El bucle fisiológico-racional de los grupos humanos

La sensorialidad humana por cuanto está regida por estructuras opróbicas grupales de relevancia fisiológico-sensoria para el individuo, depende precisamente del efecto de una ejemplaridad viviente en el estímulo y su impresión; porque los contextos sedentarios que no permiten el movimiento permanente físico han de abastecerse fisiológica y sensorialmente de caudal real pero soterrada de la experiencia de la impresión, como condición inexorable de la naturaleza fisiológica humana, y que le sirve al grupo humano estructuralmente hacia su misma definición culturalmente racional, o al menos funcionalmente congruente respecto del grupo y para todo individuo perteneciente al mismo.

La tonificación fisiológico-sensoria del sujeto percibiente es ciertamente la base real de la posibilidad moral humana, lo que crea una férrea interdependencia entre nuestra parte fisiocorpórea, y el yo cultural. De tal manera que es mi percepción vigorizada de todo aquello que me espanta, desconcierta, enfurece o entristece; eso que me parece injusto o me horroriza sobre todo en lo cercano que intuyo que pudiera ser a mí y mi propia conduct potencial: todo esto es justo lo que me incita y fustiga hacia mi propio ser socialmente congruente, como en realidad una cuestión de vida y muerte, pues es mi proximidad sensorial al horror (en todas sus variables manifestaciones) que forja mortificando, digamos, mi propio yo racional en su sujeción, siempre transitoria, a la congruencia social que efectivamente me cobija, desde luego, si es que logro que los otros no me expulsen, apedreen, o de otra manera se vuelvan, ultrajados y enfurecidos, como colectivo, sobre mí…

Porque nunca se sabe, pues en la duda precisamente de la tension moral de un yo que jamás se colma como definitivamente perteneciente al grupo (puesto que somos singularmente físicos, cada uno por siempre como la madre que a cada uno nos trajo al mundo), está la razón de ser y el porqué de mi propia racionalidad, el porqué me importa tan poderosa y visceralmente el serlo. Lo que implica sutilmente que por norma no lo soy (esto es, racional en un sentido socialmente congruente) por naturaleza, de la misma manera que jamás físicamente puedo integrarme totalmente en ningún grupo humano.

En el horror de la violencia percibida, que lo es siempre por el fundamento moral sobre el que se asienta en mi propia naturaleza sociogenética y opróbica -como precisamente ejemplos vivientes percibidos de los que ya no pueden contarse entre nosotros, bien como víctimas, o bien agentes de la violencia sobre otros pero cuyo fuerza mortificadora no podemos nunca sensorialmente soslayar-, quedamos renovadamente ejercitados, en toda fibra opróbica corporal nuestra, en el porqué nada menos que del acto moral humano, que es simplemente el refuerzo de nuestra naturaleza social y la dependencia en realidad física del grupo que es sin duda el espacio real en el que transcurre inexorablemente nuestra existencia sensorial.

Y aunque no soy exactamente consciente de ello, cuando me someten mis propios sentidos a la experimentación de alguna forma del horror, sin emabrgo, sí sé que no quiero ser eso, igualmente respecto a las imágenes de cualquier víctima despojado de la vida que he de contemplar, como respecto a los que lo hicierion: en ambos casos nace en nosotros una necesidad visceral (esto es ´fisiológica´) de permanecer nosotros, a toda costa, en el grupo y a petición feroz y verdaderamente imisericorde, como si dijeramos, de nuestro propio cuerpo, pues es de repente nada menos que la voluntad humana de perdurar lo que nos encauza hacia el grupo matriz y su cobijo, y respecto todo aquello en el que se sostiene, como sus normas, instituciones, lengua, valores y mitos, siendo la aceptación de los mismos y su asunción por parte del individuo la mayor forma de integración ahora posible (puesto que el cuerpo propio, el final y cabo, siempre te lo quedas tú, irremediablemente).

O esto al menos transitoriamente, como digo, porque se trata de una forma en realidad de tensión estructural y antropológica (desde luego), que precisamente para retener su vigor y disponibilidad, ha de alimentarse y cultivarse en su propio mantenimiento a través del tiempo. Y porque, no se olviden, el mal también atrae, que en cierto sentido es una bendición, puesto que precisamente eso de la naturaleza humana -su ambivalencia-obliga igualmente al ejercicio racional repetido y reforzado también por parte del grupo. Esto es, en la recia sensorialidad fisiológica nuestra, si se mira bien, ciertamente encontramos la llave a nuestra propia existencia racional-moral sin la cual los grupos humanos jamás hubieran podido permanecer sin dispersarse.

Y así no tenemos más remedio que afirmar que somos racionales porque no lo somos en el fondo; e igualmente si el fondo fisiocorporéo nuestro se viera por cualquier circunstancia alterado, el sentido y funcionalidad del ser racional nuestro también cambiaría. Y otro tanto: la civilización y su anclaje moral, como aquí se infiere, se basa en una permanente tensión diríamos metabólica que requiere en el fondo una cantidad enorme de energía y sustancia simplemente fisiológica.

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*Versión ligeramente distinta de un texto anterior del mismo título.

¿Antropologías agrícolas defectivas?

Los grupos humanos que viven de forma no arraigada y nómada no tienen tanta necesidad de una sociorracionalidad muy elaborada, puesto que las reglas sobre cómo relacionarse con el espacio físico y su misma administración por el grupo, no son tan importantes y dado que siempre aparece más espacio, como sí dijéramos, debido al mismo avance físico grupal. En cambio, los grupos que viven en entornos físicos limitados (a causa de los límites naturales geográficos o debido simplemente a la vida agrícola) tienen, en cambio, que encauzar la vida fisiológica del grupo según un orden opróbico que sí permite el uso del espacio real físico por parte de un colectivo humano, y sin que éste se disperse; este encauzamiento es, por tanto, mucho más intenso, y con el tiempo, conduce a una elaboración mayor de la personalidad social sobre todo por cuanto la limitación físico-espacial tiene que compensarse en el ámbito fisiológico-semiótico. Dichos entornos fisiosemióticos acaban siendo de naturaleza totémica, puesto que es el ámbito fisiológico-sensorial y fisiocognitivo que se presta a compensar los grupos humanos por la limitación físico-espacial que implica la vida agrícola, o la de aquellos grupos que por otras causas resuelven quedarse establecidos en asentamientos más duraderos (en su dependencia, por ejemplo, del interior de un bosque como fue el caso de los pigmeos con los que conviviera el antropólogo Colin Turnbull, pero cuyo sustento más importante, no obstante, seguía siendo la caza).*

Pero respecto los entornos antropológicos agrícolas, y desde la óptica del sostenimiento antropológico precisamente en cuanto una naturaleza fisiológica humana que se encuentra sin embargo obstaculizada, la tecnología entendida como el desarrollo de la comprensión humana a través de la observación científica (y la capacidad humana de control que de ello resulta en forma de tecnología) pudiera concebirse como la canalización -¿óptima?- de la fisiología humana dentro de contextos sedentarios, puesto que dichos contextos son entornos antropológicos en cierto sentido ajenos a nuestra fisiología opróbica base y grupal. Y es que el acto permanente de apartar la subjetividad propia -aun siendo esto de lo más imperfecto- que, como metodología requiere la ciencia, es, sin embargo, una forma de vivir nuestro ente físico a modo nómada, como si dijéramos, más allá de la consideración del grupo puesto que avanzamos adentrándonos a cada paso en lo incógnito, o eso al menos es como hay que considerar el mundo no aprehendido que, a partir de nuestros sentidos -o la extensión mecánica de los mismos- vamos escudriñando. Dicho proceso adquiere así el modus operandi de un perpetuo avance, como si de una tierra nueva y desconocida se tratara, aunque no implica necesariamente movimiento físico alguno.

La sociorracionalidad, la fisiología «entrenada» y la agencia fisiorracional

Resulta necesario, entonces, definir con más exactitud qué cosa sea esto de lo racional. También sería importante comprender de qué manera y en qué medida resulta no racional lo sociorracional, por cuanto la conducta culturalmente aprehendida funciona por sí mismo y esencialmente a piloto automático, lo que convierte el verdadero pensamiento racional en algo que tiene lugar más allá de -aunque al mismo tiempo que en base a- este plano cultural previo, pero en sí mismo sociorracional. O sea, pudiéramos hablar también de ámbitos racionales encadenados y en cierto sentido sucesivos. Y, por último, una cosa sería la sociorracionalidad opróbicamente consolidada, y otra la agencia fisiorracional del individuo, respecto de su propia autoimposición dentro de ámbitos semiótico-simbólicos que culturalmente estén a su disposición y que, como elementos auxiliares de apoyo, permiten que los grupos humanos se compensen por la limitación fisiológico-sensoria que supone la vida sedentaria y agrícola (y dado que la sustancia fisiológica nuestra sigue siendo nómada en su raíz).

Conceptos importantes también:

–la complacencia antropológica y

–la precariedad sensorial.

-Véase notas anteriores sobre sincretismo y la individualidad antropológica.

Posible núcleo, entonces, de la noción de la especie humana como «defectiva»: lo desconocido vivifica en realidad nuestros lazos con lo consabido fisiosocial; que la evolución ha llegado a fortalecer los grupos humanos haciendo que estos, mediante la percepción individual, se sirvan de los sobresaltos y amenazas ambientales para vivificar su propia consistencia colectiva en el tiempo. Luego, la vida sensorial precisamente ante lo desconocido y enfrentada de alguna manera con él, es de las más tonificantes que podemos conocer los seres humanos por cuanto nuestra fisiología ha quedado fuertemente condicionada a modo de una mecánica de reforzamiento grupal (o sea, de supervivencia de la especie al final y cabo). Esto también implica que estamos «diseñados» según la evolución particular nuestra para no quedarnos jamás satisfechos en cuanto la necesidad de estímulos, sino que una fuerza especialmente poderosa dentro de nosotros busca su propio encandilado sustento en el estímulo en sí mismo, lo que sin duda es un factor difícil de acomodar a los contextos sedentarios.

En este sentido, los grupos humanos han llegado a apropiarse también de su propio espacio de estímulo sensorial en forma de leyendas fundacionales que son, en efecto, artefactos sensoriales que se manejan precisamente por la fuerza fisiológica que ejercen sensorialmente sobre los individuos y entre sí, verdaderamente como una sustancia sobre todo fisiológica que es en sí misma una identidad cultural, aunque vaya acompañado también por estructuras lógicas ya culturalmente descodificadas, ya hechas sociorracionales.

Y esto, por otra parte, apunta a la básicamente inexorable aparición histórica de la ciencia, puesto que como metodología supone una forma de soslayar la condición física sedentaria a través de un perpetuo adentrarse al menos fisiológico-conceptual en lo desconocido, lo que bien mirado constituye asimismo una forma sin fin de avanzar, no en lo físico -pero sí fisiológicamente como nómada- de una forma más acorde precisamente con nuestra fisiología base, pre-agrícola.

Aunque la ciencia, enfocada de esta manera y desde este vertiente digamos fisio antropológica, supone asimismo el arrumbamiento en realidad del grupo, puesto que para conseguir crear este estado de avance nómada que está en el seno secreto de la actividad científica, se hace preciso prescindir de la individualidad opróbica por parte del observador empírico: el escrutinio técnico-empírico se libra de su propio anclaje antropológico puesto que, en su forma más elevada, se realiza sin consideración alguna, en principio, por cualquier consecuencia como para el cuerpo propio que pudiera haber; esto es, el quehacer científico supone una forma de conducta del todo anómala respecto de las acciones humanas normales que están siempre sujetas a alguna forma de fuerza moral como previsión de la consecuencias para uno de los actos propios -el miedo y la presión tácita del que dirán– que no tiene nada que ver con la labor, en principio abstracto de la hipótesis, ni tampoco con la comprobación después mediante la fría observación simplemente empírica. Y al no tener nada que ver con el plano sociomoral de la fisiología humana en su verdadera condición antropológica -esto es, grupal-, la ciencia en su mecánica puramente técnica se abstrae del plano socio-fisiológico y bio opróbico, dejando el científico solo ante la realidad observable; pues solo de esta manera se consigue recrear -mediante nuestra fisiología cognitiva- el simulacro nómada ya mencionado, que tiene lugar precisamente por cuanto se prescinde del grupo obviando toda noción moral, siempre en cuanto metodología técnica (que solo después se aplicará al mundo socio-moral).

 

Espectáculos morales en la antropología sedentaria

Ver un película en una sala de cine supone la suspensión temporal de la experiencia corporal, puesto que dentro de la sala a oscuras e imposibilitado el movimiento físico (más el relajamiento metabólico a que esto conduce), la experiencia únicamente sensorial, exclusivamente fisiocognitiva se potencia claramente. Pero la experiencia fisiológico-sensoria, que es experiencia más fisiocognitiva que física, sigue siendo experiencia opróbicamente relevante para el individuo antropológico en su ente fisiocorpóreo y ante social. De hecho, se puede calificar toda experiencia estética (pero en realidad lo mismo cabe decir respecto lo sensorial en general) como experiencia esencialmente moral y de alguna obligación para el individuo particular, al menos en el plano opróbico de la totemicidad singular y propia. Pero esta moralidad fisioestética dentro de la representación y a partir de la percepción de la misma por parte del individuo singular, no es de ninguna manera físicamente moral en el plano sociorracional de la comprensión publica; y no tiene, por tanto, incidencia corporal-estructural respecto del grupo antropológico porque no trasciende el ámbito fisiocognitivo individual al mundo públicamente observable. Pero precisamente por eso, porque la experiencia solo fisiológicamente moral no tiene por qué adquirir el peso real de lo socialmente observable, la moralidad misma puede transformarse cada vez más en una forma de titilación moral respecto la fisiocorporeidad individual -como esencialmente un modo de «entretenimiento» – y puesto que la trayectoria física del hombre sedentario, al discurrir histórico del desarrollo tecnológico, nos ha alejado también de la necesidad moral físicamente inmediata.

 

Brota dios del subsuelo nómada nuestro

Porque los contextos inmóviles (los agrícolas, o los bosques, o respecto de grupos humanos que habitan alguna isla) no pueden servirse ya del movimiento en sí de la misma forma que los grupos nómadas sí que dependen de él; pero permanece como constante la fisiología original humana que la vida agrícola no llega a alterar, puesto que la mayoría de las fuerzas de selección natural que actuaban sobre los grupos humanos desaparecen finalmente. Y porque sin el sostén del movimiento en sí, los seres humanos no tienen más remedio que abrirse el uno al otro de forma que se hace inevitable históricamente el desarrollo moral, y principalmente debido quizá al aumento de nuestra exposición al dolor frente a seres humanos ahora mucho más próximos a nosotros simplemente en el quehacer diario; dolor que, no obstante, no se puede obviar a través del desplazamiento físico como sí hacen los grupos nómadas.

En este sentido, se hace necesario un modelo totémico como espacio conceptual-moral en el que los seres humanos pueden ejercitarse fisiológicamente, pero sin que se generen distorsiones directamente físicas, por mor de sostener en el tiempo el grupo ahora sedentario: a partir de este momento los dioses necesariamente antropomorfos son la respuesta a esta nueva necesidad.

 

Campos totémicos ampliados de la antropología agrícola:

Sensorialidad intensa y susceptible al aburrimiento, como imposición del grupo finalmente sobre individuo (anterior a la agricultura)

+

Desplazamiento físico inmediato (que garantiza y mantiene estímulos simplemente en el movimiento) queda impedido por contextos sedentarios (agrícolas, una isla, etc).

+

Necesidad de canalizar fisiología y sensorialidad dentro de cauces auxiliares (sobre todo en el plano simbólico ya que obvia la limitación física de una forma al menos fisiológicamente palpable para nosotros ).

+

Problema del dolor que provoca la inmediatez humana en el quehacer diario sedentario y ante la violencia, enfermedad y muerte de los otros (y sin poder recurrir al desplazamiento en forma del movimiento físico de andar y los efectos sedantes del mismo. )

+

Compensación en forma de espacios totémicos más amplios que permiten también la elevación moral de los individuos frente a y en, los otros: 

POSTULACIÓN DE DIOS (O DIOSES) ANTROPOMORFOS

 

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*Colin Turnbull es autor de The Forest People, 1961. En el libro el autor describió su tiempo de verdadera integración en grupo de pigmeos del Zaire en los años 50 del siglo XX; y es un grupo, tal como relata Turnbull, que sí desarrolló un alto grado de espiritualidad ritual y organizada, respecto del bosque (de forma parecida a como lo hacen los grupos sedentarios respecto las fuerzas naturales, climatológicas y de la agricultura-) a pesar, no obstante, de vivir de un modo aun de cazador. Se postula aquí que dicha espiritualidad más desarrollada se debe precisamente a su dependencia del bosque a modo de una matriz viviente y natural, que producía un contexto en realidad sedentario más amplio y con los efectos correspondientes característicos de la antropología sedentaria (desarrollo espiritual en ciernes de una religión más o menos «institucional»)

 

 

Comentario antropológico del libro de Jeremías

Jeremías 3

Presentación por primera vez de una forma de cielo de «tierra prometida» que Yahvé establecerá algún día cuando la gente ya no siga sus malvados corazones; y será entonces cuando la población se multiplicará, pero no ahora. De hecho, el presente narrativo constituye el punto de arranque del castigo que Yahvé comienza a infligir a su pueblo por haberse apartado de él, su dios; pero que supone precisamente una causalidad aplicada -desde luego no empírica- que en el plano psicológico logra transformar vulnerabilidad frente a un mundo hostil (respecto tanto de los elementos naturales, la hambruna y las enfermedades, como los grupos humanos enemigos) en la culpa que necesariamente se tiene que asumir uno mismo, y esto verdaderamente como una forma de poder en vista de circunstancias extremadamente adversas. Y así, el sufrimiento padecido tiene al menos sentido.

Efectivamente, son los efectos sensorialmente poderosos lo que se pueden asignar como causa, y respecto de una lógica causal que se quiera, siempre que los asertos finales no puedan contradecirse.

En distintos momentos la narrativa de Jeremías vuelve a sacar a relucir este juego entre el castigo en el ahora, frente al futuro, pero de forma también insinuada, lo que establece una relación sutil entre una imaginería de asentamientos y ciudades habitadas (promesa futuro), y su contrario solo insinuado precisamente en cuanto antonimia pictórica (ciudades desoladas y vacías) como consecuencia horrenda precisamente de las afrentas a Yahvé.

Tema de la selección del remanente sobreviviente, como forma también de poder del dios todopoderoso que remite a Noé, y quizá como un ideal del poder absoluto sobre la vida que el ser humano solo puede llegar a conocer en cuanto a un grupo, por ejemplo, de ganado ovejuno, pero solo en forma normalmente de proyección sobre lo abstracto y no en cuanto a seres humanos reales y sus grupos.  

12 Ve y proclama estas palabras hacia el norte, y di: Vuélvete, oh rebelde Israel, dice Jehová; no haré caer mi ira sobre ti, porque misericordioso soy yo, dice Jehová; no guardaré para siempre el enojo.

13 Reconoce, pues, tu maldad, porque contra Jehová tu Dios te has rebelado, y has repartido tus favores a los extraños debajo de todo árbol frondoso y no has escuchado mi voz, dice Jehová.

14 Convertíos, hijos rebeldes, dice Jehová, porque yo soy vuestro esposo; y os tomaré uno de cada ciudad y dos de cada familia, y os llevaré a Sion;

15 y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con conocimiento y con entendimiento.

16 Y acontecerá que cuando os multipliquéis y crezcáis en la tierra, en aquellos días, dice Jehová, no se dirá más: Arca del convenio de Jehová; no vendrá al pensamiento, ni se acordarán de ella, ni la visitarán ni se hará otra más.

17 En aquel tiempo llamarán a Jerusalén Trono de Jehová, y todas las naciones se congregarán en ella en el nombre de Jehová, en Jerusalén; y no andarán más tras la dureza de su malvado corazón.

…

 

Jeremías 4

Primera imaginería explícita y directa de ausencia humana

…

23 Miré a la tierra, y he aquí que estaba desordenada y vacía; y a los cielos, y no había en ellos luz.

24 Miré a los montes, y he aquí que temblaban, y todos los collados se estremecían.

25 Miré, y he aquí, no había hombre, y todas las aves del cielo se habían ido.

26 Miré, y he aquí, el campo fértil era un desierto, y todas sus ciudades fueron asoladas delante de Jehová, delante del furor de su ira.

27 Porque así dijo Jehová: Toda la tierra será asolada, pero no la destruiré del todo.

28 Por esto la tierra estará de duelo, y los cielos arriba se oscurecerán, porque he hablado, lo he pensado, y no me arrepentiré ni me volveré de ello.

29 Al estruendo de la gente de a caballo y de los flecheros huye toda la ciudad; entran en las espesuras de los bosques y suben a los peñascos; toda ciudad es abandonada y no queda en ellas hombre alguno.

…

Jeremías17

Una sustancia fisiológico-sensoria que tiene imposibilitada cualquier subjetividad racional mayor y más allá de lo puramente sensorial y del temor. Y así no puede percibir el bien, lo que sugiere que una subjetividad mayor tiene que tener disponible un modelo al menos totémico con el que relacionarse y al que podrá aspirar a emular (esta es, en efecto, la base de la relación del hombre y toda divinidad frente a la cual se sabe uno mismo existente, no solo físicamente sino en cuanto a un cierto paradigma moral; y esto en el plano fisiocognitivo y totémico es aun más poderoso por cuanto incide en la misma fisiocorporeidad ante social).

–Profundidad «no sondada» o «imposible de sondar»

–Dios sobre todo porque traspasa el mundo físico para ver dentro de cada uno, y en cualquier punto geográfico…

Base del falso juego de lo abstracto frente a los simples objetos físicos pues a lo abstracto se le puede asignar causas que son reales solo en cuanto a sus efectos (y en la efervescencia fisiológica de la percepción humana de los mismos) mientras su verdadera fortaleza -de lo abstracto y los asertos que se hagan de ello- está en realidad en el hecho de que dichos asertos no pueden contradecirse, pero de ninguna manera en que sean empíricamente ciertos.

La fisiología animal comprendida a lo Konrad Lorenz

El «día del mal» como insinuación y verdadera fisiotitilación que se suma a simplemente la angustia.

Ciudades para siempre habitadas como imaginería se sostiene de forma críptica en otra imaginería contraria, la de ciudades desoladas y deshabitadas que, sin embargo, no se habla nunca (o al menos inicialmente según el discurrir narrativo de Jeremías) de manera directa, sino mediante su contrario, precisamente para jugar con el efecto tan poderoso fisiológico-sensorial, pero mediante lo que es, inicialmente solo una insinuación a la que está obligadamente abocada la mente a través del contrario.

…

8 Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echa sus raíces, y no temerá cuando venga el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se angustiará ni dejará de dar fruto.

9 Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y sin remedio; ¿quién lo conocerá? [lo «no sondable» que corresponde en el plano estructural a la existencia “idiosincrática” de ser físico singular que se extrapola necesariamente de lo sociorracional porque es la fuerza productora de esa misma posibilidad sociorracional ]

10 Yo, Jehová, escudriño la mente y pongo a prueba el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.

11 Como la perdiz que cubre lo que no puso es el que amontona riquezas, y no con justicia; en la mitad de sus días las dejará, y en su final será un insensato…

…

25 Entrarán por las puertas de esta ciudad, en carros y en caballos, los reyes y los príncipes que se sientan sobre el trono de David, ellos y sus príncipes, los hombres de Judá y los moradores de Jerusalén; y esta ciudad será habitada para siempre.

26 Y vendrán de las ciudades de Judá, y de los alrededores de Jerusalén, y de la tierra de Benjamín, y de la llanura, y de los montes y del sur, trayendo holocausto y sacrificio, y ofrenda e incienso, y trayendo ofrenda de gratitud a la casa de Jehová.

 

Jeremías 18

Instrumentalización del hombre por Yahvé

Pero todo esto es requisito necesario para crear una causalidad lógica (aunque no desde luego empírica) del infortunio mismo que acaece a Isreal (o el «grupo humano» cualquiera y universal), porque nos lo merecemos debido a las transgresiones que hemos cometido que es lo mismo que procurar apropiarnos nosotros de las causas del mal que nos acaece por mor siempre de la manutención y refuerzo simplemente del grupo, en el tiempo. Con lo que somos verdaderamente cautivos ante todo del postulado nuestro que es la divinidad, siempre como recurso natural a la unidad del grupo en la posibilidad de apelar a alguna clase de autoridad más alta y universal. Cautivos, además, de la misma subjetividad ahora más exigente y elaborada que nos brinda nuestra unión simbiótica -en el plano fisiológico-sensorial- con el grupo.

Lo no sondable que es singularidad fisiológica-sensorial lo entendemos como la libertad moral, cuando en realidad es la pieza estructural inicial de lo que después supone la elevación de la subjetividad cognitiva que permiten los grupos humanos.

 

Funcionalidad antropológica de los grupos humanos:

Imaginaría apocalíptica (que es una forma de estímulo sensorial ilícito a la vez que controlado)

            PERMITE ENTONCES

el establecimiento de una causalidad lógica y sociorracional.

Es decir, el estímulo -ahora fisioestética– viene a constituirse en verdadero motor y reforzamiento de lo sociorracional y la individualidad social que, por tanto, esa sociorracionalidad pone a disposición de la individualidad fisiocorpórea singular. La necesidad de control por parte de los grupos humanos de su propia experiencia sensorial debe considerarse por consiguiente como imprescindible para el reforzamiento de su propia sociorracionalidad y la «conciencia» grupal-cultural al que conduce lo sociorracional, lo que predetermina, a su vez, la subjetividad cultural singular (esto es, la individualidad social de cada uno de nosotros, aunque no la personalidad, claro está.) Queda claro, por otra parte, que el desprecio feroz de la imaginería que muestra el libro de Jeremías remite sutilmente al verdadero poder cultural de las imágenes en general sensoriales, puesto que los grupos de personas se sirven de ellas para forjar la única forma de unicidad colectiva posible, a través de la experiencia fisiológica-sensorial como la mayor unión funcional entre los seres humanos que así rentabiliza la singularidad física, en realidad, en vez de reprimirla; dicho poder se refleja en Jeremías como una disputa, un tanto soterrada, de control sobre la imaginería, dado el efecto en verdad antropológco-estructural que tiene la sensorialidad sobre los seres humanos y los grupos de los que dependen.

 

Capítulo 35

Se elogia y se bendice a los recabitas por su obediencia.

Obligación de vivir de forma sedentaria ya que la lógica y el porqué de interactuar totémicamente con un dios postulado (o con los dioses) se basa precisamente en el estado fisioexistencial sedentario-agrícola, y no en el nómada.

Táctica de apropiarse de las causas del sufrimiento que a uno le acaece (y sobre el cual tiene muy poco control real) postulando sobre el espacio totémico-semiótico que, por su calidad no real y abstracta, sí permite que se manipule como resorte entonces disponible. Y es así como una posible precariedad sensorial se convierte en una cierta disponibilidad fisiosemiótica fisiológicamente racional, como ámbito donde sí puede imponerse el hombre, siempre en conjunción con la fisiología humana en su vertiente zoológico-grupal que permite el posicionamiento firme sobre sí de la posibilidad moral del grupo humano y su sociorracionalidad operativa, frente al mundo material.

Elogio tácito de esencia moral humana y su origen sociofisiológico que es el grupo humano universal; o bien, se percibe cierto cariño «nostálgico», quizá, por los “Abeles” de la relación entre el hombre y Yahvé a través de la (su) historia.

Porque en cierto sentido, la existencia de Yahvé supone el nacimiento de la subjetividad grupal (como conocedor ahora de sí mismo frente a otro), además de la necesidad, ahora técnica-estructural, de la individualidad físicamente singular (esto es, como sujeto ahora y necesariamente moral), aunque anterior a Yahvé sí que existía la lógica fisiocorpórea del grupo y su sociorracionalidad funcional, como germen de lo que sigue después en cuanto sociorracionalidad plenamente lingüística.

Jonadab + Abel: Representan ambos el origen pre-racional de la sociorracionalidad agrícola en la figura de nómadas que solo de forma incipiente necesitan la postulación de dios en aras de la permanencia en el tiempo del grupo, puesto que el movimiento mismo es su sustento estructural más importante en este sentido y aquello del que carece precisamente la antropología agrícola (razón por la cual la antropología agrícola se tiene que compensar dicha carencia física real dentro del ámbito fisiológico-sensorial y semiótico, puesto que la fisiosensorialidad humana base es la misma respecto de las dos modalidades antropológicas.) Por lo tanto, se puede considerar de forma un tanto nostálgica que a Abel se le deja de lado y puesto que no puede acompañarnos en el paso de lo (semi)nómada a la sociedad sedentaria; aunque sí que nos acompaña de forma críptica por cuanto es la garantía no presente de nuestra misma necesidad de dios, esto es, de una subjetividad socialmente comprensible en los demás que solo el dios-árbitro y autoridad más alta puede garantizar, y que supone después nuestra propia subjetividad ahora conceptualmente moral y sin duda elevada, pues no de otra manera han logrado los grupos humanos más sedentarios permanecer juntos en el tiempo. Y este «cariño» que muestra el Yahvé del libro de Jeremías a Jonadab es también una muy necesaria tolerancia que hemos de conocer cada uno de nosotros -como seres agrícolas- en alguna medida y respecto, en realidad, una parte bastante recóndita de nosotros mismos.

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6 Mas ellos dijeron: No beberemos vino; porque Jonadab hijo de Recab nuestro padre nos ordenó diciendo: No beberéis jamás vino vosotros ni vuestros hijos;

7 ni edificaréis casa, ni sembraréis sementera, ni plantaréis viña, ni la retendréis; sino que moraréis en tiendas todos vuestros días, para que viváis muchos días sobre la faz de la tierra donde vosotros habitáis.

8 Y nosotros hemos obedecido a la voz de nuestro padre Jonadab hijo de Recab en todas las cosas que nos mandó, de no beber vino en todos nuestros días, ni nosotros, ni nuestras mujeres, ni nuestros hijos ni nuestras hijas;

9 y de no edificar casas para nuestra morada, y de no tener viña, ni heredad, ni sementera.

….

18 Y dijo Jeremías a la casa de los recabitas: Así ha dicho Jehová de los ejércitos, el Dios de Israel: Por cuanto obedecisteis el mandamiento de Jonadab, vuestro padre, y guardasteis todos sus mandamientos e hicisteis conforme a todas las cosas que él os mandó,

19 por tanto, así ha dicho Jehová de los ejércitos, el Dios de Israel: No faltará de Jonadab hijo de Recab, hombre que esté en mi presencia todos los días.

Una misma fisiocorporeidad respecto, sin embargo, dos contextos antropológicos diferentes. Y así, en realidad se trata de dos modos de sociorracionalidad diferentes, puesto que la constante por debajo de todo, vamos a suponer, sigue siendo la fisiología humana (o la fisiocorporeidad). En este sentido, no se puede decir que J+A sean el origen pre-racional de la sociorracionalidad agrícola, sino que son ellos mismos también una forma de sociorracionalidad (nómada) diferente de la agrícola. Pero lo que serían para nosotros «la sombra» de otra tiempo fisioantropológico que se refiere no tanto a lo contextos nómadas, sino a la fisiocorporeidad humana en sí, si bien los grupos nómadas se fundamentan igualmente en el oprobio biológico, no desarrollan espacios totémicos más elaborados (más allá de los lingüísticos, que es ya decir y significativo en sí) por el hecho de que se estructuran su espacio fisiológico-existencial en el movimiento mismo, que es precisamente a aquello de lo que carecen los contextos agrícolas y, en compensación del cual surgen las espacios totémicos más amplios y el desarrollo de divinidades antropomórficas.

 

Capítulo 44

Se personifican de alguna manera las fuerzas mayores (guerra, hambre, pestilencia) en la figura causal de Yavhé que de esta forma tienen una entrada «racional» (o sociorracional y semiótica) en la vida de la gente; y que, mediante estas postulaciones causales -y sobre todo frente a ellas- toma forma la propia existencia nuestra como entidad finalmente conceptual, por encima de una sensorialidad que de por sí no significa sociorracionalmente nada. Porque, faltando esta existencia conceptual respecto de una fisiología finalmente descodificada, ¿cómo se preservaría el grupo en el tiempo, y dado que la sensorialidad humana es también y necesariamente la soledad nuestra como ente físico, exclusivamente singular?

La ofensa sensorial(21) Que es esta en la que se basa todo argumento causal posterior, respecto de lógicas impuestas como causas sobre lo que en realidad son los efectos sensorialmente percibidos y padecidos. Y es que la fuerza de la percepción sensorial deviene en motor de toda posibilidad también moral posterior, una y otra vez, y dado la naturaleza insaciable del estímulo que siente el hombre (y mediante la cual la selección natural hizo posible la permanencia del grupo en el tiempo); porque la contingencia sensorial extrema supone, respecto del grupo, la crisis de una nueva necesidad de codificación grupal, sociorracional. Y dicha materia bruta, digamos, que está hecho del tejido fisiológico de todo individuo físicamente singular, los grupos humano la han llegado a utilizar históricamente para edificar un entramado sociorracional que permanentemente puede volver a activarse frente a nuevos estímulos aumentados y el frenesí novedoso. Y en la nueva crisis fisiologica-sensorial, que siempre se subordina a una nueva descodifiación nuevamente reforzada, el grupo logra apropiarse de su propia experiencia sensorial que como tal es moralmente relevante para toda singularidad física y supone por tanto y en sí mismo una subjetividad cultural particular, y de esta forma conocedora de sí misma. 

Grupos humanos que en realidad ya no son tan móviles puesto que el arte siempre compensa las limitaciones reales en la que viven los que consumen ese arte (la limitación fisiológica de la sociedad agraria), lo que sugiere que la vida real era plenamente sedentaria y que esto se contemplaba como un estímulo de justificación y refuerzo de la situación real y consagrada (antropología sedentaria); y esto además porque sin la vida sedentaria no hay en realidad una necesidad muy apremiante de que haya dios (de ahí que se mostrara tan enfurecido Yahvé en realidad ante los nómadas o semi nómadas, al tiempo que les brinda un cierto cariño nostálgico e intuido).

 

FORMULA DEL 21 AL 23 EN IMAGINERÍA

Destello sensorial por efecto de libaciones e incienso (ilícito) 

                       EQUIVALE A 

                                          ciudades desiertas.

 

Yahvé entrega Judá pecador a Babilonia; remanente huye a Egipto. Después Yahvé persigue remanente y entrega Egipto también a Babilonia.

-Con todo lo cual se puede entender el libro de Jeremías como un canto a la eminencia de la vida sedentaria pero mediante una imaginaría de espanto respecto a su pérdida, que es esencialmente aquello que viene a formar una suerte de juego de tensión entre el aburrimiento de la complacencia antropológica (de las sociedades sedentarias y agríciolas) y la experiencia fisiocorpórea-sensorial de su pérdida, que viene a constituir un mecanismo finalmente de refuerzo -que es en realidad una suerte de estado de suspension- de esa misma complacencia antropológica de la única manera posible que es por medio de la precariedad sensorial; o sea, se convoca nuevamente la socriorracionaldiad pero en realidad através de la experiencia sensorial intensa que, claro está, el grupo y su estabilidad semiótica ya establecida tiene que volver a sociorracionalizar nuevamente.

-Pero también hay que entender que esta precariedad sensorial se tiene que garantizar a través de una fisiología puramente estética (de una sensorialidad estimulada en buena medida  solo estéticamente), lo que supone un cierto grado de control por parte del grupo -en sus rituales, espectáculos y su imaginería escrita- sobre su propia vida sensorial; aunque en este sentido habría que suponerse también como necesaria un grado mínimo de contingencia real -o política- que también presione forzando los grupos hacia su propia renovación sociorracional nunca del todo culminada.

 

Jeremías 50

Anuncio de destrucción (finalmente) de Babilonia que hasta entonces ha sido solo un instrumento de persecución y destrucción manejada por parte de Yahvé contra su propia nación; por eso esta es la parte estructuralmente final, según la idea de todo lo que siembro, también lo destruyo, que en más de una ocasión dice Yavhé, pues no puede haber más a partir de este punto como cierre del ciclo narrativo. Y así, se apropia Yavhé de la misma causalidad del mundo político real, mediante Yavhé como postulación no física -que es, claro está, la única forma que uno puede de hecho apropiarse de la causalidad real del mundo-; resulta claro, entonces, que Yavhé tal como lo retrata la narrativa de Jeremías, es un mecanismo de granjear e imponer sentido al mundo ante todo y respecto de un grupo humano particular cuyo papel real consiste en padecer ese mismo mundo del que solo fisiosemióticamente llega a dominar. 

 

Capítulo 50

-La ofensa sensorial

Fórmula lógica causal:

Destello sensorial no lícita 

                              EQUIVALE A, CONDUCE A 

                                                                      imaginería de ausencia humana.

..

2 Anunciadlo en las naciones y hacedlo saber; levantad también estandarte; publicadlo y no lo encubráis; decid: Tomada ha sido Babilonia, Bel está avergonzado, destrozado está Merodac; avergonzadas están sus imágenes, destrozados están sus ídolos.

3 Porque sube contra ella una nación del norte, la cual pondrá su tierra en desolación; y no habrá ni hombre ni animal que en ella more; habrán huido, se habrán ido.

…

38 Sequedad sobre sus aguas, y se secarán; porque es tierra de imágenes talladas, y con sus ídolos se enloquecen. [causalidad clásica de la maldad de la sensualidad respecto del grupo]

 

Jeremías 51 

(penúltimo capítulo)

-Yavhé como el hacedor: Babilonia fue instrumento de Yavhé contra «cariñosamente» su propio pueblo, y al destruir finalmente Babilonia, es Israel que ocupa la posición de instrumento y martillo de Yahvé; con lo que se ha producido una usurpación de la fuerza de Babilonia por parte de Israel mediante su postulación y «juguete» que es Yavhé.

-Odio a la sensorialidad: Yahvé la explota contra los babilonios para engañar y destruirlos.

-Intento de traspasar el límite del texto escrito (del ámbito fisiosemiótico y sociorroracional) a la realidad física de la única manera posible que es destruyendo aquello que ha construido el hombre -el texto escrito- de la misma manera que Yavhé crea y también destruye. O como poco esto denota una vez más una especie de desprecio respecto de toda imaginería que crea el hombre, aunque sin esto, que es simplemente el control por parte de los grupos humanos de su propio corazón sensorial-colectivo, no habría posibilidad de lo sociorracional (o sea, la misma subjetividad cultural). Y entonces como punto medio, se admitiría a regañadientes, como si dijéramos, la imaginería de los textos escritos, pero en ningún caso la imagen plástica.

…

6 Huid de en medio de Babilonia, y salve cada uno su vida, para que no perezcáis a causa de su maldad; porque el tiempo es de la venganza de Jehová; le dará su pago.

7 Copa de oro fue Babilonia en la mano de Jehová, que embriagó a toda la tierra; de su vino bebieron las naciones; se enloquecieron, por tanto, las naciones.

…

17 Todo hombre se ha embrutecido y le ha faltado conocimiento; y todo artífice se avergüenza de su escultura, porque mentira es su imagen de fundición, porque no hay espíritu en ella.

18 Vanidad son, obra digna de burla; en el tiempo de su castigo perecerán.

…

62 dirás: Oh Jehová, tú has dicho contra este lugar que lo habías de destruir, hasta no quedar en él morador, ni hombre ni animal, y que para siempre ha de ser desolado.

63 Y acontecerá que cuando acabes de leer este libro, le atarás una piedra y lo echarás en medio del Éufrates,

64 y dirás: Así se hundirá Babilonia y no se levantará del mal que yo traigo sobre ella; y quedarán rendidos. Hasta aquí son las palabras de Jeremías.

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Conclusión

Todo el libro de Jeremías, entonces, supone el traspaso de ser objeto del castigo divino a través de la instrumentalización divina de otro, a ser ese mismo instrumento de la fuerza divina frente al otrora agresor. Con lo que se logra «explicar» el infortunio original del cautiverio (porque Yahvé nos castigaba nuestras afrentas), al tiempo que se arma un mecanismo de eminente venganza sobre el enemigo que muestra a las claras, finalmente, el verdadero amor del padre divino al hijo pero mediante la destrucción cruenta –¡por fin!- del otro. Curioso resulta, entonces, el grado de contención que requiere la aceptación del castigo al principio como acto de verdadero amor del padre al hijo, pues la tozuda realidad es la que históricamente ha sido y frecuentemente los grupos humanos son sojuzgados, y a menudo desaparecen del todo: el libro de Jeremías juega con la tremenda fuerza que esta contemplación, concretamente, tiene sobre la psique humana.

Pero parece evidente que la fuerza verdaderamente atroz de estímulo del libro de Jeremías va destinado en realidad a grupos humanos ya sedentarios y culturalmente estables que, precisamente por esto, tienen una necesidad estructural de un «estímulo de espanto» frente a la complacencia fisiológica real en la que viven; ademas, los grupos humanos, en el control que acaban asumiendo de su propia existencia sensorial, no acuden nunca fisoestéticamente a una representación exacta de su propia realidad viviente, sino que buscan en la experiencia estética más bien una forma de compensación fisiológico-sensoria respecto la limitación de esa vida física-material sedentaria, pura y dura, que les tiene apresados día sí y otro también.

La fisiotitilación moral en este sentido antropológico es también la manutención en el tiempo de una subjetividad cultural que el espacio totémico (entre la fisiocorporeidad opróbica y la postulación antropomórfica de dios) eleva sin duda a los niveles más alto de conciencia individual, solo posible frente un ente todopoderoso, o que al menos en nuestra percepción aparece como tal y respecto del cual no podemos comprobar que, de hecho, no lo sea; aunque en realidad esto nos permite asignar a una lógica causal (de nuestra propia invención) lo que en realidad son efectos devastadores más allá de toda posible control nuestro: y es que el sentido real que imponemos sobre el mundo no es nunca empírico del todo, pues lo único indiscutiblemente factual de nuestra existencia es la singularidad física particular de cada uno, lo que -como ya sabemos- nunca en la historia humana ha podido sobrevivir por y en sí mismo.

Y es que la postulación de dios como regidor social real, entre todas las conciencias de todos los invidious, que obliga a cada uno de hecho a que asuma su propio yo social frente a los otros, supone una especie de transcripción lógica (entre otras muchas culturalmente posibles) de lo que es simplemente la naturaleza opróbica y universal de nuestra materia genética, sin duda. Y, más allá entonces de nuestro propio alcance lógico, permanece la vida fisiológica-sensorial, puesto que el marco lógico socio-moral en el que sí vimos (cualquiera que este sea y universalmente) es en sí mismo y de forma permanente, producto de ese ámbito fisiocorpóreo y ante social.

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[Enlaces a textos anteriores relevantes]:

 

De  El simulacro antropológico

Manuel del vivir sedentario empero para la fisiología humana nómada base

 

 

 

 

1. Juegos profundos y los que no lo son tanto

El ‘juego profundo’ (Deep play) en la contemplación de la violencia solo corporal (solo superficial)

En la contemplación del deporte en el que se luce la destreza física de los atletas puede muy bien resonar en nosotros la seriedad antropológica -en lo que al grupo se refiere- de la tensión violenta en solo la contemplación de los cuerpos tensados, enfrascados en algún tipo de forcejeo o competición entre sí. Y es que muy probablemente la imagen en nuestra percepción del vigor físico en conflicto -junto siempre con expresiones faciales y también corporales exclusivamente humanas- puede muy bien bastar en sí mismo para surtir el impulso opróbico1 dentro de nosotros que seguramente la contemplación de toda violencia causa, pues ¿qué experiencia sensorial humana puede tener potencialmente más importancia sino la violencia y sus consecuencias potenciales para la disolución del grupo? Pero claro, aquí no hay ningúna referencia explícita -o sea, sociorracional- a ningún patrón de orden ya consagrado, como sí lo hay en Geertz en las peleas de gallo de Bali.

Porque, crucialmente para la tesis de dicho autor, cualquier espectáculo profundo de violencia que fisiosensorialmente nos fustiga de nuevo hacia el cobijo (de naturaleza totémica y fisiológicamente simulada) de nuestras obediencias al jerarquía social, es siempre una yuxtaposición del espectáculo violento, por una parte, con alguna referencia al orden social establecida (en forma de los clanes y los distintos y cambiantes alianzas entre ellos); y cuyo desenlace más profundo e inexorable es una causalidad del segundo término (‘obediencia social’) a causa de el primero (ferocidad de la percepción del espectáculo violento). Pero para llegar a una conceptualización de una profundidad “moral” (que lo es sin duda en sentido estructural y respecto del grupo), el autor estableció previamente lo que constituye un tipo de juego superficial, a modo de un entretenimiento de ocupación fisiorracional, pero sin una carga moral potencial de ninguna clase; otras actividades que viera Geertz que eran juegos de azar que pueden considerarse equivalencias en la cultura occidental a los juegos de casino (especialmente las maquinas “tragaperras”) o el bingo.

Y sin embargo, el deporte como espectáculo sí parece resonar en nuestros de forma más intensa precisamente en lo que sugiere (de forma puramente física y en nuestra percepción asimismo de la imagen) de las implicaciones al menos fisiocorópeas de la lucha ante nosotros, y al menos en la tensión física de lo que vemos, como si llegase a ser colindante con una moralidad estructuralmente profunda, respecto simplemente las consecuencias de la violencia, que en este caso nos vigoriza, más que nada, pero de una forma especialmente intensa, sin llegar, no obastante, a constituir para nosotros una experiencia fisiológica verdaderamente catártica (como sí lo pueden ser otras imágenes mentales -visuales o narradas- de una violencia mucho más extrema, como particularmente lo son las que formamos mentalmente a partir de los medios informativos, tanto respecto de imágenes reproducidas como las narradas).

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1 Término que busco aplicar al hecho de que nos sujetamos en nuestro propio yo por una autoimagen de nosotros frente a los otros copertenecientes; los otros que son los nuestros, pero con los que nuestra propia singularidad física no nos permite amalgamar jamás. Este secreto brete permenante y vital en el que nos encotramos como seres socializados, como una pertencia que es a la vez un permanete exilio, es lo que intento comunicar a través del uso del término, pero sobre todo respecto a la imagen que conlleva: esto de que no hay mas alto grado de odio que el que implica -sea de forma imaginaria o no- a todos los demas frente al uno, si bien prescindo con su uso en este contexto toda referencia anímica a los otros, sino que se refiere exclusivamente a una condición psíquica interna al individuo.

Quizá el drama aquí descrito, respecto de la contemplación de imágenes de la violencia (particularmente en lo que se refiere a los medios de comunicación y un tipo de violencia presentada que simplemente desborda nuestro sentido del yo, y que no es el caso de la violencia deportiva normal) sigue el mecanismo de Regression(2015), cuyo protagonista (Ethan Hawke) logra librarse de los efectos psíquicos de la creencia local en una conspiración diabólica (en la forma de una secta secreta, pero supuestamente extensa, de seguidores del maligno) gracias a su propia crisis personal que le lleva, en el momento climático, a afirmarse violentamente en contra del grupo ficticio (lo que ocurre de hecho dentro de un sueño). Como una experiencia totalmente virtual, aunque al mismo tiempo opróbicamente relevante, el detective sobrevive como individuo, no físicamente, pero sí en plano igual de inmisericorde que es el grupo -donde la amenaza física de muerte se transubstancia, de alguna manera, convirtiéndose en una muerte social totémica- igual de tajante sin duda y desde la percepción de la individualidad solo fisiocorpórea (esto es, pre-racional); pues en lograr afirmarse con toda violencia virtual frente a el grupo de satánicos (imaginario) que tanto le aterroriza, experiencia una forma de superación de la muerte misma y como un vuelto a nacer no siendo uno de ellos. Y esto sugiere que el poder mismo de la idea de una conspiración satánica, en la mente de la gente local, puede agarrarse y crecer precisamente sobre este punto subjetivo de vulnerabilidad moral que, para todos nosotros constituye un pequeño germen de duda respecto de la posibilidad de que no puedo estar seguro de que no sea yo uno de ellos, con lo que la idea logra franquear la puerta de la conciencia y la individualidad racional (aunque esto también es porque la gente no tiene otra cosa que hacer, dentro de paisajes desolados de soledad, casas dispersas y la poca -si no nula- posibilidad de relacionarse más profundamente con otros seres humanos; esto es, que el dilema en este sentido electrificado respecto del plano opróbico empieza a actuar como una forma de confort en el  envolvimiento y la adicción sin duda fisiológicos, como hace la cultura ya de por sí y como norma, si bien de forma más funcional y estable).

2. Geertz, de nuevo

1.La narrativa del héroe (o mejor, antihéroe) que presencian los espectadores-participantes en las peleas de gallo de Bali, tal como las observara y entendiera Geertz, es ciertamente eso: una narrativa escenificada de sobre todo la derrota, pero respecto el clan (o alianza de clanes) que patrocinaban el gallo vencido y que adoptaba la figura inmediata y momentáneamente afligida del cuidador-entrenador humano apesadumbrado ante el cuerpo inerte del ave que acaba de quedar vencido.

Pero, de la misma manera que nosotros vemos una película, vibramos opróbicamente con cualquier representación de violencia inexorablemente moral que se nos monta, y pasamos después a otra cosa, la aflicción presenciada sobre el escenario colectivo de la pelea de gallos igualmente desvanece de forma inmediata y para todos, pues se pasa raudo al siguiente combate o a cualquier otra cosa…

Y la sofisticación de la semiótica es pues aquí relevada en el hecho de que los libros (y las películas, o cuadros pintados), como son productos de sistemas simbólicos, permiten que vivamos nuestras fisiologías y su configuración opróbica subyacente todo lo vigorizados que podamos, sin generar necesariamente restos biológicos reales que, como los cadáveres de los gallos —o los de millones de seres humanos que históricamente han servido en sus cuerpos a lo que constituye una especie de ejercicio fisiológico de contextos sedentarios concretos— residuos, digamos antroestructurales los cuáles luego hay que descartar, claro, y en el fondo sin que importe apenas en lo más mínimo, puesto que por mucho que intenten que tengan importancia las conmemoraciones de cualquier índole, por ejemplo, el momento vivo del presente fisiológico-sensorial siempre tiene prioridad real, sin duda.

Y es que seguramente las circunstancias de la antropología más y más sedentaria (en conjunción con la afición fisiológica a la que tampoco podemos escarparnos) hacían también progresivamente más intolerable la violencia al menos entre seres humanos cotidianamente próximos entre sí. Con lo que no nos es lícito de ninguna manera despotricar contra la aparición histórica de la agricultura y desde la óptica nuestra de hoy en día (como sí lo hace Harari *) puesto que la elaboración moral entre individualidades también más desarrolladas debe concebirse precisamente como la solución que las primeras sociedades semi agrícolas se dieron a sí mismas —esto es, evolutivamente— y hacia su propia posibilidad de permanencia en el tiempo, y al menos de una generación a otra.

Pero, de despotricar críticamente contra la agricultura en la evolución humana, sería posible solo gracias precisamente a la aparición de la agricultura, ¿O no?

2.Podría concebirse por tanto la evolución biológica del ser humano como una diacronía que no se puede separar del desarrollo técnico de la vida de esos seres humanos históricos, dado los efectos que tiene sobre los grupos humanos la técnica misma que utilizan. Y como claramente la evolución biológica humana tiene su base verdadera en el grupo humano, cualquier cosa que incide sobre la condición de la vida grupal debe considerarse al menos con una magnitud importante respecto la ya prefijada biología de los individuos; y en última instancia, el desarrollo técnico es precisamente aquella fuerza que paró en seco la evolución biológica-social de la especie humana, pero que igualmente forzó un desarrollo ahora moral-cultural en base, eso sí, a una configuración biológica de carácter socio opróbica ya establecida a priori y evolutivamente, y que es la que nos sigue definiendo de modo críptico hasta hoy.

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*Yuval Noah Harari in A Brief History of Human Kind (2014)

3. Notas a pie de página

Es la circunstancia del grupo lo que requiere y hace posible la sociorracionalidad como base de toda racionalidad cultural posterior (y también respecto la «socioindividualidad» como paradigma que establece y somete todo grupo particular). Esto es, que la razón de ser de lo sociorracional no es sino una situación colectiva, multi-personal, cuyo rastro se pierde en el fondo y detrás de la experiencia simplemente fisiológica de todo individuo antropológico y sensorialmente singular. De manera que solo puedo ser yo en un sentido cartesiano (que es el yo racional en extremo, capaz de sopesar su propia entidad fisiocorpórea) si y solo si me extraigo, de alguna manera, de mi propia corporeidad singular -que en un sentido antropológico es también grupal, o aquello susceptible de regirse, mediante el oprobio biológico por el grupo-. Es decir, solo soy yo si dejo de ser yo (ser en el plano racional es el ser social, equipado de repente con un poder ya no solo sociorracional sino, con el tiempo, una racionalidad que se propone precisamente la desconexión de sí misma con el origen de la sociorracionalidad (y esa “sociomoralidad” también original); el yo cartesiano, en este sentido desconectado, es también la renuncia al yo anterracional y pre social, renuncia que se sabe de sobra que da unos resultados espléndidos dentro de los paradigmas del saber técnico, pero que al mismo tiempo convierte el sujeto en una especie de discapacitado moral por cuanto no soy yo en un sentido sintiente y corporal, esto es, un yo que no está sujeta de ninguna manera a la coacción opróbica del grupo humano de dependencia. Pero surge otra paradoja: lo que es racional en un sentido técnico es susceptible de volverse del todo irracional cuando, mediante esa digamos violencia desabrida del impulso empírico-racional, se pierden de vista los aspectos morales que solo la experiencia física, interpersonal puede crear y mantener, pero que para nuestro modo racional de ser (que se refuerza constantemente en lo que constituye en cierto sentido una ilusión de la singularidad física) resultan solo observables de manera tenue, solo como impresiones o estados psíquicos y en la experiencia estética, y quedan, por tanto, del todo indefenso ante la agencia «racional» de un empirismo desbocado, puesto que nuestra profundidad antropológica no existe ontológicamente ni tiene voz directa en nuestra racionalidad, precisamente porque es esa profundidad ilusa la que en verdad fundamenta la necesidad e implicación lógico-existencial de nuestra propia racionalidad.

 

4. “La conexión entre el lenguaje y la realidad”

El lenguaje conecta con el mundo a través de la fisiología corporal-sensoria del individuo, frente al grupo de pertenencia. Esto ocurre como otra forma más de sociorracionalidad, pero que es finalmente más exigente para con el individuo y su yo social, pues requiere una “sociosubjetividad” mucho más elaborado. O SEA, hay que fundamentar la individualidad en la “intersubjetividad” de Habermas que viene a constituir un modo por el que la entidad física de cada uno se relaciona con su propio avatar social (que es la personalidad en un sentido fisiosensorialmente extrínseco, a través de la percepción de los otros).

La permanencia humana, por tanto, de nuestra entidad física no es en realidad tal, sino que el perdurar nuestro como supervivencia tiene lugar ante todo en el plano social. Con este fin histórico y verdaderamente estructural, es la culpa (en función del oprobio biológico) la que viene a sustituir lo que en el ámbito de lo físicamente externo y material, hubieran sido alguna vez las garras de las fierras animales y el hacha (piedra y palo) del enemigo humano, igualmente feroz, aunque mucho más siniestro por cuanto más inteligente (que es decir también un rival mucho más complejo e “interesante” sin duda por cuanto permite el desarrollo mutuo entre las partes enfrentadas)

Pero, ¿viene la culpa a sustituir a, o ha resultado producto más bien de, las amenazas externas? Esto segundo, no hay duda. Es, por tanto, la relación (casi se diría “de socios”) que se constituye de carácter fisiológico-existencial entre enemigos humanos, la que constituyó la fuerza pilar sin duda del desarrollo de la conciencia humana respecto los cuerpos físicos al interior del grupo.

O SEA el yo social es finalmente producto de la “pertenencia insurreccional” del individuo físico al grupo (quien sobrevive precisamente en la aceptación -o al menos comprensión mínima- por y en los demás); pero los grupos humanos sobreviven sustentándose frente a otros grupos humanos enemigos-rivales (que son en realidad “socios” fisioexistenciales desde la óptica estructural y diacrónica).

La intersubjetividad (Habermas) se fundamenta pues en el estado existencial de tener un cuerpo singular cuyo única forma de sobrevivir es definirse en parte mediante su propia homogenización fisiológica, extrínsecamente inducida por y en los otros, para así lograr poseer finalmente -y después de la tarea nunca culminada de ser socialmente y en la adopción de ese avatar suyo propio que es, sin embargo, de los demás como producto de la coerción que ellos suponen- para así poder permanecer entre ellos sin que se le expulse o que estos se vuelvan, furiosos, contra él.

Indudablemente, son los conflictos externos frente a otros grupos humanos que alimentan -verdaderamente sostienen- este proceso de la individualidad antropológica e universal interior al grupo, con lo que nos encontramos teóricamente ante dos ámbitos, el intra e intergrupal, que se sostienen entre sí y en torno al mismo principio de oposición tensada (conflicto) entre las partes respectivas de cada uno.

La conexión entre el lenguaje y la realidad es pues mediante el grupo humano que se articula entorno a la fisiología sensorial individual, a través del oprobio biológico. Y se puede decir, por tanto, que todo sentido finalmente conceptual (junto con toda posibilidad moral), está en realidad en los otros, pero a partir de la óptica vital-existencial de un cuerpo humano que se lo juega todo, crípticamente y de forma constante, en el pertenecer o no al grupo. El lenguaje, que se suma y añade a una sociorracionalidad no lingüística ya establecida, es simplemente una ampliación de esta relación geométrico-espacial base mediante lo que es inicialmente y en origen una congruencia silábica respecto una comunidad de seres humanos físicos.

5. El pertenecer insurreccional

 El locus de la individualidad social: aquí se comprende como solo posible respecto de una sociorracionalidad ya consagrada y frente a la cual la idiosincrasia físico-sensoria particular de cada uno podrá vivirse, enmendarse o insurreccionarse (para volver a enmendarse de nuevo); pues solo frente a, esto es en confrontación con, la sociorracionalidad vigente puede el ente fisiosensorial singular erigirse en su propia realidad social susceptible precisamente a la comprensión por parte de los demás, y por muy ardua que sea dicha comprensión, ya que es exactamente en la lucha contra la fuerza de imposición fisiológicamente extrínseca que supone el grupo donde el individuo perteneciente pueda ser socialmente, que es una forma de consenso forjado –y bien peleado- por la aceptación (en cierto sentido siempre de violenta imposición) de la singularidad física-sensorial por parte del grupo. Y así, existo en el plano evolutivo obligatorio (que es el del grupo y la supervivencia por medio de las generaciones sucesivas) porque mi esencia física-sensorial es cuanto menos reconocida por el grupo viviente de dependencia; y solo el reconocimiento, en la forma que sea, es ya de por sí un modo de aceptación, esto es, un modo de ser socialmente y ante todo en la percepción de los demás:

En cierto sentido pues, soy de la forma mas vigorizada exactamente en ese espacio de mi propia insurrección fisiocorpórea frente a el grupo, a modo en realidad de un pertenecer insurreccional como el único modo de pertenencia -esto es, de ser social- que me es soportable. Porque ata mi naturaleza singular (en toda su intensa y ciega voluntad por imponerse y perdurar) a la función técnico-estructural de mantener en tensión al grupo humano ante el mundo exterior; esto es, el grupo, en la sociorracionalidad que lo articula, existe debido a que sigo siendo yo en toda mi feroz singularidad fisiocorpórea. Es la evolución darwiniana (pre-agrícola) entre grupos humanos fisiológicamente imbricados mediante el conflicto, que ha hecho esto posible sin duda.

6. The Village (2004)

También en este contexto (película que en España se tituló El bosque) el presente vivo de los habitantes está regido por algún acontecimiento del pasado que se nombra de vez en cuando como marco de referencia. En realidad esto tiene lugar en dos niveles diferentes dentro de la película: en el plano referencial y semiótico de todos se entiende que hace mucho tiempo hubo una guerra entre los que no hemos de nombrar y la gente, que resultó en una tregua (condicionada por el respeto de cada parte en pugna por el territorio del otro) que ha durado —más o menos— hasta hoy; por otra parte, son los operadores semióticos (el núcleo central de los fundadores mayores de la comunidad) que viven de manera secreta y a espaldas del conocimiento de los demás una especie de culto a la violencia pasada que mató a cada uno de ellos algún ser querido previamente en la ciudad y a cuya civilización como consecuencia, todos ellos han renunciado; culto y postura existencial que es el verdadero porqué estructural de las cosas de la aldea, como una racionalidad técnica que instrumentaliza, en nombre de la supervivencia de la comunidad, el plano fisiológico-existencial y semiótico de los habitantes, pero que la percepción de estos precisamente consiste en una lógica en forma de ficción (respecto de los monstruos habitantes del bosque que rodea la aldea) y que constituye la centralidad de sus vidas básicamente en la forma de un regalo que es simplemente el miedo frente a la cual tienen el verdadero y vigorizado lujo de definirse como personas, o incluso de forma en cierta manera crítica respecto distintas soluciones posibles a los problemas que van surgiendo, pues en el estímulo vigorizado y fisiológico de las personas a través del miedo está la única forma de hacer que estén verdaderamente a gusto con las limitaciones espaciales que soportan, para que no sean sus vidas las de unos presos (porque en términos de limitación exclusivamente geográfico-espacial, viven en un auténtico campo de prisioneros). Es que el uso en este sentido del miedo abre la percepción que de la vida tiene la gente, engrandeciéndola, sin duda, como un verdadero alimento vital. Y precisamente como una suerte de dádiva existencial se considera el miedo, en consecución del cual  -respecto la experiencia sensorial verdaderamente encandilada de los demás- hace Walker (el líder y operador semiótico jefe) grandes esfuerzos de planificación estratégica e implementación, junto con su equipo ayudantes o agentes entre bastidores, de toda una serie de detalles y eventos estimulantes para deleite del grupo y en función de la patraña lógico-vital ya descrita.

Pero el caso es que, como el mundo occidental de hoy, la existencia del presente tal y como transcurre se debe a una estabilidad producto de una violencia atroz del pasado, sobre cuyo cultivo como recuerdo se erige una lógica causal del porqué de hoy al tiempo que una suerte de agradecimiento implícito, porque gracias a aquella violencia podemos disfrutar de la estabilidad que tenemos hoy (en el caso de Occidente no es otra cosa que la segunda guerra mundial, el holocausto europeo y la bomba atómica sobre Japón). Y los relatos como narrativas antropológicas, ¿no sería que siempre construyen una lógica parecida para en realidad justificar el presente como una consecuencia necesaria de una violencia calamitosa anterior? Y, finalmente, hay que preguntarse si esto no sería en el plano casi exclusivamente semiótico el equivalente funcional de las paleas de gallo de Bali (según Geertz y que tienen lugar en el mundo físico-material), para así empujar los seres humanos de nuevo al seno del grupo mediante alguna forma de catarsis —de percepción sensorial respecto del mundo espacial, o bien sensorial solo en el plano semiótico y de la cognición fisiológico-mental de los individuos—).

Se perfila por tanto una especie de servidumbre fisiológico del individuo respecto del miedo, que es en realidad la supremacía, una vez más, del cuerpo sobre las conceptualizaciones; o, como en las culturas mediterráneas o «tropicales», al resaltar la experiencia física culturalmente, se es menos vulnerable a este fuente auxiliar de estímulo que es simplemente el miedo y puesto que en los climas más amenos el cuerpo o la experiencia física toma naturalmente su lugar de importancia, y no tiene quizá porqué ingeniarse, por tanto, modos alternativos de titilación fisiológico-sensoria, como sí resulta necesario en las zonas geográficas más frías e inhóspitas (donde posiblemente se recurre más a menudo a las conceptualizaciones inventadas y hacia el estímulo fisiosensorial conceptual impuesto sobre lo desconocido, precisamente porque en tales lugares la experiencia sensorial directamente física e interpersonal se ve mucho más frecuentemente obstaculizado debido al clima). El miedo también en forma de transgresión moral (que es simplemente la fuerza opróbica, sociogenética) es especialmente útil respecto de los contextos que por alguna razón resultan físicamente restringidos y limitados, más allá incluso de lo que es la limitación simplemente sedentaria, como pueden ser los climas fríos, los espacios abiertos y desolados, las islas u otros espacios también reducidos, esto es, en cualquier situación en la que el cuerpo y la experiencia físico-sensoria no puede ejercitarse de forma directa y expansiva; ahí la fuerza opróbica en el centro de la individualidad humana puede estimularse hacia la máxima titilación moral respecto de un sujeto psicológico que ya no puede estar seguro de pertenecer, o no -pero respecto un plano fisiocorpóreo y ante racional de la mayor fuerza fisiológica- . Y en solo esta agitación opróbica intensa de nuestra subconsciente antropológica, quedamos envueltos, por momentos, en la mayor euforia fisiológico-sensorial con un poder de efecto sin duda adictivo, frente a y en contraste con, las restricciones espaciales del mundo material circundante. (Ejemplos de histeria colectiva, de las brujas y supuestos cultos satánicos, el asesinato de niños, la conspiración pedófila, etc.…)

Y esto porque la sensorialidad humana, mientras si bien no es políticamente real de forma directa, si que retiene una relevancia al menos moral en cuanto a un plano opróbico y ante racional en el que individuo ha de definirse frente al grupo y pese a la naturaleza estrictamente interno del proceso fisiológico-cognitivo de la percepción. Y así, siempre que la experiencia directamente física adquiera una mayor dureza -por frío, la monotonía, la soledad o debido a cualquier otra forma de desolación percibida-, la tendencia a arroparse en cualquier proceso fisiológico-sensorial de por sí envolvente (como la lucha, huida, el miedo, la intensidad conceptual-totémica -o sea, la creencia normalmente compartida en lo sobrenatural y la magia-), siempre ha movido a los grupos humanos a tomar parte en procesos de la consecución de confort fisiológico a través de la elaboración de contextos de titilación dramática (parte esencial, simplemente, de toda cultura, especialmente la sedentaria). Pues precisamente ése es tal vez el mayor poder de los grupos, el de crear, compartir y reforzar contextos fisiológos -o bien físicos, o bien fisiológico-conceptuales- que prometen una mayor intensidad para los participantes humanos debido a la unión fisioopróbica que todo grupo humano acaba por formar, a través del tiempo. Así se puede quizá aseverar, por lo tanto, que los problemas que surgen a partir de la experiencia rutinaria del grupo y que de forma inexorable da lugar a algún tipo de conflicto -la envidia, la atracción sexual (ilícita o no), los celos u otras formas de hostilidad y antagonismo-, son en cierto sentido necesarios para precisamente tensar fisiológicamente la experiencia del grupo, y dado que la sociorracionalidad (y por tanto la supervivencia real) del grupo depende del estímulo y la intensidad fisiológica-sensorial de los componentes fisiocorporales singulares, una sociorracionalidad que es solo por cuanto respuesta a, y desencadenada por, ese mismo ímpetu fisiosensorial.

En contraste, sin embargo, con este ámbito de fenómenos opróbicos (en el sentido de deep play de Geertz), la experiencia fisiosensorial intensificada de forma química, o mediante la rutina física, sin que exista ningúna conexión posible con el fondo opróbico del grupo de dependencia, constituyen formas de juego no profundo en un sentido moral: son de por sí experiencias fisiológicamente intensas o tonificantes (aun en la forma de una monotonía física) que, sin embargo, no conducen a ninguna cuestión de duda frente a los demás y el que dirán subjetivo de cada uno de nosotros; esto es, se trata de experiencia fisiológico-sensorial que ocupa el tiempo vivo subjetivo, por decirlo de alguna manera, sin que de ello se pueda derivar ninguna consecuencia sociomoral o sociorracional para el individuo. En este sentido, pues, la experiencia de este tipo es no solo superficial, sino que solo significa algo por cuanto tonificación sensorial y fisiocorpórea (aunque desde la óptica antorpológica estructural, tal significado no racional -esto es, sin sentido racional o sociorracional- sí que es enormemente importante).

7. Elias, Habermas, Bauman, Parfit, Rorty…

Todos buscan la fuente última de legitimidad moral del hombre. Y para estos (y otros muchos más) el lenguaje es en este sentido clave; sin embargo, previo al lenguaje ya existe una forma de congruencia social, una sociorracionaldiad no conceptual (aunque sí simbólica, o en todo caso de carácter potencialmente semiótico), y un paradigma, por tanto, de individualidad específico que es funcionalmente operativo como una fisiología parcialmente extrínseca al individuo (puesto que es producto de una forma de coerción sobre el individuo por parte y efecto del grupo).

En este sentido, mucho más importante sería pues la cuestión del porqué de la adquisición del lenguaje desde el punto de vista del individuo, esto es, aquello que tan imperiosamente le obliga a hacerse socialmente reconocible, por tanto de aprobación, como niño y respecto al grupo dependencia. En ese porqué está la fuente de la moralidad-racionalidad nuestra y universal.

8. La naturaleza semiótica de la rutina físico-sensorial

La experiencia fisiológico-sensoria que se comprende como algo al que al final uno nunca puede evitar acostumbrarse, por muy difícil y arduo que sea, y que consideramos que puede llegar a ser también una forma de confort una vez precisamente que el individuo haya logrado acostumbrarse, deviene por tanto en experiencia semiótica por cuanto la sensación anticipada de confort (o la amenaza de que nos vaya a faltar) puede anticiparse (por tanto anhelarse o temerse) en el tiempo, lo que constituye una forma de profundidad temporal -a la manera de como anticipamos el efecto a partir de la observación de una causa determinada-. Esto constituye, por lo tanto, un ejemplo de cómo son los contextos fisiológicos que imponen una forma de definición sobre los seres vivos los caules, en su presencia física y a través del tiempo, dependen de esos mismos contextos (esto es, siguiendo la tesis base de la obra Sobre la agresión, de Konrad Lorenz).

 

Una lógica operativa:

Afición fisiológico-sensorial

Confort fisiológico-sensorial que proporciona la repetición

Anticipación, por tanto, semiótica, de ese confort o una temida pérdida del mismo como asimismo producto de la repetición.

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Consecuencia por implicación lógica es el aburrimiento respecto una necesidad de estímulo, esto máximo respecto de la manutención fisiológico-sensorial en el tiempo de los grupos humanos…O el aburrimiento considerado elemento residual respecto de la exigencia de estímulo de la que depende en realidad el grupo, dado que cuanto más estímulo recibido por parte de individuos en la compañía física inmediata de otros, tanto más necesidad tiene el grupo de una sociorracionalidad operativa y estructuralmente necesario para que el grupo no se acabe dispersando de forma definitiva, lo que finalmente implica un paradigma coercitivo de individualidad social al que, como tal, el individuo físico-sensorial tendrá que adherirse.  O sea: avidez de estímulo sensorial en el individuo debido en la evolución de la especie a la rentabilidad estructural del grupo IMPLICA susceptibilidad del individuo al aburrimiento en contextos de antropología sedentaria, en los que los grupos ya no se sustenten fisiosensorialmente a través de los individuos de la misma manera (y dado que, sin embargo, la sensorialidad humana permanece constante en el tiempo y sin evolucionar).

Se concibe, por tanto, como una forma de emergencia (‘aparición’) semiótica a partir de la experiencia fisiológico-sensoria repetida, con especial importancia de la sensorialidad individual respecto los grupos humanos y su paradoja central que es la supervivencia propia grupal, pero mediante la finitud de sus componentes fisiocorpóreos singulares; y específicamente como los grupos se acorazan como colectivos en el tiempo, pero mediante el estimulo sensorial-fisiológico individual.

 

Análisis continuado:

-Hedonismo fisiocorpóreo nuestro del organismo vivo…

-Afición fisiosensorial y la repetición de la experiencia sensorial…

-Esto, en el contexto del grupo, fuerza recurso natural y necesario al orden (la sociorracionalidad)

 

Pero cada uno de estos elementos, extrapolado del conjunto, también puede darse de forma independiente a pesar de los cambios históricos a partir de la agricultura y puesto que la selección natural no puede darse de la misma manera (lo que supone que la constitución fisiológico-sensoria del hombre es, ahora, un constante a través del tiempo). Pero parece claro que el punto central es el grupo en sí mismo, como verdadero vector de la supervivencia humana en el tiempo y al que todos los demás puntos se subordinan funcionalmente. Y, sin embargo, es el grupo que determina -de forma coercitiva, sin duda- aquello que somos de forma no directa, pero que, no obstante, constituye una forma en cierto sentido infundada de comprensión racional, puesto que es una racionalidad producto de una sustancia previa solo fisiológico-corpórea que solo en la interactuación colectiva y espacial se consolida como tal. Y, sin embargo, es evidente desde la observación visual que somos cada uno de nosotros y por separado una singularidad física, aunque ciertamente es la sociorracionalidad de alguna manera subyacente lo que nos permite formular esta otra racionalidad más empírica a la vez que cegada en cierto sentido a su propio fundamento opróbico subyacente.

O sea, una racionalidad que en sí misma no tiene fundamento racional puesto que es producto de la experiencia fisiosensorial previa…Aunque también es cierto que la experiencia sensorial se articula en torna del entramado lógico de causa y efecto, que es de por sí una forma base de sentido.

-La avidez del estimulo sensorial que nos parece inherente a cada uno de nosotros, en vista de cómo los grupos humanos se articulan en el tiempo y el espacio en torno a la sensorialidad de los individuos que los componen, pudiera considerarse, por tanto, lógicamente implicada, a igual que el aburrimiento, por razones simplemente técnicos-estructurales.