único requisito simplemente el lenguaje mismo:

Desarrollar, a partir de este punto, la evolución política del hombre (de los grupos que la constituyen) después de la imprenta, respecto las guerras europeas de religión, la revolución francesa (y las posteriores). Porque parece que la implantación de la lectura de forma popular agudiza el problema de la vulnerabilidad de la racionalidad humana a las fuerzas opróbicas, en realidad subyacentes, del grupo humano, y puesto que la pertenencia al grupo siempre tiene algo que ver con las ideas que el grupo se autoimpone a sí mismo como la lógica de una codificación funcionalmente operativa de lo que, sin embargo, en realidad es su propio acontecer fisiológico-sensorial.

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-El cuerpo físico nuestro (pero también, por tanto, nuestra fisiosensorialidad) está dotado por la evolución con un sentido claramente social. De ahí que se pueda concebir el yo social como un producto lógico de la pertenencia del individuo al grupo, producto por cuanto exigencia sobre éste por parte de aquél; es decir, se tiene una personalidad potencialmente comprensible por los demás precisamente porque dependemos todos, en nuestra singularidad físico-sensorial propia, de los demás. Esta es una realidad de la evolución humana que no tiene por qué tener siempre una explicación clara dentro de la racionalidad cultural específica, aunque sí está presente, de forma indirecta y tacita, universalmente en los planos «espirituales» de toda experiencia antropológica, puesto que la supervivencia en realidad del grupo humano, en cierto sentido frente a el individuo, supone sin duda la mecánica universal de nuestra experiencia sobre la tierra.

(1)Al menos en apariencia se refiere en realidad al hecho de que se trata un sujeto racional precisamente por cuanto construcción grupal, lo que denota una cierta superficialidad debido al origen en verdad extrínseco (esto es, regido por la percepción de los demás) de la fisiología sensorial de cada uno. En este sentido pues, el artificio de una construcción social pudiera concebirse como aquello que precisamente produce el espacio restante que llamaríamos un yo híbrido fisiológicamente racional,a caballo, de repente, entre el ente fisiocorpóreo y el yo social fisiosensorialmente extrínseco.

-Pudiera argumentarse que el mundo griego antiguo, como límite nuestro que dicen que no hemos podido superar, permanece así fijo como imagen e ideal antropólogo ante nosotros precisamente debido al control circunstancialmente férreo que había respecto de la producción escrita, pues en la lentitud (incluso quietud) de la época referente a la obra escrita, no puede compararse en casi en nada, y desde cierta óptica, con la experiencia cultural posterior a la implantación de la imprenta. En este sentido, las experiencias históricas antiguas de la India y del Japón, por ejemplo, son muy parecidas a la griega clásica en la unión de la agricultura, la guerra, y los textos escritos que, debido a que no existía ninguna tecnología seria de reproducción de los mismos, la fisiocorporeidad como categoría estructural-antropológica no podía fácilmente desestabilizarse sobre un plano agregado demográfico, como sí resulta posible, una y otra vez, respecto el mundo moderno a partir de la ilustración. Y esto de tal manera que parece que inherente a los procesos revolucionarios históricos (empezando en realidad con las guerras europeas entre Católicos y Protestantes, la revolución francesa, la experiencia europea de Napoleón (como precisamente un “fenómeno periodístico”), y la revolución norteamericana) está el ámbito totémico -el espacio no físico sino simbólico pero sí oprobicamente electrificado- de los textos escritos (que después será fotográfico, cinematográfico, radiofónico, televisivo, finalmente telemático) que abarcan una nueva categoría fisioantropológica, que es una especie de fisiocorporeidad agregada y demográfica, fraccionable como es toda fisiocorporeidad colectiva pues la división acaba generando un recurso esencial para las antropología sedentarias que es la siempre necesaria, siempre renovada tensión de vida y muerte, y mejor si no es immediatmente violento en un sentido físico, aunque sí que lo puede ser potencialmente (esto también es esencial, porque de otra forma no parecería muy serio a nadie).

8) Richard Rorty y el concepto de «sociorracionalidad»

En resumidas cuentas, el tratar «científicamente» la filosofía (dentro del contexto que desarrolla Rorty en Filosofía y el espejo de la naturaleza, 1979), implicaría sostener el peso de la desconexión real que hay entre la fisiología sensorial humana (la fisiocorporeidad) y la sociorracionald, puesto que ésta es producto únicamente de aquélla, dentro del contexto colectivo multicorporal y frente al mundo físico-espacial. Así se puede afirmar en vista de lo que plantea Rorty, que la historia de la filosofía hasta su forma occidental y contemporánea, es ni más ni menos que un proceso de obviar, desde la óptica de la racionalidad empírica, la experiencia fisiológico-sensorial nuestra (lo fisiocorpóreo); que es también concebir el conocimiento humano actual como una historia de la búsqueda de certeza sobre la búsqueda de sabiduría (Rorty). Entonces, de tratar de forma verdaderamente empírica la experiencia humana -en su comprensión técnico real- habría que afrontar directamente esta circunstancia fundacional de la racionalidad humana que es de carácter situacional, una geometría del espacio físico, y historicista, desde luego; una experiencia fisiológica que existe anterior y a la vez que simultáneamente a cualquier posible comprensión sintetizada, esto es, que somos primero en las apariencias (en nuestra proceso de percepción sensorial de las mismas) las cuales, de forma inmediata, no remiten a ninguna realidad más profunda, salvo por necesidad después del colectivo que, para seguir siéndolo tiene que proporcionar algún tipo de límite a la percepción sensorial y los procesos fisiocognitivos que se desencadenan en los individuos; límites a la percepción que devienen en un orden impuesto sobre la vida fisiológica que efectivamente homogeneiza en algún grado el individuo, en aras de la permanencia en el tiempo del grupo, y mediante una fisiología que ahora sí remite a significados culturalmente establecidos, como la forma más efectiva de convertir la experiencia fisiológico-sensoria en una sustancia favorable al grupo y su perdurar colectivo: ¿qué otra cosa supone la sociorracionalidad sino esa función?

Como concepto, la sociorracionalidad explica -y resuelve- el problema de una racionalidad que históricamente ha obviado la parte fisiológico-sensorial de nuestro ser. Así, la sociorracionalidad implica una relación ahora causal entre nuestro ente fisiológico-corporal y la forma de congruencia colectiva que surge mediante el oprobio biológico, primeramente como una sociorracionalidad fisiocorporal, y después lingüística, para formar después una racionalidad finalmente cultural; aunque son todas ellas congruencias sucesivas en el tiempo a la vez que simultáneas, respecto todo momento fisiosensorial del presente vivo e individual.

Y el momento del presente vivo se alza, un cuanto sustancia fisiosensorial en suspension, en realidad como una perpetuidad, siempre renovable, siempre incompleta y nunca del todo colmada, y como algo que es ciertamente historicista al mismo tiempo que ahistórica. Pero es ésta una consecuencia más simplemente de la desconexión que hay, desde la agricultura, debajo de la superficie de la cultura entre una fisiología humana que no es que se hiciera racional, sino que más bien diríamos que se blindó mediante la racionalidad contra su propia aniquilación, en función de un oportunismo biológico, como si dijéramos, que se parapetara fieramente dentro de los grupos humanos físicos, universales.

9) ¿Cómo puede la racionalidad negar la razón humana?

[Comentario a partir de La McDonalización de la sociedad (1996), de George Ritzer]

La «McPsicología» y el uso «depredador» de la experiencia sensorial individual: Uso sedante -por cuanto «animación en suspensión»- de la experiencia fisiológico-sensoria para el individuo quien, en tal contexto (el de la proposición consumidora por parte de McDonalds que se dirige al sujeto sensorial), no precisa de mucha definición racional respecto de aquello que percibe, puesto que la experiencia fisiológico-sensorial, en lo que se refiere al grupo, es una experiencia fragementadora si no va encorsetada finalmente por una entidad sociorracional a la que consagrarse. En este sentido, la experiencia fisiosensorial que no va efectivamente destinada a reforzar la sociorracionalidad grupal es una experiencia que literalmente «no significa» en el plano más alto estructural y grupal. Pero, ¿se puede componer estructuralmente un orden antropológico-grupal en cuanto a la experiencia solo fisiocorpórea, respecto de múltiples individuos sin que tengan el recurso antropológico normal al yo social (esto es, un yo racional por cuanto llegue a hacerse fisiológicamente extrínseco a sí)? 

Por otra parte, la ambivalencia es la quintaesencia de la congruencia que supone lo sociorracional para los grupos humanos (a diferencia de la racionalidad técnica), puesto que lo sociorracional existe en el peligro permanente de verse superado por la anomia fisiológica, y se posiciona por tanto frente a la anomia fisiológica de los individuos, que es lo mismo que decir la sociorracionalidad es la anomia fisiológica encauzada como orden del grupo humano en el tiempo; lo que implícitamente supone también aceptar que sin anomia fisiológica -o al menos potencial- deja de haber el porqué de lo sociorracional. Se infiere, finalmente, que la superación real y efectiva de la anomia fisiológica, de poder alguna vez imponerse de hecho y debido a la sistematización total y eficiente de los entornos humanos, sería igualmente la terminación efectiva de nuestra necesidad de lo racional.

Sin embargo, de la contemplación  del contexto de la explotación de la sensorialidad humana por parte de lo que son al final estructuras simplemente financieras en el tiempo, resulta obvio que la única racionalidad operativa es, efectivamente, la instrumental por parte de la estrctrua financiera sobre el objeto humano agregado -y específcamente nuestra experiencia sensorial-, que deja al grupo humano, en el sentido estructural-antropológico aquí esbozado a lo largo de este trabajo, permanentemente divido y del todo impedido respecto de su centralidad real y antropológica más profunda. De ahí que la estabilidad antropológica, ante la dejación que supone la postura vital del poder fáctico corporativo, depende de otros fuentes de estímulo esencialmente catártico, como aquello que nos devuelve una vez más al seno del grupo, o al menos esto en la forma de nuestro yo social-racional y el porqué opróbico, nuevamente renovado, de nuestra propia identidad sociopersonal (lo que tiene lugar sobre todo en el ámbito audiovisual de la cultura e incluso dentro de los medios de comunicación, aunque de forma poco comprendida y nunca, claro está, de manera expresa).

Se hace preciso, pues, entender la esencia paradójica de la individualidad, que es una necesidad ante todo grupal que solo secundariamente pertenece al ámbito físicamente singular. Contradicción, entonces, entre una sociorracionalidad que hace fisiológica y sensorialmente extrínseca la individualidad social —hasta cierto punto—, y una racionalidad después culturalmente desarrollada y de carácter técnico que no conoce en absoluto esta limitación física de su propia sustancia racional. Y, sin embargo, este desconocimiento incurre también en lo que constituye en algún grado la indefinición ambigua de su propia entidad que, debida a esta falta de autolimitación, acaba por atentar contra su propia esencia fisiocorpórea subyacente, y respecto de una grave incapacidad de abrazar la realidad no abstracta, sino física, de los otros.

Naturalmente, como vivimos en la muy legítima exigencia del confort sobre todo mental, dentro de unas estructuras fisiosemióticas que constantemente refuerzan este mismo ímpetu nuestro (el de la consecución del confort en todos los aspectos y a toda costa), apenas nunca sentimos inclinación alguna hacia la posible aclaración sostenida del estado real de nuestras existencias. Y, finalmente, parece poder inferirse que el estado óptimo del ser humano -quiza sobre todo, pero no solo, varón- es pues, la vida espartana y básicamente militar (aunque no necesariamente violenta en un sentido físico-real) en lo que se refiere sobre todo a la vida fisiológica-mental, respecto de cómo se ve el mundo y cómo se ve uno a sí mismo: porque la vida mental espartana es la de una alerta constante, en sentido intelectual-moral, que implica la revisión permanente de lo que uno está haciendo, por qué y hacia dónde se está dirigiendo. Es decir, que hay pocos contextos humanos fuera de la vida que pudiéramos llamar crítica-espartana o «guerrillera» en un sentido verdaderamente intelectual-moral, que requieren tan intensamente del psique humano, de cómo uno se relaciona con lo que siente al mismo tiempo que se acoraza para poder seguir adelante sin opción. Y difícil reconciliación tiene esto con la civilización, tal y como la conocemos. 

Y, sin embargo, una fisiología existencial (o fisiosemiótica) espartana no deja de ser también una forma de penuria, en comparación con la complacencia antropológica que supone la sociedad de consumo, en la que uno de los mayores logros y lujo cumbre, sin duda, es el poder vivir de forma frívola, a ratos, y quizá por primera vez en la historia humana; una complacencia existencial que, para efectivamente consagrarse en el tiempo, tiene asimismo que ejercitarse fisio opricamente -como una forma de catarsis- en la sensorialidad espectadora del individuo, como ya hemos visto que hace -que ha hecho siempre- la cultura ya de por sí y universalmente. De ahí que se haga necesario alguna forma de custodio y mantenimiento sistémica respecto del equilibrio esencial que debe haber entre las fuerzas de imposición económica que instrumentaliza la sensorialidad humana agregada, por una parte, y el espacio fisiológico real del individuo social, por otra. Pues solo la libertad fisiológica que uno tenga de definirse opróbicamente como individuo junto con un cierto elemento de precariedad como poco sensorial, es posible mantener el proceso jamas culminado de la individualidad antropológica.

En este sentido, y como históricamente se ha evidenciado, el hombre solo financiero, como alguna clase de homo «financierus» solamente, no sabe muy bien, al final, sostenerse estructuralmente en el tiempo, principalmente porque se nos escapa el hecho de que vivivmos efectivamente una suspensión fisiológica inherente al simulacro que son los grupos humanos sobre la tierra, los cuales solo de forma en realidad auxiliar se sirven de la racionalidad, siendo su verdadera esencia su experiencia simplemente fisiológico-sensorial.

10) Vidas espartanas*

La existencia aquí referida como «espartana» tiene, empero, otro significado en el plano antropológico estructural diferente al sentido en que lo he utilizado yo, pero que merece la pena resaltar haciendo uso de lo que pudiera llamarse un modelo Calvino de autoritarismo, en referencia específica a la experiencia histórica de la cuidad suiza de Ginebra, pero también respecto otros episodios históricos de regímenes autoritarios de naturaleza teocrática, incluyendo muy particularmente la experiencia de Hitler y la Alemania Nazi. Porque desde cierta óptica «espartana» pudiera calificarse la evolución histórica de los grupos humanos y también su mecánica base y subyacente (después de la llegada definitiva de la agricultura), pues surge el yo social como una fisiología individual que, sin embargo, está grupal y colectivamente encauzada precisamente como efecto de los embates sensoriales de los que son objeto los miembros del grupo, y frente a el mundo externo y físico-espacial; es decir, que es en buena medida el estimulo externo de lo que se acaba alimentando la mecánica de cohesión y supervivencia del grupo mediante la imposición opróbica de un orden fisiológico para toda singularidad fisiológica-sensorial: esto que aquí sería una descripción técnica-estructural de lo que se entiende por el yo social.

Pudiera postularse, entonces, un origen al menos espartano de la sociorracionalidad grupal y universal por cuanto todo grupo humano hace que el individuo acarree con la tarea de hacer extrínseca buena parte de la fisiología personal (tarea para la que estamos capacitados mediante nuestra biología sociogenética y opróbica). Y no parece haber duda respecto de la fuerza catalizadora en este sentido que suponen los embates sensoriales que experimentamos los individuos, pero desde el mundo extra grupal, de tal forma que resulta viable sostener la idea de una causalidad del tipo cuanto más sensorialmente intensa resulta la experiencia colectiva, tanto más se afianza la mecánica “sociorracional” del grupo. Y esto ya lo hemos señalado anteriormente como una necesidad técnico-estructural que tiene los grupos del estímulo en sí sensorial.

Pero claro, una sociorracionalidad forjada mayormente de la amenaza extra grupal, es una estabilidad colectiva dependiente asimismo de la amenaza externa (como lo es todo grupo humano de la anomia fisiológica en general, respecto la racionalidad cultural, sea de donde sea la procedencia ultima de la anomia), y así, lo que hace fisiosensorialemente extrínseco al individuo dentro del grupo respecto la integridad colectiva (mediante la personalidad social opróbicamente coaccionada), es la misma fuerza que externaliza a los grupos, de dentro hacia fuera y en su dependencia identitaria del agente externo, pero frente al cual se erigen en su propia -en cierto sentido paradójica- auto-afirmación.

Esta calidad un tanto fantasmal de la definición fisiológica propia pero extrínsecamente en el agente externo, si bien es la base de toda posibilidad moral para el individuo antropológico como sujeto funcional dentro del grupo, para los grupos en sí constituye ante todo un envolvimiento fisiológico reconfortante por cuanto intenso que acaba obviando gozosamente, como si dijéramos, la realidad física misma, cosa que, por otra parte, ha hecho siempre la cultura y el simulacro base que constituyen universalmente los grupos humanos.

Y, sin embargo, la riqueza sensorial de los contextos espartanos, específicamente ahora respecto grupos diferentes enfrentados que se sirven de la tonificación fisiológico-sensoria a la manera de una delirio funcional y combatiente, supone no obstante, una pobreza para el yo social, pues se puede decir que nuestra entidad fisiológica, en vez de convertirse y un yo social capaz necesariamente de su propia imposición fisiorracional (valiéndose uno, por ejemplo, de los sistemas simbólico-semióticos que le deparara su propia cultura), se traslada, podíamos decir, sin más al plano colectivo en el que, naturalmente se le obliga a todo individuo a un modo de ser social, pero solo en cuanto a su integración en la gran lucha colectiva frente al enemigo-rival; es la obligación opróbica a asumir un contexto social ya de por sí fisiosenorialmente electrificado respecto a un quehacer colectivo que se entiende obligado, lo que supone un contexto que no puede, en realidad, acomodar formas de individualidad más diversas, significativas y libres, sino solo en todo caso como enemigos internos, finalmente subversivos.

El modelo pues Calvino del grupo humano espartano es asimismo el de todo grupo identitario que se define estructuralmente frente a otro, y asimismo mediante algún grado de terror opróbico, intra grupal. Sin duda este mecanismo base de cohesión y permanencia del grupo humano tuviera su origen en contextos alguna vez físicos, seguramente nómadas; pero ante lo que supone a nivel fisiológico-sensorial la tesitura técnica que es la vida sedentario-agrícola en la historia humana, una fisiosemiótica espartana surge aun hoy fácilmente porque es innata a la antropología humana, y también porque su poder de engullir fisiosensorialmente al grupo humano ayuda, una vez más, a obviar la realidad físico-material, y esto máximo respecto de la limitación -verdadero impedimento- que supone la vida sedentaria para la fisiología humana que, para sostenerse en lo sedentario, tiene que compensar fisiosensorialmente la limitación física-sedentaria que le atrapa.

Fácilmente se ve, entonces, que la necesidad de postular un dios -o los dioses- tiene mucho que ver precisamente con esta circunstancia de limitación físico-fisiológica que supone la vida agrícola; pero toda religión también postula una forma sociorracional más amplia al que le incumbe de manera obligatoria toda individualidad social, elevándola inexorablemente sobre, y en volandas de, las postulaciones lógicas-religiosas. Pudiéramos afirmar, incluso, que es la religión que verdaderamente convierte nuestra fisiosenorialidad nómada base en vehículo de la elevación moral humana sometiéndola, no a otro grupo humano rival en pugna con nosotros, sino respecto de la eminencia moral-humana del lo divino que, como grupo y universalmente (de una u otra manera), hubiéramos postulado nosotros.

Pero los contextos sedentarios en los que se han visto surgir -a lo Calvino- autocracias que acaban obviando, no solo la realidad físico-material, sino el mismísimo dios postulado, necesitan volver infaliblemente a un contexto más primitivo por cuanto más afín con la fisiología sociogrupal humana subyacente, lo que supone irremediablemente la necesidad otra vez del enemigo en el que verdaderamente las antropologías espartanas se han de sustentar.

En un mundo pre-industrial podemos calificar episodios de este tipo como rebrotes de nuestra vieja naturaleza dormida en cierto sentido bajo la complacencia antropológica de la vida agrícola (esto es, siempre que se mantenga el necesario régimen de manutención sensorial como una forma de permanente, aunque sutil, precariedad sensorial y que no deja de ser el auténtico porqué de lo sociorracional). Pero respecto del mundo industrial, y más concretamente la experiencia de la Alemania nazi, se ve que rebrote sería un concepto inadecuado para describir la seriedad de lo que ocurrió, aunque eso sí, el patrón técnico es el mismo respecto una sociedad que poco a poco va perdiendo el entorno mismo del yo social, quedándose el espacio antropológico reducido a una fisiocroporeidad colectiva solo racional por cuanto se encuentra en punga con otro; un contexto que igualmente no ofrece espacio alguno a la imposición fisiorracional individual, sino que se suma todo a una especie de yo colectivo singular encarnado, como es aquí el caso histórico, en el Führer. 

Y sin embargo, de haberse elaborado otra forma de actividad sucedánea que atendiera la naturaleza nuestra fisio opróbica subyacente (a modo de lo que pudiéramos llamar la fisiotitilación moral de las sociedades contemporáneas del espectáculo), lo que hubiera permitido un desenlace al menos fisiológico más acorde con nuestra naturaleza fisiológica real, no hubiera sido necesario para el régimen hitleriano proceder a materializar mediante la guerra lo que hasta entonces había sido un triunfo económico (antes del 39) y en buena medida una especie de espectáculo solo de titilación fascista, pero aun no físicamente cruenta (o eso al menos aun para la propia demografía alemana, hasta ese momento).

Es decir, se puede argumentar que el modelo antropológico espartano (que es, quizás, la más inherente a la fisiología humana de por sí) acaba siendo una especie de trampa para las sociedades sedentarias -pero no tanto, como se ve, para una experiencia que fuera una vez simplemente nómada, en la que se pelea y se va, para volver a pelearse, y así sucesivamente, siempre al socaire del grupo reforzado-. Y es que la sociedad sedentaria tiene que buscar otras formas de satisfacer la fisiología nuestra anterior -que es la que aún llevamos hoy, claro está- mediante el simulacro fisiológico-sensoria, que no es ni física ni políticamente real (necesariamente), pero sí moralmente, por cuanto que es una titilación que se sustenta en nuestra naturaleza opróbica y que tiene por función permanente estructural la de reforzar nuestra ser perteneciendo por medio de -pero también frente a- nuestros compañeros de grupo, siquiera en el simulacro sensorial de ese mismo pertenecer, y como una ilusión fisiológica centrada, en realidad, en nuestro ente corporal singular.

La experiencia fisiológica sucedánea de este tipo que decimos son, por ejemplo, y desde siempre: toda religión, las artes de cualquier tipo, las historias narrativas que van más allá de la inmediatez físico-material, las imágenes, el deporte, los juegos, así como todo tipo de representaciones rituales; las imágenes gráficas, o bien narradas, de los medios en cualquier sentido histórico-social, junto con el mundo audiovisual contemporáneo. Todo esto además de la proyección fisiosemiótica en la que necesariamente tiene que vivir los individuos como los hacedores que son y en los que les convierte imperiosamente la antropología sedentaria y ante el problema original, por ejemplo, de Caín quien acarrea sobre sus hombros el problema colosal que Abel como hombre de pastoreo (y esencialmente nómada aun) no tenía, que es la necesidad de ser, con toda la violencia que nos es innata en el quehacer diario de una actividad-profesión (las de la metalurgia, tratamiento de pieles y fabricación de instrumentos musicales que son las que establecen después los descendientes de Caín), pues no otra cosa es la verdadera fundación y basamento vivo, desde siempre, de la experiencia urbana erigida sin embargo y de forma críptica, sobre la misma violencia nuestra y también desde siempre.

Adicionalmente hay que mencionar la amplia categoría de los simulacros, de toda índole e incluso los bélicos, aquellos que logran, eso sí, contenerse en el espacio y el tiempo y en su grado de destrucción, los cuales precisamente por su calidad de no desenfrenada, nos acaban en realidad sosteniendo en el tiempo como una forma ciertamente inconfesable de alimento fisiológico-sensorial que es, no obstante y en nuestra contemplación del espectáculo, de naturaleza en realidad moral:

Pues de la precariedad al menos sensorial vivimos las sociedades humanas, ésa que es en el fondo -de nuevo ejercitado, renovado una vez más- el porqué de nuestra propia funcionalidad racional.

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*Texto parcialmente inspirado en Castellio contra Calvino (1936), de Stefan Zweig

 

11) ¿Gozamos los seres humanos en realidad con la mortificación por cuanto deleite que puede ser la experiencia sensorial intensa?

La literatura resuelve de la única forma posible la desconexión que hay entre nuestro ente fisiológico-sensorial y el ser moral y sociorracional. Y esta resolución consiste en el ejercicio fisiológico que, a modo de catarsis y como siempre, nos empuja otra vez al refugio que supone la definición racional-moral del seno del grupo, a modo de un proceso sempiterno de reforzamiento y activación del bucle fisiología-racionalidad en el que una parte es el combustible de la otra, al tiempo que la realidad bio opróbica de lo sociomoral (en forma de la sociorracionalidad) es el freno y fuerza definitoria de aquélla. Pero claro, los dos ámbitos están imbricados precisamente mediante su singularidad particular respectivo, y no pueden, en realidad, unirse nunca (aunque sí aproximarse a lo largo de la vida individual).

Y la estructura subyacente es inexorablemente la de una especie de yuxtaposición triangular que se forma entre la excitación fisiológica del estímulo sensorial, nuestra biología opróbica interna, y los lazos sociales ya conocidos. Sin embargo, estos tres elementos existen, cada uno por separado, de forma independiente (punto esencial de su funcionamiento conjunto es su singularidad respectiva), siendo posible la aproximación técnica a cada uno de ellos también de forma independiente y por separado, y puesto que la fisiología precisamente en el contexto opróbico-social es ya una forma de significado operativo, en un sentido al menos espacial-colectivo.

Pero, en cuanto a la literatura -máximo la «alta literatura»- el estímulo fisiológico tiene una finalidad técnica clara, que es la de impulsar el sujeto sintiente y opróbico de nuevo hacia la disposición colectiva de la propia personalidad sociomoral, lo que implica la apertura para el individuo de un plano racional potencialmente al más alto nivel intelectual; aunque también existe la posibilidad de atrapar al sujeto percipiente en su propia fisiología que solo alcanza apenas a sujetarse por la fuerza interior opróbica y que por tanto no desemboca en una capacitación fisiorracional y moral más compleja -por cuanto más exigente para individuo-, sino que se queda a medio camino en simplemente la efervescencia del estímulo fisiológico en sí que solo apunta en realidad a la sujeción opróbica, sin que se produzca una verdadera mortificación significativa con efectos verdaderamente morales (respecto a lo otros y mi relación con ellos):

En este sentido precisamente pudiera preguntarse, por ejemplo, si sustituye, en la sociedad de consumo tardío, la titilación moral (fisio opróbica) a la verdadera catarsis moral, dado que la salida sociorracional del yo social no es prioritario de ninguna manera para la estructura económica actual, sino solo una individualidad menor por cuanto objeto esencialmente conductista del estímulo publicitaria empresarial y la que busca exclusivamente la repuesta compradora, como estrategia finalmente financiera en el tiempo, nada más. 

Se hace preciso inferir a partir de este razonamiento que, a grandes rasgos, la sociorracionaldiad no podría existir nunca si no fuera consecuencia de la afición fisiológica y verdadero gozo que nos da la vida ante todo y siempre para nosotros sensorial; que es decir que la posibilidad moral-racional nuestra surge gracias a la intensidad fisiológico-sensoria que es parte inherente a nosotros. Y la literatura (en cualquiera de sus grados) desde luego nos ejercita en este sentido sensorial-moral. Pero una verdadera racionalidad finalmente intelectual gracias a la lectura, no es necesaria de forma lógicamente determinada que se dé: nos basta como alimento vital simplemente la experiencia fisiológica, aunque la verdadera supervivencia de la especie (del grupo humano) debe suponerse dependiente -máximo respecto las sociedades técnicamente complejas- de que se materialicen formas más exigentes para el individuo de contextos sociorracionales que después no pierdan la capacidad de auto administrarse su propia efervescencia opróbico-sensorial, y sin que se excedan tampoco en su misma tonificación fisiológica. 

En todo caso, se ve como la experiencia fisiológica supone en cierta sentido dos cosas al mismo tiempo (experiencia puramente tonificadora para el individuo, que es al mismo tiempo la sustancia base de lo socioopróbico): es lógico por tanto que existe a veces la posibilidad de confusión y puesto que nosotros nos sustentamos en realidad en la ambigüedad -como precisamente en este caso de la literatura- para ayudarnos a sobrellevar la misma contradicción base en la que transcurre nuestra existencia, entre estos dos ámbitos imbricados a la vez que irreconciliables entre sí, de cada uno de nosotros, la fisiología sensorial particular, y el de la sustancia fisiomoral que hemos sido siempre, colectivamente en el plano grupal de la evolución histórica, y ante el espacio físico-material original.

Es en este sentido, entonces, que se puede afirmar que la ambigüedad arropa en realidad la experiencia fisiocorpórea nuestra para que podamos ser en nuestra esencia físico-fisiológica precisamente en la limitación que supone nuestra singularidad corporal; que sin ese espacio siempre por definir que nos rodea (y que nuestra sensorialidad no puede por sí misma conocer del todo), nos es posible ser físicamente singular. Porque el problema central de la antropología viene a ser en realidad la experiencia física, pues la evolución biológica humana y su etapa intergrupal (entre grupos humanos rivales) ha hecho verdaderas maravillas con lo que es nuestra sustancia puramente fisiológica y sensorial, siendo la más importante quizá nuestra racionalidad misma. Aunque nuestra tendencia estructural hacia la experiencia fisiológica bien pudiera plantearse de hecho -aunque sea a modo de ejercicio conceptual- como una forma de distorsión en el camino humano de la evolución biológica con prejuicio, en un sentido técnico, de la experiencia puramente física. 

Con lo que nos encontramos nuevamente ante la perenne cuestión aun sin resolver que es la definición de aquello que podemos llamar la verdad, cuando parece que el centro real de la experiencia humana, y también de nuestra capacidad después para conceptualizar y contarla, es la experiencia fisiológico-sensoria en sí misma, nada más; esto es, una sensorialidad individual como materia bruta que solo circunstancialmente en, y frente a, los demás puede llegar a significar algo de manera, bien se ve, estructuralmente extrínseca a todo ser físico singular. Por otra parte, es cierto que conceptualizar el sostenimiento de toda verdad sociorracional posible en el tiempo sensorial a la vez que histórica de los grupos humanos -más que la existencia ontológica de la misma-, parece desde luego acertado, tal como lo hace Richard Rorty, por ejemplo en Filosofía y el espejo (1979) y como resumen importante de la historia filosófica occidental. Y, sin embargo, la respuesta afirmativa -irremediablemente- a la pregunta que da título este texto, es sin lugar a dudas una verdad nuestra insoslayable desde simplemente una óptica técnica y respecto nuestra presencia antropológica sobre la tierra.

10. La sociorracionalidad como «error»

…Principio vital para la imagen del Espejo de la naturaleza. Es la imagen según la cual la “apariencia” no es simplemente una creencia eqivocada sino la creencia equivocada engendrada por un mecanismo particular…(Richard Rorty,  Filosofía espejo de la naturaleza)

Puede muy bien constituir la ilusión que es en realidad toda moralidad, respecto a un grupo humano y cómo el individuo logra mantenerse entre ellos, los demás. Es decir, todo grupo humano en el autodotarse de una sociorracionalidad (fisiocorpórea y después lingüística) está por decirlo así cometiendo un error si se analizara desde una óptica estrictamente empírica, pues la realidad objetiva del todo desnudada, es la del individuo aislado en su propia fisiología sensorial que es, no hace falta decirlo, una realidad condenada históricamente a la aniquilación puesto que sí que es un hecho indiscutible que solo los grupos humanos han sobrevivido históricamente más allá incluso (y necesariamente) de la vida individual de los componentes singulares.

O sea, ésa es la gran ilusión de la experiencia humana -al menos en el plano histórico- que es la singularidad humana, puesto que esa singularidad solo puede perdurar un poco más y dentro de su propia longevidad biológica si y solo si se integra fisioopróbicamente dentro de un grupo humano; es decir, que la realidad objetiva desmontada del todo en su origen inicial, no es más que la anatomía del individuo, los distintos orificios corporales y una sensorialidad, nada más. Pero los grupos humanos siempre y universalmente se han dado a sí mismos una congruencia colectiva para precisamente inocularse contra la realidad así al desnudo, que es simplemente la experiencia fragmentaria del individuo en la pobreza de lo que constituye la desolación de la soledad, ésa experiencia extrema y como maldición que la cultura naturalmente siempre intenta enterrar debajo de la tonificación fisiológico-sensoria de lo ritual, el saber narrativo comunitario, lo simbólico y distintas formas de dramatización opróbico-moral, todo ello basado en la presencia del otro y en la existencia de una comunidad. Porque es solo en la presencia de los demás que precisamos nuestro propio ser social y la personalidad por la que efectivamente nos conocen, y por la que nos auto-identificamos nosotros mismos, irremdiablemete.

¿Pero en el aislamiento extremo y prolongado, qué necesidad tengo del ser mío social que es, ciertamente, mi yo finalmente racional (o la parte más importante del mismo)?

Como una variante más, entonces, de la idea de la cultura como lujo, la capacidad de arropar la realidad espacial para esconder toda su dureza queda emparentada con el fin técnico de toda sociorracionaldiad, que es el de combinar la intensidad sensorial con la preservación del grupo, sin que éste se disperse. Porque la congruencia colectiva que se hace sociorracional, es solo posible como producto del ímpetu fisiológico individual que queda así opróbicamente encauzado debido a la presencia de los demás; y lo racional, entonces, lo es en base siempre a otro elemento críptico de carácter fisiológico (que es por ejemplo la anatomía particular que se viste; y también los arropamientos culturales más importantes respeto a los impulsos y la violencia individual). Pero esta entidad bipartida resultante permanece en un estado de cierta desconexión entre las partes de ahí en adelante, respecto el plano racional del la cultura y ese mismo caudal fisiológico subyacente que lo fundamenta.

Pero claro, a partir de ahí otras formas de racionalidad se van elaborando históricamente al calor de nuevas lógicas que van surgiendo a su vez, y la ciencia, en algún momento, impone un criterio de verdad en forma de la penetración de la realidad observable que, desde cierto ángulo de comprensión, resulta todo lo contrario de la urgencia original y antropológica de toda sociorracionaldiad. Pues en el plano estructural de los grupos humanos siempre se ha buscado el mantenimiento de la tonificación fisiológico-sensorial en el tiempo antropólogo, en suspensión como si dijéramos, que es poco compatible al final con las verdades inapelables y demasiado contundentes; aunque la actividad empírica -la científica y también la cultural- por cuanto ocupación en el tiempo colectivo de la fisiología humana, y como quehacer vigorizado que solo busca eso que es esencialmente su propio sustento entretenido en el tiempo, sin la posibilidad real de interrumpir ni alterar dramáticamente el equilibrio así logrado y mantenido entre la tonificación sensorial por una parte, y el orden estable de una verdadera complacencia vital-antropológica, no se puede nunca desdeñar.

Pero, ¿hemos sido técnicamente conscientes alguna vez de la necesidad real que tenemos de esconder el hecho de que sobrevivimos en realidad suspendidos en una especie de ensueño fisiológico de grandes esfuerzos y seriedad que, crucialmente, no debe alcanzar nunca alguna de las metas que se propone, en realidad como actitud vital nada más y por mor de nuestra propia supervivencia antropológico-estructural? Pero una conciencia así, en caso de existir alguna vez realmente, solo pudiera tildarse de filosofía, nada más y como mucho (y eso seguramente bien lejos de cualquier centro real de poder de decisión técnica).

11. Violencias históricas sostenidas en el tiempo

¿Por qué no tienen resolución estas circunstancias en realidad estructurales, de una fisiosemiótica humana que no tiene más remedio que ejercitarse en la proyección de sí misma, pero hacia metas «racionales» necesariamente enfrentadas las unas con las otras? Y es así que en estas circunstancias la convergencia racional y unánime para todos (como anhelo respecto los conflictos armados prolongados en el tiempo), supondría -o hubiera supuesto- un fallo respecto la posibilidad de la experiencia fisiológico-sensoria vigorizada, lo que perjudicaría, por ende, la funcionalidad estructural antropológica; o como poco, la inestabilidad resultante desembocaría necesariamente en otros procesos -siempre bastante artificiosos, por cierto y en el fondo- de búsqueda de espacios nuevos en el que ejercitarse la proyección fisiológico-semiótica (espacios, por alcanzar un mayor efecto de intensidad para los participantes-sujetos, habrán de ser opróbicos en sentido del concepto deep play de Geertz que bien puede resumirse simplemente en la exhibición cultural (semiótica) de la violencia de forma «deportiva», antropomórfica, o como exemplum respecto a sucesos reales relatados -o bien retratados-, o de modo simplemente artístico-estético, siendo todos ellos vías en distintos grados del estimulo y propagación de la fuerzas opróbicas de la naturaleza sociogenética humana y universal, puesto que la violencia, en la forma que sea percibida, siempre tiene la mayor relevancia para individuo antropológico, dado que la violencia es, de varias maneras, quizá el evento de mayor importancia de entre todas para el grupo, su permanencia en el tiempo y respecto una fisiología colectiva subyacente.

Huelga preguntarse, por tanto, de haber logrado la paz universal en el contexto histórico de cualquiera de las realidades terroristas etno-políticas del siglo XX (respecto por ejemplo de ETA, el IRA, la independencia corsa, el movimiento nacionalista tamil, los diversos fuerzas de liberación del mundo musulmán, y las fuerzas históricas en general opuestas al colonialsmo europeo, etc.) ¿qué es lo que hubieran hecho después para sostenerse «fisio-opróbicamente» en el tiempo, y respecto la estabilidad estructural antropológica de dichos contextos?

Y no sería, quizá, que el fondo último de nuestra violencia es la de un ser fisiocorpórea que lucha constantemente frente en realidad al grupo mismo de pertenencia, paradójicamente, y respecto aquello que de hecho nos da la posibilidad de nuestro ser subjetivo y social. Porque la fisiocorporeidad en cierto sentido es inviolable, como la vida misma que simplemente no puede renunciar a su propia perdurar, nada más; y así es la fisiocorporeidad ante social que viene a constituir la verdadera constante estructural de todo orden antropológico. Y la perenne violencia que también supone.

Pero, como es lógico, esta situación interna al grupo se beneficia estructuralmente del enfrentamiento externo, intergrupal, como otro ámbito más de la misma, reforzada violencia -sobre todo fisiológico-sensorial- en el corazón de la mecánica de los grupos humanos, pero a partir ferozmente de la fisocorporeidad individual y la fuerza opróbica sobre la que se asienta a su vez ésta.

-Contextos que se convierten después en un recurso fisiológico; esto es, circunstancias que, en la repetición fisiológica de los seres vivos que las habita, pasan a ser recursos estructurales de ese mismo caudal fisiológico. Una fisiología viva (de múltiples individuos) que se articula en su propio tiempo vivo con las circunstancias físicas -que se imbrica con esas mismas circunstancias-; y esto no es necesariamente en un sentido de evolución biológica (aunque lo puede llegar a ser), sino de rutina y repetición, que para erigirse como tal, tiene que servirse de alguna forma de intensidad fisiológico-sensorial que logre el efecto de reforzar esa misma rutina, una rutina que jamás puede establecerse en el tiempo si no es a causa de alguna fuerza de estímulo que surte el efecto de hacer atractiva una estabilidad  (o sea, una contingencia de espanto que hace que deseemos una estabilidad del no acontecer y del aburrimiento, por ejemplo, y aunque sea solo por un tiempo).

12. Una primacía pues fisiológica…

Que sería la estructuralmente acorazada posibilidad de vivir las potencialidades fisiosemióticas humanas (que son

 

la interpretación opróbica,

la proyección fisiológica (fisiosemiótica)

además de la imposición fisiorracional)

 

al socaire de una sociorracionalidad que le sirve a esa sustancia fiisocorpórea (finalmente colectiva) para sujetarse en el tiempo cambiante que es, sin embargo y paradójicamente, un tiempo único y siempre el mismo en un sentido estrictamente fisiológico-sensorial. Una fisiología humana universal al mismo tiempo que única (en cuanto solo de percepción individual) que pudiera concebirse, por tanto, como las calles y muros perennes de los pueblos de larga historia europea (por ejemplo), y si al andar por ellos uno se pone a pensar en las generaciones que vienen y se van, a través de las décadas y de los siglos, pero sobre estas mismas superficies materiales pétreas, básicamente inalterables. La racionalidad se postra, por tanto y en el fondo, ante la fisiología, no al revés: ésa es la verdad.

 

1.Términos a definir:

-La individualidad antropológica
-El oprobio biológico
-La identidad fisiológica, fisiocorpórea
-La corporeidad antropológica
-Lo fisioantropológico
-La totemicidad
-La adversidad fisiológica (oposiciones fisiológicas)
-La afición fisiosensorial
-La obligación (o relevancia) opróbica
-La sociorracionalidad y una individualidad fisiológicamente extrínseca
 

La individualidad antropológica consta de la parte fisiocorpórea de la singularidad humana que es aquello que precisamente está sujeto al oprobio biológico; el destino como canalización sociogenética y estructural de la fisiocorporeidad singular, en su inexorable realización en compañía del grupo y como parte de la evolución de la especie, es por tanto, la individualidad social.

La identidad fisiológica, fisiocorpórea: La corporalidad singular humana y su sensorialidad, específicamente el proceso fisiológico-sensorial sujeto al oprobio biológico como piedra angular que es de nuestra naturaleza sociogenética. Debe considerase, por tanto, ante social, y estructuralmente previo a la sociorracionalidad grupal, y que es por tanto anterior a la personalidad social del individuo.

La corporeidad antropológica: Término que se hace imprescindible para resaltar el hecho de que la vida física humana en cierto sentido no ocurre jamás solo de forma individual, sino que la experiencia fisiosensorial de cualquier individuo nunca es del todo divisible de la experiencia fisiocorpórea grupal.

Las oposiciones fisiológicas entre entes fisiocorpóreos espacialmente próximos entre sí, vienen a ser el primer escalón de definición inexorablemente identitaria para las partes integradas, respecto una identidad al menos fisiológica que se basa en la fuerza limitadora (por tanto ’de definición’) que natural y espacialmente proporciona el otro que aquí y a efectos exclusivamente físico-espaciales, es un contrincante. La sociorracionalidad grupal supone asimismo un tipo más elaborado de oposición fisiológica que se establece, mediante el oprobio biológico y sociogenético, entre toda fisiocorporeidad singular y el grupo; una congruencia operativa de la que el grupo se acaba sirviendo con el fin de mantenerse íntegro en el tiempo y ante el mundo físico-material, como en realidad una imposición ineludible y coercitiva que hace el grupo respecto toda singularidad físico-fisiológica. El resultado de dicha coerción es, simplemente, un paradigma bastante homogéneo de individualidad social.

Pero, sin embargo, un proceso común a todas las especies vivas respecto todo plano físico-material compartido, para los seres humanos alcanza un desarrollo muy superior mediante el lenguaje que es en sí mismo un producto de los grupos humanos dentro de contextos físico-espaciales originalmente limitados. Y es que la fisiocorporeidad de los grupos humanos, como solo puede perdurar siempre que mantenga su pertenencia grupal, es una fisiocorporeidad sujeta al mismo grupo (una singularidad fisiológica y corporal que de hecho acaba por adquirir una individualidad social necesariamente comprensible sobre y ante todo para el grupo, y en rigor solo secundariamente para el individuo específico).

En la permanente tensión que implica la paradoja sin resolución de la supervivencia humana solo grupal respecto, sin embargo, toda entidad física singular, la corporalidad humana y su sensorialidad debe considerarse en verdad y ante todo la parte instrumental respecto al destino estructural que es el yo social, porque de lo contario, ¿cómo hubieran podido mantenerse los grupos humanos históricos integrados precisamente como tal, es decir como grupo, si no es mediante el encauzamiento y verdadera subordinación viva del ímpetu vital, físico-sensorial de cada uno de nosotros?

Con lo que se hace necesario postular que la parte fisiocorpórea es una constante de los contextos antropológicos –que bien pudiera llamarse el subconsciente, o también aquello que se dice anterior al yo social, e incluso quizá el yo fenonémico— porque es precisamente aquello que los grupos humanos no tiene más remedio que hacer congruente para sí y para su permanencia propia, colectiva; o bien se concibe como también la fuerza agente de esa propia congruencia -que es una fuerza fisiológica que desemboca en la susodicha congruencia grupal que decimos racional, cuando en realidad su naturaleza es primera e imperiosamente coercitiva, ante todo-. Pero, en cualquier caso, un ímpetu fisiológico sobre el plano físico-espacial que el grupo transforma en una funcionalidad que parece individual cuyo verdadero objetivo estructural, sin embargo, es la función grupal y su permanencia, sin duda.

Y es en este sentido que se puede comprender la corporeidad antropológica como una entidad físico-sensoria que ya contiene en sí misma su propio ámbito, o plano, grupalmente racional -como precisamente aquellas relaciones de poder, postulaciones, experiencias fisiosenoriales ya conocidas por los miembros del grupo, y todo aquello que el individuo ha de saber para lograr al menos que no se le expulse- que constituye una racionalidad desde luego menor para la cual se requiere muy poco esfuerzo adicional, fuera de la vigorización fisiológica y fisiosensorial en la que ya de por sí se basan las antropologías humanas.

Se denomina obligación opróbica aquella fuerza interior al individuo, de origen sin duda genética, que le fuerza imperiosamente a medirse de alguna forma respecto el grupo de dependencia (que puede ser en cierto sentido cualquier grupo que las circunstancias convierten en necesario para el individual singularmente físico). Esta obligación es en realidad una susceptibilidad que puede llegar a incidir de tal forma en la fisiología y sensorialidad individuales que la noción real y operativa del yo no puede concebirse sino como imbricada con la presencia de los otros; imbricación que se construye de la única manera posible, mediante la fisiología, si bien respecto de una presencia de los otros directamente física, o bien de forma totémica, dentro del ámbito del imaginario cognitivo individual. Y es a partir de esta fuerza, que es interna pero que se rige en realidad por los otros, que se puede de hecho postular la individualidad antropológica como bipartida, entre un yo corporal-fisiológico frente al otro ente sociorracional que es un yo en cierto sentido extrínseco al organismo físico, puesto que es sobre todo en la fisiología y los procesos mentales que se es socialmente el individuo que todos los demás son potencialmente capacitados para reconocer como tal o cual personalidad específica.

La totemicidad se refiere al ámbito de las imágenes que contribuyen a componer la cognición humana, tanto las de la percepción en sí como las que empleamos para proyectarnos fisiosemióticamente en plano mental y lo que retiene, sin embargo, aun cierta obligación (o al menos relevancia) opróbica para nosotros y en la tensión en la que transcurre el proceso perenne de realización del yo social a partir de la individualidad fisiológica y corporal. Lo totémico en este sentido no es físicamente real, necesariamente, pero sí de una sustancia real fisiosensorial, y que es, por tanto, moralmente relevante para el individuo como en su persona física respecto de -en realidad frente a– el grupo de dependencia. Es decir, nuestra experimentación de nuestro propia sensorialidad, aunque tiene lugar de forma en principio íntima, no deja de ser de carácter moral para nosotros, e incluso antes precisamente de actuar de forma publica y políticamente observable.

La sociorracionalidad consta de aquellas experiencias ya vividas por la singularidad física y sensorial, dentro del contexto vivo de un grupo humano (y no necesariamente el grupo nativo, original), que han desembocado por ello y con el tiempo en una estructura semiótica -no necesariamente conceptual, en principio- que se fundamenta para el individuo precisamente en una sustancia opróbica y la obligación de la misma para el individuo, respecto su propio esencia física. La sociorracionalidad, que brota sin duda de la naturaleza genética (o sociogenética), es por tanto el medio de la preservación en el tiempo de los grupos humanos por cuanto homogeneiza la naturaleza fisiocorpórea individual reduciendo la posibilidad de la dispersión del grupo, al tiempo que asegura una tensión permanente interna (dado que la unión entre las partes es de naturaleza sólo fisiológica, nada más).

Hablar en este sentido de una fisiología y sensorialidad individuales homogeneizadas, es lo mismo que concebir la fisiología individual, al menos parcialmente, como una fisiología extrínseca al individuo, puesto que es en realidad en la percecpción siempre de los demás que el grupo logra mantenerse en el tiempo, lo que convierte una parte del ser social sin duda en este paradigma forzosa de aquello que es aceptable para ellos con el fin apremiante para mí de que no me expulsen de entre ellos, ni de que se vuelvan furiosos, todos ellos, en mi contra…

Resulta necesario, por tanto, caracterizar la sociorracionalidad como una pragmática universal de la coerción por parte del grupo respecto al individuo.

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2. Más términos

-Y el espacio y los objetos que percibo ajenos a mí y que me constan que no soy yo es la confirmación de mi propio estar en simplemente mi percepción de lo físico-espacial…

-Un mundo físico-corpóreo humano percibido que en sí mismo ya remite a las relaciones espacio-morales del grupo humano (edad, dominio de parentesco, género, raza, poderío físico-sexual, posición socioeconómica sobre otros…)

-Y en lo percibido, por tanto, está la continua contemplación por parte del sujeto percibiente de en realidad esto que debería ser o no ser yo, y dado que en la misma percepción sensorial en la que uno está inmerso, se está jugando al menos totemicamente la corporeidad antropológica particular y la pertenencia, también totémica, al grupo.

-Mi propia fisiosensorialidad está sometida, por tanto, a una contemplación permanente de aquello que soy yo respecto el grupo, antes incluso de cualquier acto mío; y así la integridad estructural de los grupos humanos se van acorazando en los procesos fisiocognitivos internos de sus componentes singulares.

-La afición fisiosensorial, esto es, nuestra capacidad asombrosa de aficionarnos con las experiencias fisiológicas-espaciales que vivimos de una forma repetida y respecto a otras personas, sugiere que los grupos humanos son ante todo un fenómeno espacial -en conjunción con la sensorialidad humana- más que de cualquier sustancia ontológica permanente, si bien el patrón base psicofisiológico de este mecanismo se forja en la primera infancia y la niñez de cada uno de nosotros.

-La unión de que constan los grupos humanos es de naturaleza finalmente sensorial, en realidad —que incluye la percepción de los relatos y los símbolos— dado que el oprobio biológico respecto un colectivo particular está activo de forma permanente en la fisiosensorialidad individual. Pero no son los relatos en sí lo que conceptualmente describe la identidad social de los seres humanos y los grupos de los que dependen, sino el acto fisiosensorial constituyente de percepción individual de esos mismos relatos, o respecto de cualquier evento cuya percepción, aun como participación en el mismo, presente una relevancia opróbica1 para el individuo.

-La corporeidad antropológica es, por tanto, la sensorialidad humana concebida de esta forma en realidad colectiva que ejerce el efecto ciertamente constituyente del grupo, pero mediante la obligación opróbica en la que vive el individuo sintiente y respecto su propio ser corporal.

-No se trata, como es obvio, de una situación siempre física -aunque puede volver a serlo- sino que la obligación opróbica constituye el elemento más importante de la totemicidad humana, respecto de los procesos mentales de la vida cognitiva-sensorial del individuo.

-La sociorracionalidad constituye la congruencia grupal en la cual se acaba por sujetar la experiencia fisiocorpórea. Su origen es necesariamente pre lingüístico y es aquella entidad que garantiza la permanencia colectiva del grupo en el tiempo y frente a la cual puede finalmente definirse el oprobio biológico individual. La sociorracionalidad es, por tanto, el logos mismo de la singularidad social como el espacio en que la fisiología individual se hace extrínseca a su propia entidad física, de una forma potencialmente comprensible para los demás componentes singulares del grupo. De forma que se puede afirmar que la sociorracionalidad, en conjunción con el oprobio biológico, constituye el fundamento último -y por lo mismo original- de nuestras posibilidades tanto racionales como morales, pues no hay más autoridad que la esencia física de cada uno frente a el grupo humano de dependencia, aunque dicha autoridad se viste universalmente en el tiempo cultural humano de otras lógicas, de otras tensiones dramáticas externas y encarnadas lingüísticamente (en todas las lenguas, por lo visto) pero de forma que nuestros dioses y entes superiores (incluso acaso los entes teórico-cientificos) dan cuenta ante todo de quienes somos y como nos vemos a nosotros mismos, con prioridad sobre toda ilusión de cualquier «objetividad» posible.

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1 Una clarificación etimológica respecto al uso de término «oprobio»: utilizo la palabra y las derivaciones que de la misma hago, a partir en realidad de una imagen etimológica más que sustanciarme en la definición léxica. Es decir, se suele usar dicha palabra cuando se quiere hablar de una forma colectiva del odio o desdén que por fuerza etimológica implica multiples personas (este sería el elemento diferenciador frente al odiar a secas); asimismo los individuos singulares solo pueden ser objetos de oprobio y no agentes activos del mismo, a no ser que se quiera subrayar el fondo moral (o sea, colectivo y como ultraje a las normas comunes) del “oprobio” que como individuo uno pueda profesar a otro: en efecto y a modo de comparación aclaratoria, en qué se diferenciaría los dos enunciados siguientes sino a partir del elemento colectivo que como matiz subyace en el fondo de las emociones reveladas:

me lanzó una mirada de odio

me miró con el mayor oprobio

La imagen de la que me sirvo cuando echo mano de este concepto es pues el del objeto humano singular que, de forma permanente, ha de dirmirse en su propia integridad racional como yo subjetivo (en su misma voz interna de consciencia) frente a los otros pertenecientes: que el porqué de nuestro propio ser socializado (antesala de la misma personalidad singular) procede de este estar fisiocorporal anterior que se afinca necesariamente en el logos opróbico de la pertenecia del individuo corporal y antropológicamente dependiente. Pero este estar anterior no tiene voz porque antecede un tanto la misma sociorracionalidad del ser social y su congruencia multiple, primero corporal y después lingüísitica: en mí opinión sería, desde esta óptica, coherente, por tanto, intentar sustentar la contrucción conceptual de una individualidad por fin antroplógica, como la que aquí he intentado plasmar, sobre la opacidad conceptual de una imagen, esta de un individuo rodeado, sin duda de forma coercitiva, por los suyos. Y es que en la paradoja está su misma funcionalidad, la de parapetar los cuerpos singluares en una fisiología de la expulsión propia barruntada; pero es frente a esta imagen digamos neurofisiológica damasiana que seguramente uno lucha toda su vida cognitiva por ser uno de los suyos (en tanto los gustos y habitos que uno ha adquirido, junto con los idiomas que también, frente a unas y otras circunstancias, ha tenido que dominar; o respecto a distintas formas de corrección que, para poder contarse como uno más de entre ellos -en relación con cualquier colectivo de la que circunstancialmente hubiera dependido por un tiempo- uno no ha tenido más remedio que tomar en serio, e incluso asumir en el propio cuerpo digamos fisiológico-metabólico). Así funciona este dispostivo de supervivencia evolutiva, sobre el hecho corporal de nuestra singularidad desamparada, pero que se parapeta finalmente en una homeostasis sensoriomoral e intíma de la defenestración anticipada por cada uno de nostros: una fisiomoralidad de la expulsión anunicada (además, de forma permanente) que se vuelve, sin embargo, más real, en cierto sentido, que toda realidad físico-material: este precisamente debió de ser el objetivo orginal a conseguir, frente a una experiencia exogrupal en general durísima en su origen histórico: pero es, en el fondo, a través de una imagen que se configuran los grupos humanos en su propia imposición existencial.

3. Una mecánica de la legitimidad moral

1)El ímpetu fisiocorpóreo singular viene inexorablemente a definirse en el límite que es el otro.

2)De las oposiciones fisiológicas entre las partes sobre el plano de lo físico-espacial, nace el germen estructural de cualquier significado posible que es el orden inicialmente espacial y de definición mutua a partir de la pugna corporal entre las partes;

3)Y es debido sobre todo al terror experimentado por todo ente singular y respecto su propia supervivencia que la oposición fisiológica entre las fisiocorporeidades humanas tiene lugar universalmente solo en las circunstancias del grupo.

4)Es el grupo por tanto que, para poder acorazarse en su propia sustancia múltiple y grupal a través del tiempo, ha de autoimponerse su propia y estandarizada entidad fisiológico-sensoria, coercitivamente sin duda y para toda singularidad fisiológico-sensorial espacialmente presente, en aras de la permanencia efectiva del grupo en el tiempo y sin que se disperse de forma definitiva.

5)La fuerza de tal coacción sobre cada miembro singularmente corpóreo está en la naturaleza sociogenética del ser humano, concretamente en la posibilidad de que nuestra fisiología metabólico-sensoria particular sea susceptible de regirse por el oprobio sin duda biológico con el que la evolución nos ha dotado.

6)Así mediante el oprobio biológico1 dentro del individuo es, sin embargo, el grupo que logra definirse exterior y espacialmente como tal -esto es, imperiosamente como colectivo- respecto el discurrir vivo del acontecer colectivo sensorial frente al mundo material. Y explícito queda, por tanto, el significado al menos situacional de aquello que somos en nuestra propia experimentar corporalmente funcional, que no es otra cosa inicialmente que aquella forma de estar singular que evite nuestra expulsión física del grupo; un estar en este sentido grupalmente apropiado al que solo un individuo y solo mediante la experiencia corporal propia -pero en realidad frente a los demás-, puede ir consagrándose.

7)El estar singularmente corporal-sensorial deviene necesariamente en el ser social, dentro universalmente del contexto del grupo, como vector real y histórico de la supervivencia de la especie humana. El destino estructural del estar corporal-sensorial singular es, por tanto, un paradigma de comprensión necesariamente extrínseca -de los demás- que solo después y secundariamente tiene sentido para el individuo, más allá de la funcionalidad grupal.

8)La individualidad antropológica en este sentido es el ímpetu fisiosensorial de la corporeidad singular coaccionada simplemente por el grupo -mediante el oprobio biológico– de tal forma que un estar corporal-sensorial se convierte en el ser social que se consolida en la exigencia de la calidad extrínseca de su propia vitalidad fisiosensorial; sin embargo, extrínseco al individual al mismo tiempo supone una forma de congruencia grupal ahora frente a la singularidad física en general y como categoría:

9)La sociorracionalidad es pues la consumación operativa del grupo humano, a partir universalmente de la vida fisiocorpórea anterior, lo que convierte a cada uno de nosotros en un individuo efectivamente social al tiempo que alienados -obligada y necesariamente- de nuestra esencia fisiocorpórea precisamente en nuestra consagración al paradigma de individualidad que, como imposición, nos brinda el grupo de dependencia.

10)Es pues en este punto precisamente que pudieran desarrollarse originalmente las lenguas humanas como una forma silábica de incipiente congruencia grupal, pero a partir de una sociorracionalidad ya existente, aunque todavía no conceptual de ninguna manera, claro está.

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1 Término que se refiere sobre todo a una imagen a la que aboca el concepto de oprobio que sería la de un individuo rodeado y enfrentado a la comunidad de su propia pertenencia, tal es la fuerza plástica de esta clase de odio y como afrenta y ultraje a, en realidad, todos los demás. Pero aquí utilizamos precisamente esta imagen para definir estructuralmente la función corporal de cada persona, la de una especie de garantía a favor de los demás y de la que se vale nuestro ímpetu cognitivo más íntimo y homeostático para, por ejemplo, hacernos con nuestra propia lengua materna, -o afianzar su adquisición sobre un plano social-, o respecto la propia personalidad finalmente socializada que requiere esta manera de hacer extrínseco nuestro propio autocontrol emotivo en función de los otros (es decir, nuestro propio yo socializado frente a los nuestros que se suele entender como “internalizado”), pero apostando lo que de más valor poseemos cada uno y cada una que es nuestra propia y intransferible corporeidad singular. “Oprobio” tal y como lo manejamos nosotros, sin embargo, no se refiere de ninguna manera al desprecio de otros -ni tampoco inicialmente al autodesprecio de uno mismo-, sino respecto de una especie de escenario o locus en el que se desarrolla y se sostiene la relación permanente entre el individuo y el colectivo antropológico.

La sociorracionalidad de los grupos humanos frente a la empírica

El lenguaje humano puede esgrimirse como un posible fundamento de la normativa racional (y la sociorracionalidad), pero habría que preguntarse por un sustrato aun más profundo que diera respuesta a la pregunta de cuál es la motivación real de la adquisición del lenguaje para el individuo, pero respecto de -incluso frente a- el grupo humano de dependencia.

Piénsese en tres círculos concéntricos siendo el primero la plataforma original y regidora de los otros dos; el círculo original es el de la experiencia fisiocorpórea base, anterior a cualquier grupo humano (y que es por tanto universalmente común a todos), y anterior a la sociorracionalidad particular con la que acaba después sometiendo la singularidad física-sensorial: una singularidad que, por medio del oprobio biológico, se hace social al menos en el plano no físico, sino fisiológico y, que constituye una funcionalidad ahora extrínseca al sujeto pero que es reconocible por los demás (en rigor, mucho antes de que sea comprendida por el propio individuo.)

Y el círculo más alto (pero con todo aun concéntrico) es la racionalidad extra opróbica, y exo corporal; esto es, la racionalidad técnica y supracultural que ya no se rige -o se supone que no se rige- por el contexto opróbico del grupo humano, que no renuncia al lenguaje humano, aunque prefiere precisamente aquellos sistemas de conocimiento que sí lo superan (el lenguaje matemático, por ejemplo). Este último círculo es precisamente esa racionalidad deshumanizada en el mismo sentido que empleara tal adjetivo Ortega y Gasset respecto del arte vanguardista, en el ensayo La deshumanización del arte (1925). Es una racionalidad simplemente más allá de la fuerza del oprobio biológico en la medida y de la forma que eso sea posible para los seres humanos.

Esta conceptualización de la racionalidad que surge como término histórico de la Ilustración, es tal por cuanto precisamente renuncia al aspecto social de la creencia -de la relevancia o obligación opróbica que el individuo ya no aplica a sí mismo- pues se trata de una racionalidad ahora empírica, solo posible como método a partir de la extrapolación del sujeto observador respecto el objeto a contemplar; de ahí la radicalidad de una expresión artística (a lo que se refiere Ortega) que busca soslayar precisamente ese aspecto opróbico de la experiencia estética. Pero claro, en esto radica precisamente la calidad aséptica del pensamiento positivista y su frialdad metódica que los nacionalismos políticos históricamente posteriores siempre han desdeñado como fuerza de su propia cohesión política-emocional (en la depredación táctica, simplemente, del plano fisio opróbico de las masas), aunque no como base técnica, claro está, de la producción tecnológica y desarrollo armamentístico que, fervientemente y sin ambages, suele celebrarse.

En cierto sentido pues, se puede considerar la historia técnica del hombre como precisamente esta trayectoria más allá de la configuración opróbica de su propia fisiología; un viaje que, si bien ha sido realizable como una voluntad de imposición sobre el mundo material, no conduce ciertamente a ninguna parte, salvo quizá a la comprensión nuestra de que la calidad moral humana no puede separarse de la experiencia físico-sensoria, ésa que es en realidad y de siempre patrimonio solo del grupo. De hecho, la especie y los individuos que lo constituyen solo han logrado perdurar a través del tiempo histórico en realidad como grupos que universalmente han de hacer extrínsecos de alguna manera y hasta cierto punto, los procesos fisiológicos-sensoriales de los individuos; esto ha sido siempre con una fuerza tal de incidir en la personalidad individual que en incluso las elaboraciones sociorracionales de los grupos humanos, aparentemente independientes de la fisiología opróbica subyacente, no lo son nunca de la misma manera que no puede sorprender a nadie que por muy técnicamente avanzado que nos haya parecido cualquiera de las sociedades humana históricas, siempre vuelve a levantar la cabeza zoológica nuestra, sin remedio y sin que hayamos comprendido que nuestra esencia en verdad fisiológica siempre hace de la racionalidad simplemente un pretexto hacia su propio, vigorizado ejercicio en el tiempo, si bien es ciertamente la racionalidad -o mejor, sociorracionaldiad– lo que mantiene el grupo intacto (verdadero vehículo, como decimos, de la supervivencia de la especie).

El piensoluegoexisto cartesiano

De analizar la frase de Descartes de acuerdo con una concepción de individualidad antropológica, nos encontraríamos ante el problema de despreciar toda aquella parte fisiocorpórea de nosotros que contribuye a formar lo que es solamente el yo social (el único yo al que se refiere de hecho Descartes con esta frase). Y es ciertamente problemática la afirmación implícita o indirecta que supone la existencia de una cosa, pero mediante la inexistencia forzosa de otra, pues todos aquellos en la historia humana no equipados con un yo social más elevado en este sentido psicológicamente circunspecto y que es el origen de la frase, quedan relegados a alguna clase de invisibilidad.

Pero, si el otro no existe porque no piensa, y puesto que no tiene voz que le afirmaría ante los demás como efectivamente ser pensante, ¿qué respeto como ser vivo se merece cuando acabamos de establecer que «no es» por cuanto no piensa, o que no nos consta que piensa, o dado que, en todo caso, no nos lo comunica?

Los eventos históricos universales del maltrato a los que son culturalmente ajenos y que fundamentarían esta regla de hecho, son sencillamente innumerables.

Y también internamente y en cuanto a ese otro ámbito de nosotros mismos que no tiene ni fácil ni inmediata explicación respecto de qué es lo que realmente siento; si es confesable incluso a mí mismo esto que siento; o si no sería quizá más conveniente, por la cuenta que me trae respecto a los demás, que yo no sintiera nada en absoluto. Pues esa otra parte nuestra que evidentemente no razona de manera clara y de forma estándar desde un punto de visto social ajeno y extrínseco a nosotros mismos,

¿para qué lo toleramos si es un incordio para esa otra parte nuestra que es precisamente por cuanto piensa?

Y lo que es un maltrato universal histórico pudiera conceptualizarse igualmente como una disfuncionalidad interna psicológica de la especie que somos; como también una universalidad antropológica que es la base en realidad de la mecánica de los grupos humanos y la supervivencia bien paradójica del grupo, pero a través de (y en verdad agenciándose) la vida fisiológica-sensorial de los componentes individuales.

Porque los grupos humanos se sirven opróbicamente de la sociorracionalidad como forma de superar la singularidad fisiológico-sensoria de sus componentes individuales, siendo así que se puede concebir los grupos en rigor como unidades fisiológicas (a través de la sensorialidad humana), antes que colectivos físicos.

Pero también es cierto que la sociorracionalidad se debe a nuestra esencia fisiológico-corporal que no es en sí misma racional, aunque sí comparte una lógica operativa de causa y efecto (esto es, de estímulo ⁄ respuesta); que es lo mismo que decir que no existe la posibilidad racional (también moral) nuestra sin la sustancia fisiológica o fisiocorpórea (fisiología + sensorialidad).

¿Cómo, entones, reconciliar la parte fisiocorpórea de la individualidad antropológica, con el yo social?

Y mientras aun no sepamos la respuesta a esta pregunta (o ni siquiera si la pregunta es en realidad lícita), sí sabemos y podemos afirmar, en cambio, lo siguiente:

-Respecto del grupo humano de dependencia, yo soy un ser ya moral antes incluso de poder pensar de forma culturalmente más elevado.

-Y en la moralidad pre lingüística que está en el centro de mi fisiocorporeidad participo asimismo de formas de significado en cuanto definición grupal de la sustancia fisiológico-sensoria que ya son de un necesario acatamiento para mí y en cuanto mi pertenencia al grupo.

-De tal manera que se pudiera certificar la realidad del individuo directamente en la sustancia opróbica, fisiocorpórea nuestra, a nivel en realidad corporal pero frente a el grupo de dependencia, siendo posible esbozarlo conceptualmente según el siguiente anunciado:

Temo (parece que con toda fibra de mi ser fisiológico-corporal) que me expulsen del grupo; y es en este sentido que soy en, y por medio de, el miedo que experimento -como ser moral y también racional- mucho antes de poder explicarlo lingüísticamente.

Porque el pensar cartesiano es posible desde un punto de vista alejado y escrutiñador respecto del estar fisiológico-corporal nuestro; pero la sociorracionalidad que ha surgido desde el principio de los grupos humanos como dispositivo de autoprotección colectiva, en contra de la disolución del grupo, sigue reteniendo su verdadero fondo moral en la parte precisamente corporal y del que el pensar cartesiano (que es el yo como agente observador e empírico de la ilustración) efectivamente se libra.

Y asimismo el yo cartesiano surge en el mismo hecho de desarroparse de toda fuerza opróbica, que convierte ilusoriamente el yo descorporeizado antropológicamente (esto es, resepcto del grupo humano de dependencia) en cierto sentido en una ficción analítica, no sin grandes resultados técnicos, sin duda, pero que sigue reteniendo su posibilidad moral permanentemente atado aun a la experiencia todavía físico-sensoria.

Es decir, que la descorporeización racionalizadora de la Ilustración es también una disociación de la posibilidad moral humana, salvo que como yo cartesiano estemos dispuestos a la ardua y formidable tarea de revisar continuamente nuestro modus operandi empírico según criterios morales de rección verdaderamente cívico-humanos.

Pero, como decimos y según ha ido transcurriendo la historia humana, en tanto yo cartesiano, no hemos sido apenas nunca capaces de ser en un verdadero sentido moral y sostenido en el tiempo, único salvoconducto, finalmente, de la posibilidad antropológica de los demás:

Porque una racionalidad que se alza por encima de las ataduras del colectivo excluye la moralidad en un sentido fisiocorpóreo y respecto el plano ante racional como verdadero origen de la posibilidad moral nuestra; la racionalidad de la Ilustración que se libra del sustrato opróbico-humano del grupo (y su imposición precisamente sobre la subjetividad individual), no tiene más remedio que producir de forma también racional una ética en la continua, bien ardua, revisión de su conducta, ahora fisiorracional pero que está desligada por razones técnicas de su propio fondo opróbico-moral. Pues la agencia cognitiva de tipo científico ha de compensar precisamente con la ética lo que supone la carencia de un estado corporal-sensorial físico propio. Esto es lo mismo que decir el yo agente positivista es una fuerza de imposición descorporeizada que ocupa un plano conceptual-simbólica, pero que no obstante y debido a su poder técnico sobre la realidad material, acaba por constituir una fuerza moral-política necesariamente para otros seres humanos objetos de carne y hueso, respecto a unos cuerpos con los que esa agencia científica original no está opróbicamente relacionada de ninguna manera, o en todo caso en un sentido solo semiótico, sin ninguna obligación real que se siente como tal, puesto que el yo agente teórico del positivismo sencillamente no se juega el tipito de forma directa, como sí es el caso, en cambio, de los ya mencionados cuerpos humanos objetos.

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4. El sustento sensorial nuestro

Y así de forma tentativa, se aviene en aseverar que la sed de estímulo inherente a nuestra esencia humana y biológica es precisamente aquello que permite que los grupos humanos se mantengan íntegros en el tiempo. Porque el estímulo fuerza el oprobio biológico que es aquello que nos obliga a cada uno a la sociorracionalidad del grupo particular de dependencia; y de nuestra imbricación fisiocorpórea obligatoria respecto de la sociorracionalidad operante depende estructuralmente la propia personalidad social como version individualísima -eso sí- de lo que no es sino un paradigma bastante homogéneo de individualidad respecto del grupo.

 

Relaciónese los siguientes conceptos de forma causal:

La necesidad de estímulo sensorial

El oprobio biológico

La sociorracionalidad

La individualidad social

 

DESARROLLO

Afirmamos que la sensorialidad humana puede llegar a concebirse como ámbito sometido a la exigencias técnicas de la circunstancia del grupo, frente al plano físico-material. Pero el que los seres humanos precisen de estímulo sensorial en su individualidad física precisamente como primer paso hacia la consagración grupal, como el mismísimo porqué de una sociorracionalidad operativa, supone una base subyacente en realidad sensorialmente intensa respecto de cualquier personalidad o modo de ser social posterior, y aunque esta conexión entre lo sensorial-emocional y la racionalidad no se ve ni se percibe de forma inmediata. Es más, esta desconexión entre la parte fisiocorpórea de la individualidad antropológica y el yo social puede muy bien explicar el dilema contemporáneo de una superestructura socioeconómica que poco a poco ha acabado por explotar ciegamente sin un propósito claro ni para sí mismo (más allá de la acumulación propuesta de ganancia monetaria, claro está) la parte fisiocorpórea y solo sensorial de la individualidad antropológica, precisamente quizá debido a la imposibilidad para nosotros de conocer sociorracionalmente la entidad fisiológica nuestra que da lugar a la misma sociorracionalidad. Y lo que constituyera alguna vez el ímpetu fundador de la conciencia humana -como ciertamente una forma de hedonismo inherente fisiológico, a través de los milenios-, no tiene por destino estructural hoy en día otra cosa que su simple estímulo fisiosensorial, sin que logre nunca dar el salto de lo anterracional a lo social, simplemente porque la tecnología audiovisual y telemática que conforma el mundo de hoy en verdad no lo requiere para seguir avanzando, a través del tiempo y de forma al menos financiera.

 

La posibilidad moral humana empieza en la percepción:

-Porque la percepción fuerza el oprobio biológico a surtir su efecto sobre la fisiocorporeidad singular y respecto del grupo.

-De tal forma que cuanto más intensa sea la percepción -y el drama de la brutalidad como espectáculo- tanto más opróbicamente mediatizado queda el individuo.

-Y con esto queda establecido un orden causal por siempre invariable, aunque el estado moral producido no sea normalmente capaz de comprender el proceso fisiológico-sensorial que a sí mismo le haya ido constituyendo.

-Después y con el tiempo viene a ser muy cierto, entonces, que una parte importante de la identidad individual se constituye y continuamente se refuerza en simplemente la percepción, cuanto más fisio oprobicamente traumática, mejor. Porque es la percepción que funciona como una forma de arropamiento permanente del ente fisiocorpóreo y que pone en funcionamiento un proceso ahora fisioantropológico (esto es, en conjunción con el grupo) y hacia el confort último que proporciona.

-Con lo mismo se puede decir, por tanto, que toda sociorracionalid efectivamente exigida al individuo constituye una forma de destino reconfortante de la fisiología singular por cuanto destino de llegada fisioantropológico.

-Es asimismo cierto, por consiguiente, que una poderosa sensación de individualidad -de identidad- tanto fisiocorpórea como respecto a la unidad social más evolutivamente primaria, se obtiene en la simple tonificación sensorial y fisiocorpórea.

-Es decir, que el estímulo sensorial deviene en forma de alimento de la identidad también social, dada la unión tan intensa que existe entre la fisiocoroporeidad y el grupo, por medio del oprobio biológico.

 

Más inferencias

De ser lógicamente implicada la necesidad humana del estímulo en sí mismo, puesto que es hipotéticamente ésa la fuerza subyacente al grupo mismo humano a partir de la fisiología individual, nos encontraríamos de nuevo ante el problema de un desfase entre nuestra verdadera esencia fisiologico-sensoria, como producto que es de una anterior y periclitada evolución sociogenética humana, y las circunstancias (evidentemente ilusorias) de la antropología sedentaria. Esto es, que habría que revisar nuestra comprensión de cosas tan importantes como, por ejemplo, la libertad precisamente en el plano ante todo fisiológico-sensorial, puesto que vivimos de hecho una especie de tributo estructural secreto respecto nuestra esencia sensorial a la que, sin embargo, no posemos herramienta racional alguna (o pocas) para poder acercarnos, salvo desde la perspectiva solo del modelo de negocios que necesariamente de forma oculta busca explotar agregados demográficos, a través del tiempo.

Quizá este aspecto oculto de nuestra individualidad en realidad antropológica (verdaderamente sociogenética) debiera de haber sido históricamente algo más que el objeto de lo que constituye finalmente una planificación exclusivamente financiera, nada más y como mucho, a parte de las otras catástrofes humanas que fatalmente ha conducido los nacionalismos políticos-religiosos históricamente; pues, ¿qué es el nacionalismo sino una fuerza fundada inicialmente siempre en un algún tipo de pretendida agencia de unos pocos sobre la naturaleza fisiocorpórea del grupo, en función siempre de una nueva y revitalizada sociorracionalidad que después se ha de defender a sangre y fuego, claro está? Y asimismo, ¿no sería una parte importante del consumo en realidad una forma de vigorosa afirmación fisioantroplógica por parte de toda individualidad fisiológica, pero respecto a un grupo al que no tenemos más remedio que aplacar, aunque sea solo en el ámbito individualísimo de nuestros propios procesos fisiológico-cogntivos? Porque la naturaleza humana antropológica nos lleva condenados a pertenecer antes que ser individualmente (o que esto solo viene después y gracias precisamente al hecho de que seamos perteneciendo).

En este sentido, podemos llegar poco a poco a sospechar que vivimos la antropología sedentaria enfrentados de alguna manera con una fisiología nuestra sociogenética subyacente, con la que solo remotamente podemos relacionarnos mediante la experiencia estética, por ejemplo, y una conceptualización desdibujada de profundidad o autenticidad. Y aun así, dicha profundidad parece ser de hecho el fundamento último de la posibilidad moral del yo, que es el producto inexorable y universal de solo un grupo humano (que es en realidad la suma de todo aquello susceptible en verdad de perderse).

Y, sin embargo, el ente fisiocorpóreo individual del plano (zoológico) grupal y evolutivo, significa solo por cuanto existe en su fisiología, siempre más allá de la misma racionalidad a la que contribuye en sí misma a configurar. Pero no deja de ser, precisamente en este sentido, una forma de transitoriedad no susceptible a la verdadera aprensión racional nuestra. Esto es, solo el yo social sociorrracional y estructuralmente posterior puede de hecho proponerse buscar cualquier profundidad que hubiera en la fisiocorporeidad humana, solo a partir de la evolución cultural que incluye la proyección de divinidades, la producción estética, o una posible creación conceptual de contratos sociales-políticos o la forja gradual del recurso al desarrollo de una metodología «empírica», entre otras cosas. Y esto supone, entonces, que en cierto otro sentido, la fisiología y la sensorialidad nuestra, contrario a cualquier pensamiento «espiritual» o esencialmente wagneriano, son -también y quizá a la vez- una forma en realidad de superficialidad que adquiere guisa de ser profundo solamente desde la óptica estructural posterior de una sociorracionaliad que a su vez ha evolucionado culturalmente, alejándose inexorablemente y siempre en alguna medida de esa misma fisiocorporeidad subyacente. Solo así presumiblemente pudiera atraer tanto esa supuesta autenticidad de los tiempos que dicen míticos, antes de las ciudades o que a la madre tierra se le intentara abrir las tripas con el azadón, y antes de que hubiéramos de necesitar los pronombres «tú» y «yo»…*

 

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*Parafraseado de El Quijote (Cáp.XI, La edad de oro)

 

Explíquese con precisión lo que significa exactamente y en un sentido estructural la precariedad del grupo humano:

Siguiendo a Zygmunt Bauman en el capítulo cinco de La modernidad líquida, y su análisis de la obra de René Girard, se puede reformular en términos de individualidad antropológica el mismo problema del origen real del orden que fundamenta nuestra propia identidad y autoconocimiento racionales, que no es sino el ímpetu fisiológico singular en el contexto original colectivo al que, para prevenir la dispersión del grupo, se le coacciona a dejarse regir (mediante el oprobio biológico interno a cada uno) por un paradigma finalmente homogeneizado de individualidad que exige -más bien impone- el grupo.

Respecto del grupo, por lo tanto, precariedad quiere decir que los componentes singulares estén aun susceptibles a la percepción sensorial que es aquello que, como una crisis fisiológica-existencial sobrevenida de repente, constituye la fuerza real en tanto compulsión de la reincorporación del individuo al grupo fisiocopóreo; el grupo fisiocorpóreo que se mantienen en su permanencia precisamente debido a esta asunción forzosa por parte del individuo de la sociorracionalidad grupal y cultural, y dado que la unidad colectiva de una mayor consistencia física (frente después a un mundo espacial-material hostil) es imposible, claro está.

Postulo yo que es éste el mecanismo que Bauman afirma que subyace a los ritos culturalmente universales del sacrificio, tal y como René Girard desmenuza tales rituales en las prácticas culturales de anthropos: la precariedad en este sentido fisiológico-sensorial es, en realidad, una exigencia técnica como causa detonante y siempre renovada del vigor sociorracional del grupo, en cuanto mecanismo que permite el equilibrio logrado entre la experiencia sensorial vigorizada (que es también requisito del bienestar humano, sin duda) y la fuerza guardiana de la constitución colectiva del grupo, que como grupo, solo es en la tensión de su propia sociorracionalidad viva y del momento sensorial siempre presente: es justo este aspecto que Bauman utiliza para una explicación en realidad técnica de las «comunidades explosivas» y su permanente necesidad del enemigo y de las amenazas exteriores que, a modo simplemente de otra fuerza de estímulo sensorial o cognitivo-sensorial, espolean fisiológica y sensorialmente a los individuos en su pulsión de pertenecer nuevamente al grupo mediante la destrucción física del otro, o simplemente en la asunción sensorial del espectáculo como coreografía y escenificación pública de la misma.

 

 

Wired For Culture · February 2012

ISBN 978-0393344202

Publisher: W. W. Norton & Company

 

Pasemos ahora a la cuestión de la variación genética que aborda Mark Pagel en Wired For Culture (2012) como ciertamente un dilema que solo hipotéticamente se puede hoy en día explicar. Según el citado autor no se entiende muy bien -o no desde solo la perspectiva de la biología histórica- que haya hoy tantas diferencias que los individuos heredan, pero que son diferencias que no sirven aparentemente ni para sobrevivir ni para reproducirse; y que respecto aquellos atributos que han sido cruciales para la continuación de la especie, todos de hecho los poseemos como la base físico-fisiológica universal de nuestra especie. Prioritario es este punto para el autor en su argumento a favor en general de la cultura, y como la evolución cultural de la humanidad -su técnica, su experiencia estética y religiosa, y la creciente complejidad de las sociedades- ha ido relevando más y más el fondo todavía desconocido del genoma humano, puesto que esta variedad genética heredada no esencial de diferencias entre los individuos del mismo grupo humano, sí que resulta útil para las circunstancias de la cultura sedentaria y respecto la necesidad, después de la agricultura, de que la gente se vuelque en activadas diferentes que son de alguna forma dependientes entre sí precisamente en el hecho de ser diferentes y en buena medida enfrentadas o compensatorias en el plano estructural; y el autor aplica asimismo (solo hipotéticamente) esta misma explicación incluso a un posible paradigma universal de personalidades presente en toda experiencia cultural, diferencias que en todo caso permiten un equilibrio estructural nuevamente recobrado del conjunto, frente a circunstancias cambiantes en el tiempo. (1)

 

Pero eso es un argumento a favor de la no definición (o sea la transitoriedad) de la vida e incluso las especies, que sobreviven precisamente por cuanto puedan cambiar. Y, sin embargo, respecto de los seres humanos y el uso que los grupos humanos han hecho de la sensorialidad humana, la posibilidad de cambiar se refiere necesariamente a los grupos, y no respecto de cualquier individuo particular. Y es que todas estas diferencias no esenciales no dejan de ser al final la posibilidad potencial de confrontación fisiológica para los seres humanos sujetos a una misma fisiocorporeidad en cierto sentido colectiva, en un espacio físico-semiótico específico (esto es, del mismo grupo humano, o uno emparentado); que quiere decir que en su confrontación estructural por lo menos y como mínimo sensorial entre sí, el grupo está nuevamente forzado a autodotarse, mediante su misma experiencia fisiológico-sensorial (tanto física como simbólica), de una sociorracionalidad que de nuevo garantice la integridad del grupo en el tiempo. La variedad genética es en este sentido y ante todo, una fuente interior y siempre disponible de estímulo sensorial para los individuos integrantes del grupo, un estímulo como recurso que no depende de la realidad externa sino de la experiencia fisiológica, fisiocorpórea del mismo grupo en sí, lo que capacita los grupos humanos con una extraordinaria poder de resistencia contra, imposición sobre, el espacio físico-material, como sí de un reino íntimo cultural se tratara, de una siempre vigorizada experiencia fisiológico-sensorial, por encima de lo espacialmente real; o se pudiera decir por encima del bien y del mal puesto que la moralidad brota siempre de un cierto espejismo por parte de una comunidad original, originalmente física que recurre a la experiencia fisiológica para sujetarse en una congruencia comunalmente forjada en el plano fisiocorpóreo pero mediante la coacción opróbica de toda singularidad física, individual.

 

Naturalmente, una especie de transitoriedad moral de este tipo (además de la transitoriedad conceptual de las especies en evolución que es la vida misma) sería probablemente inaceptable para la comprensión racional de toda cultura humana que hasta ahora se haya conocido, pues parte de una noción de la propia entidad existencial comunitaria como poco firme, en realidad solo tentativa, que no serviría para asentar la necesaria seriedad lógico-conceptual para nosotros de defender la vida matando, si es necesario, a otros. Porque el problema de la experiencia física, respecto la vertiente estructural y diacrónica de la misma, es que la ocupación del espacio físico-material por parte de un cuerpo vivo, excluye sin remedio la ocupación simultánea de ese mismo espacio por otro cuerpo. Y es esa realidad inapelable que ha sido -y aun es- la certeza críptica de la experiencia humana (y animal) sobre la tierra, en el sometimiento del individuo al grupo que, a su vez, se enfrenta inexorablemente a otros grupos rivales. Pues, en cierto sentido y desde la óptica de nuestra propia fisiología, para eso estamos aquí, y solo para eso hemos estado siempre.

 

Y, sin embargo, la lucha digamos a muerte por la vida,  por el lugar físico propio, y frente a otros, se puede trasladar, mediante la sensorialidad, a un plano ya no directamente físico como puede ser por ejemplo la representación del espectáculo de la violencia con el tácito propósito estructural de sustituir la violencia real; o esto respecto cualquier ámbito simbólico (como por ejemplo la literatura) o solo estético, que toma la forma de una imaginería de la violencia con la que, como cualquier evento entre seres humanos que pueda percibirse (como relato, espectáculo o simple imagen), podemos quedar opróbicamente obligados en nuestra contemplación del mismo, aunque no de forma ni pública ni políticamente comprometida claro está, sino en la intimidad cognitiva particular de cada un: pero crucialmente, hemos de quedarnos sensorialmente encandilados en el acto mismo de la percepción de la violencia precisamente para que surta efecto la sociorracionald de base opróbica que ya “llevamos en el cuerpo” al cabo de una experiencia cultural fisiocorpórea de suficiente peso y extension en el tiempo (como por ejemplo, pero no solo, la niñez particular) como para poder obligarnos en este sentido opróbico.

 

Pues en el estimulo sensorial opróbicamente relevante, se inicia el proceso catártico, siempre renovado, de regreso al seno del grupo nuevamente, como en realidad el único lugar donde tiene nuestro ente físico la posibilidad real de ser (de hecho, nuestra sensorialidad ha quedado permanentemente primada precisamente sobre esta función). Y la sociorracionalidad -y toda derivación histórica elaborada después a partir de ésta- debe verse en realidad como un producto en cierto sentido secundario del estado fisiológico-sensorial subyacente más profundo y universal aquí denominado como el oprobio biológico y su geometría en el tiempo.

 

Por otra parte, todo esto es especialmente cierto en los contextos sedentarios en los que ninguna fuerza de selección natural está en realidad operativa, puesto que, salvo cataclismos naturales de escala agregada o epidemias, los seres humanos desde hace muchos milenios ya no mueren con la suficiente inmediatez y contundencia como para seguir evolucionado biológicamente como especie. Pero ese hecho, el de que la antropología agrícola supusiera la superación y término efectivo de la evolución biológica -o como poco su dramática y definitiva ralentización- no parece que Pagel siempre lo reconozca de forma clara. Y es que no parece haber alternativa a considerar esta geometría tácita que existe entre la fisiología individual, por una parte, y el grupo fisiocorpóreo, colectivo y opróbico, enfrentado como está al espacio físico-material, como la única firmeza de la especie nuestra en el tiempo y a través de la transitoriedad de las generaciones sucesivas; una firmeza para nosotros un tanto secreto desde la perspectiva de nuestros sentidos que no es otra cosa que la capacidad del grupo de perseverar como tal necesariamente en el sometimiento al grupo de la intimidad cognitiva y sensorial de los individuos, de cada uno nosotros, universalmente.

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  1. Cáp. 3, “The Domestication of our Talents”, en Wired for Culture: origins of the human social mind. Mark Pagel.Norton paperback, 2013

 

 

 

 

 

5. La geometría moral de los grupos humanos

-Ímpetu fisiosensorial individual y el miedo que experimentamos

-Circunstancia física del grupo frente al mundo espacial-sensorial

-Oprobio biológico sociogenético e individual

–Sociorracionalidad que se autoimpone el grupo

-Paradigma grupal de individualidad social

El ímpetu fisiocorpóreo individual + la experiencia grupal frente al mundo físico-espacial y sensible + el oprobio biológico sociogenético e individual

Así es como el grupo, sirviéndose de la naturaleza sociogenética y opróbica de todo ente singular humano, se dota a sí mismo en el tiempo de una sociorracionalidad garante de su propia integridad colectiva, para así permanecer en el tiempo efectivamente como grupo. Y de forma universal, dicha sociorracionalidad (necesariamente solo corporal, sensorial y de rutina al principio) en torno al cual se articula la supervivencia humana históricamente solo en grupo, es igualmente el punto de inicio -en forma de coerción, ciertamente- de la individualidad ahora social, como aquel paradigma del ser conocido sobre todo por los demás y que es extrínseco de hecho al individuo, siendo precisamente el medio por el que todo ente singularmente físico-sensorial ahora en adelante evita que del grupo y de entre los demás, se le expulse (o que estos se vuelvan feroces en su contra).

Una estructura hobbsiana: que detrás de la necesidad técnica de mantener unido el grupo, está quizá la intensidad sensorial y de percepción del nómada frente al mundo físico-material; sensorialidad que se encandila con la presencia de sus compañeros, que con una misma intensidad que crea lazos, además de conflictos que son también una forma de relación y unión, aunque con una tendencia ya hacia la totemicidad, ya que el mundo fisiosensorial interpersonal siempre ha tenido el efecto último de dejar en un plano secundario en cierto sentido el mundo material-real, que es el mayor lujo que en realidad proporciona la cultura y aun sus formas incipientes grupales anteriores a la agricultura. Que de esta forma la fisiología, una vez más, aquilata la permanecía grupal sirviéndose de la individualidad fisiocorpórea –esto es algo así como cuanto más singular se es  fisiocorporalmente y en la indefensión del cuerpo particular de cada uno,  más dependencia tendrá de al menos el estímulo que es para uno la presencia de otros seres humanos-; así es que con permanente intensidad el grupo humano se sirve de la fisiocorporeidad singular sometiéndola a una posibilidad fisiológico-sensoria más grupal, multi individual o colectiva, constituyendo solo fisiológicamente en sí misma una especie de carpa invisible que ampara la vida humana del grupo frente a la brutalidad del mundo físico-espacial.

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Imagen de Leviathian, de ilustrador Abraham Bosse

Y que es, por tanto, una forma que tiene el grupo de protegerse en cierto sentido frente a la fisiocorporeidad individual, eso que supone la paradoja central de la experiencia humana que en realidad solo tiene lugar para los individuos en una clase de ensueño fisiológico de su propia singularidad física que, sin embargo, existe y es capaz de sobrevivir solo en la perenne configuración secreta –fisiocorporalmente subyacente- del grupo.

Cultura y lujo, cultura como lujo

Un encauzamiento de la fisiología humana entre múltiples partes, de tal forma que acaba por constituir una forma de orden -significado de hecho y finalmente una racionalidad-, se convierte en un proceso que efectivamente aleja la vida humana de la brutalidad del mundo solo físico-espacial, solo material de los objetos inanimados. En este sentido, la violencia rival y sostenible entre clanes, tribus o incluso equipos de deporte enfrentados, por cuanto procesos fisiológicos (fisiocorpóreos) finalmente estructurados en su misma oposición entre las partes, se alzan independientes de las circunstancias físicos-espaciales que habitan; o cualquier proceso esencialmente totémico de naturaleza posiblemente religioso (como por ejemplo las cabezas humanas miniaturizadas de los guerreros jíbaros (Elias Canetti)), por cuanto ejerce un poderoso estímulo y efecto fisiosensorial –en conjunción con las características universales humanas de la fisiocorporeidad antropológica base, esto es el oprobio biológico-, eleva de alguna manera la experiencia humana efectivamente por encima de la miseria solo físico, solo espacial y de forma bien parecida -solo que hecho de la sensorialidad sociogénética humana- a lo que es el efecto de una alfombra sobre un suelo de barro, o lo que constituye, en otro sentido espacial al otro extremo, una gran carpa por encima nuestra y bajo la cual se puede verdaderamente hacer vida.

¿Qué es eso, sino un lujo fisiológico-sensorial, frente a la miseria físico-espacial, solo material?

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Efectivamente, he aquí un mecanismo bucle que proporciona tanto el estímulo fisiológico-sensorial por una parte (esto es, una sustancia sensorial experimentada por el sujeto percibiente de tremenda fuerza de titilación), como también la misma funcionalidad descodificada de dicha intensidad sensorial que es el arropamiento grupal (mediante el oprobio biológico) de la fisiocorporeidad individual; que es, además y claramente, la obligación simultánea de un modo de individualidad auspiciada -o mejor, exigida– por parte del grupo mismo respecto toda singularidad físico-sensorial. Así, ante tamaño estímulo, la moralidad opróbica se activa, constituyendo por tanto una causalidad fisiosensorial en realidad como fundamento mismo del yo social; una creación y un origen fisiológico-sensorial como raison d’être de la conciencia individual, solo posible bajo el socaire universal de la sociorracionalidad operante del grupo humano específico.

La individualidad es inicialmente un modo «grupalmente» sancionado de vivir el estímulo sensorial particular.

Porque el hecho indiscutible es que los grupos humanos no renuncian ni a su esencia grupal ni a su propio y vivificado experimentar sensorio, sino que subordinan estructuralmente éste a aquélla, siendo al mismo tiempo la sociorracionalidad operativa del grupo (y llave por tanto de cualquier individualidad social posible) un producto siempre también por renovar del propio experimentar fisiológico-sensorial:

La percepción fisiocorpóreo-sensoria (necesariamente solo individual) junto con la naturaleza sociogenética nuestra del oprobio biológico sobre el que se erigen los grupos humanos, suponen la superación efectiva -pero simulada, eso sí- de las circunstancias solo físicas, solo materiales. Y la moralidad como por tanto una especie de espejismo participado de, siempre exigido por, una comunidad, que es moral a fin de cuentas porque cada uno de nosotros, como dependientes del grupo, nos jugamos cada uno la entidad física particular frente a, al mismo tiempo que entre, los demás; que precisamente en el forcejeo nuestro por pertenecer, nuestro estar simplemente físico y corporal se eleva a la calidad del ser antropológico de la única manera que en la historia esto a sido posible, esto es, socialmente.

Y no es extraño, por tanto, que los grupos humanos sobrevivan efectivamente, no en la pura contingencia del mundo real –o no solo en ella–, sino en el control cultural y por ellos mismos de la fuente de su propio estímulo sensorial, dado la importancia del plano fisiológico-sensorial respecto la sociorracionalidad y la relevancia opróbica: tanto la tsantsa  como la tradición de las paleas de gallo, por ejemplo, pueden entenderse precisamente en este sentido de control cultural sobre el estímulo sensorial por cuanto poder vigorizante de la mecánica subyacente de los grupos antropológicos humanos.

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(Foto: Tsantsa)

El juego profundo (deep play) universal y antropológico de Clifford Geertz

De forma parecida funciona la titilación bien traumática que supone presenciar las paleas de gallos, ante las cuales van apostando los distintos grupos sociales y según una red tácita, pero a la vez que bien conocida de alianzas entre clanes que observara el mencionado autor en Bali, allá por la década de los 50. Pues precisamente como bucle funciona el efecto sensorial que es aquella fuerza que, de la violencia atroz de las aves exhibida ante todos, lleva de nuevo al porqué del equilibrio social ya establecido y su oxigenado reforzamiento catártico, que a nivel corporal ciertamente nos dice algo así como he aquí el porqué de esto que somos en nuestras obligaciones y obediencias sociales; y es que ante la ferocidad de nuestra misma violencia individual, solo en el acatamiento de nuestras circunstancias colectivas ha radicado siempre cualquier esperanza de nuestro propio perdurar…

Pero ciertamente no es de forma racional que esto lo acabamos por comprender, sino que la experimentación al menos testimonial de la violencia salvaje de las aves (cada una equipado por cierto con pequeñas cuchillas atadas en los talones) nos condiciona mortificando a la manera de conocimiento finalmente intelectual, pero que no es de origen conceptual de ninguna manera (de ahí la tesis de Geertz precisamente respecto del uso cognitivo de la estética, que para el mundo occidental, por ejemplo, supone el uso que hacemos de la literatura.)

Y así, la supervivencia del grupo como grupo está precisamente en una especie de autoadministración de su propia tonificación sensorial, pues cualquier sociorracionalidad según la que se acabe configurando la experiencia colectiva es siempre y crucialmente una respuesta nunca conclusa a dicha tonificación vital, físico-sensoria. No hay, antropológicamente, otra forma de resolver la paradoja de la supervivencia de los grupos humanos frente a la finitud individual, sino mediante la subordinación de la vida fisiocorpórea individual a las prioridades en realidad del grupo.

El vigor precisamente sensorial es pues la clave: a cambio, se nos brinda una identidad moral fundada en una pertenencia imposible e igualmente inclusa, pero que, aun con todo, nos cobija, eso sí, en la función viva de un yo social.

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Clifford Geertz

La funcionalidad moral de lo racional frente a la fisiología

El artificio que es la racionalidad -o eso que es desde la óptica de la mera experiencia sensorial singular de cada uno de nosotros- surte el efecto de impedir que el grupo se disperse mediante la homogeneización de la experiencia fisiológico-sensoria individual, una homogeneización al menos en tanto sentido que al comportamiento individual se le da el grupo. No es, por tanto, que todo el mundo haga siempre lo mismo, sino que todo lo que acaba por hacer la gente resulta comprensible al menos potencialmente para los demás o, si no, una transgresión en algún grado (o en toda regla) de esa misma potencialidad. Es en este sentido pues, que lo que se concibe como racional es también una fuerza de preservación del fondo moral de la experiencia humana que se articula sin duda en primer lugar en la permanencia del grupo, y después en la pertenencia física -o no- del individuo al mismo.

Es por tanto en la parte mía social y fisiosensorialmente extrínseca que me escudo de esa otra parte de mí pre social y límbica, y que solo conoce el deseo, el confort de la satisfacción, y el terror.

Sin embargo, en un sentido estructural se diría en realidad que es el grupo, y más concretamente su convergencia opróbica en el tejido sensorial mío, que se sirve del artificio que soy yo en mi fisiología hecha extrínseca como yo social y sociorracional, para igualmente parapetarse frente a lo ante social y la oscuridad de lo no inteligible.

Y es que lo no inteligible para los otros solo puede suponer por tanto una existencia sensorial solitaria, encerrada mortalmente en sí que no se relaciona con lo que le rodea y que queda, por tanto, obviada respecto del mundo exterior y también -sobre todo- para sí en la poca constancia conceptual de su propia existencia. Los grupos humanos se hacen, en este sentido y de esta forma aquí esbozada, ellos mismo la luz de su propia conciencia ante la circunstancias físicas-materiales mediante la imposición del artificio social que soy yo, pero en la percepción de los demás; así es que se puede entender que al grupo le doy mi fisiocorporeidad (mi fisiología en mí sensorialidad mediante el oprobio biológico), y a cambio obtengo el artificio de mi propia personalidad social, eso que llaman identidad, que es ni más ni menos que la asignación, en el plano superior estructural de la evolución (y por tanto de la supervivencia real), del lugar físico, más o menos correspondiente, pero personalísimo y único, dentro al menos de lo que supone el tiempo de mi propio recorrido vital. De esta manera el artificio del yo social de esto que soy en la percepción de ellos, se debe concebir como una serte de triunfo funcional del cuerpo individual humano sobre el plano real de lo material al apropiarse de una personalidad socialmente fáctico (sujeto, por tanto, a correr el riesgo de que le arrojen los demás de entre sí).

La inteligibilidad es, como aquí se ve, un proceso en el fondo de benévola coerción de la fisiocoporeidad singular hacia, digamos, la luz del reconocimiento social-grupal, que es lo mismo que decir la obligación para con uno de no quedarse límbicamente recluido solo en la sensorialidad del deseo. Y, sin embargo, esta coerción que libera, que es simplemente una forma de definición por medio de la imposición de límites, no es la única manera de aprovechar la experiencia fisiológica-sensorial nuestra, pues en la oscuridad ante social de solo lo fisiocorpóreo, se consolida efectivamente una autonomía de pura e envigorizada sensación que, bien mirado, puede ser no solo un peligro para la supervivencia de los grupos humanos (que lo es, sin duda por cuanto llegue a deshacer la permanencia del grupo) sino más bien todo lo contrario, si se sabe reconducir ese caudal sensorial vigorizante hacia la reafirmación del grupo, en el estimulo como auxilio estructural precisamente de un orden fisiológico-colectivo ya establecido.

Ya hemos intentado anteriormente poner de relieve cómo la experiencia cultural, respecto de los contextos humanos más sedentarios busca necesariamente su propia estímulo fisiológico-moral (en el sentido de un juego [‘espectáculo’] profundo de Geertz) con el fin estructural de reforzar – esto es, ejercer materializando- la sociorracionalidad de un colectivo particular e histórico, como siempre ha sido en tanto respuesta ante el embate de la realidad físico-espacial. Porque en cierto sentido, solo somos verdaderamente eso que somos nosotros en la experiencia fisiológica-sensorial de cada uno que, no obstante, no desemboque en la disolución definitiva del grupo.

Así es que el estímulo funciona en cierto sentido como un mecanismo de retorno al seno identitario del grupo, que es igualmente la vuelta a casa, como si dijéramos, del individuo respecto al menos su identidad social (que no deja de ser, claro está, indisociable de la identidad fisiocorpóea, puesto que ésta es precondición de, camino a, aquélla); porque el estímulo sensorial, que es solo del individuo en un sentido estrictamente físico, dentro del contexto colectivo viene a constituir una forma de salida lógica para el individuo singular respecto el problema de su propia permanencia entre ellos, pues una fisiología desabrida, más allá de los límites de lo aceptable para los demás, es la tumba misma que se abre ante nuestro ser físico, sin duda, como el foso límbicamente temido de la soledad, el hambre y la aniquilación.

Pero, sin embargo, al cabo seguramente de cualquier niñez, de un individuo cualquiera dentro de cualesquiera grupos humanos sobre la tierra ahora, o en cualquier momento histórico universal después de la agricultura, la experiencia fisiológico-sensoria queda bien adiestrada (y no tanto reprimida) para poder vivirse de la forma más vigorizada posible, pero encauzada dentro de la ya pautada (aunque nunca del todo comprendida) aceptabilidad que son los otros en sus reacciones al estímulo percibido.

Respecto de la experiencia lingüística universal humana, parece lógico suponer que es una maximización de artificio que soy yo en la percepción de los demás, a partir de una congruencia silábica que, poco a poco, permite una elaboración más complejo del yo social que ahora puede explicarse conceptualmente respecto de su vida emocional o sensorial ante los demás -para poder hacer comprender mejor a éstos acerca de aquello interno a mí que ellos no tienen manera de observar-, con el fin de defender el lugar (en realidad) físico propio, si bien se trata de un plano simbólico que solo remotamente -separadamente- se relaciona con la entidad fisiocropórea subyacente. Pero esta separación de la individualidad antropológica en sus dos componentes (la fisiocorporeidad frente al yo social) será, crucialmente, el centro de la vida cultural, sin duda, después de la agricultura y en compensación en buena medida de una fisiología nómada anterior que a partir de entonces se verá en cierta manera atrapada por la vida sedentaria, siendo el recurso a un plano solo simbólico de estímulo (los relatos y lo mitológico, por ejemplo) una necesidad imperiosa respecto de la conservación de los grupos humanos en el tiempo y en la manutención fisioestética, por tanto, de una sociorracionalidad permanentemente por establecer, y nunca enteramente colmada.

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Table of Contents

 

  1. Perceiving and Interpreting: The Logos of the anthropological Self
  2. Foundational Simulacrum in Human Groups
  3. Working a Field Becomes Simulacrum for What?
  4. George Mosse, “The Culture of Western Europe” (1961)
  5. On Konrad Lorenz On Aggression
  6. Physiological Resources and the Simulacra of Anthropology
  7. Constructive Nihilism in Human Group Simulacra?
  8. Hitchcock’s MacGuffins
  9. After the Definitive Fall of Myth
  10. Logical-Conceptual Possibility from Socio-Genetic Physiology
  11. Against the Current (1979) Isaiah Berlin (Princeton Univ. Press, 2001)
  12. Star Trek, The Original: